«El trato del arte con el universo es de supervivencia»

Nunca me he cansado de escuchar la poesía de Eduardo Herrera Baullosa. Quienes lo conocen, saben que habla también con poesía, que su lenguaje está matizado por la ironía y la belleza de las palabras. Esa, quizás, sea su forma de supervivencia, su trato con el arte, con el universo de la creación. Cuando hecho mucho de menos la poesía de Eduardo, le escribo por Instagram o Messenger, ocasionalmente por WhatsApp, y así nos ponemos al día, justo como hago ahora, a modo de (pre)texto y a través de una entrevista.

¿Sientes que, con tras el paso de la pandemia, las relaciones artísticas o el acto comunicativo del hecho creativo variarán significativamente?

Fotos cortesía del entrevistado

Sin lugar a dudas existe un antes y un después que afecta todos los aspectos de la vida; también las “relaciones artísticas” o, como defines, “el acto comunicativo del hecho creativo”. La nueva realidad un tanto “distópica”, causante de cierta alienación –inevitable y necesaria–, nos obliga a modificar las relaciones interpersonales. A su vez, ese mismo distanciamiento físico y psicológico ha potenciado otras maneras de hacer. Si en la realidad pre-pandemia las constantes eran las ferias del libro, los congresos, las lecturas literarias, tertulias, talleres, etc.; en fin, el tú a tú presencial tan enriquecedor –quedan algunos casos muy aislados que continúan de la manera tradicional–; ahora es Internet quien lleva la voz cantante y en ocasiones –al menos así lo creo– nos ha permitido ampliar con su cualidad casi “omnisciente” las necesidades de intercambio y comunicación tan inherentes a la literatura. Ojo: no es algo nuevo, pero sin duda se ha potenciado y al parecer no será temporal o inherente a las condiciones actuales.

En estos tiempos de aislamiento, ¿qué lugar ha ocupado la poesía para ti? ¿Notas cambios perceptibles en su papel transformador de la realidad? ¿Qué realidad transforma, hoy en día, la poesía?

La poesía siempre ha ocupado y ocupará un lugar esencial en mi vida. Ha sido así desde que tomé conciencia de la necesidad del decir poético que obliga bien lo sabes tú–, a ese parto de introspección llevado por la necesidad de sacar “la palabra” a la fuerza de ese lugar oscuro que habita en los poetas. No nos queda de otra, porque sobrecarga la razón y el dominio de uno mismo, probado ya tantas veces.

Más que un papel transformador, la poesía determina la realidad: mi realidad. Le da un estado de ambigüedad a la vez que de certidumbre. Así, cualquier cosa que hago –y si lo hago es porque lo pienso– está determinada por ella. Esto no significa que todo en mi vida sea poesía –no es poesía lo que sale del cuerpo físico por necesidad de vida–; aunque aquí hay una paradoja: “también podría serlo” cuando el hecho es reinterpretado por esa capacidad de relectura de la realidad que es inherente al arte.

La poesía sí misma no es un ente estático o disidente del cambio –por poner un ejemplo a tono con el contexto–; pensemos en ella como un virus y su extraordinaria capacidad de mutación. Son muchas las razones que hoy en día coexisten y la hacen evolucionar, por mencionar algunas: por supuesto, la pandemia y su capacidad transformadora de la sociedad, pero sin dudas también la revolución tecnológica y su reescritura del tiempo y de los valores tradicionales en una abierta y dinámica génesis de la nueva generación. No hacemos –mejor dicho, no podemos hacer, por elemental responsabilidad evolutiva– la misma poesía que generaciones anteriores, sería un sinsentido.

¿Cuáles son los principales dilemas creativos que acompañan a un creador joven que ha decidido establecer su vida más allá de las fronteras geográficas en las que nació? ¿Ha cambiado el mapa de tu poesía al variar el espacio dónde vives? ¿Cómo?

