Elizabeth Soto


Los versos descienden sobre el cuerpo, sobre la ciudad…

El cuerpo tiene sus propias fluctuaciones, todo ocurre allí. Las contorsiones han sido captadas por la sensibilidad del artista. El artista también se contornea para lograr esa imagen que lo atrapa y le provoca un estado de ánimo determinado. Ahora, el cuerpo y el artista son un dueto.

  • Palabra del hombre por el hombre. Un lugar donde el tiempo y la aniquilaciĂłn ya es viejo. Y cede espacio a otra canciĂłn posible despuĂ©s de dĂ­as. DespuĂ©s de meses. DespuĂ©s de años en que solo un poema era capaz de sostener en pie a un niño. A un hombre. A un paĂ­s entero.

Otro sitio etéreo es la oscuridad, tal vez se inclina el artista en acto difamador y al tacto se produce la ensoñación.

  • La noche de lo absoluto se alimenta de sĂ­ misma, se babeliza, se abisma en el cuerpo irresoluto del poema: pleura y fruto de una materia fugaz.

Pero no es la palabra, sino la postura.

  • La belleza es un acontecimiento del espĂ­ritu.

La confabulaciĂłn surge cuando se aproximan los cuerpos, el lente lo describe, el poeta lo percibe nĂ­tido.

  • Fiesta de torsos y piernas, destellos en giros y saltos; canciĂłn de los cuerpos.

Cuando el cuerpo teme y el artista asume la posiciĂłn exacta, ese giro de inspiraciĂłn te regresa, te devasta, te asusta.

  • Tal es el miedo a los disparos a las piedras preciosas a las narices ajenas pero hay cosas que se mueven entre la gente y destrozan más que el miedo.

Hay un salto al vacĂ­o, a lo inesperado, ahĂ­ se produce la mezcla, la verdadera dramaturgia a estas alturas resulta insalvable.

  • Soledad que termina, placer que funda un paĂ­s como escudo.

A esa materia que sufre, el artista le proporciona luz.

  • Un manto contenido de recuerdos impuesto a confundirse con el agua. DĂ­gase tambiĂ©n, se hace polvo.

  • Hay un lugar llamado Humanidad.

Cada vez que caemos, los giros de los cuerpos, de la vida, te resurgen, en la mirada del artista, en los versos del poeta, se puede morir o nacer. Pero todo es responsabilidad de la carne.

  • Bajo la noche del tiempo germina la semilla humana.



Experimento contra el olvido

Pujo el verso, la sustancia, para que nazca con esencia.

Me inclino ante los versos de un hombre que marcĂł mis noches de insomnio, con falta de apetito y mal humor.

(Hace más de 10 años dormía en un cuarto bohemio de una beca y solo tú, Wichy Nogueras, me salvabas).

Me amaste como al cisne, y mis libros fueron devorados con la maldad de una mujer desnuda. Cada amor que llegĂł, gracias a ti, se fue marchando con mi imposible.

He sido libre, una mujer libre no tiene precio.

He convivido con el abominable dueto de ser mujer y poeta, poeta y mujer.

Pocas veces, he roto el hechizo.

Voy regalando la salida, sin miedo a que sea carcomida de envidia por Neruda,

Una salida lúgubre…

Tantas veces he expuesto mi cabeza, y aunque la siga destiñendo volverá a su habitual zanahoria.

Poe, Mae West.

Perdiz.

Luego, este poema experimental, regresa al segundo verso.

Para nosotros, no has muerto, de todas las maneras, existes.

 



Un sitio de Luz

El portal https://edicioneslaluz.cubava.cu reaparece de nuevo para compartir las novedades editoriales y todo el acontecer literario de Ediciones La Luz. El sitio que había estado un tiempo apagado en el dominio, esta vez se renueva su perfil y diseño gráfico con logos e imagotipos identitarios del sello.

