El tresero, Matamoros y yo: juez y parte

A Santiago de Cuba le son inherentes la trova y el son, y no porque quiera presentarles una postal de sol y playa, tabaco y ron, sino porque en verdad ambos modos trascienden los elementos musicales para anclarse en las diversas maneras que encuentra la identidad cultural para expresarse. Y no se trata solo de hallar la trova y el son en sus formas auténticas o primigenias, porque ello significaría la negación de la vida misma.

Las trovas y sones llegan a hibridarse con las corrientes musicales contemporáneas más inusitadas, ya en el joven trovador de la guitarra, que en formatos como tríos, septetos y agrupaciones de la llamada música tradicional y popular, que en la música realizada por los coros profesionales, la Orquesta Sinfónica y agrupaciones de cámara en el territorio y hasta en los códigos absorbidos en recreaciones por los sonidos de ordenador.

Pancho Amat en acto inaugural Monumento al Tres, en mayo de 2011/ Foto archivo de la autora

A las anteriores se unen las lamentables interpretaciones que en algunas instituciones del turismo y la cultura artística se realizan en ocasiones a piezas sublimes de nuestra cultura musical, las que convierten en lugares comunes y transportaciones despelucadas importantes composiciones.

Sin pretensiones de añorar un pretérito presuntamente mejor, de lo que sí no tengo dudas es de la incidencia de ese pasado en nuestra actualidad musical, a sapiencia o no –y hasta negaciones–  de creadores, instituciones y públicos.

Por eso y a propósito que se acercan días de celebraciones trovasoneras por estos lares, se me antoja hablar de rostros y figuras simbólicas inmortalizados por las artes monumentales citadinas, en la intención de que sean entre nosotros actores de siempre.

Monumento al Tres

En el parque Aguilera, con ubicación en la calle Reloj entre Enramadas y Aguilera, y justo frente a la Sala de Conciertos Dolores –institución que enlaza importantes zonas de la creación musical en la urbe– se halla el emplazamiento del monumento al Tres, instrumento declarado Patrimonio Cultural de la Nación.

En el entorno que lo circunda se observa un predominio de construcciones eclécticas, art decó, racionalistas, apareciendo también algunas cuyos orígenes se remontan a la etapa colonial, edificios de balconajes, de corredor y algunos que sobrepasan los dos niveles de altura, conviviendo unos junto a otros en estrecha simbiosis.

La escultura en bronce se dedica a inmortalizar la impronta del Tres en la identidad musical cubana. Su emplazamiento en la ciudad santiaguera responde a la consideración de esta como reserva musical de la nación y asentamiento de la génesis de varias expresiones musicales de la Isla. Tal como expresara en algún momento el maestro Félix Valera Miranda sobre el de las seis cuerdas, se trata de un “instrumento idóneo para hacer el son, porque a pesar de ser melódico, es rítmico y sirve para acentuar lo sonero, además de ser una de las primeras raíces instrumentales de éste y otros géneros.”

visitantes junto al Tresero

La pieza representa a un tresero en la interpretación del cordófono. El ejecutante anónimo, a tamaño natural, hace uso del instrumento como síntesis de los treseros de Cuba. Con realización en los talleres de la Fundación Caguayo, obra del destacado exponente de la escultura monumentaria y las artes visuales, el santiaguero Alberto Lescay Merencio, la representación se caracteriza por líneas circundantes y ascendencia expresionista, que remedan los sonidos intimistas que el instrumento sugieren a su autor.

Alberto Lescay además de su actividad creadora en la plástica, es un propulsor de los valores musicales en el terruño. En otros momentos realicé mención a su labor y empeño para la creación del Iris Jazz Club en Santiago de Cuba. Ha unido su expresión artística en varias oportunidades a las interpretaciones musicales de Albertico Lescay, y otros músicos durante las varias celebraciones de dicha expresión musical en la provincia. En torno a sí se nuclean diferentes exponentes de las artes visuales que suman sus decires al concierto cultural. 