Cuando tomé la decisión de vivir fuera de la Isla, incorporé las contradicciones “del mundo nuevo” al acto creativo; fue un hecho consciente, pero también orgánico, inevitable. No dejó de existir el yo traído, simplemente la nueva realidad lo remodeló. Como artista realizo una obra abierta y dinámica –no soy para nada especial por hacerlo–, esto lleva a un análisis transformador que la mayoría de las veces ocurre espontáneamente. Sin dudas ha cambiado el mapa, pero también ha cambiado la vida como la conocemos, creo que para mejor.

La humanidad, en especial los artistas, necesitan del otro y de lo otro, del polvo de todos los caminos que sean capaces de pisar; que sean capaces cuestionar para captar y significar la vida. El trato del arte con el universo es de supervivencia. En Cuba se le está vedado a casi todos, no solo a los creadores. En cuanto a los dilemas creativos, se mueven con mi cuerpo a donde quiera que vaya –somos uno, y en el todo, parte–; vivir fuera no cambia significativamente las mediocridades, miserias y recurrentes degeneraciones del mundo literario. Con ellas, y con las propias, hay que cargar y seguir viviendo.  

La ciudad y su amnios es un tema que afecta y atraviesa toda la estructura de tus libros; con más o menos evidencia. ¿De qué manera la ciudad se transforma en leitmotiv de tu creación?

En Cuba, “la ciudad” tenía un alma más arquitectónica: de cemento y ladrillo eran sus formas; ahora es más de carne, ha dejado de ser ciudad observable y externa para ser del hombre, del yo y del ellos. Sigue siendo ese leitmotiv aunque ahora ya no sea tan evidente.

Este es un mundo donde la poesía se hace esquiva en tanto cotidianidad. Sin embargo, hay proliferación de creadores, de poetas, ¿por qué ocurre, a tu criterio, esta ecuación si se quiere paradójica?

La poesía tiene una cualidad sanadora. ¡Mística! Como somos animales de pensamiento abstracto, aun sin darnos cuenta, la necesitamos para vivir; sin importar que se lea menos. Es irónico, contradictorio, polisémico en su ambivalencia que surjan más poetas, o voluntades que intentan serlo. Aunque no siempre con buenas intenciones o buenos resultados, a esa masividad no hay que tenerle miedo –ha ocurrido antes–; ya se encargará el tiempo de hacer lugar a quien de verdad vale. Hoy en día hay mucha gente que no le interesa ser útil a la literatura… a nada. Su única aspiración es la fama: observador/observado, mientras más seguidores más premios, más “popularidad”. La creación es un ejercicio de soledad, la introspección se relaciona directamente con el creador: distanciamiento del mundo (distancia de él y de sus existencias). Al perder el individuo la fe renacentista, el intento de preservar sin meretricio las contradicciones a que está sujeta la «aventura de la escritura», es cada vez más difícil de lograr.

Has estado en los dos lugares de la balanza: jurado y concursante de un premio; ¿sientes que hay una semejanza en ambos roles?, ¿cómo enfrentas la labor de jurado?

No es una novedad que los grandes y medianos premios son un espaldarazo para la carrera de cualquiera. A casi todos nos ha tocado estar en ambos lugares, jurado y concursante: similitud más allá de que casi siempre el jurado sea un creador, no veo.

Estos roles son por naturaleza dicotómicos, antagonistas, no hay como darle a alguien cualquier autoridad para que automáticamente lo ecuménico desaparezca y, de paso, al placer del poder. Es algo inherente. Lo importante es la justicia, que esta prevalezca sobre los intereses degenerados que lamentablemente son los que priman muchas veces.

Lo que antes te comentaba, nadie es ajeno a esa realidad que se ve a diario en certámenes nacionales e internacionales… si hay dinero de por medio, publicación en una gran editorial o prestigio por la antigüedad y significación del certamen, todavía más. De ahí que en nuestro “mundillo”, muchos creamos que gran parte de esos premios nacen con “nombre y apellidos”, y que de vez en cuando, muy de vez en cuando, tocan a quien de verdad lo merece.