A propósito de la Campaña de Promoción a la lectura A la luz se lee mejor, y todo el entramado que viene desarrollando, los lectores podrán consultar y descargar ebooks, podcast, videos promocionales y postales. También se incluirán los programas de las tertulias que como es habitual sesiona de manera quincenal o anual en nuestra casa editora.

Abrirse las constelaciones, verso tomado del poema homónimo de Delfín Prats y que da nombre a la peña que ha tenido innumerables adeptos, estará próximamente en las redes actualizando nuestro catálogo.



Robert Ráez, de la Boustrophilia al éxito

Lo primero es olvidarte de la competencia. Eso. La competencia no existe. Ni los genios.

Boustrophilia, de Robert Ráez

Es un neologismo, no hay que hacer búsquedas exhaustivas. Cada uno tendrá disímiles interpretaciones, yo que he estado bien cerca, asumo que es, talento, originalidad, éxito…

Lo cierto es que este joven que a primera vista resulta tĂ­mido posee una introspecciĂłn diferente, se desplaza con facilidad absoluta y las estructuras le nacen dislocadas o no, porque sabe dominar de manera exacta el arte de escribir.

Lo conocí en mi oficina, justo cuando terminaba mi licencia de maternidad, un momento difícil para cualquier madre, porque sientes paralizadas tus neuronas, después de un reposo absoluto de intelectualidad. Se mostró tan colaborativo y paciente, que no tuve otro remedio que adoptarlo.

Robert comenzó a resaltar por ser aquel joven estudiante de Periodismo con un espendrum innegable que comenzó a diseñar en Ediciones La Luz, en el cercano enero del pasado año. La oficina donde trabajamos pocas veces está vacía, porque Robert es de esos muchachos que atrae a las masas, por su forma de pensar, de ser y de compartir. Algo que impresiona es la cantidad de amigos que lo frecuentan y que lo asumen como líder de un grupo en el que si tienes alguna diferencia de opinión, es porque seguramente no sabes nada de rock. Tiene un humor exquisito, irónico, irreverente, picando al absurdo, estalla en una risa loca con algún trabajo ajeno mal hecho, lejos de burlas, Robert toma referentes de marcada trayectoria universal para asumir sus posturas tanto gráficas como literarias: Roberto Bolaño, Cabrera Infante, Sabato, Rubén Fonseca, Martín Solares, Bioy Casares, Borges, Cortázar, Toni Morrison, Raymond Carver, Bukowski…

─Madre, dime, ¿qué crees?

Lo repite una y mil veces, porque no es de los que se guarda una victoria, un proyecto, un plan. Es capaz de compartirlo todo, como si sus escasos 24 años le hubiesen calado a usanza y lo condicionan para un consejo de cualquier índole. No por gusto los más cercanos aseguran de él.

Lilian Sarmiento: “Robert es novedad, para mí todo con él es nuevo.”

Miguel A. Montero: “Transparente.”

Ramón Jesús Pérez: “Natural.”

El escritor y diseñador está atravesando un año de verdades, pues ha sido ganador del Premio de la Ciudad de Holguín en el apartado de Diseño, por la Campaña de Promoción a la lectura A la Luz se lee mejor, así como la Beca de creación El caballo de coral que otorga el Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso. Hay cierto misticismo alrededor del número 21, precisa que es ganador del Premio Celestino de Cuento, cifra que lo acredita además como graduado en esa edición del Taller de Técnicas Narrativas del mencionado Centro.

A decir de su madre, esta vez la biológica: “Es un niño que siempre está inventando, en realidad es muy estudioso y dedicado.”

Boustrophilia debe tener un acercamiento espontáneo y con cierto desenfado. Estamos ante una literatura de vanguardia, con una tendencia marcada a las propiedades destructivas del lenguaje que reflejan grosso modo el ingenio audaz y el exacto dominio del orden de colocación de los elementos oracionales, para hacer de esto un show, una sátira, que leeremos con placer si tenemos al menos básicas nociones de literatura. Sus personajes transitan desde el intelectual al ridículo, y creo a cabalidad que hay una intromisión psicológica atinada.

