Cierre adolescente

En estos últimos años, cualquiera que esté un poco familiarizado con la obra de jóvenes escritores puede reconocer el nombre de Yonnier Torres Rodríguez (Villa Clara, 1981). Sociólogo de carrera, miembro activo de la Asociación Hermanos Saíz, es ya una figura recurrente en paneles y debates sobre la más reciente literatura cubana y sus protagonistas: los narradores noveles. Además, Yonnier escribe de todo un poco, narrativa, ciencia ficción (CF), poesía, ensayos; pertenece a la UNEAC y ha ganado premios nacionales de importancia como el Calendario de Narrativa 2011; todo lo anterior lo hace uno de los rostros más prominente dentro de los novísimos autores de las letras cubanas en la actualidad y la auto-nominada «generación 0».

De forma particular, siempre he sabido reconocerle a Yonnier su constancia y disciplina a la hora de enfrentarse a la labor literaria. Recuerdo que nos presentaron allá por el año 2007 o 2008, en una de las sesiones del taller literario Espacio Abierto, al cual asistía él por primera vez. Un par de detalles quedaron en mi mente de aquel encuentro: no era de La Habana y vivía albergado en la UCI, donde si la memoria no me traiciona cumplía alguna especie de servicio social, o algo así, como profesor. En ese entonces, con la característica arbitrariedad de quien no ha despuntado aún en su carrera y ve a cuantos le rodean cual enemigos y competidores desleales e indignos, se tornó una costumbre comentar entre los más habituales los relatos que el villaclareño presentaba en nuestras tertulias. Quizás su prosa no fuera la más ortodoxa a la hora de abordar las aristas de la CF o tal vez sus temas estuvieran plagados de alegorías e imágenes simbólicas algo complicadas de decodificar, pero eso sí, la calidad escritural y el nivel técnico tenían un respaldo profundo, inexpugnable a comentarios críticos.

Poco después saldría su primer libro, Delicados procesos, cuentos de CF ambientados en Cubas futuristas, alternativas. Mas, el talento de Yonnier no estaba destinado a quedarse enmarcado en un solo categoría, prueba de eso son sus premios de narrativa y el resto de su publicaciones; la versatilidad es una ventaja innata en este hijo de Placetas. ¿Causó acaso sorpresa alguna encontrarlo pocos años después incursionando en la colección Ámbar, abanderada de la literatura juvenil? Soy de la opinión de que tarde o temprano lo veremos entrar por la puerta grande de cada género.

Cubierta-Cerrar-los-puñosEs Cerrar los puños el título con que Yonier hace su entrada en la editorial Gente Nueva; una obra que, como pocas, cumple las expectativas y las especificidades necesarias para alcanzar al público joven, para someterlo a la composición de la trama, para identificarlos con el protagonista, con sus vicisitudes, vivencias y peripecias, precipitados precipicios salvados en pos de esa aventura que ningún adolescente ha dejado jamás de emprender: la lucha por el primer amor.

Aludiendo a Yonnier, que en cada presentación de este libro no deja de recalcarlo, Cerrar los puños tiene evidentes rasgos autobiográficos y no solo en la reconstrucción del pueblito campestre, cuna del narrador/protagonista, o en los incidentes amorosos del personaje principal, superado por el oleaje de la crisis y los cambios espirituales que tergiversaron el pensamiento, comportamiento, de la sociedad cubana. El estilo literario con que Yonnier/personaje/cronista habla a través de su texto es directo, llana llanura de sencillez fácil de asimilar por cualquier joven de esta o venideras épocas. No obstante, es incapaz de sustraerse de utilizar determinadas técnicas que saltan ante el ojo experto: un protagonista anónimo, huérfano de nombre pues en él se personifica la propia vida y ensoñaciones de la juventud; un rejuego temporal que nos acompaña a lo largo de la narración, perenne en primera persona; sin embargo, mutante en tiempos verbales que van del presente intermitente, ganando en inmediatez y encarnación, al pasado interrumpido, más adecuado para el resumen y la escenificación narrativa. O el recurso reiterativo de frases que constituyen un sello en la prosa de Yonnier Torres: «ya eres un hombre libre» y «como hacen el amor los que no se aman», son ejemplo de estas; «cerrar los puños», título del volumen, también se incluye dentro de esta categoría.

Lucha por el amor, o por lo que crees como tal; ese es el objetivo del incógnito muchacho cuya historia presenciamos. Discurren los años finales de la crisis, nuestro héroe acaba de abandonar el servicio militar para hallar que el fenómeno económico ha hincado garras en el alma de su amada. Queda poco tiempo, quizás no pueda salvarla, tal vez la existencia se limite a una tragedia shakesperiana, excelentemente ilustrada por Ceddy Valdivia, donde puñal o veneno definirán el último acto. Entonces, proveniente de la fantasía, fantástica ficción figurada del personaje, brota una invitación a la aventura, rito iniciático bajo la sombra de los estudios de Campbell: el reino mágico de Azgor sufre la invasión de kruggers, orcos de ocasión en pleno episodio de conquista y exterminio. Él es el elegido de la profecía: Frodo Potter, el salvador que habrá de vencer ante las nefastas situaciones que le aguardan en la profunda madriguera del conejo blanco.