He visto construir en Cuba, pero también en el extranjero, la carrera de más de un escritor o escritora porque así lo piden las instituciones que lo auspician; incluso por razones mezquinas o poco relevantes en el contexto, como puede ser el hecho de que sean amantes el jurado y el concursante. Como nadie está exento de errores como esos –nadie es perfecto–, en la medida de lo posible trato de distanciarme del individuo para evitar subjetividades. Siempre intento ser justo, aún cuando en algunas ocasiones no me gusta lo que premio (hablo de satisfacciones, no de calidad). Por eso me parecen perfectos los certámenes que son anónimos y no piden curriculares.

Con el paso de los años, al autor prolífero –como es tu caso– se le queda una deuda invisible con los títulos que ha escrito y que, por una razón u otra, no se han publicados. ¿Confías en el valor imperecedero de la buena poesía?, ¿te preocupa que sus temas o motivos puedan envejecer?, ¿cuáles son tus certidumbres e incertidumbre acerca de esos libros?

No podemos llamarnos a engaño, no con los tiempos que nos corren. La razón de un libro es el lector, y la razón del escritor es la publicación. Me preocupa que algunos libros se queden suspendidos en ese limbo del mal destino, por los inconvenientes de no encontrar una editorial decente. Sobre todo cuando la creación ha estado influenciada de manera particular por el contexto, o más, cuando la intención era reflejarlo o participar de él. No me preocupa el envejecimiento que necesariamente no conlleva decrepitud, me preocupa el no estar presente cuando creía que debería estarlo. No es exagerado decir que cada vez es más difícil publicar, máxime cuando se trata de poesía y no hablo de la auto-publicación complaciente que ofrece Amazon y otras editoriales, donde el libro con toda literalidad nace muerto.

Estoy consciente que muchas cosas que he escrito no merecen ser publicadas, pero otras tantas se acumulan en las PC de los escritores con suficiente valor y sufren el mismo destino. De cualquier manera el buen arte es imperecedero, sobrevive a la vanidad de su autor, ¿pero cómo saberlo sin antes haber publicado?, no hay forma. Si no se expone (públicamente) la creación, el estar vivos y el hecho de ser valorados no existen. Quiero pensar que mi obra es lo suficientemente sincera como para sobrevivir: La que habla es mi vanidad, y aunque en concreto nadie sabe lo que se estará leyendo dentro de un siglo –si es que se lee o de qué manera, si es que logramos sobrevivir el próximo siglo– tengo que ser optimista.

¿Cómo se desarrolla el músculo de la escritura? ¿Tienes una rutina? ¿Confías en el rigor del oficio o prefieres transitar por otros caminos?

De esto se ha discutido largo y tendido. Yo creo que no existe un método mágico-universal para la escritura; menos aún para la poesía. Soy bastante vulgar al hacerlo: escribo siempre y cuando siento deseos. Avanzo con rapidez en la poesía y la disfruto más. La narrativa me exige mucho, necesita método. Si escribes una oración o dos, un párrafo o dos, una página o dos diarias, estaríamos hablando de matemáticas; no de calidad, mucho menos de literatura. Por eso creo que es algo idiosincrático. El oficio sin dudas se aprende y se perfecciona. Pero esto no funciona con la poesía. En la poesía el oficio es una pérdida de tiempo y una burla al lector. No solo hablo de la poesía libre; tampoco la poesía clásica, rimada, compleja y estructurada, se aprende por oficio en ninguna academia o talleres de Instagram.

¿Cuáles son las raíces que nutren la teatralidad y el valor performático de tus poemas?

La existencia: mi vida… la de todos. 

¿Hasta qué punto sientes que la poesía, o el lenguaje poético en concreto, transita de manera estructurada en tus textos narrativos?

Todo el tiempo. Soy de los que piensa que ningún género escrito está exento de poesía. Una vez dije que “La poesía era la Metafísica de la Palabra”, todavía lo creo, pero también pienso que es la gemación del pensamiento hecha con frases; conjunción lúdica entre pensamiento y lenguaje que en el subconsciente colectivo se hace a sí misma como un instinto.

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