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El esc√°ndalo sagrado del arte sin firmas

Tomado de ¬°Ahora!
 
Estoy sentada sobre las flores ca√≠das de los framboyanes. Mi padre me est√° observando desde la ventana de su consulta jugar sobre la naranja espuma de p√©talos. Pero yo no puedo verlo, porque estoy intentado descubrir qu√© significan las formas dentro de la piedra. Es una enorme piedra porosa y ceniza donde flotan formas que no comprendo porque solo tengo cinco a√Īos. Y cinco a√Īos es poca edad para comprender el arte.

 
Tiempo después me senté frente a la escultura, que estaba en la fachada de la clínica estomatológica de Velasco, queriendo saber más sobre el significado. Mi padre me explicó el concepto, pero desconocíamos el autor, como casi todo el pueblo.Y me quedé con aquella inquietud.
 
Hasta que una tarde, hojeando libros de plástica en la biblioteca del Centro de Arte de Holguín, algo me detuvo. Un golpe de relámpago y allí, en la página, una fotografía de aquella escultura ya olvidada por mí. Y junto, el nombre de la autora, Electa Arenal Huerta.
Comencé a estudiar la obra de la artista con detenimiento y comprendí por qué ni mi padre ni los hombres conocedores del arte en Velasco, quienes son muchos, conocían al autor de la escultura. Electa no firmaba sus obras.
 
Hab√≠a venido a Cuba como tantos artistas e intelectuales, en los sesenta del pasado siglo, acompa√Īada por dos hijos y su esposo, el arquitecto Gustavo Vargas Escobosa.
 
Llegaba desde M√©xico con murales en los ojos, ven√≠a de pintar con el gran Diego Rivera, de hacer altorrelieves con el maestro Francisco Z√ļ√Īiga, y lleg√≥ a Holgu√≠n para legar ese arte.
 
El escritor Gilberto González Seik, quien fue su amigo, me contó que iba siempre despeinada, rubia y despeinada, sonriente, buscando la voluptuosidad de la vida. Un día le pidió a un negro, quítese la ropa, quiero esculpirlo.
 
Otra vez, detuvo un camión lleno de hombres en el que iba y se lanzó a un río a nadar. Era de madrugada. Y eran también los sesenta y Electa iba por la ciudad con sus pantalones de gentleman, sus anchas camisas, sin ajustadores, seguida de jóvenes que querían hacer arte. Y aquello era un escándalo. Una mujer en pantalones que fumaba frente a La Periquera. Pero un escándalo sagrado.
 
Electa hizo para Cuba el m√°s grande mural escult√≥rico del pa√≠s, con el salario de un obrero de la construcci√≥n. Form√≥ pintores, escultores, escritores. De su autor√≠a son las palomas mosaicos de los edificios de la Reforma Urbana, Canto a la Revoluci√≥n, √Ātomos y ni√Īos, Infancia, Maternidad, la pintura Revoluci√≥n Cubana, el Mural Geom√©trico del Hospital Lenin, el enorme Monumento a las Pascuas Sangrientas. El taller que form√≥ con Manuel Canelles, Jes√ļs Cruz, Argelio Cobiella y Luis Catal√° es el origen del mural escult√≥rico revolucionario en Cuba.
 
En una de las salas en reparaci√≥n de La Periquera vi aquel rostro por √ļltima vez, su Autorretrato de granito verde, y vi el dolor en los ojos de piedra, en aquella sala vac√≠a, como lo vi luego en su obra Sufrimiento, que estaba arrinconada en el patio del museo, entre una pared y la intemperie y en la pintura suya que cuelga en la sala de la que fue otrora casa de Andr√©s Garc√≠a Ben√≠tez.
 
Electa regres√≥ a M√©xico en 1965 y continu√≥ con su arte hasta que en 1969‚Ķ¬†Mira: all√≠ estar√©, en la lluvia, en los caminos, en las palmas, en el mar‚Ķ Ten√≠a 34 a√Īos y una sonrisa de fiestas. me encontrar√°s en la verdad y en el arte. Estaba ayudando a David Alfaro Siqueiros a dibujar los contornos de Ad√°n y Eva. Y estar√© entre los milicianos marchando hacia el futuro. Sobre un andamio pintaba estos contornos. Y cay√≥. Ten√≠a 34 a√Īos y una sonrisa de fiestas. Y era tambi√©n la tr√°gica muerte de la poeta que fue‚Ķ¬†Y mi voz en esa Internacional que pasa.
 
La madre escribi√≥ en sus memorias: ‚ÄúAl estar los andamios sobre un piso improvisado, se hundi√≥ uno de ellos y ella cay√≥ desde una altura de m√°s de doce metros, peg√°ndose en la nuca y muriendo en ese instante. Su obra que dej√≥ en Cuba, principalmente, fue bastante y muy buena‚ÄĚ1.
 
Fue bastante y fue buena. Una obra para rescatar y pensar que hay artistas que no firman porque el verdadero arte se vuelve corpóreo y se levanta por encima de los nombres.
 
Hay una mujer fumando frente a la Periquera. Es temprano. Alguien la mira al pasar. Usa camisón blanco y trae el pelo revuelto. Esa mujer apaga el cigarro. Expulsa el humo. Es 1960. Tiene un verso en la boca y pide a gritos el pincel.
 
* Los versos en cursiva son de Electa Arenal.
 
1. De las memorias de Elena Huerta (Madre de la pintora) (Huerta, 1999, p. 148-149)

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