Miguel Ángel Castiñeira García


Eternos “sintomáticos”

“Sintomáticos”, el título de la exposición colectiva de 11 artistas visuales afiliados a la sede de la UNEAC en Cienfuegos, parece —además de una genialidad— una provocación. Y si bien el arte no es necesariamente un acto de provocación, al menos debe tener cierta dosis.

En el caso de la exposición colectiva “Sintomáticos”, que permanecerá en la galería Mateo Torriente desde el 16 de julio hasta el 31 agosto de 2020, la provocación está presente y no solo en el título: ahí está por ejemplo esa obra tan caricaturesca de Julio Ferrer, en la que unas maracas con forma de nuevo coronavirus aluden a la manera en que empezamos a ser, todos, poco más que un montón de potenciales sintomáticos.

  • “El arte es como un virus que enferma sigiloso a sus actores y el mejor antídoto es la consumación de la obra. Los nuevos tiempos exigen puntos de vista también novedosos en la creación artística, intentando que esta nos sirva como terapia, cura salvación”, escribe en el catálogo Adrián Rumbaut, participante y curador de la exposición colectiva, quien accede a responderme algunas preguntas.
  • obra de Juan Karlos Echeverría

¿Quiénes participan en la exposición?

Son nueve artistas que viven en Cienfuegos (Annia Alonso, Néstor Vega, Juan Karlos Echeverría, Ández, Alfredo Sánchez, Vladimir Rodríguez, Camilo Villalvilla y el propio Adrián Rumbaut); y tres, que son miembros de la Uneac pero en este momento se encuentran en otros países: Alemania (Pavel Miguel), Canadá (Julio Ferrer) y México (Yanet Martínez).

¿Cómo se hizo la selección?

Yo que era el curador comencé a indagar y empecé a ver cosas en las redes y a determinar lo que me interesaba y lo que no. Me pasó que no había visto lo que había hecho Yanet, la que está en México. Entonces le pasé un mensaje para pedirle que me actualizara. Y, al ver sus obras, le contesté: “se presta”. Casi todo se armó por vía digital.

Entonces hay una obra de Juan Karlos Echeverría que se llama “Sintomáticos”. Esa obra él la hizo como en abril. Como pensé que nos hacía falta un título tan fuerte como la circunstancia, tomé el de Echeverría para, además, hacer una metáfora entre la verdadera sanación que puede provocar una vacuna real, y la sanación que puede provocar la creación artística.

Adrián Rumbaut (Foto de Autor)

Y también es como una manera de reflejar ese impulso creativo que el aislamiento (voluntario o involuntario) provoca en algunos artistas…

Yo creo que hoy, una vez finalizado el aislamiento, aún no sabemos lo que está realmente dentro de nosotros. El tiempo es quien lo va a decir. Al principio, los humoristas gráficos invadieron las redes. Ellos son la proa de los creadores: tienen más que ver con la parte instantánea. Pero después vienen otros creadores que necesitan un tiempo más prolongado para realizar su obra. Incluso, hay algunos que no se dan cuenta hasta que llega un momento de sus vidas donde “explotan”. Aquí en la exposición colectiva hay un poco de todo eso.

¿Las obras tienen que ver de manera directa con la Covid-19?

Hay algunas que aparentemente no tienen nada que ver. Pero tú ves, por ejemplo, las piezas de Camilo Villalvilla, que son cuatro dibujos sin ningún tipo de tratamiento intencional a la temática, y encuentras aislamiento, confinamiento, posibilidades contenidas.

Tu obra que se mantiene en la misma línea gráfica de la imagen del Che y Marilyn, pero…

Lo novedoso está en que yo siempre había trabajado esa imagen en la pintura, en el dibujo y la fotografía, pero nunca la había trabajado con sellos de correo. Y el sello de correo es la comunicación. Bueno, tu generación no es de escribir cartas, pero yo cuando joven escribía muchas cartas. Y el sello es como la garantía de que eso vino de otro lugar. Son sellos reales, por cierto. Calados, unidos. Es un trabajo gráfico y artesanal.

Como conclusión de la cuarentena y de la exposición colectiva, ¿se puede decir que un artista tiene mayor facilidad para enfrentar el aislamiento?

Yo creo que sí, compadre. Creo que un… No me gusta utilizar la palabra intelectual. Creo que un creador puede sobrevivir mejor a circunstancias de este tipo. Yo necesito estar aislado para trabajar, por ejemplo. Pero en este caso también aproveché para dormir, para estar con mi familia. Si a mí me preguntaran por las ventajas del aislamiento, las tres que yo recuerdo son: estar cerca de mis hijas más tiempo que nunca, descansar lo que no había descansado en décadas y probarme como un elemento imprescindible en la familia, quien es responsable, además, de la salud de sus padres y abuelos.