La derrota es de porcelana, dijo un tal César, Los años son de porcelana, asegura el escritor. Y la porcelana, según una endeble definición, es una loza fina y traslúcida, como los sueños de este autor.



Una conversaciĂłn Ă­ntima a La Luz

  • Llegado el tiempo de las inevitables conversaciones.
  • Cuando una palabra no es exactamente una palabra
  • sino un disparo entre dos.
  • L.Y.

Sobre qué escribir entonces.

Entro a su oficina y la sonrisa es la primera bienvenida.

A decir verdad, se trata de un amigo-guía, más allá de un amigo-jefe.

Con versos revoloteando por la cabeza supongo que planifica la jornada,

entre risas y tazas de café,

un humor exquisito se concentra y reparte alas para crear.

AsĂ­ de libres somos bajo su manto.

Luis Yuseff: Luz Yuseff —decimos con cariño.

Es el artĂ­fice de los proyectos de nuestro sello editorial, un hombre que no queda sin alternativas.

Creo, sin temor a equivocarme, que este don viene marcado por la poesía. Es cierto que el poeta presume de una cosmovisión poco natural, reconoce luces y si hay alguna sombra es porque seguramente ha plantado un árbol. Y aunque lentos van sucediéndose los días estamos tranquilos porque «el hombre» algo inventa, algo se le ocurrirá —repetimos a coro.

Al principio de este evento epidemiológico, cuando la incertidumbre era la única respuesta, el equipo editorial padecía de una angustia lógica, todos los eventos a los que estamos acostumbrados se suspenderían y los escritores en sus casas solo tendrían como opción leer, surgen entonces las constantes conversaciones con nuestro jefe editor y ahí, en ese lazo íntimo y concomitante, no quedamos náufrago de su voz.

Estamos hablando del creador de aquella peña literaria que por manera ininterrumpida condujera durante más de diez años «Tarde de Ateneo», en la que se presentaron novedades editoriales de Cuba y el mundo, autores de diversos sellos que en muchas ocasiones interactuaban con el público, «La Isla en versos», otro espacio para las presentaciones de los esenciales escritores de la provincia; «Sala del Miraletras», donde se han estrenado materiales audiovisuales relacionado con estos temas afines; «Abrirse las constelaciones», otra oportunidad en la que los adeptos han podido disfrutar de figuras de renombre como Lina de Feria, Virgilio López Lemus, Joaquín Borges Triana, entre otros.   

Yuseff se comunica con facilidad, y por esto ha sabido llevar con parsimonia inigualable eventos de grandes magnitudes, como el Coloquio Iberoamericano de Letras y Palabras Compartidas.

Si no puede haber público, cómo le hacemos para que nuestros lectores conozcan todo el trabajo que hemos estado haciendo en el año. Vamos a trabajar con las redes —nos dice— todo lo haremos en formatos digitales. Para ello ha creado un equipo creativo con el que comparte tantas ideas como vengan a su mente. Estas luces y estos cuerpos, ¡qué equipazo! —sonreímos—; es mágico trabajar de este modo. Y aunque hay días en que se prohíbe tener amigos, cuando los tiene los ha amado con el ardor de la pólvora mojada en la garganta… con el delirio del que está viviendo sus últimos días.

AsĂ­ ha sabido llevar el autor de Aspersores una vida, una editorial, una pandemia, aun estando su barriada en cuarentena absoluta, nos ha mostrado otros caminos a seguir.

  • A travĂ©s de las ventanas
  • las luces intermitentes
  • estremecen los sitios con colores burbujeantes.

Su oficina es «el sitio donde mejor se está», nuestras conversaciones fluyen entre abrazos, halagos a las disimiles especies de caracoles que ostenta en cada rincón. Pedirle alguno es un acto desafiante, que solo lo más cercanos se atreverían, pero lo ofrece, como mismo ofrece su experiencia. Tomo un Helix aspersa y lo conservo con un Silencio profundo.



