Norge Espinosa


Falleció Armando Morales, Maestro Titiritero de Cuba

El actor titiritero, director, diseñador, e investigador Armando Morales, Premio Nacional de Teatro, falleció en La Habana en el día de hoy. Nacido en 1940, fue discípulo de los Hermanos Pepe y Carucha Camejo, quienes junto a Pepe Carril activaron el Teatro Nacional de Guiñol, tuvo una formación como artista plástico y se integró al elenco de esa agrupación, a inicios de los años 60. A partir de entonces, se fue consolidando como un maestro titiritero, que por varias décadas dirigió espectáculos, y recorrió gran parte de la Isla con sus propuestas ambulantes.

Entre los espectáculos más recordados de cuantos dirigió, se cuentan La lechuza ambiciosa, Abdala y La república del caballo muerto. Conocedor del arte titiritero a profundidad, escribió artículos sobre esta expresión que fueron recogidos en libros como De Vidushaka a Pelusín, de Ediciones Vigía; y El títere ¿en la luz o en la sombra?, de Ediciones UNION. Colaboró fervientemente con publicaciones como Tablas, fue jurado de los concursos más relevantes, dio talleres y conferencias, tanto en Cuba como en numerosas naciones extranjeras. Ganó premios como el Villanueva de la Crítica, el premio Caricato, y el premio Abril. En el oriente de Cuba trabajó con varias compañías, junto a las cuales se convirtió en un rostro habitual de la Cruzada Teatral, llegando hasta los puntos más remotos del país para dar a los niños y al público en general muestras de su arte, además de dirigir espectáculos en esa zona de la nación.

Con su muerte, Cuba pierde a su Maetro Titiritero por excelencia, heredero además del legado de figuras como el argentino Javier Villafañe, de quien fuera tan devoto. Maestro de Juventudes de la AHS. Director del Teatro Nacional de Guiñol hasta su fallecimiento, ganó en el 2018 el Premio Nacional de Teatro, y era además miembro de honor de UNIMA Cuba.



IT´S SELFIE TIME!

Oí hablar del espectáculo cuando me encontraba en México, de su repercusión polémica y las divisiones de criterios que causó, así como del respaldo del público. Por todo ello, y porque me consta que Carlos Sarmiento está cargado de buenas intenciones y que es capaz de ir a fondo de ciertas cosas, como hizo con su investigación sobre la técnica stanislavskiana en Cuba, me interesó ver Selfie, su primera puesta en escena en la que se arriesga como director, actor y dramaturgo. Tiene un valor esencial, que en un momento determinado podría parecer una simple cualidad: es un espectáculo honesto. Lo cual, en un momento donde la honradez está tan ausente de casi todo, viene a convertirse en un subrayado muy particular.

A Carlos Sarmiento no le interesa creerse cosas, aunque sí creo que su talento puede exigirse más. Escribe Selfie para contar, a través de la complicidad con sus actores y el auditorio, algo que forma parte de su vida, y de esa memoria extrae un juego que se recombina a través de distanciamientos una y otra vez. Su montaje es perfectible en todo sentido: en reajustes dramatúrgicos, en replanteo de ciertas escenas, en el trabajo actoral. Sea. Pero ojalá nada de ello le arrebate la frescura ni esa manera tan particular de expresarnos lo que cuenta desde una necesidad que no esconde sus aristas más vívidas.

Un joven que trabaja como guía turístico conoce a una muchacha durante la noche navideña en Trinidad. La idea es pasarla bien, tener sexo y punto. De ahí derivan, sin embargo, otros repasos. Presente, memoria, familia, rupturas individuales y políticas, iniciaciones y despedidas. El autor-actor-director interviene desde la platea: es un selfie que incluye al espectador y a las claves de un tiempo en el que se reconocen, sin concesiones de frivolidad inmediata ni elucubraciones al uso de una dramaturgia que pretende “vivir de la descarga” contra casi todo: esos extremos que parecen ser los únicos modos de retratar a estas generaciones en nuestras tablas.

Hay algo más, no es solamente así. En un momento en que empiezan a agotarse ciertos recursos narrativos, en el que el juego escandalizador o la liviandad sin compromisos invitan a la risa fácil; Selfie es un espectáculo casi desnudo al que únicamente arropa la ingenuidad de su honradez. Me alegra que, más que oponiéndose a esas otras fórmulas dramatúrgicas, Selfie se empeñe en hacer espacio a otra clase de representaciones, y también a otras clases de compromiso. En ese juego limpio, tiene al público de su parte. Y esa es la fotografía final que nos regala.

Espero que otras fotografías, imaginadas por Carlos Sarmiento, también nos convoquen y nos asuman en su aplauso final. Porque lo mejor de Selfie, es que podemos discutirlo. Nos invita honestamente a que lo discutamos. Como deberíamos hacer con Cuba, con el teatro cubano, en tanto espacio que no será real mientras no nos invite a estas y otras noches de tan distintas navidades.