 



Nadie la hirió impunemente

Con hambre y sin dinero (2017) agrupa un conjunto de “crónicas, reseñas, ensayos y otros escritos reflexivos” de Ena Lucía Portela, una de las narradoras más destacadas y premiadas de las letras cubanas en los últimos 25 años.

Como en su narrativa de ficción, Portela evade el academicismo. No busca la oscuridad ni pretende atrincherarse en un conocimiento casi enciclopédico a través de oraciones-murallas imposibles de analizar sintácticamente. Sus criterios no son “impresionistas”, pero están lejos de caer en el didactismo machacón y repugnante de quienes viven de hacer gala de su (inservible) acumulación mecanicista de conocimientos.

Ena Lucía Portela, además, tiene la buena costumbre de llamar a las cosas por su nombre. Así opina, en el ensayo sobre El Rey de La Habana, de los autores que intentan simular conocimientos sobre la marginalidad cubana, cuando en realidad nunca han puesto un pie fuera de sus zonas residenciales: 

  • Idealizan o condenan, reproducen estereotipos, a menudo resulta evidente que no saben ni pescado frito de lo que están hablando. Mas se creen que sí saben, que son la mar de arrabaleros. Y eso es lo peor. El efecto que producen los textos así fabricados se asemeja al de una foto movida o una banda sonora distorsionada, cuando no al de un teatro de marionetas gestionado por un embustero muy torpe, melindroso, pacato y pequeñoburgués. (p. 97)

De esta manera también da cuenta de otra característica, esa que a tutilimundi (empleando un término de la escritora) le gusta autoendilgarse, pero que en ella es una verdad “harto conocida”: no hay filtro (¡pero absolutamente ninguno!) entre lo que piensa y lo que dice.

De más está decir que Con hambre y sin dinero, publicado por Ediciones Unión, debería reeditarse.

Por otro lado, no debemos engañarnos: si bien Con hambre y sin dinero permite entrever algunos rasgos de la personalidad del sujeto oculto tras la máscara —en este caso la autora—, después de leer esta excelente miscelánea de artículos y ensayos nos quedamos con la misma sensación de no saber “ni pescado frito” de Ena.

El propio Daniel Díaz Mantilla lo reconoce en el prólogo del libro: “Sin embargo, pocas máscaras son tan difíciles de retirar como la máscara de un autor ¿Cuánto hay de la Ena Lucía real en la Ena Lucía que ha escrito estos textos? Tal vez ni ella misma pueda decirlo, pues hay preguntas que no admiten respuestas. En cualquier caso, conviene a esos lectores demasiado ansiosos saber que la autora no se ha propuesto hacer un streap tease para ellos”.

Destaca en el libro el testimonio Alas rotas, donde Portela confiesa su enfermedad y la manera en que ha decidido afrontarla. En sus palabras no se percibe la intención de ganar admiradores, ni victimizarse para ser leída, o ser condescendida por el prójimo; sino un desahogo, un grito de guerra ante aquellos que disfrutan el mal ajeno para en secreto regodearse de su buena fortuna.

En el ensayo Nadie me hirió impunemente, disecciona con precisión quirúrgica un cuento de Edgar Allan Poe, hasta el punto de llegar a conclusiones que asombrarían al propio autor de El tonel del amontillado. Conclusiones, por cierto, muy bien condimentadas, con un interesante análisis a partir del manejo de las categorías de “inferioridad” y “superioridad”, como detonantes de la acción dramática en la trama.

En el libro no existe, sin embargo, una relación demasiado marcada entre cada uno de los temas abordados, que van desde lo más trascendental hasta lo más banal. Incluso, se permite una chota, una “jodedera”, respecto a la cuestión de la metrosexualidad en Mejor lampiño que peludo, donde impera la picardía, el guiño socarrón a las “sepetecientas amigas del alma” que suelen renegar el rasurado masculino.

Hoy, cuando tanto se habla de periodismo literario en Cuba, son pocos los textos que nos transmiten la sensación de haber leído algo con verdadero valor periodístico y literario al mismo tiempo. Con hambre y sin dinero destaca por ser un texto donde se puede apreciar un periodismo y una literatura de altos quilates. O mejor aún, Con hambre y sin dinero es un periodismo de altos quilates y, por tanto, literatura.



La cárcel de Daniel

Cada libro puede leerse de infinitas maneras, como bien dijo alguien a quien ya aburre mencionar. Y si cada libro puede, ¿por qué tiene que ser la excepción Ariza (2014), del escritor cienfueguero Alexis García Somodevilla?