Las voces de La Luz y los hombres del centenario (+ audio)

El sonido se disipa y si quedan los falsos abalorios, no habremos comprendido nada. Los podcasts precisan necesariamente el sentido directo de las palabras. Liset Prego, editora de Ediciones La Luz, es la voz que incita a la lectura en colaboración conjunta desde su proyecto La NarraTK y nuestra casa editora.

El podcast Los hombres del centenario es un tríptico donde se recogen cuentos de Charles Bukowski, Isaac Asimov y Ray Bradbury. Tienes la facilidad de ir haciendo varias cosas mientras consumes literatura, la rutina se hace más llevadera, sobre todo en tiempos donde la tecnología ha apartado a muchos del placer del olor al libro impreso, he aquí otra manera de estar conectados. Prego y su esposo Marjel Morales Gato, quien precisa la edición, alojan estos proyectos en la plataforma spreaker.com. En esta edición del Celestino de Cuento, nuestro sello insiste porque #ElSonidoEsUnaPuertaSeguraHaciaElCorazón.

Clase, de Charles Bukowski

No estoy muy seguro del lugar. Algún sitio al Noroeste de California. Hemingway acababa de terminar una novela, había llegado de Europa o de no sé dónde, y ahora estaba en el ring pegándose con un tío. Había periodistas, críticos, escritores —bueno, toda esa tribu— y también algunas jóvenes damas sentadas entre las filas de butacas. Me senté en la última fila. La mayor parte de la gente no estaba mirando a Hem. Solo hablaban entre sí y se reían.

El sol estaba alto. Era a primera hora de la tarde. Yo observaba a Ernie. Tenía atrapado a su hombre, y estaba jugando con él. Se le cruzaba, bailaba, le daba vueltas, lo mareaba. Entonces lo tumbó. La gente miró. Su oponente logró levantarse al contar ocho. Hem se le acercó, se paró delante de él, escupió su protector bucal, soltó una carcajada, y volteó a su oponente de un puñetazo. Era como un asesinato. Ernie se fue hacia su rincón, se sentó. Inclinó la cabeza hacia atrás y alguien vertió agua sobre su boca.

Yo me levanté de mi asiento y bajé caminando despacio por el pasillo central. Llegué al ring, extendí la mano y le di unos golpecitos a Hemingway en el hombro.

—¿Señor Hemingway?

—¿Sí, ¿qué pasa?

—Me gustaría cruzar los guantes con usted.

—¿Tienes alguna experiencia en boxeo?

—No.

—Vete y vuelve cuando hayas aprendido algo.

—Mire, estoy aquí para romperle el culo.

Ernie se riĂł estrepitosamente. Le dijo al tĂ­o que estaba en el rincĂłn.

—Ponle al chico unos calzones y unos guantes.

El tĂ­o saltĂł fuera del ring y yo le seguĂ­ hasta los vestuarios.

—¿Estás loco, chico? —me preguntó.

—No sé. Creo que no.

—Toma. Pruébate estos calzones.

—Bueno.

—Oh, oh… Son demasiado grandes.

—A la mierda. Están bien.

—Bueno, deja que te vende las manos.

—Nada de vendas.

—¿Nada de vendas?

—Nada de vendas.

—¿Y qué tal un protector para la boca?

—Nada de protectores.

—¿Y vas a pelear en zapatos?

—Voy a pelear en zapatos.

Encendí un puro y salimos afuera. Bajé tranquilamente hacia el ring fumando mi puro. Hemingway volvió a subir al ring y ellos le colocaron los guantes.

No habĂ­a nadie en mi rincĂłn. Finalmente alguien vino y me puso unos guantes. Nos llamaron al centro del ring para darnos las instrucciones.

—Ahora, cuando caigas a la lona —me dijo el árbitro—, yo…

—No me voy a caer —le dije al árbitro.

