El no tan mágico mundo de la Señorita (des)tiempo

Le debo a la amiga Santa Massiel Rueda el préstamo del libro El mágico mundo de la Señorita tiempo.

Se trata de una noveleta infantil sobre las aventuras que viven unos niños en su tiempo de vacaciones, después de descubrir la casa de un personaje singular, la Señorita Tiempo.

Le debo a otra amiga, mi primer acercamiento a la obra por allá por el 2009, cuando ya se empezaba a elaborar los guiones para un seriado que se transmitiría por la televisión Avileña.

Todavía su autor, Leonel Daimel García (Ciego de Ávila, 1989), no soñaba en convertirlo en libro. Y mucho menos, ser un pasante del Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso.

Han pasado algunos años y creo que, para la vida de este escritor, de una manera muy ventajosa. Un par de libros publicados y la inserción en el panorama literario de la isla, califica como buena arrancada. 

Miembro de una organización como la AHS que aúna a la vanguardia artística juvenil, tiene todas las posibilidades sobre la mesa: concursos, becas, eventos, antologías.

El libro

Valorar un libro es mirar su armonía en cuanto a forma y contenido. Y en este ejemplar, lo primero que resalta a la vista es el diseño gráfico de la cubierta basado en una ilustración de José Rolando Rivero, artista de la plástica, poeta y editor de este volumen.

En sentido general, es una propuesta llamativa originada desde figuras geométricas coloreadas con amarillo, rojo, verde y azul. El personaje central, con una especie de gorro en forma de reloj, parece identificarse como la Señorita Tiempo.

Este tipo de ilustración me recuerda las utilizadas en nuestro país en ediciones memorables de los años ochenta, como Pippa medias largas, Momo, Me importa un comino el rey pepino, Ronja la hija del bandolero, entre otras; sin embargo, no creo que esté a la altura del tipo de ilustración más frecuente en esta época de internet y redes sociales.

Pareciera, entonces, que se ha empleado un tipo de estilo con marcada intención linotipista, para darle cierta antigüedad al texto, o un regusto por el estilo más conservador del arte de ilustrar. Aunque, a mi entender, esto no era necesario. El público infantil cubano tiene bien puestos los pies sobre la época en que le toca vivir.

Por lo tanto, considero que el libro se pierde, ante la mirada del lector. Y, por otra parte, la concepción de una protagonista que tiene todas las características de una vedete, o bailarina sacada de una peli del western, nos hace poner en entredicho, sus cualidades morales.

Si bien el resto de las ilustraciones del libro necesitaba una tipificación de los personajes más adecuados en consonancia con el mundo de la fantasía, con otros vuelos creativos, y una sensualidad propia del mensaje a transmitir, no consiguió despegarse de una carga semántica más bien “dura” de la realidad.

Varones con tirapiedras para resaltar la hombría; payasa con una sobrecarga de detalles en su atuendo que nos hacen pensar en una ansiedad atenuante; una bruja que viste como una friki o emo; una niña sacada del mundo de Oz con “pelo rubio” y “ojos azules”; todo tan alejado de ese universo cándido y hermoso que nos quiso transmitir el autor en su libro.

Estas observaciones hacen preguntarme, ¿estará conforme el autor con estas ilustraciones? ¿Pudo tener el espacio y el tiempo para ponerse de acuerdo con la editorial en cómo sería la imagen de su libro?

El diseño del libro

Estamos acostumbrados a que los libros salidos de ediciones Ávila presenten pocos problemas en su diseño. Y en esta última generación, son ejemplares realmente hermosos.

En este caso, no se rompe la regla. Y la elección de la caja tipográfica, el tamaño de las letras, el interlineado, la ubicación del título de los capítulos, la paginación, entre otros detalles, no deslucen, no atentan contra su visualidad y el objetivo final del mismo.

Pero creo que el talón de Aquiles está en la ubicación de las ilustraciones, ajena a las buenas costumbres de la edición y el diseño. Pues rezan las normas (aunque cada editorial tiene las suyas), “que las ilustraciones han de ir cercanas al texto que las nombra” (Norma editorial cubana, corrección 2017).

En este libro, no hay una imagen reflejando el texto en sí. Están como desfasadas. O van antes o van después. Aquí es cuando considero que algo falló en el proceso del editor que tiene como función:

“Verificará que las ilustraciones estén ubicadas lo más cercano a su referencia y siempre después de esta, no puede estar antes de la referencia.” (Norma editorial cubana, corrección 2017)

¿Qué buscaban editor y diseñador con esta nueva forma de colocarlas? Pudiera estar bien justificado, pero como lector, me crea un ruido. Porque si en el capítulo primero no se habla de la protagonista hasta el capítulo siguiente, no creo que sea adecuado colocar su imagen en las páginas iniciales.

