Rafael Hern√°ndez


Introducción al dossier sobre derechos humanos (Zona crítica.)

Este dossier de Zona crítica dedicado a los derechos humanos se distingue por algunas cualidades más bien insólitas. Entre ellas, la centralidad social y política del tema escogido, la complejidad de los problemas que formula, el diverso origen de sus autores, el rigor y profundidad de sus análisis, la pluralidad de enfoques y disciplinas encontradas. Tanto es así, que leerlos me ha dado esa corcomilla como lector, y aun peor como editor, de querer tenerlos delante y acribillarlos a preguntas. Me conformo apenas, entonces, con lo que puedo colocar en esta breve introducción.
Una visión sobre los derechos humanos desde la historia resulta más bien rara. Aunque no se limita solo a entenderlos como parte de una época, esta visión requiere considerar su historicidad, su pertenencia a una subjetividad social históricamente determinada; a verlos también como criaturas de un momento. Esta visión epocal despoja de sentido, por ejemplo, que las prácticas de dominación del imperio romano sobre las tribus extranjeras, que ellos denominaban bárbaros, se identifiquen como racistas, adjudicándoles los atributos que les damos hoy al término raza o a lo que se ha llamado pensamiento racializado. Naturalmente que, para cualquier enfoque histórico riguroso, el significado de conceptos tales como la persona humana, la democracia, la libertad, la justicia, en la cultura de los griegos y los romanos de la época clásica, era muy diferente al que puede tener en las nuestras hoy.
Pero abordar el problema de los derechos humanos desde la historia -decía antes- no se reduce a ello. Más allá de la validez de visiones que cada campo del conocimiento aporta, su principal utilidad como enfoque, estaría en mirarlos dentro de las circunstancias sociales y culturales en las que son interpretados, adoptados y ejercidos; también en un presente visto como historia, aquí y ahora.
La cuestión implícita mayor no se cifra en interrogarnos sobre su universalidad, sino en apreciar su sentido en las circunstancias específicas de cada polis. No se trata -por supuesto- de disolverlos dentro de una infinita casuística de culturas y hábitos, sino de poder medir su alcance y su índole en las relaciones y las representaciones sociales, especialmente, las de la dominación y el poder.
Una perspectiva como esta implicar√≠a una mirada multidisciplinaria, que re√ļna facetas y matices, y que en lugar de describir un agregado de significados superpuestos, permitiera articularlos como interpretaci√≥n coherente. La medida de esta coherencia ser√≠a su eficacia para explicar y analizar regiones como la nuestra, pero tambi√©n, otras mucho m√°s dis√≠miles de esa cultura occidental hegem√≥nica que llamamos globalizaci√≥n.
Esta tarea compartida se desarrolla cuesta arriba, naturalmente, por la prevaleciente ideologizaci√≥n del tema. Pero tambi√©n por los d√©ficits culturales en su tratamiento. Junto a la reacci√≥n inmune ante la carga ideol√≥gica que impregna el debate sobre los derechos humanos, las carencias culturales los emborronan todav√≠a m√°s. Frente a ese d√©ficit, no basta con una elaboraci√≥n conceptual desde las ciencias y t√©cnicas jur√≠dicas. Aunque este enfoque jur√≠dico resulta imprescindible, algunos de sus exponentes tambi√©n comparten d√©ficits culturales respecto a contenidos t√©oricos en otros campos del conocimiento. Discutir acerca de las libertades, la democracia, los derechos individuales, el bien com√ļn, la dignidad humana, etc., supone hacerlo con recursos m√°s convincentes hoy que El contrato social o El esp√≠ritu de las leyes.
Apreciar la naturaleza de los derechos humanos, no solo como una definición discursiva, requiere también analizar el entramado que articula la libertad de expresión, manifestación, reunión, asociación, como parte del campo de lo político, entendido como vida en la polis.
