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Biendeamores

“Se entra, y parece que se deja el mundo atrás: el mundo malo. La amistad, la cultura, la sinceridad ¿no son los únicos gustos de la vida, y fuerzas de ella? Lo demás es pesadilla, pompa de jabón y náusea. Un rincón de corazones es la gloria del mundo, el santuario y taller de la libertad, la sonrisa de la vida.”

José Martí.

Ante mí, casi al modo impresionista, una explosión de formas y colores, la naturaleza –esta vez interior–  y sus revoluciones. Como aquellos, planeo abandonar las comodidades que ofrece la rutina. Con Renoir bailo al aire libre e invito a los pupilos a la danza. Las formas y las esencias proclaman su rebelión. Siempre hay tiempo para otra primera vez. Ante mí la Escuela Vocacional de Arte José María Heredia en Santiago de Cuba, o mejor, ante ella, yo.

Miro en derredor, al paso me sorprenden las primeras aulas; allá, la sala de computación; los obreros reparan uno de los tabloncillos, imagino tanta quimera. En el salón contiguo hay barras, espejos, piano, una voz plena de luz que indica que se haga la danza, corrige la postura de los cuerpos, el lenguaje de los movimientos mientras las zapatillas hacen la voluntad del alma, la técnica y el pensamiento. La melodía me acompaña por los pasillos y se eterniza en mi ritmo cardíaco.

Tropiezo con sonrisas y pasos que se apresuran. Veo rostros conocidos y las miradas anticipan la humana curiosidad. Subo las escaleras del edificio de Actuación. La clase de pantomima es todo un jolgorio; la profe de Apreciación del Teatro inhala y exhala su espera; en el departamento hay cajas con uniformes, tarjetas de firma, horarios, ajetreo. Deysi Villalón, profesora de psicología, con vasta experiencia en la pedagogía artística, con la pausa de su andar y la calidez en su voz me regaló el primer  abrazo y sentí toda la escuela conmigo.

Pensé en la belleza de crear sentidos para otros y para sí, en la belleza de los desafíos, del salto y el movimiento, en las vidas que te da la vida, en cuánta trascendencia hay en pertenecerse a uno mismo y a los demás. Recordé el gozo que causa servir desde la educación.

Desembarqué por fin en el aula y me asaltó desde el estómago al cerebro, el vértigo que causa el amor. Nuestros rostros se sometieron al examen. Entre tantos descubro la figura de mi Adriana tal vez años después. Tras breves segundos se hizo la ternura y la pasión, la primera clase. Un sugestivo y alegre resplandor de sol y de sombras coloreadas envolvió nuestro diálogo.

Pizarra, tiza y borrador, imágenes, tablet, laptop y teléfonos móviles en función del proceso de aprendizaje.

Recordé tanto maestro valioso. Como si allí estuviera la profe Alisa Delgado y sus enseñanzas desde la educación popular, y la savia eterna de atender y respetar el saber del otro. A mi encuentro llegaron aquellos días lejanos ya de la universidad y los encuentros con el muy martiano Rolando Bellido; y por supuesto, iluminándolo todo allí estaba el Maestro mismo. Pensé en los días que corren y en lo útil de abrazarse a sus ideas. “¿Ni de qué vive el artista sino de los sentimientos de la patria?” Inquirió la pluma del más cubano en su escrito dedicado a Gustave Courbet.

de la autora.

La savia a cántaros llovió. Los bien jóvenes, del espíritu sacuden la modorra con su inteligencia sin contaminar. Se siente bien cohabitar su lozanía, dejarles algo en su inquietud a cambio de tan gratuito regocijo. Ahora recuerdo que enseñar es buena manera de aprender.

En este instante me siento también parte de la historia, del lugar que en el archipiélago ocupa la enseñanza artística. Reviven los días de la infancia y temprana juventud en el Conservatorio Esteban Salas, primero junto a las faenas de mis padres, tiempo después mientras cursaba estudios en viola, y luego como su permanente asidua y colaboradora.

Mis estudiantes son jóvenes artistas en formación y en breve, algunos serán parte de la joven vanguardia artística cubana. Tienen deseos de ingerir el mundo, por eso me ofrezco a poner la mesa junto a ellos y aprender del manejo de los cubiertos para que el mundo no nos engulla.

Cuba dedica cada curso numerosos recursos al desarrollo del sistema de la enseñanza artística porque le reconoce vértebra principal, espíritu de la nación. Pocas veces me creí arena y grano tan feliz.

Los nuevos muppets toman por asalto la galería de arte universal. Recorren piezas clásicas de varios periodos y estilos pictóricos; quieren las manzanas de Cezanne; los girasoles les ven corretear y husmear en El cuarto de Van Gogh; la Mona Lisa elogia la sonrisa de alguno y les ve perderse entre las multitudes en el Baile del Moulin de la Galette con factura de Renoir; hasta ser absorbidos una Tarde de domingo en la isla de la Grande Jatte por Seurat. Ya imagino los ojos de mis entusiastas alumnos a la caza de los detalles, sus risas, exclamaciones. Ya me imagino exprimiendo el jugo de sus ideas. Ya imagino ese lugar, la próxima clase.

Por estos días en que reemerjo de mi misma he preferido permanecer al amparo martiano como cuando se abriga uno en los brazos del padre. En uno de sus escritos dedicado a la figura de José de la Luz y Caballero cuestionó:

“¿Qué es ver la luz, y celebrarla de lejos, si se la huye de cerca? (…) ¿Qué es pensar sin obrar, decir sin hacer, desear sin querer? (…) ¿Qué es gloria verdadera y útil, sino abnegarse, y con la obra silente y continua tener la hoguera henchida de leños, para la hora de la combustión, y el cauce abierto, para cuando la llama se desborde, y el cielo vasto y alto, para que quepa bien la claridad?” 

Sospecho que hoy empiezo a ser canción, como las leyes de lo eterno, que escapan a los legisladores de lo físico:

Tengo ganas de ser

dicha que se agolpe en la mirada

pizzicato en el estómago

susto al amanecer

Lágrima de alegría

Trillo de ciudad

Guitarra soy y troco

desilusión por mariposas

Que yo tengo un salto de amor

traigo un biendeamores

Y lo voy a entregar.

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