Dialogar con un Cimarrón a los cincuenta de sus Memorias

Miguel lo sabe y lo confiesa a público abierto, estar aún aquí, del lado de los vivos, rodeado de amigos y lectores en gesto de agasajo, es un privilegio.

Ya no es casi en nada el muchacho de 21 años que descubrió «una luz» entre las páginas de El Mundo al leer la existencia de Esteban Montejo: negro-esclavo-cimarrón-mambí-partidista republicano-sobreviviente.

Ya se ha descascarado de aquella parte inmadura de sí que se paraba en las reuniones a disparar en ráfagas interminables lo que creía saber; «porque todo el mundo pasa por esa etapa en que necesitamos mostrarnos».

Le van quedando en rosario los recuerdos, la alegría serenada de repasar sus tres años de entrevistador «clandestino», cogiendo dos/tres veces por semana la guagua en 10 de Octubre, yendo a ver al viejo Esteban sin contarle a nadie, apuntando en libreticas- con sus dedos gordos que tanto le molestan ahora en los teclados- la voz anciana de donde cincelaría casi sin querer un personaje.

«Y yo no quería hacerlo un personaje a Esteban, de verdad que no. Eran mis años de estudiar etnografía, antropología; de andar por la Biblioteca Nacional sin sueldo y feliz, gracias a la herencia de la tía que se me fue a los Estados Unidos. Tiempos de cercanías con Juan Pérez de la Riva, Zoila Lapique, Ángel Díaz León, Fernando Ortiz… De recorrer en camioneta toda Cuba, bache por bache, haciendo estudios sobre la vida en los barracones. Entonces, lo que me propuse escribir fue eso, un relato etnográfico. Lo que pasa es que quien puso la mano para contar fue el poeta.»

Será porque la poesía es algo que un tanto se padece. Que sucede o no, sin anuencia del ser que habita. Miguel lo confirma en pasajes que ahora todo el mundo cita como muestras de la hondura espiritual de Esteban: «los lectores recuerdan su frase de ´por cimarrón no conocí a mis padres, pero eso no es triste porque es la verdad´; lo que nadie sabe es que él solo me dijo la primera línea, lo otro se lo añadí yo porque lo sentía ahí flotando. »

¿Y quién va a condenar a estas alturas a ese Esteban emergido a una vez de sí mismo y del choque contra el imaginario de Barnet? ¿Quién se atrevería a no agradecer, humildemente, la ganancia? Fueron, al fin y al cabo, tres años efervesciendo en plena juventud, rumiando a un hombre para mostrarlo al mundo.

Al primero que vino a soltarle prenda del asunto fue al «Capitán Núñez» (Antonio Núñez Jiménez) y eso cuando el texto estaba prácticamente logrado. «Tengo unas fichas de un cimarrón», le mintió por defecto; y Núñez, claro, las quiso ver, pero las pseudo-fichas solo vinieron a aterrizar frente a sus ojos hechos novela, mecanografiadas en 240 y pico de páginas. El Capi presagió en rotundo: «¡esto hay que publicarlo!» y se lo envió a Carpentier, y Carpentier dijo ver en aquello el manifiesto teórico de El Reino de este Mundo. Y hubo libro, conmoción, éxito de crítica, políglotas traducciones, versiones musicales y cinematográficas… la historia sabida y celebrada ahora, a cincuenta años.

«Sobreviví el peligro de la fama a los 25- masculla Miguel por lo bajo de una risita- eso sí me parece un poquito relevante. Sin embargo, no diría que mi Cimarrón es una obra maestra, apenas algo salido del corazón.»

«Le debo mucho al Juan Pérez Jolote, del mejicano Ricardo Pozas, una historia de vida de un indio de Chiapas que me inspiró a intentar el paralelo que no encontraba por ninguna parte en la literatura cubana. Les debo a los investigadores con los que me formé. Y más que nada a la persona real de Esteban Montejo, que puso su vida en mis manos para yo hacer.»

 

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