La edición del Jazz Plaza 2019 contó con una obra de su autoría que ilustró el cartel de la cita y otros elementos promocionales. El Patio de la Fundación Caguayo en Vista Alegre es sede permanente de conciertos y presentaciones que abogan por lo más representativo y valioso del ámbito sonoro en diferentes vertientes.

Este tresero, creación del artista, fue develado el 19 de mayo del 2011 como una de las actividades incluidas en la XV Feria Cubadisco, con celebración en la oriental plaza, para rendir tributo al primer instrumento de la música cubana que cuenta con la alta distinción ya enunciada. Para la ocasión se dieron cita en el enclave, Pancho Amat junto a jóvenes figuras en un gran concierto; descarga que fue de disfrute del pueblo. Aquella edición celebró además un concurso para noveles instrumentistas del que resultó laureado René Avich.

La colocación del monumento tuvo como pretensiones además de integrarse al ambiente urbanístico, atraer a músicos y seguidores de este instrumento emblemático de la música cubana a realizar presentaciones en sus alrededores, hecho que hasta donde recuerdo no se ha repetido. El maestro Pancho Amat sí cuenta con participaciones en posteriores ocasiones en eventos de la música en la ciudad y ha impartido clases magistrales para estudiantes de la Vocacional de Arte y el Conservatorio. Mientras estos momentos aguardan por la “eventualidad”, el tresero permanece en silencio. Ni siquiera atrapa la atención de los caminantes y sus redes sociales, como su colega de faenas musicales, situado a unas tres cuadras de distancia.

El hombre y su guitarra,  un sombrero y nuestro amor

Este año se cumplirán 95 mayos de la creación del Trío Matamoros, acaso la formación musical más referencial de cuanta maravilla fundó el singular apellido. No voy a referirme a los aportes del emperador Miguel a la música cubana, hoy quiero compartir esta especie de retrato hablado.

No lo sé explicar pero un fuerte nexo me une a Miguel Matamoros. Casi siempre lo tiro a broma y la verdad es que su estela permanece en mí. Aun no afirmaba bien los pasos en mi mundo profesional cuando fui sorprendida por las primeras coordinaciones para erigirle un monumento. Es cierto que yo sentía que aquella era una encomienda inmensa y solo transcurridos varios meses desapareció el vértigo estomacal. Aquello se transformó en mi razón de ser en los siguientes dos años. Yo, como la mayoría, estaba acostumbrada a cohabitar con las manifestaciones del arte en el entorno urbano como la cosa más natural del mundo, pero hasta ahí. Otra bien distinta era que, dado mi desempeño por entonces como especialista  del programa de salvaguarda y promoción del patrimonio musical, fuera convocada a encauzar las intenciones de la descendencia Matamorina en una primera redacción de Martha Matamoros.

Miguel Matamoros

Fue el artista y presidente del CODEMA Julio Carmenate quien sugirió valorar la obra del escultor Rolando Montero para acometer la presente. Después vino mucho tiempo de indagación, trabajo con la literatura especializada que nos guiara hacia un acercamiento a los rasgos fisonómicos y la personalidad del creador musical. Las ramificaciones familiares establecidas en Santiago y La Habana aportaron valiosas informaciones. La asesoría de Lino Betancourt resultó como siempre, imprescindible.

Y es que santiagueros, cubanos y foráneos hace tiempo reclamaban una obra que perpetuara la imagen del sonero-trovador, pues a pesar de ser una figura icónica del pentagrama, la mayoría de las personas desconocían su fisonomía.

El monumento se definió como una estatua de tipo participativa a tamaño natural (1.70 metros de alto) realizada en bronce, ubicada en la esquina del Callejón del Carmen y San Bartolomé. Se develó el 18 de mayo del 2011 durante la XV Feria Internacional CUBADISCO, un día antes del monumento al Tres.

