Miguel Ángel Castiñeira García


La cárcel de Daniel

Cada libro puede leerse de infinitas maneras, como bien dijo alguien a quien ya aburre mencionar. Y si cada libro puede, ¿por qué tiene que ser la excepción Ariza (2014), del escritor cienfueguero Alexis García Somodevilla?

No lo es, de hecho: Ariza puede leerse como un libro de cuentos, un puñado de cuentos que conforman una novela, poemas que parecen cuentos o cuentos que parecen poemas… Da lo mismo porque al final hay casos donde la clasificación —lejos de facilitar– termina por entorpecer el análisis o el disfrute de la obra. Y este es, sin duda, uno de ellos.

¿De qué trata Ariza? Bueno, para los cienfuegueros es obvio, aunque no lo sea tanto para el resto de la humanidad: de la Prisión Provincial, que se ubica en el poblado homónimo del municipio Rodas. Es una historia sobre una cárcel que no se parece en nada a la cárcel europea de las novelas románticas o realistas de los siglos XIX y XX, ni a las cárceles hollywoodenses que tanto vemos en películas o en series de Netflix.

Somodevilla tiene el acierto de pintar la cárcel tal cual es, aunque eso pueda provocar —y provoque— desilusiones en quienes busquen en el libro escenas explícitas de motines y mafias y jabones que ruedan maliciosamente y túneles con cucharitas y francotiradores. O busquen, por otro lado, una trama a la manera de El sepulcro de los vivos, de Dostoievski, o de Hombres sin mujer, de Carlos Montenegro.

Miguel Cañellas (a la izquierda) y Alexis García Somodevilla (a la derecha) en la presentación de Ariza en la Feria del Libro de 2017. (Foto tomada del sitio web del semanario 5 de Septiembre.)

Así lo explica el narrador:

La cárcel que le tocó a Daniel no era la cárcel del cine, la de la literatura, la de los medios. Eso sí, era un sitio de maldad, pero sin estridencias. No había tantos muertos por reyertas, ni tantas violaciones, ni siquiera robos (como cualquiera hubiera creído). Las causas de los problemas se resumían en tres: el juego, las pastillas, y la mandancia.

En ese sentido, en el de no complacer las necesidades —inducidas— de un determinado tipo de lector, Somodevilla demuestra valentía y honestidad.  

También hay que decir que el autor mantiene en el libro el mismo estilo áspero y económico por el que siempre se le ha identificado. A veces, puro diálogo; a veces, un capítulo muy breve de transición; a veces, el narrador cuenta lo que ocurre sin detenerse demasiado en descripciones ni en introspecciones psicológicas ni monólogos interiores. El autor mantiene, además, a Daniel, personaje principal que ya había aparecido en El desollinador (2000) y en Senderos virtuales (2002), sus dos primeros libros de cuentos.

Los diálogos están excelentemente trabajados en Ariza, además de la elipsis y el ritmo. Supongo que por estas razones, y algunas más, el jurado le haya otorgado al texto el Premio Fundación de Fernandina de Jagua en 2014.

Aparentemente, el libro de Somodevilla es una extrañeza en el panorama literario actual. Sin embargo, hay algunos elementos que acercan a Ariza a las novelas que se están escribiendo en la Isla tanto por novísimos como por “viejísimos”. Uno de ellos es el hecho de que el personaje principal ejerza el solitario oficio de la escritura. Las preocupaciones de Daniel en lo que a ese ámbito respecta —dígase la crítica explícita e implícita a las generaciones anteriores, y la manera despectiva en que habla de las instituciones culturales (además del certero aguijonazo al tema de la censura por cuestiones extraliterarias)— recuerdan las palabras de Jorge Fornet en su ensayo Elogio de la Incertidumbre. Cuba novelada en el siglo XXI:

Un inventario de novelas (actuales) que incluyen escritores en sus historias daría para un catálogo casi tan extenso como el de las novelas publicadas (…). Lo paradójico es que la insistencia en el uso de tales personajes está asociada por lo general a la dificultad e incluso a la imposibilidad de narrar (…), de ahí que abunden en las historias, por ejemplo, los desencuentros con otros escritores y con críticos, las rencillas literarias y las traiciones.

Sin embargo, en Ariza el personaje-escritor es un pretexto para contar la cárcel, un medio y no un fin en sí mismo. Por tanto, aunque no escape a este encasillamiento de la literatura cubana actual, de alguna manera sí logra escaparse, precisa y contradictoriamente, por causa de una prisión: lo que en verdad importa es el entorno y no el testigo de ese entorno. Y eso está muy bien logrado en Ariza. Igual que esos momentos “absurdos”, que son como escopetazos repentinos a la ingenuidad de quien espera algo, y encuentra lo diferente. Porque al fin y al cabo esa es la especialidad del autor cienfueguero: traicionar expectativas.