No lo es, de hecho: Ariza puede leerse como un libro de cuentos, un puñado de cuentos que conforman una novela, poemas que parecen cuentos o cuentos que parecen poemas… Da lo mismo porque al final hay casos donde la clasificación —lejos de facilitar– termina por entorpecer el análisis o el disfrute de la obra. Y este es, sin duda, uno de ellos.

¿De qué trata Ariza? Bueno, para los cienfuegueros es obvio, aunque no lo sea tanto para el resto de la humanidad: de la Prisión Provincial, que se ubica en el poblado homónimo del municipio Rodas. Es una historia sobre una cárcel que no se parece en nada a la cárcel europea de las novelas románticas o realistas de los siglos XIX y XX, ni a las cárceles hollywoodenses que tanto vemos en películas o en series de Netflix.

Somodevilla tiene el acierto de pintar la cárcel tal cual es, aunque eso pueda provocar —y provoque— desilusiones en quienes busquen en el libro escenas explícitas de motines y mafias y jabones que ruedan maliciosamente y túneles con cucharitas y francotiradores. O busquen, por otro lado, una trama a la manera de El sepulcro de los vivos, de Dostoievski, o de Hombres sin mujer, de Carlos Montenegro.

Miguel Cañellas (a la izquierda) y Alexis García Somodevilla (a la derecha) en la presentación de Ariza en la Feria del Libro de 2017. (Foto tomada del sitio web del semanario 5 de Septiembre.)

Así lo explica el narrador:

La cárcel que le tocó a Daniel no era la cárcel del cine, la de la literatura, la de los medios. Eso sí, era un sitio de maldad, pero sin estridencias. No había tantos muertos por reyertas, ni tantas violaciones, ni siquiera robos (como cualquiera hubiera creído). Las causas de los problemas se resumían en tres: el juego, las pastillas, y la mandancia.

En ese sentido, en el de no complacer las necesidades —inducidas— de un determinado tipo de lector, Somodevilla demuestra valentía y honestidad.  

También hay que decir que el autor mantiene en el libro el mismo estilo áspero y económico por el que siempre se le ha identificado. A veces, puro diálogo; a veces, un capítulo muy breve de transición; a veces, el narrador cuenta lo que ocurre sin detenerse demasiado en descripciones ni en introspecciones psicológicas ni monólogos interiores. El autor mantiene, además, a Daniel, personaje principal que ya había aparecido en El desollinador (2000) y en Senderos virtuales (2002), sus dos primeros libros de cuentos.

Los diálogos están excelentemente trabajados en Ariza, además de la elipsis y el ritmo. Supongo que por estas razones, y algunas más, el jurado le haya otorgado al texto el Premio Fundación de Fernandina de Jagua en 2014.

Aparentemente, el libro de Somodevilla es una extrañeza en el panorama literario actual. Sin embargo, hay algunos elementos que acercan a Ariza a las novelas que se están escribiendo en la Isla tanto por novísimos como por “viejísimos”. Uno de ellos es el hecho de que el personaje principal ejerza el solitario oficio de la escritura. Las preocupaciones de Daniel en lo que a ese ámbito respecta —dígase la crítica explícita e implícita a las generaciones anteriores, y la manera despectiva en que habla de las instituciones culturales (además del certero aguijonazo al tema de la censura por cuestiones extraliterarias)— recuerdan las palabras de Jorge Fornet en su ensayo Elogio de la Incertidumbre. Cuba novelada en el siglo XXI:

Un inventario de novelas (actuales) que incluyen escritores en sus historias daría para un catálogo casi tan extenso como el de las novelas publicadas (…). Lo paradójico es que la insistencia en el uso de tales personajes está asociada por lo general a la dificultad e incluso a la imposibilidad de narrar (…), de ahí que abunden en las historias, por ejemplo, los desencuentros con otros escritores y con críticos, las rencillas literarias y las traiciones.

Sin embargo, en Ariza el personaje-escritor es un pretexto para contar la cárcel, un medio y no un fin en sí mismo. Por tanto, aunque no escape a este encasillamiento de la literatura cubana actual, de alguna manera sí logra escaparse, precisa y contradictoriamente, por causa de una prisión: lo que en verdad importa es el entorno y no el testigo de ese entorno. Y eso está muy bien logrado en Ariza. Igual que esos momentos “absurdos”, que son como escopetazos repentinos a la ingenuidad de quien espera algo, y encuentra lo diferente. Porque al fin y al cabo esa es la especialidad del autor cienfueguero: traicionar expectativas.

En una conversación que sostuve hace dos años con Alexis García Somodevilla me dijo que le daba exactamente igual lo que la gente opinara sobre el texto, porque él había contado la prisión como entendió que debía contarla. Me confesó algunos guiños, aunque claro que yo había adivinado los más obvios. Me dijo que la literatura es “jodedera”, y me habló de “la punta del iceberg”, técnica narrativa que prefiere por sobre otras.

