¿Cómo cautivar con la fuerza de la palabra? Conversando con Ian Rodríguez a propósito de la Feria del Libro

Las Ferias del Libro en Cuba tienen —como ventaja o desgracia— la atención casi masiva del público. Una muchedumbre compacta asiste a los sitios de venta, adquiriendo algunos, muchos, y otros, pocos títulos, cada uno según sus motivos: válidos, discutibles o simplemente, poco entendibles. Las últimas ediciones habaneras se han caracterizado, y en demasía, por verse envueltas en la comercialización de todo tipo de productos que nada tienen que ver con la literatura. Camisetas de equipos de fútbol, afiches, licras, y abrigos de los más diversos colores. Para colmo, hay que ver los precios elevados, en CUC, de los libros infantiles, y de otros de notable factura.

IMGP0236Desvirtuar una fiesta literaria tan importante y necesaria para la Cuba de hoy, va a tener negativas consecuencias a no muy largo plazo. En Cuba se lee menos, se sabe menos la cultura, y a la inversa hay mucho conocimiento de negocio, lo que también tiene su explicación sociológica; pero el riesgo que ello trae a la cultura, de manera global, es totalmente inaceptable.

En las provincias, la dinámica de la feria es más pasiva; pero, ¿hasta qué punto estas reuniones editoriales en el país tienen el éxito que debieran o el publicitado en los medios? ¿Hasta qué punto se trabaja, fuera del marco previo de las mismas, olvidando luego, durante el resto del año, la promoción de los libros y de los autores?

Con Ian Rodríguez Pérez converso sobre algunos temas relacionados con los libros y las ferias, siempre intentando reparar el bote agujereado.

Los programas profesionales y colaterales, paneles, homenajes…, que se organizan en la feria, se concretan frente a auditorios casi vacíos. Creo que ello ocurre por una dificultad promocional (se empieza a hablar de la feria apenas uno o dos meses antes) hasta llegar a una cultural ¿Cuán riesgosa, a largo plazo, puede ser esa problemática?

Comparto contigo lo lamentable que resulta lo que describes, sobre todo cuando uno se detiene a meditar sobre las potencialidades con que deberíamos contar para que tal cosa no sucediera y a corto plazo pudiéramos revertirlo. Que haya días con una programación de excelencia, figuras literarias de primer nivel impartiendo conferencias, exponiendo sus ideas en paneles o sencillamente presentando novedades literarias, y en ocasiones no sobrepasemos las 10 personas asistentes, es asunto verdaderamente increíble, y no creo que la variable «promoción»  sea la única a tener en cuenta, aún cuando reconozco que debemos proyectar estrategias más eficientes y atractivas al respecto.

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La poca asistencia es inconcebible, pues los organizadores tratamos de que a la misma hora en que se desarrolla el programa profesional, no coincidan actividades con la misma connotación, y si ello sucediera, pues contamos con pocos días para desarrollar el evento a plenitud, se procura afectar lo menos posible a los implicados potenciales, los del propio gremio artístico. Fíjate, solamente entre la sección de escritores de la AHS, que hoy cuenta con 7 miembros, y los 16 que integramos la Asociación de Escritores de la UNEAC, ya promediamos el nivel de expectativas habitual que una actividad literaria suscita, pues como se sabe, lo más común en ellas es la asistencia de unas 20 personas, y la mayoría de las veces, sobrepasar esa cantidad afecta la calidad de la acción, pues el interés se dispersa, y siempre va a ser mejor contar con la presencia de interesados, que con un público coaccionado o cautivo, práctica que por suerte, entre nosotros, ya va siendo menos frecuente que años atrás.

Jamás olvidaré que la primera vez que estuve frente a un escritor, en una lectura de su obra, yo cursaba el octavo grado, y fui a la biblioteca a ver cómo era eso. Me había enterado por los altavoces de la escuela un miércoles en la noche, único día de la semana para la recreación cultural, pues el resto era centrarse en los estudios bajo la celosa vigilancia de los profesores de guardia y los jefes de destacamento.

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Esa noche en que vi leer al poeta Francisco Mir, me picó el bichito y enfermé de un mal incurable, anhelé proponerme conseguir cautivar a otros con la fuerza de la palabra, y todavía hoy, Melissa, te confieso que no he cejado en tal propósito, y trabajo incansablemente por el perfeccionamiento. De ahí la importancia que concedo al intercambio con otros autores que nos visitan, lo cual muchos desestiman, no solo en la Feria. Kryster, en la AHS, y Candelario, en la UNEAC, cada uno por su lado, mes por mes, tienen a un autor de otra provincia invitado a sus peñas, y en ellas nos encontramos los cuatro gatos de siempre.

¿No crees tú que después de intercambiar durante un año con 24 autores de disímiles generaciones y estéticas diversas, supuestamente autores avalados por la jerarquía, el saldo creativo de Cienfuegos debería experimentar aunque sea mesurados niveles de crecimiento? Máxime, cuando la propia Feria te pone delante, como mínimo, a otros 15 autores (hemos tenido ediciones con más de 20, entre invitados y los que llegan con el recorrido de la Presidencia del Instituto Cubano del Libro); máxime, cuando durante más de una década la provincia acoge al prestigioso jurado del Premio Casa de las Américas.