En una conversación que sostuve hace dos años con Alexis García Somodevilla me dijo que le daba exactamente igual lo que la gente opinara sobre el texto, porque él había contado la prisión como entendió que debía contarla. Me confesó algunos guiños, aunque claro que yo había adivinado los más obvios. Me dijo que la literatura es “jodedera”, y me habló de “la punta del iceberg”, técnica narrativa que prefiere por sobre otras.

Recuerdo aquella conversación mientras intento escribir una reseña sobre Ariza, un libro preciso, certero, y profundamente humano.



“Mientras tanto seguimos siendo sur”

Recuerdo la noche cuando una amiga me puso los audífonos, y me dijo: “¡escucha!”. Ella, santaclareña, no me llevó a conocer el hielo pero me llevó a conocer la música de un trovador—cienfueguero como yo—de quien jamás había escuchado una canción ni un lugar…

Hasta ese día para mí los trovadores eran una especie de malos poetas anticoloquialistas que decían cualquier (inentendible) cosa sobre cualquier (inentendible) cosa. Pero “Niña”, la primera canción que escuché de Ariel Barreiros, era diferente:

  • Y estoy llenando todas las libretas
  • De Cecilines feos
  • Enamorados, tristes, y es por ella
  • Y estoy que no regreso limpio, mira,
  • Que no doy merienda
  • Y bruto, y mal hablado,
  • Y es por ella…

Luego descubrí que la poesía de Ariel era capaz de cambiar de voces, regresar en el tiempo, cantarle con entusiasmo al desamor, filosofar con instinto y certeza. La poesía de Ariel Barreiros era capaz de todo, porque era precisamente eso: poesía. Tan libre como la mejor poesía, tan cargada de sentido (común, desde luego) como la mejor poesía. Y era, además, “poesía” en el sentido aristotélico del término: acción.

Pocos meses después, Ariel Barreiros fue a la Universidad (Central “Marta Abreu” de Las Villas) en el Longina mágico de 2017. Ese día descubrí que Santa Clara definitivamente era “el lugar donde atarnos mejor” a tantas felicidades, entre ellas, a la felicidad nostálgica de aquel guajirito que le canta a su “Niña” a través de la voz de aquel otro guajiro de Aguada, fin de siglo, a quien conocen tantos en esta urbe —como lo pude comprobar ese día— y a quien conocen tan pocos en Cienfuegos, como lo pude comprobar más tarde cuando empezó su peña cerca del Parque Martí.

Aquella peña fue una felicidad, mientras duró. Mis amigos universitarios de casi toda Cuba se retorcían de la “sana” envidia. “Un día los traigo”, les decía a espirituanos, holguineros y, por supuesto, santaclareños. En realidad, a la peña íbamos los pocos cienfuegueros que conocían a Ariel, quien siempre nos agradecía, sin ningún tipo de complejo o arrogancia.

“Yo soy muy positivo y pienso que mientras un amigo mío venga a escucharme, la cultura nacional está salvada”, nos comentó un día —repito— sin ningún tipo de complejo o arrogancia.

Debo decir que como hacía apenas unos meses Kamankola nos había dicho, en medio de una charla con sabor a dispensada de seis pesos, que nos olvidáramos de Sabina y de toda esa gente, que Ariel Barreiros era el mejor trovador del mundo; como hacía unos meses que yo había ido a Holguín, a la peña de Manuel Leandro, y había visto a jóvenes holguineros cantar “Niña” desde la primera hasta la última palabra… entonces, no me sorprendió que una noche, en la efímera peña cienfueguera donde solo íbamos unos pocos, los pocos que nos enterábamos por Facebook, los pocos amigos de siempre, Mauricio Figueiral le dijera a Ariel: “de donde soy yo, cuando se habla de compositor serio se habla de ti. Y a mí me da un orgullo tremendo decir que soy tu amigo”.

Entonces, hubo un día en que su peña cienfueguera terminó, y nuestro Zaratustra debió regresar por enésima vez a su finisecular Aguada, “a seguir amando/ a ver si un día de estos llueve/ mientras tanto”. Lo bueno que tienen las cosas que se acaban es que pueden volver a empezar, con más fuerza. Por eso no quiero llover sobre lo mojado. Además, siempre hay una esperanza. Y la esperanza se me reveló el día del concierto en el que presentaron su cancionero.

Aquel día llegué tarde, y me sorprendí porque aquello estaba repleto. Estábamos, sí, los mismos de siempre, pero habían muchos más.

La verdad es que el cancionero, en sí, es otra esperanza, además de un acierto mayúsculo por parte de Reina del Mar Editores y de todos los que colaboraron con ese proyecto. Y digo esperanza, no por Ariel Barreiros, porque Ariel no necesita que se le conozca en esta ciudad tan hermosa y pueblerina, sino porque sería penoso que los historiadores del mañana descubran que los artistas cienfuegueros del presente (artistas en el sentido más auténtico y menos comercial del término) eran profetas en todas partes menos en su propia tierra.

Pero bueno, “mientras tanto seguimos siendo sur”.