Siguieron otras instrucciones.

—Muy bien, volved a vuestros rincones; y cuando suene la campana, salid a pelear. Que gane el mejor. Y —se dirigió hacia mí— será mejor que te quites ese puro de la boca.

Cuando sonó la campana salí al centro del ring con el puro todavía en la boca. Me chupé toda una bocanada de humo, y se la eché en la cara a Hemingway. La gente rió.

Hem se vino hacia mí, me lanzó dos ganchos cortos, y falló ambos golpes. Mis pies eran rápidos. Bailaba en un contínuo vaivén, me movía, entraba, salía, a pequeños saltos, tap tap tap tap tap, cinco veloces golpes de izquierda en la nariz de Papá. Divisé a una chica en la fila frontal de butacas, una cosa muy bonita, me quedé mirándola y entonces Hem me lanzó un directo de derecha que me aplastó el cigarro en la boca. Sentí cómo me quemaba los labios y la mejilla, me sacudí la ceniza, escupí los restos del puro y le pegué un gancho en el estómago a Ernie. Él respondió con un derechazo corto, y me pegó con la izquierda en la oreja. Esquivó mi derecha y con una fuerte volea me lanzó contra las cuerdas. Justo al tiempo de sonar la campana me tumbó son un sólido derechazo a la barbilla. Me levanté y me fui hasta mi rincón.

Un tĂ­o vino con una toalla.

—El señor Hemingway quiere saber si todavía deseas seguir otro asalto.

—Dile al señor Hemingway que tuvo suerte. El humo se me metió en los ojos. Un asalto más es todo lo que necesito para finalizar el asunto.

El tío con la toalla volvió al otro extremo y pude ver a Hemingway riéndose.

Sonó la campana y salí derecho. Empecé a atacar, no muy fuerte, pero con buenas combinaciones. Ernie retrocedía, fallando sus golpes. Por primera vez pude ver la duda en sus ojos.

¿Quién es este chico?, estaría pensando. Mis golpes eran más rápidos, le pegué más duro. Atacaba con todo mi aliento. Cabeza y cuerpo. Una variedad mixta. Boxeaba como Sugar Ray y pegaba como Dempsey.

Llevé a Hemingway contra las cuerdas. No podía caerse. Cada vez que empezaba a caerse, yo lo enderezaba con un nuevo golpe. Era un asesinato. Muerte en la tarde.

Me eché hacia atrás y el señor Hemingway cayó hacia adelante, sin sentido y ya frío.

Desaté mis guantes con los dientes, me los saqué, y salté fuera del ring. Caminé hacia mi vestuario; es decir, el vestuario del señor Hemingway, y me di una ducha. Bebí una botella de cerveza, encendí un puro y me senté en el borde de la mesa de masajes. Entraron a Ernie y lo tendieron en otra mesa. Seguía sin sentido. Yo estaba allí, sentado, desnudo, observando cómo se preocupaban por Ernie. Había algunas mujeres en la habitación, pero no les presté la menor atención. Entonces se me acercó un tío.

—¿Quién eres? —me preguntó—. ¿Cómo te llamas?

—Henry Chinaski.

—Nunca he oído hablar de ti —dijo.

—Ya oirás.

Toda la gente se acercó. A Ernie lo abandonaron. Pobre Ernie. Todo el mundo se puso a mi alrededor. También las mujeres. Estaba rodeado de ladrillos por todas partes menos por una. Sí, una verdadera hoguera de clase me estaba mirando de arriba a abajo. Parecía una dama de la alta sociedad, rica, educada, de todo —bonito cuerpo, bonita cara, bonitas ropas, todas esas

cosas—. Y clase, verdaderos rayos de clase.

—¿Qué sueles hacer? —preguntó alguien.

—Follar y beber.

—No, no, quiero decir en qué trabajas.

—Soy friegaplatos.

—¿Friegaplatos?

—Sí.