Cuando Hanna Arendt dec√≠a que el primero de los derechos humanos, por encima de la libertad y la justicia, era «el derecho a tener derechos,» se inspiraba en la experiencia de la II Guerra mundial; en particular, los jud√≠os alemanes como ella, que hab√≠an perdido su ciudadan√≠a y un Estado que los reconociera. En esa visi√≥n dirigida a rescatar la dignidad y los derechos de esos refugiados, se representaba lo humano como condici√≥n inmanente a la vida, previa a la pol√≠tica. De ah√≠ surgi√≥ la llamada apor√≠a o paradoja de los derechos humanos, que la filosof√≠a y la sociolog√≠a pol√≠tica han debatido largamente.
Lo humano, en la lucha por los derechos, no es una condición previa, despolitizada -que también critican los autores de este dossier- sino se dirige a hacer valer la igualdad entre los que intervienen directamente en la política y los que participan en ella, o se quejan de no poder participar, desde su condición ciudadana. Ya se trate de una acción que pone a prueba ese orden, reafirmándolo en sus propios términos y reclamándole consecuencia, o que se rebela contra él, impugnándolo y negándose abiertamente a acatarlo, sea de modo violento o no; en ambos casos, es el campo de lo político el que le otorga sentido social, o sea, humano.
La condici√≥n pol√≠tica de la sociedad civil es esencial para explicarse la pol√≠tica no constre√Īida al poder del Estado y los discursos de los dirigentes, ni flotante sobre la sociedad real; tampoco una red de normas y leyes, por fundamentales que estas sean. Porque la pol√≠tica y lo pol√≠tico no se confunden, en ninguna parte, con ese conjunto institucional o instrumental; ni se pueden entender integralmente como una burbuja de poderes y disposiciones; sino en su implantaci√≥n en la sociedad civil, donde se generan las luchas por los derechos humanos.
Si tom√°ramos por un momento, como material de estudio, a la Revoluci√≥n cubana, habr√≠a que entenderla, desde sus or√≠genes, como un proceso de reivindicaci√≥n radical de esos derechos. No lo fue por poner en obra la Constituci√≥n de 1940 -algo que tambi√©n hizo- sino por instaurar un campo de lo pol√≠tico radicalmente nuevo, que ensanch√≥ el espacio participativo de los ciudadanos a una escala mayor, y transform√≥ a fondo la esfera p√ļblica. Esa esfera, donde la prensa del establishment se hab√≠a ido retirando, fue m√°s democr√°tica que en ninguna forma republicana anterior; en la medida en que impuls√≥ la participaci√≥n ciudadana y transform√≥, como nunca antes, la cultura pol√≠tica establecida a favor de los m√°s pobres y de sus derechos.
Se pasa a veces por alto que esa revoluci√≥n, no contenida en una instituci√≥n u organizaci√≥n particular, hab√≠a reconstituido el horizonte de la naci√≥n, de manera que en sus confines cupieran los condenados de la tierra, marginados en todas las rep√ļblicas previas. Al situar la justicia social y la libertad -a diferencia de la pr√©dica de Arendt- por encima de todo, restringir√≠a los derechos de los privilegiados. Aunque con menos costo humano y material que todas las revoluciones anteriores, los restringi√≥ de todas formas.
Por supuesto, aquella sociedad donde la nación y la democracia se confundían con el proceso mismo, liderado por una vanguardia y una doctrina que demandaban de cada ciudadano un compromiso de acción política y de transformación liberadora, ya quedó atrás.
No tengo espacio, ni viene al caso, que trate de continuar esta evocaci√≥n hist√≥rica de los derechos humanos en Cuba m√°s all√° de aquella etapa temprana. Soslayarlo aqu√≠ no quiere decir, para nada, que nuestra historia est√© medianamente hecha. Significa m√°s bien que ha sido muy pobre, y que tomarla por lo que se ense√Īa y difunde, es una pena. Vista como efem√©rides, o como historia de las ideas, antes o despu√©s de 1959, resulta apenas una disertaci√≥n aburrida y falsa. En vez de un sonsonete de lugares comunes y frases hechas, el di√°logo pol√≠tico con el pasado, si fuera original, es la √ļnica manera de entender el presente como historia.
