Manuel Alejandro Martínez Abreu


Bradbury, el último poeta marciano

  • “Los libros cosen las piezas y los pedazos del universo para hacernos con ellos una vestimenta”.

Ray Bradbury (1920-2012)

Dos caballeros vestidos con armaduras esperan en la oscuridad la llegada de un dragón al que deben matar. Ellos no lo han visto nunca, pero lo describen como una criatura enorme y monstruosa de un solo ojo, que escupe fuego y echa humo. Cuando por fin se produce el tan temido enfrentamiento, la historia da un giro insospechado…

Es la sinopsis El Dragón, el primer cuento que leí de Ray Douglas Bradbury. No por ser el primero se convirtió en mi relato favorito, me impactó la manera en que presentaba dos de los temas más importantes de su obra: la especulación sobre el tiempo y la amenaza del futuro.

Al dedicarle La Luz esta edición del Premio Celestino a uno de los tres grandes de la ciencia ficción (CF) he vuelto a hojear parte de la correspondencia que además de consejos para un principiante, me obsequió un corpus de lecturas que provocaron emociones y ayudaron a dar sentido a la experiencia de vivir a un adolescente bajo la metáfora de lo anticipado y lejano.

El descubrimiento de este autor comenzó por el artículo “Las manzanas marcianas de Ray”, publicado en el periódico ¡Ahora!: ¿Un padre que construye un cohete en el patio de su casa para darles a sus niños la alegría de un viaje a marte?, ¿bomberos cuyo trabajo no es apagar fuegos sino encenderlos para quemar libros?, ¿una sociedad donde leer libros era un delito?, ¿sujetos que memorizan obras completas para preservarlas y transmitirlas oralmente a otros?, ¿humanos como extraterrestres en Marte?, ¿invasores extraterrestres que encuentran en los niños humanos sus aliados?, ¿un curioso personaje con el cuerpo completamente cubierto de tatuajes que están mágicamente vivos?, ¿y todos estos argumentos nacían de la mente de un autor de CF que no se adaptaba a la tecnología? ¿¿¡!??

Además de paladear mi apetito literario, aquel artículo se convirtió en el catalizador para conseguir los libros de Bradbury. Encontré Tres de Bradbury (una inolvidable edición de los 80 con carátula azul que incluía Fahrenheit 451, Crónicas marcianas y El hombre ilustrado) y la que sería mi obra favorita de este autor: El vino del estío, una novela que nada tiene que ver con la ciencia ficción.

Pero yo necesitaba más, mi curiosidad por ese autor rara avis crecía. La búsqueda continuó y entre tanto buscar y buscar encontré hasta su dirección postal. Le escribí, y para sorpresa mía y de muchos otros, respondió.

Así comenzó mi intercambio de cartas con este autor amante de los gatos, incapaz de manejar un automóvil y que nunca dependió de una computadora.

“Nadie puede enseñar a escribir ciencia ficción, aunque muchas veces se ha intentado” – fue su primera sentencia en la correspondencia –. “Lee poesía y encontrarás las mejores ideas”, “se debe escribir rodeado de libros” y “todo lo que necesitas saber sobre cómo escribir lo encuentras en Huckleberry Finn”.

Las recomendaciones literarias y las lecciones no se detuvieron hasta que obró para que llegara a mis manos su libro de ensayos Zen in the art of writing. Descubrí en aquel texto en inglés reveladoras páginas sobre su infinito placer de escribir, el porqué y el cómo.

Aunque la mayor lección que aprendí fue que existen libros que nunca se deben prestar, y menos si este es una primera edición, con dedicatoria y firma incluida de un autor incluido en el Salón de la Fama de la Ciencia Ficción, con una estrella en el Paseo de la Fama de Hollywood y con un asteroide (¡nada más y nada menos que un asteroide!) nombrado Bradbury 9766 en su honor.

Muchos califican a Bradbury como autor de culto, maestro del cuento poético dentro del género, en contraposición de otros que lo ven como un autor “blando” al no ubicar sus historias dentro de las vertientes más “hard” de la CF. Lo cierto es que este autodidacta escritor transformó el modo en que se entendía la literatura del género al producir un cambio con respecto al modo de concebirse los relatos, a pesar de que siempre se consideró como un escritor de fantasía. “En mis obras no he tratado de hacer predicciones acerca del futuro, sino avisos”, escribió quién demostró como nadie que el humanismo y la poesía, combinados con la CF o la fantasía, son una mezcla poderosísima para el deslumbramiento de las posibilidades de la imaginación.

Su influencia es visible en autores de CF de nuestro país como Oscar Hurtado, Ángel Arango y Miguel Collazo; mientras que en el audiovisual, los cuentos “Remedio para melancólicos”, “Sol y sombra”, “El cohete” y “El hombre ilustrado” fueron adaptados para la televisión y recontextualizados en el ámbito cubano sin que esto afectara el sentido cardinal de la historia.

Bradbury no sólo cultivó la ciencia ficción y la literatura de corte fantástico, sino que escribió también libros realistas e incluso incursionó en el relato policial, escribió también poesía, guiones para el cine y la televisión y piezas de teatro. Pero muchos concuerdan al afirmar que lo mejor de este autor fueron sus primeras obras de ciencia ficción: Fahrenheit 451 y Crónicas marcianas. Ambas, a pesar de la época en que fueron escritas, pueden considerarse como objetos de estudio de un experimento de sociología del futuro, sujetas a la exigencia premonitoria de la verdad.

“¿Qué ha hecho este hombre de Illinois, me pregunto, al cerrar las páginas de su libro, para que episodios de la conquista de otro planeta me pueblen de terror y de soledad?”, escribía Jorge Luis Borges en el prólogo de Crónicas marcianas. Mensajes de alarma extrema, tramas tan lejanas y ajenas como cercanas y posibles.

Y es que todo es absolutamente cierto con este autor. Su prosa poética marca la diferencia para afirmar que la ciencia ficción, considerada muchas veces como una rama desdeñable de la literatura, también vale para ajustar cuentas con el presente: “No hace falta quemar libros si el mundo empieza a llenarse de gente que no lee. Tampoco harán falta las bibliotecas si nadie las dinamiza y si tampoco nadie es invitado a usarla. Continuamos siendo imperfectos, peligrosos y terribles, y también maravillosos y fantásticos. Pero estamos aprendiendo a cambiar”.

A pesar del miedo y la incertidumbre en estos días de confinamiento, revisitar a Bradbury se torna acto de resistencia personal ante la alfombra roja del inconcebible futuro de nuestra humanidad.