Así, a horcajadas entre realidad y alta Fantasía Épica, dirige una serie de combates contra los invasores auxiliado de un deux ex machina difícil de pasar por alto, ya que el recurso de viajar entre ambos mundos, real/fantástico, importando armamento moderno a la era medieval es en ocasiones chocante, cuando no burlesco. A pesar de ello, es imposible dejar de reconocer que esta solución, como bien analizó el autor, tiende a ajustarse al pensamiento facilista de las nuevas generaciones, más acostumbradas a las comodidades tecnológicas que al esfuerzo característico de las epopeyas personales; mas, ¿a quién si no está dirigida esta obra? Producto de su experiencia en el mencionado combate defensivo y de los acontecimientos que lo impulsan a su determinante crecimiento personal tras la victoria, surge la idea clave, la última cuña con la cual intentar abrirse paso en el rocoso corazón de Claudia, esa novia primeriza de su mutilada infancia: él, narrador desdoblado, triple protagónico de su propio relato, durante diez cuadras, viacrucis provinciana, ofrecerá su compañía y la narración de sus proezas en el altar del amor perdido, sumo sacrificio para materializar la plegaria de que ella abandone esa absurda obsesión por el dinero, abandone a su esposo maceta pueblerino, abandone las intenciones de irse del país, abandone todo y vuelva con él.

Cuando Gretel Ávila, editora del libro, comentaba que era uno de las obras de la colección que mejores posibilidades tenía de llegar al público adolescente, no estaba errada. Cerrar los puños es intemporal por el mero hecho de tocar de forma correcta determinados puntos sensitivos a los cuales todos respondemos. Intemporal también en sus anacrónicos errores, errores ex-profesos del ex-profesor Yonnier Torres. Anacronismos tales como hacer coincidir las camisas de bacteria, moda de mediados de los 90, con el reggaetón que -a pesar de surgir en aquellos años en las voces de El General o Vico C- no se popularizó hasta después del 2000 con la llegada de Tego Calderón y Daddy Yankee; o ese Joven Club de Computación con acceso a internet y esos teléfonos celulares y servicios de sms, nuevamente en los 90. Y no es que no hubieran existido en aquel entonces, pero el hecho de que estén presentes en un pueblito de campo en pleno Periodo Especial no resulta del todo verosímil.

Sin embargo, esta intemporalidad anacrónica es la que ayuda a construir una sensación imperecedera de la obra, un experimento con el cual tanto adolescentes como jóvenes adultos podrán verse reflejados en el texto. Para ello, Yonnier acude además al habla cotidiana del pueblo cubano, plagada de referencias a animados emblemáticos de nuestra/su niñez, a filmes que marcaron época, a temas musicales, a los recursos económicos más comunes de las clases menos afortunadas, a las ocurrencias propias de los años imberbes, de la inexperiencia juvenil. Tampoco deja de lado una serie de «trampas», más que técnicas literarias, que se han puesto de moda a la hora de escribir Fantasía Épica como es el caso de las continuas descripciones de las cenas, los manjares servidos y la forma de guisarlos, algo ya común en escritores del mainstream y del policíaco, Padura y Chavarría por ejemplo, y que alcanzó su non plus ultra en la saga de Canción de hielo y fuego con la boda del rey Joffrey donde el autor G. R. R. Martin presenta más de 80 platos diferentes.

Cerrando este trabajo, no quisiera olvidarme de mencionar la casi omnipresente presencia del rinoceronte, animal mágico e invisible que acompaña cual can leal al protagonista en prácticamente todas las páginas del libro. ¿Alusión a una posible esquizofrenia del personaje o simbolismo metafórico con probables tendencias fálicas? Confieso que aún no he podido desentrañar el misterio de su actuación en la trama, pero estoy seguro de que a los lectores no les parecerá demasiado fuera de lugar. Tal vez solo sea un remanente de la niñez pasada, una memoria acompañante, más que compañera. Resulta discutible entonces el instante preciso en que el muchacho/Yonnier/lector logrará la madurez, el fin de la metamorfosis en adulto que hemos ido presenciando página a página. Pudiera ser cuando encuentra la respuesta a su eterna pregunta: «¿qué significa la libertad?»; o cuando comprende que los dragones verdaderos, enemigos feroces de la vida, no son tan grandes y llevan cadenas de oro y manejan autos de lujos y roban novias y las llevan a su guarida fuera del territorio nacional; o quizás sea cuando cierra los puños y cierra tras de sí la puerta a las inocentes ingenuidades de la adolescencia para enfrentar, cual Otelo puñal en mano, las tragedias de la vida.

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