—¿Tienes alguna afición?

—Bueno, no sé si puede llamarse una afición. Escribo.

—¿Escribes?

—Sí.

—¿El qué?

—Relatos cortos. Son bastante buenos.

—¿Has publicado algo?

—No.

—¿Por qué?

—No lo he intentado.

—Dónde están tus historias?

—Allá arriba —señalé una vieja maleta de cartón.

—Escucha, soy un crítico del New York Times. ¿Te importa si me llevo tus relatos a casa y los leo? Te los devolveré.

—Por mí, de acuerdo, culo sucio, sólo que no sé dónde voy a estar.

La estrella de clase y alta sociedad se acercĂł:

—Él estará conmigo. —Luego me dijo—. Vamos, Henry, vĂ­stete. Es un viaje largo y tenemos cosas que… hablar.

Empecé a vestirme y entonces Ernie recobró el sentido.

—¿Qué coño pasó?

—Se encontró con un buen tipo, señor Hemingway —le dijo alguien.

Acabé de vestirme y me acerqué a su mesa.

—Eres un buen tipo, Papá. Pero nadie puede vencer a todo el mundo.

Estreché su mano: —No te vueles los sesos.

Me fui con mi estrella de alta sociedad y subimos a un coche amarillo descapotado, de media manzana de largo. Condujo con el acelerador pisado a fondo, tomando las curvas derrapando y chirriando, con el rostro bello e impasible. Eso era clase. Si amaba de igual modo que conducĂ­a, iba a ser un infierno de noche.

El sitio estaba en lo alto de las colinas, apartado. Un mayordomo abriĂł la puerta.

—George —le dijo—, tómate la noche libre. O, mejor pensado, tómate la semana libre.

Entramos y habĂ­a un tĂ­o enorme sentado en una silla, con un vaso de alcohol en la mano.

—Tommy —dijo ella—, desaparece.

Fuimos introduciéndonos por los distintos sectores de la casa.

—¿Quién era ese grandulón?

—Thomas Wolfe —dijo ella—. Un coñazo.

Hizo una parada en la cocina para coger una botella de bourbon y dos vasos.

Entonces dijo:

—Vamos.

La seguĂ­ hasta el dormitorio.

A la mañana siguiente nos despertó el teléfono. Era para mí. Ella me alcanzó el auricular y yo me incorporé en la cama.

—¿Señor Chinaski?

—¿Sí?

—Leí sus historias. Estaba tan excitado que no he podido dormir en toda la noche. ¡Es usted seguramente el mayor genio de la década!

—¿SOlo de la década?

—Bueno, tal vez del siglo.

—Eso está mejor.

—Los editores de Harperis y Atlantic están ahora aquí conmigo. Puede que no se lo crea, pero cada uno ha aceptado cinco historias para su futura publicación.

—Me lo creo —dije.

El crítico colgó. Me tumbé. La estrella y yo hicimos otra vez el amor.

CĂłmo ocurriĂł, de Isaac Asimov

Mi hermano empezĂł a dictar en su mejor estilo oratorio, ese que hace que las tribus se queden aleladas ante sus palabras.

—En el principio —dijo—, exactamente hace quince mil doscientos millones de años, hubo una gran explosiĂłn, y el universo…

Pero yo habĂ­a dejado de escribir.

—¿Hace quince mil doscientos millones de años? —pregunté, incrédulo.

—Exactamente —dijo—. Estoy inspirado.

—No pongo en duda tu inspiración —aseguré. (Era mejor que no lo hiciera. Él es tres años más joven que yo, pero jamás he intentado poner en duda su inspiración. Nadie más lo hace tampoco, o de otro modo las cosas se ponen feas)—. Pero, ¿vas a contar la historia de la Creación a lo largo de un período de más de quince mil millones de años?

—Tengo que hacerlo. Ese es el tiempo que llevó. Lo tengo todo aquí dentro —dijo, palmeándose la frente—, y procede de la más alta autoridad.