Quizás sea una manera muy tradicional de atender a la visualización de un libro, pero las pautas en el diseño se hacen con un sentido más bien psicológico que ayudan, o deberían ayudar, a que la lectura fluya de la forma más cómoda, lógica, y feliz posible.

El narrador

Una de las más elocuentes deficiencias que tiene el libro es el empleo de un narrador-personaje, e interactúa con los distintos sujetos de la historia. En algún momento se arma hasta un juego de palabras entre todos, y llega un instante en que pareciera que será desterrado del libro por alguno de los coterráneos.

Y este recurso, aunque interesante, me parece poco explotado, porque no conduce a lugar alguno ni se consigue con ello darle un vuelco dramático a la trama.

Es estimulante leer al “narrador” emitir sus juicios sobre lo que va narrando. Incluso, cuando habla consigo mismo y se cuestiona. Me hace recordar novelas como La piedra lunar, Jacques el fatalista, y tantas otras, donde el narrador-personaje asume un lugar más dentro de la dramatización.

Todo muy teatral. Pero cuando no está bien justificado, se queda en una especie de limbo que no permite que la lectura se haga de manera efectiva y productiva.

Si a cada rato el lector ve interrumpida su lectura por los propios juicios del narrador, y las interacciones de este con los personajes, pero no entiende que es “para alcanzar algo” ni se imagina “cómo podría acabar ello”, entonces se queda en nadería y es derroche de un recurso que, de por sí solo, tiene garras para ser buen argumento.

Y todo se complica cuando, desde el segundo capítulo, pareciera colarse en la historia un segundo narrador. Sale de un libro mágico que se abre en la casa de la protagonista y sus parlamentos tiene una bien definida tipografía que me recuerda, en algo, a La historia interminable, de Michael Ende.

Este recurso no está bien aprovechado ni resulta del todo necesario. Enseguida el suceso se olvida y se vuelve a la razón del narrador partícipe.

Hasta que llegamos al final del octavo y penúltimo capítulo, donde se nos vuelve a poner un ruido en la lectura. El Narrador está contando lo que un Escritor escribe. O sea, como por arte de magia, el libro es el resultado del oficio del Escritor que nunca se había mencionado ni como personaje ni como demiurgo, porque hasta el momento se creía que el narrador del libro era Dios.

He visto pifias en grandes obras maestras, desde La guerra y la paz, hasta El resplandor. Por lo que no me asombra que, a esta altura de El mágico mundo de la Señorita Tiempo, aparezca que el Narrador comparte honores con el Escritor y con el que también pareciera estar en pugna:

“Definitivamente nuestro escritor quiere estirar el capítulo, pero está dejando muy mal parados a nuestros protagonistas.” (pág. 64)

“Yo ni me imagino en qué pueda ayudar el teléfono a seguir de vacaciones, pero como soy un simple narrador solo les cuento y dejo continuar la historia”. (pág. 69)

En todo este asunto, una revisión más certera y una rescritura a tiempo, hubiesen salvado la situación. Aunque solo los implicados en el proceso editorial podrían dar una respuesta acertada en caso de ser cuestionados por alguien.

La edición

Es cierto que el protagonista de un libro editado e impreso es el editor. Quien se podría ver como coautor de ese volumen literario. Ayuda a corregir errores y, casi siempre, tiene la autoridad para hacer y deshacer cuando el escritor se ha dormido sobre laureles y descuidado cosas propias de la escritura.

Así queda escrito en la norma editorial cubana:

“Deberá atenderse fundamentalmente la gramática, la redacción, el estilo, el perfil editorial y el de la colección si fuera necesario.” (Norma editorial cubana, corrección 2017)

Y quedaron cosas pendientes en este ejemplar, sobre todo en la redacción y el uso de las comas. Véase la más común que es la ausencia de este signo de puntuación ante las oraciones coordinadas que empiezan por pero. Además de la sustitución de la coma por un punto y coma, en oraciones compuestas.

El hecho de que esta tirada de solo 200 ejemplares no representa un gasto grande para la editorial, y menos si ya se vendieron, no tiene que significar que ha sido un éxito editorial.

También podrían haberse convertido en las doscientas pesadillas para un autor joven que quisiera verlas quemadas en la hoguera del olvido.

Le dejaremos a la historia, esa que otros contarán con mejor suerte y que alimentará el prestigio de una editorial de provincia, el juzgarla como buena o mala práctica.

Es un libro que merece justicia a largo plazo. La literatura infantil que se gesta en Ciego de Ávila así lo amerita.

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