El tiempo de las evaporaciones

Ya llega el tiempo en que, vibrando sobre el tallo, cada flor se evapora igual que un incensario, con esta cita de Charles Baudelaire abre el poemario Erosiones, Premio Pinos Nuevos de Poesía 2017, del escritor Milho Montenegro.

El tiempo en este cuaderno no da paso al nacimiento o a la belleza (arribo a la juventud, florecimiento del jardín, maduración de las cerezas), solo deja erosión: “el tiempo es una materia corrosiva”. La vida se desvanece. Los animales que lo habitan no son aquellos paradisiacos en Lezama de pasos evaporados, sino bibijaguas con órganos a cuestas, pájaros golpeando barrotes, libélulas de torpe fugacidad, arañas que cuelgan del vacío, bestias que destrozan la carne y la luz.

En sus versos vegetales tampoco encontraremos la rosa límpida y sonora que nace de lo oscuro, de Gastón Baquero; sino la sombra de los helechos, donde solo florece el espanto, “la soledad reside en ellos como la muerte en la flor que reposa en un búcaro cualquiera”.

Poco a poco nuestra joven poesía se ha ido vistiendo de desesperanza: “estrías que supuran el dolor de una vida fustigada”, señala el sujeto lírico: “me alejo como aquel que ha perdido todo, sin volver atrás”. “Este siglo nos condena”.

Montenegro ha escrito al pie de la letra de las palabras del Apóstol: hay que ser hombre de su tiempo, para ser hombre de todos los tiempos. Sus poemas escritos en prosa, a modo de pequeñas historias, no se diluyen en exotismos; profundizan en el mundo que lo rodea y en el cual le ha tocado vivir. Divide sus versos mediante slash, no solo otorgando con ellos un viso contemporáneo sino, que, de algún modo, guía al lector en la respiración y el ritmo interior de los textos. El autor se encuentra tras una cortina de misterio, es un instrumento: “El dolor es quien habla por mí”.

Repasando estas líneas del poemario: “Era el tiempo del regreso […] Fuimos sombras que nadie recibió”, mi mente hacía una conexión con un pasaje de Sobre héroes y tumbas, una de las más importantes novelas del argentino Ernesto Sábato: Como cuando se piensa en cosas pasadas y se trata de reconstruir oscuros recuerdos que exigen de toda la concentración de nuestro espíritu […] en días que se alargan y se deforman como tenebrosos fantasmas sobre las paredes del tiempo, porque de alguna forma sentía que aquellas palabras eran como un resumen al concepto fundamental que da vida al libro de Milho. En su texto Sábato nos muestra la misteriosa y turbulenta ciudad del Buenos Aires de la época, y en Erosiones, el poeta dibuja con versos el panorama que vislumbra, en el cual tiene que resistir: “las pérdidas, el desplome, la apatía”. Martín, personaje de Sábato, se busca así mismo; del mismo modo Montenegro realiza esta búsqueda existencial a través de los recuerdos y los vestigios del tiempo, a partir de una estela un tanto oscura que traza el camino en retrospectiva: el camino-tiempo andado y al que, a pesar de sus palabras, no se pretende regresar, porque —ya se sabe— puede ser un acto peligroso. 

Al llegar a la concepción de este poemario el autor ha madurado escritural y biológicamente, y es capaz de discernir una serie de preguntas que, tal vez, lo han asaltado en la madrugada, por ejemplo: “me ha tocado ser todo para luego ser nada. En este instante en el que el tiempo moldea mi voluntad como barro inútil, lo he comprendido”; lo entiende “en este instante”, no antes, no después, ese momento fue el nacimiento del poema, y por ende de todo un cuaderno que entonces se gestó. Más adelante, en “Soliloquio” proclama: “Ahora que la noche se adentra en mis horas sin remordimientos ni salvoconductos, comprendo que estoy a solas con un sentimiento que me deja absorto ante la vida”, una vez más es “ahora” que comprende, sin embargo, continúa reflexionando y un poco sin saber qué hacer, pues la vida misma es también incertidumbre, y comprender la pregunta no siempre nos ofrece la respuesta.

Hay una palabra que aparece tanto gráfica como conceptualmente a lo largo del cuaderno y que pareciera ser un hilo terrible que entrelaza sus textos, VACÍO: «Falto de contenido || Abismo, espacio sin materia || Falta, carencia o ausencia de alguna cosa o persona». De todas sus definiciones posibles hallaremos muestra en estos poemas de dolorosa hermosura.

Es la imagen de una mariposa saliendo de la madrugada el símbolo para el aprendizaje de qué es la muerte, vacío ante los que no están, los difuntos que no logran desterrarse son fantasmas que se posan en los ojos del poeta, como la noctámbula mariposa que golpea contra el muro. Ese “vacío” llega incluso más allá: “aquel que fui un día me abandona”. Se extraña hasta al ser que se ha sido antes y que ya nunca se volverá a ser.

El filósofo griego Heráclito dijo: En los mismos ríos entramos y no entramos, somos y no somos, refiriéndose al curso del río y cómo debido al flujo sus aguas nunca son las mismas como tampoco lo es el bañista con el paso de los años. Si la existencia es en definitiva la estancia en el mundo, y esta estadía está dada en el devenir, entonces el ser debe dejar alguna huella como prueba de su existir, una vez que ya no esté; Milho lo sabe: “un hombre sin propósito pasa como sombra por su tiempo”. Todo es transitorio: “la vida es límite/ hilo podrido siempre a punto de quebrarse”.

No solo la existencia es efímera y cambiante, sino también el cuerpo: “Retornan con otros cuerpos y otros rostros/ los que regresan jamás son los mismos/ Nosotros/ los quedados/ tampoco”. “Me aferro al cuerpo […] Soy como la Palma Real: hombre ceñido a la tierra buscando su lugar”. “Nuestros cuerpos no fueron sino amalgama de vida/ extensión contra la sombra”. El cuerpo es el que padece el dolor, la enfermedad, la vejez, la erosión. Y la tierra solo alberga este cuerpo lírico mientras se descompone: podredumbre, sangre, cadáver. Nunca el florecimiento y la vida. Cada verso está cubierto de óxido, tizne, polvo, escoria. Flecha perdida que estalla sobre la isla y la isla es el hombre.

Erosiones es un mapa sobre el dolor de una época.

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