Para entonces yo habĂ­a dejado el estilo sobre la mesa.

—¿Sabes cuál es el precio del papiro? —dije.

—¿Qué?

(Puede que esté inspirado, pero he notado con frecuencia que su inspiración no incluye asuntos tan sórdidos como el precio del papiro).

—Supongamos que describes un millón de años de acontecimientos en cada rollo de papiro. Eso significa que vas a tener que llenar quince mil rollos. Tendrás que hablar mucho para llenarlos, y sabes que empiezas a tartamudear al poco rato. Yo tendré que escribir lo bastante como para llenarlos, y los dedos se me acabarían cayendo. Además, aunque podamos comprar todo ese papiro, y tú tengas la voz y yo la fuerza suficientes, ¿quién va a copiarlo? Hemos de tener garantizados un centenar de ejemplares antes de poder publicarlo, y en esas condiciones, ¿cómo vamos a obtener derechos de autor?

Mi hermano pensĂł durante un rato. Luego dijo:

—¿Crees que deberíamos acortarlo un poco?

—Mucho —puntualicé—, si esperas llegar al gran público.

—¿Qué te parecen cien años?

—¿Qué te parecen seis días?

—No puedes comprimir la Creación en solo seis días —dijo, horrorizado.

—Ese es todo el papiro de que dispongo —le aseguré—. Bien, ¿qué dices?

—Oh, está bien —concediĂł, y empezĂł a dictar de nuevo—. En el principio… ÂżDe veras han de ser solo seis dĂ­as, AarĂłn?

—Seis días, Moisés —dije firmemente.

El tĂ­o Einar, de Ray Bradbury

—Llevará sólo un minuto —dijo la dulce mujer del tío Einar.

—Me opongo —dijo el tío Einar—. Y eso sólo lleva un segundo.

—He trabajado toda la mañana —dijo ella, sosteniéndose la espalda delgada—, ¿y tú no me

ayudarás ahora? El tamborileo anuncia lluvia.

—Pues que llueva —dijo el tío Einar con despreocupación—. No dejaré que me traspase un

relámpago sólo por airear tus ropas.

—Pero lo haces tan rápido…

—Repito, me opongo.

Las vastas alas alquitranadas del tío Einar zumbaban nerviosamente detrás de los hombros

indignados.

La mujer le alcanzó una cuerda delgada con cuatro docenas de ropas recién lavadas. El tío

Einar sostuvo la cuerda entre los dedos, mirándola con profundo desagrado.

—De modo que hemos llegado a esto —murmuró amargamente—. A esto, a esto, a esto.

Parecía a punto de derramar unas lágrimas tristes y ácidas.

—Anda, no llores, o las mojarás de nuevo —dijo la mujer—. Salta ahora, paséalas.

—Paséalas. —La voz del tío Einar sonaba hueca, terriblemente lastimada.— Pues yo digo: que

truene, ¡que llueva a cántaros!

—No te lo pediría si fuese un día hermoso y soleado —dijo la mujer, razonable—. Todo mi lavado

serĂ­a inĂştil si no me ayudas. TendrĂ© que colgarlas en la casa…

Esto convenciĂł al tĂ­o Einar. Sobre todas las cosas odiaba las ropas que cuelgan como banderas

o festones, de modo que un hombre tiene que arrastrarse por el suelo para cruzar un cuarto.

SaltĂł en el aire, y las vastas alas verdes zumbaron.

—¡Sólo hasta la valla de la pradera!

Una sola voltereta, y arriba: las alas mordieron el hermoso aire fresco. Antes que uno pudiese

decir: «el tío Einar tiene alas verdes» ya navegaba a baja altura por encima de la granja,

arrastrando las ropas en un largo lazo aleteante detrás de los golpes pesados de las alas.

—¡Ahora!

De vuelta ya del viaje el tĂ­o Einar trajo flotando las ropas, secas como granos de maĂ­z, y las

depositĂł en las mantas limpias que la mujer habĂ­a preparado.

