Con Martí en el camino de la redención definitiva

El Apóstol no ve en la cultura una realidad cerrada en sí, sino que la remite a la patria y a la humanidad, términos que sabemos que en él, lejos de oponerse, se englobaron…

Fotos: Alfredo Sarabia

Como afirmó el intelectual y ferviente martiano, Cintio Vitier, el Apóstol no ha dejado ni un solo cabo suelto en la historia de Cuba. Trató de dar solución a grandes enigmas y complejidades de su tiempo y del futuro. Su pensamiento nos ha llevado a perseguir como ideal la unidad continental, proyecto que se mantiene latente en nuestros días, y a defender como nadie la existencia misma de la humanidad.

Precisamente, en el pensamiento y acción de José Martí se encuentra una de las más poderosas raíces del árbol de nuestra Revolución, uno de los más sólidos fundamentos de la independencia y la dignidad nacionales, a cuya inteligencia, pluma y conducta, debemos los cubanos un formidable código ético y político.

Pero, si hemos sido capaces de hurgar minuciosamente en sus ideas, comprendemos también porque aseguró que “las América ha de promover todo lo que acerque a los pueblos, y de abominar todo lo que los aparte. En esto, como en todos los problemas humanos, el porvenir es la paz”. Son palabras escrita para esta hora difícil y compleja que vive la humanidad, y en especial nuestra Patria Grande.

Especialmente en momentos amenazadores, como estos que vivimos y los que se anuncian, no es posible defender de veras la humanidad y la cultura sin defender la justicia, sin defender a los hombres y las mujeres, sin defender el desarrollo pleno de nuestros pueblo. Eso nos toca hacerlo con seriedad, firmeza, pasión, lucidez y amor, como nos enseñaron la obra, la vida y el pensamiento del Maestro.

Son tiempos de la aplicación práctica del ideal integracionista de hombres como Bolívar y Martí; de lograr un aporte concreto y claro desde la cosmovisión martiana; que no es más que llevar a las nuevas generaciones el pensamiento latinoamericanista y potenciar la unidad desde y hacia los jóvenes. Todo ello puede hacerse también desde las contribuciones que hiciera a la cultura cubana y latinoamericana.

Y que el Apóstol no ve en la cultura una realidad cerrada en sí, sino que la remite a la patria y a la humanidad, términos que sabemos que en él, lejos de oponerse, se englobaron. Sólo unos meses antes de morir escribió: “Patria es humanidad, es aquella porción de humanidad que vemos más de cerca y en que nos tocó nacer”, parlo que, de modo especial, allí está obligado “el hombre a cumplir su deber de humanidad”.

Indudablemente, Martí concebía la cultura con entrañas de humanidad. Por eso, afirmó convencido en 1883, que “Educar es depositar en cada hombre toda la obra humana que le ha antecedido: es hacer a cada hombre resumen del mundo viviente hasta el día en que vive […]”. Entonces, heredamos pues la cultura de la humanidad, según Martí, y de una humanidad que lo es de veras, no mutilada y jactanciosa.

Como nos dijo el apasionado martiano Armando Hart Dávalos, de Martí podríamos decir que todavía tiene mucho que decirle a Cuba, a América y al mundo. “Los cubanos solos no podemos sostener el peso inmenso de esta herencia espiritual. Solicitamos de los pensadores de nuestra América que extraigan de la copiosa literatura martiana enseñanzas válidas para el debate intelectual contemporáneo y nos ayuden en el empeño de mostrar esas ideas.

“Martí nos exhorta a rescatar y exaltar sin dogmas ni prejuicios, y defendiendo los más sagrados intereses de los pobres que son quienes más sufren, todos estos valores espirituales sin excepción alguna. Nos orienta situar a cada cual a lo largo de la historia del hombre en el lugar que resulte más útil para emprender el camino de la redención definitiva”.

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