Yo creo que el primer problema está en la insolencia y la apatía manifiesta dentro del propio gremio. Luego entonces, podemos girarnos para el mundo académico, y duele ver en nuestras actividades literarias las mismas dos caras de siempre. No entiendo de qué manera podrían actualizarse, pues a medida que el tiempo avanza, la literatura contemporánea, la de ahora mismo, no tiene nada que ver con la que nos enseñan en los planes de estudios. Ese es un gran abismo, y hay que tener alas de ángel o de demonio para cruzar sobre él y arrimarse hasta la otra orilla buscando una paradisíaca reconciliación, que estoy convencido terminaría brindándonos buenos frutos con la ausencia de crítica especializada que tenemos.

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En la asignatura de Literatura Cubana de mi carrera, la Comunicación Social, por tan solo ponerte un ejemplo, la última pincelada que recibimos es la de la generación de los cincuenta, y con representantes muy escogidos. Muchos de los autores de la misma generación que actualmente ostentan la condición de Premios Nacionales son totales desconocidos para el estudiante universitario, así que… qué vamos a dejar para nosotros.

Asistir a la Feria debería ser un momento para no seguir dándonos el lujo de la ignorancia, tanto profesores como estudiantes. Ignoro ahora mismo cuál pudiera ser el número de la matrícula de carreras afines de las humanidades como las Licenciatura de Historia, de Estudios Socioculturales, Comunicación Social o Español y Literatura, por solo mencionar algunas, pongamos que cada una aportara 20 estudiantes y 4 profesores, 84 asistentes a una actividad literaria es ya la excelencia, dando por supuesto el interés.

Y no nos extendamos mucho más, cuántos instructores de arte tenemos, cuántos de los graduados de estudios socioculturales trabajan en las instituciones culturales y en educación, quién motiva a ese público potencial, si ya está demostrado que el interés personal está ausente, pasa por la misma actitud de quienes les dirigen, que se desentienden de procesos que deberían funcionar como autosuperación y rara vez se les ve en ellos.

Los libros infantiles, los de cocina, etc., son los más vendidos, aunque eso no signifique que sean los mejores…

8No, todavía que sean los infantiles a mí me reconforta, al menos sabemos que la mayoría de las veces, mediando el gusto de los padres, ellos tienen un destino, y contribuyen a conquistar nuevos lectores. Lo lamentable es que sobre la buena literatura, se vendan como pan caliente y sean ávidamente buscados, los de recetas de cocina o los de autoayuda, que muchas veces nos regalan temáticas muy interesantes, no los demerito. Pero esos no son los libros que necesitan una adecuada promoción, y muchas veces se llega a ellos como buscando la croqueta para satisfacer necesidades muy primarias.

Un país que se esmeró en una campaña de alfabetización de la magnitud de la nuestra, un país que destina recursos incalculables a la producción de libros, a estas alturas ya debería tener menos lectores de la epidermis. Eso, contando además la cantidad de profesionales que gradúa cada año. Yo aconsejaría, para ir metiendo de algún modo a la tiñosa en su jaula, que Educación repensase su estrategia con una asignatura como la Estética; que Cultura revisara la verdadera labor de los llamados Asesores Literarios (a los que por cierto, no mencioné antes como público potencial arrastrando, si de verdad realizan la labor por las que les pagan, a sus respectivos talleristas. Nunca me ha gustado hablar, hacer distinciones, entre escritores aficionados o profesionales, tal distinción no existe. En Cuba, somos pocos los escritores que vivimos solamente de la Literatura); que los medios de prensa volvieran a incorporar y conceder espacios promocionales, programas y columnas habituales, como ocurría en los primeros años de nuestra Revolución, a nuestros intelectuales y escritores, espacios jerarquizadores y formadores del gusto estético, pues la Música, las artes Plásticas y el Cine, aventajan en ello a la Literatura.

Si las ferias del libro en Cuba no producen tanto como debiera (comparando costo del libro y precio de venta) ni son tan efectivas, ¿qué sentido les ves y cómo podría salvarse la real esencia de estas?

Una Feria del Libro es más que un suceso comercial, es el momento en que los autores pueden contactar y establecer contrataciones con editoriales, es el momento para intercambiar entre autores, para que los autores socialicen mediante lecturas, charlas, paneles y conferencias, sus experiencias creativas, y puedan encontrarse con su público. Por otro lado, el libro en nuestro país es subvencionado, las tiradas muy limitadas trasmiten la sensación de que la demanda siempre va a quedar insatisfecha (ya no tenemos aquellas cifras astronómicas de 40 000 o 50 000 ejemplares que conllevaban por lógica a precios risibles, nunca olvido que me compré El Tambor de Hojalata, de Günter Grass, a solo 60 centavos en pleno período especial).

Lo esencial para mí es que no se pierda el hábito de la lectura. Por desgracia, mucha gente va a la Feria por razones que no me corresponde cuestionar, y no es precisamente el producto libro lo que busca y adquiere. O cuando lo hace, no precisamente carga en el bolso o en «la cubalse» con un buen par de libros, de esos que de vez en cuando suelen removernos el piso, o como pedía Baudelaire, nos hacen levantar en los ojos el hábito de la costumbre. El crecimiento espiritual no tiene criterio de medida en los precios, sin embargo, pagamos muy alto el costo de engrosar la lista de lectores creativos.11

Una de las premisas de la FIL de Guadalajara, una de las reuniones editoriales más importantes de Iberoamérica, es formar lectores para tener compradores. Sin obviar la intención comercial que esto posee, en el fondo, la formación de los lectores es un tema de suma importancia para cualquier sociedad, aunque en la nuestra no se le preste la real atención.

El bote está sobre el nivel del agua, medio hundido, medio a salvo. Toca a los responsables e implicados actuar rápido, con precisión, para salvar y mantener a flote a la literatura cubana.
 

Fotos: Raúl Medina

 

 

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