Aunque ning√ļn an√°lisis sobre derechos humanos se puede limitar a las citas del texto constitucional, no debe soslayarse la m√°s reciente Constituci√≥n cubana (2019) que, parad√≥jicamente, ha sido m√°s criticada o alabada, que analizada en su valor respecto al tema de los derechos humanos y los cambios en el sistema pol√≠tico. En el nuevo texto, que parte de proclamar, de forma in√©dita, que se trata de un «Estado socialista de derecho,» se promueve «la libertad de creaci√≥n art√≠stica en todas sus formas de expresi√≥n, conforme a los principios humanistas en que se sustenta la pol√≠tica cultural del Estado y los valores de la sociedad socialista (Art. 15, h); se ‚Äúreconoce, respeta y garantiza a las personas la libertad de pensamiento, conciencia y expresi√≥n‚ÄĚ(Art.54); ‚Äúlos medios fundamentales de comunicaci√≥n social, en cualquiera de sus manifestaciones y soportes, son de propiedad socialista de todo el pueblo o de las organizaciones pol√≠ticas, sociales y de masas‚ÄĚ (Art.55); ‚Äúla actividad creadora e investigativa en la ciencia es libre‚ÄĚ (Art.101, f).
Una adici√≥n, que a menudo se pasa por alto, fue la referida a la mayor autonom√≠a y poder de los gobiernos locales; en particular, las ‚ÄúGarant√≠as a los derechos de petici√≥n y participaci√≥n popular‚ÄĚ (Art. 200). En estas se recogen ‚Äúel derecho de la poblaci√≥n del municipio a proponerle el an√°lisis de temas de su competencia‚ÄĚ al gobierno local; la obligaci√≥n de este a analizar, ‚Äúa petici√≥n de los ciudadanos, los acuerdos y disposiciones propias o de autoridades municipales subordinadas, por estimar aquellos que estos lesionan sus intereses, tanto individuales como colectivos, y adoptar las medidas que correspondan.‚ÄĚ
Es difícil comprender el proceso de transición y cambio político en curso como la simple aplicación de una nueva normativa constitucional. Otras mediaciones anteceden al ejercicio de los derechos individuales y colectivos, en particular la producción legislativa, así como la implementación y aplicación de las políticas por parte de las instituciones y su interacción con las demandas de la sociedad real.
Reconectando con mi plan original de interrogantes, se me ocurren dos, solo para ilustrar la complejidad de nuestro tema: ¬ŅEs posible que en la lucha por conquistar un orden donde se respete de manera irrestricta la dignidad humana se cometan violaciones a algunos derechos humanos espec√≠ficos? O que, por ejemplo, ¬Ņen el enfrentamiento a una amenaza mayor a la vida humana, digamos, una pandemia, no solo se cometan acciones que limiten derechos reconocidos, como la privacidad, la libertad de movimientos o de respeto a credos religiosos, mientras dure la crisis de salud, sino que se adopten de manera permanente, por razones de seguridad humana?
Para preguntas y palabras introductorias, creo que estas son ya demasiadas. La restantes las reservo para un encuentro futuro con estos autores, en forma presencial o virtual, como se dice ahora. Porque a esta pléyade de intelectuales, historiadores, juristas, antropólogos, profesores de filosofía, de Argentina, Brasil, Colombia, Cuba, no pienso perderla de vista.
Agradezco a Adrian J. Cabrera, coordinador de la Sección de Crítica e Investigación de la AHS de La Habana, por invitarme a escribir estas palabras desordenadas, a manera de introducción, a este dossier de Zona crítica. A la AHS, y a todos los autores reunidos aquí, les comparto mi sincera envidia por ese sentimiento que da iniciar el camino de una publicación con una carga como esta.
¬°Buen viaje!

El Vedado, La Habana, 15 de junio de 2021.

Artista visual, estudiante de Humanidades y Psicolog√≠a. Sus l√≠neas investigativas vinculan los estudios fenomenol√≥gicos de las emociones y la identidad femenina. Ha colaborado con distintos medios digitales, como autora de art√≠culos, coordinadora de dossier, dise√Īadora y artista visual. Es miembro del proyecto La Historia como Arma.

  1. 1.Wendy P√©rez Bereijo: Artista visual, estudiante de Humanidades y Psicolog√≠a. Sus l√≠neas investigativas vinculan los estudios fenomenol√≥gicos de las emociones y la identidad femenina. Ha colaborado con distintos medios digitales, como autora de art√≠culos, coordinadora de dossier, dise√Īadora y artista visual. Es miembro del proyecto La Historia como Arma.
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