Recuerdo aquella conversación mientras intento escribir una reseña sobre Ariza, un libro preciso, certero, y profundamente humano.



“Mientras tanto seguimos siendo sur”

Recuerdo la noche cuando una amiga me puso los audífonos, y me dijo: “¡escucha!”. Ella, santaclareña, no me llevó a conocer el hielo pero me llevó a conocer la música de un trovador—cienfueguero como yo—de quien jamás había escuchado una canción ni un lugar…

Hasta ese día para mí los trovadores eran una especie de malos poetas anticoloquialistas que decían cualquier (inentendible) cosa sobre cualquier (inentendible) cosa. Pero “Niña”, la primera canción que escuché de Ariel Barreiros, era diferente:

  • Y estoy llenando todas las libretas
  • De Cecilines feos
  • Enamorados, tristes, y es por ella
  • Y estoy que no regreso limpio, mira,
  • Que no doy merienda
  • Y bruto, y mal hablado,
  • Y es por ella…

Luego descubrí que la poesía de Ariel era capaz de cambiar de voces, regresar en el tiempo, cantarle con entusiasmo al desamor, filosofar con instinto y certeza. La poesía de Ariel Barreiros era capaz de todo, porque era precisamente eso: poesía. Tan libre como la mejor poesía, tan cargada de sentido (común, desde luego) como la mejor poesía. Y era, además, “poesía” en el sentido aristotélico del término: acción.

Pocos meses después, Ariel Barreiros fue a la Universidad (Central “Marta Abreu” de Las Villas) en el Longina mágico de 2017. Ese día descubrí que Santa Clara definitivamente era “el lugar donde atarnos mejor” a tantas felicidades, entre ellas, a la felicidad nostálgica de aquel guajirito que le canta a su “Niña” a través de la voz de aquel otro guajiro de Aguada, fin de siglo, a quien conocen tantos en esta urbe —como lo pude comprobar ese día— y a quien conocen tan pocos en Cienfuegos, como lo pude comprobar más tarde cuando empezó su peña cerca del Parque Martí.

Aquella peña fue una felicidad, mientras duró. Mis amigos universitarios de casi toda Cuba se retorcían de la “sana” envidia. “Un día los traigo”, les decía a espirituanos, holguineros y, por supuesto, santaclareños. En realidad, a la peña íbamos los pocos cienfuegueros que conocían a Ariel, quien siempre nos agradecía, sin ningún tipo de complejo o arrogancia.

“Yo soy muy positivo y pienso que mientras un amigo mío venga a escucharme, la cultura nacional está salvada”, nos comentó un día —repito— sin ningún tipo de complejo o arrogancia.

Debo decir que como hacía apenas unos meses Kamankola nos había dicho, en medio de una charla con sabor a dispensada de seis pesos, que nos olvidáramos de Sabina y de toda esa gente, que Ariel Barreiros era el mejor trovador del mundo; como hacía unos meses que yo había ido a Holguín, a la peña de Manuel Leandro, y había visto a jóvenes holguineros cantar “Niña” desde la primera hasta la última palabra… entonces, no me sorprendió que una noche, en la efímera peña cienfueguera donde solo íbamos unos pocos, los pocos que nos enterábamos por Facebook, los pocos amigos de siempre, Mauricio Figueiral le dijera a Ariel: “de donde soy yo, cuando se habla de compositor serio se habla de ti. Y a mí me da un orgullo tremendo decir que soy tu amigo”.

Entonces, hubo un día en que su peña cienfueguera terminó, y nuestro Zaratustra debió regresar por enésima vez a su finisecular Aguada, “a seguir amando/ a ver si un día de estos llueve/ mientras tanto”. Lo bueno que tienen las cosas que se acaban es que pueden volver a empezar, con más fuerza. Por eso no quiero llover sobre lo mojado. Además, siempre hay una esperanza. Y la esperanza se me reveló el día del concierto en el que presentaron su cancionero.

Aquel día llegué tarde, y me sorprendí porque aquello estaba repleto. Estábamos, sí, los mismos de siempre, pero habían muchos más.

La verdad es que el cancionero, en sí, es otra esperanza, además de un acierto mayúsculo por parte de Reina del Mar Editores y de todos los que colaboraron con ese proyecto. Y digo esperanza, no por Ariel Barreiros, porque Ariel no necesita que se le conozca en esta ciudad tan hermosa y pueblerina, sino porque sería penoso que los historiadores del mañana descubran que los artistas cienfuegueros del presente (artistas en el sentido más auténtico y menos comercial del término) eran profetas en todas partes menos en su propia tierra.

Pero bueno, “mientras tanto seguimos siendo sur”.