En la intersección de las calles mencionadas recibe a los transeúntes como uno más. Con el pie izquierdo se apoya sobre una válvula de agua para la extinción de incendios a la usanza de las primeras décadas del XX. La guitarra descansa sobre el muslo izquierdo y a su vez el brazo de este hemisferio, sobre la guitarra. Con el sombrero en su mano derecha saluda en dirección al Callejón del Carmen, estableciendo así, un diálogo constante con los caminantes que entran y salen en una y otra dirección.

Meses después a la inauguración, por esas ocurrencias de la intervención popular que veraces o no aquí no faltan, la vox populi dio el grito “¡le robaron el sombrero a Matamoros!” A mí regresó el vértigo estomacal. La gente tejió sus tramas policiales, luego un señor que trabajaba en una oficina contigua a la consagración del Matamoros contó una versión más noble. Lo cierto es que a los pocos días el sombrero estaba en la Oficina del Conservador de la Ciudad y ahí retornaron las carreras por devolverlo al gesto del noble trovero-sonero de Cuba.

Miguel Matamoros

Mientras se realizaba el estudio fisonómico, el resto del equipo evaluaba el sitio de enclave donde realmente la imagen de Matamoros estuviese en relación con el entorno trovadoresco de ayer y hoy, y además se aviniera a las características urbanísticas, arquitectónicas y monumentales del espacio.

Entre otras propuestas se decidió por el entonces novedoso proyecto que acometía la Oficina del Conservador de la Ciudad, el bulevar del Callejón del Carmen. Su ubicación se halla paralela a la principal arteria cultural de la ciudad, la calle Enramadas –desde el 2015 corredor patrimonial Las Enramadas–, por donde transitan la mayoría de los santiagueros y visitantes. En este trayecto que identifica la ciudad, la música, el teatro de relaciones, los acordes del Órgano París, las actividades organizadas por el INDER, la actividad de instituciones de referencia, los performances y excentricidades protagonizados por personajes populares resultan acontecimiento común.

El Callejón toma su nombre porque colinda en la calle Santo Tomás # 505 con la Iglesia Católica Nuestra Señora del Carmen, sitio donde se encuentran los restos del compositor y maestro de capilla Esteban Salas. Con una extensión de cuatro tramos, el sistema viario se proyectó para que deviniera eje cultural y artesanal, aparejado a actividades económicas y comerciales. Dada su cercanía con el corredor de Las Enramadas, el del Carmen está llamado a complementar un espacio público de importancia, donde a la prioridad del peatón se sumen el comercio de las artesanías y otras caracterizaciones culturales.

Sin embargo, a mi juicio el proyecto urbanístico no ha fructificado como se esperaba. Junto a la obra de laboriosos artesanos que ofrecen un decoro en la realización de productos como calzados, accesorios, bisutería, carteles y otros, convive la seudocultura del catre que “por una izquierda” harto evidente comercializa una red de “amores prohibidos” pero legitimados al uso. La proliferación de establecimientos privados asociados a la telefonía móvil y las tecnologías ha desarrollado una fauna social paralela en sus cercanías que deteriora el principio y el fin de la concepción de la arteria. Otros sitios como el bar “Sindo Garay” en nada hacen honor al emblemático nombre.

Durante un tiempo ello trató de palearse por un grupo de escritores, trovadores y artistas de la plástica, en su mayoría miembros de la AHS aupados en el proyecto Con Filtro, Lectura de Callejones, del Centro Provincial del Libro y la Literatura, en la conducción de la poeta Erika Abad. La realización acontecía muy cerca del monumento a Matamoros y llegó a crear un público afín y atrapó la curiosidad de varios paseantes. No obstante, el empeño pereció a dos años de su existencia.

Otras acciones esporádicas como presentaciones de agrupaciones soneras en este entorno, o algunas del ya extinto taller Ñico Saquito tampoco logran dinamizar el espacio al tratarse de momentos aislados, incongruentes con el entorno en el que devino el Callejón.

Miguel Matamoros se erige atractivo para quienes por aquí transitan. Muchos son los que se detienen a tomar fotografías en las más ocurrentes formas. Pero en su inmortalidad reclama ser observado y aún más, escucharse en un entorno acorde con su legado.

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