“Ganar un premio no significa nada”.

Mo Yan.

Premio Nobel de Literatura.

Es muy importante decir lo que se piensa. Desde la escuela se nos hace leer esa frase martiana: “un hombre que no dice lo que piensa no es un hombre honrado”. Dado haber comunicado, en su momento, y por los debidos canales, a la máxima dirección del Instituto Cubano del Libro mis inquietudes sobre el tema, me siento libre de expresar cuanto pienso. La literatura cubana actual y los premios literarios. Ese será el tema. Un tema explosivo al día de hoy. Un tema que motivó, durante la Feria Internacional del Libro de La Habana (FILH) —y sigue motivando— los más mordaces comentarios, en no menos mordaces corrillos, intervenciones, correos electrónicos, reuniones de colegas, premiaciones o presentaciones de libros.

Dejando a un lado la capacidad de mordacitud —célebre en el gremio— admitamos que muchos colegas están preocupados. Sin la menor mordacidad. No creo que lo analizable sea la fugacidad de un hecho. De Premios que determinados Jurados hayan dejado desiertos. Por eso no me referiré al hecho que —aparentemente— echó a rodar este affaire. Entre otras cosas, porque todo Jurado tiene el derecho a juzgar desierto el Premio que estime. De lo que se trata, lo que urge, lo que demanda el momento, lo que pide a responsables aullidos la situación, es migrar de la sana Pre/Ocupación a la todavía más sana (y sobre todo sanante) Ocupación. De la Pre/Ocupación acerca de un hecho aislado a la Ocupación acerca de hechos comunes. De lo grupal a lo gregario. Un árbol no hace al bosque y de lo que se trata es de impedir elementos que puedan dañar o dañen al bosque.

La mordacidad rara vez resuelve, hace fértil o sana algo. Aporta cierta dosis de catarsis. Ahí queda. Y de lo que se trata es de sanar. Impedir que el problema se prolongue en el tiempo, crezca en el espacio, devenga —como el ya familiar y muy cubano dengue— mal endémico. Nunca comentarios, corrillos, intervenciones, correos electrónicos, y todo un desmadre de cotilleo, verdadero barómetro de toda situación, han ejercido efecto alguno en función de la resolución viable, rápida, efectiva, saludable y óptima de los problemas. Se profieren gritos con respecto a una bestezuela, mas… nadie parece escuchar. Y, menos aún, aludir a la… jaula. Y se necesita hallar ¡alguna vez! jaula. La mayoría de las veces los mordaces parlantes solo aluden al pajarraco porque, convengamos, carecen de las debidas responsabilidades en función de aportar jaulas. Y de lo que se trata es que aquellos que deban aportar jaulas la aporten. Para ello, antes debe ser debidamente identificada la bestezuela. Si bien no muchos tenemos la responsabilidad de aportar jaulas, sí tenemos la responsabilidad de identificar bestezuelas. Eso no solo es un derecho a ejercer, sino un deber a no eludir. Todos debemos contribuir, en la medida de nuestras fuerzas, nuestras responsabilidades y nuestro compromiso, que no es poco, a esos fines. De lo contrario, todos somos culpables.

Más allá de la mordacidad, que casi siempre es huérfana, la palabra, bien dirigida —sanamente escuchada, sin encono atendida y no infelizmente estigmatizada, soberanamente ignorada o hasta por decreto proscrita / prescrita para refutar— tiene un poder rotundamente genésico. Eso trataré de hacer con este texto. Con respeto. Con lo que creo mi verdad. Subjetiva como toda verdad. Confiar en el poder genésico de la palabra. Confiar en ser escuchado. Confiar en que quizá no todas las ideas que acá expongo vayan a engrosar el adminículo de yute con el ya clásico orificio al fondo. Al final, todo refutador, comisionado o no, no habrá hecho sino uso del más elemental derecho a expresar la cuota de verdad subjetiva que a todos asiste. Y no está mal que ello ocurra. No está mal porque, al final, los lectores (y el tiempo, ese gran reparador) dirimirán a quienes asiste mayor cuota de la siempre subjetiva verdad. Sobre todo el tiempo suele ser fabuloso en tales componendas. Vayamos, pues, por partes.

PARTE 1: LA TEORÍA. Causas (y condiciones) de la Premiofilia

a) El Premio como vía (casi única y expedita) de publicación

En nuestras reducidas posibilidades de publicación (crisis financiera, crisis del papel, crisis de los poligráficos, crisis editorial, crisis presupuestaria) los Premios se erigen como una de las pocas —más bien la única— posibilidades de que: 1. El libro sea publicado y 2. Lo sea de manera expedita. 3. Reciba mayor promoción. No son pocos los que han enviado textos a una editorial para recibir el clásico mensaje: “Este año no resulta posible incluir su obra en el Plan Editorial”. No son pocos los que poseen un libro aguardando así, años. En lo que se refiere a Literatura, la tirada total de todos los títulos y a la cantidad de títulos (repito: ¡Literatura!), nuestras editoriales han disminuido sus publicaciones. Eso es una verdad de Perogrullo. Los vericuetos para que un autor publique son tortuosos. Ello se hace todavía más tortuoso si se trata de alguna de nuestras editoriales nacionales más importantes. Por fortuna, editoriales de provincias —algunas de ellas han cobrado en ese contexto cada vez más prestigio— han logrado lanzar dosis de muy alabada terapia sobre esta enfermedad.

Cada año nuestra prensa nos sorprende con nuevas cifras, los cientos de miles de ejemplares que se publican en cada nueva edición de la FILH. Pese a ello, casi todas nuestras más importantes Editoriales han mermado, dadas las consabidas crisis (financieras, de papel, poligráficas, editoriales, presupuestarias), la cantidad de títulos que anualmente publican. Otra vez: en lo que a Literatura se refiere. Esto en modo alguno resulta una crítica o un ataque al sistema editorial cubano o a la cultura en nuestro país. Ello, por ética, y por otras innumerables razones, me está vedado. Ello resulta solo el muy lógico reflejo del grado —severo— de dificultad que enfrenta nuestra economía en el contexto actual, contexto extraordinariamente adverso, que impacta con no poca fuerza sobre disímiles esferas de la vida nacional. Regresemos, sin embargo, a lo que nos ocupa: publicar en una editorial nacional se hace, al día de hoy, difícil. Hecho este, repito, solo aliviado por la acción —honor a quien lo merece— de editoriales de provincias.