—¡Gracias!

—¡Bah! —gritó el tío Einar, y voló a rumiar sus pensamientos debajo del manzano.

Las hermosas alas sedosas del tío Einar le colgaban detrás como las velas verdes de un barco,

y cuando estornudaba o se volvĂ­a bruscamente le chirriaban o susurraban en los hombros.

Era uno de los pocos de la familia con un talento claramente visible. Todos los primos y

sobrinos y hermanos oscuros vivían ocultos en pueblos pequeños del mundo entero, hacían

cosas mentales invisibles o cosas con dedos de bruja y dientes blancos, o descendĂ­an por el

cielo como hojas en llamas, o saltaban en los bosques como lobos plateados por la luna.

VivĂ­an relativamente a salvo de los seres humanos comunes. No asĂ­ un hombre con grandes

alas verdes.

No era que odiara sus alas. Lejos de eso. En su juventud habĂ­a volado siempre de noche,

pues las noches son momentos excepcionales para un hombre alado. La luz del dĂ­a tiene sus

peligros, siempre los tuvo, siempre los tendrĂ­a; pero en las noches, ah, en las noches habĂ­a

navegado sobre islas de nubes y mares de cielo de verano. Sin correr ningĂşn peligro. HabĂ­a

disfrutado realmente de aquellos vuelos.

Pero ahora no podĂ­a volar de noche.

De regreso a un alto paso en ciertas montañas de Europa, luego de una reunión de familia en

Mellin Town, Illinois (hace algunos años), había bebido demasiado vino tinto. «Pronto estaré

bien», se había dicho a sí mismo, vagamente, mientras volaba bajo las estrellas del alba,

sobre las lomas que se extendían más allá de Mellin, y soñaba a la luz de la luna. Y de

pronto…, un crujido en el cielo…

Una torre de alta tensiĂłn.

¡Como un pato en una red! Un tremendo siseo. La chispa azul de un cable le cruzó y

ennegreciĂł la cara. Las alas golpearon hacia adelante parando la electricidad, y el tĂ­o Einar se

precipitĂł cabeza abajo.

CayĂł en el prado iluminado por la luna al pie de la torre y fue como si alguien hubiese arrojado

desde el cielo una voluminosa guía de teléfonos.

A la mañana siguiente, temprano, se incorporó sacudiendo violentamente las alas empapadas

de rocío. La única luz era una débil franja de alba extendida a lo largo del este. Pronto esa

franja se colorarĂ­a y todos los vuelos quedarĂ­an restringidos. No habĂ­a otra soluciĂłn que

refugiarse en el bosque y esperar escondido en los matorrales a que otra noche ocultara los

movimientos celestes de las alas.

AsĂ­ conociĂł el tĂ­o Einar a la que serĂ­a su mujer.

Durante el día, un primero de noviembre excepcionalmente cálido en las tierras de Illinois, la

joven Brunilla Wexley salió a ordeñar una vaca perdida; llevaba en la mano un cubo plateado

mientras se deslizaba entre los matorrales y le rogaba inteligentemente a la vaca invisible

que por favor volviera a la casa o la leche le reventaría las entrañas. El hecho casi seguro de

que la vaca volverĂ­a sola cuando las ubres necesitaran realmente atenciĂłn no preocupaba a

Brunilla Wexley. Era una buena excusa para pasear por el bosque, soplar flores de cardo y

morder hojas; todo lo que estaba haciendo Brunilla cuando tropezĂł con el tĂ­o Einar.

Dormido junto a un arbusto, parecĂ­a un hombre debajo de un alero verde.

—Oh —dijo Brunilla, entusiasmada—. Un hombre. En una tienda de campaña.

El tío Einar despertó. La tienda de campaña se abrió detrás como un alto abanico verde.

—Oh —dijo Brunilla, la buscadora de vacas—. Un hombre con alas.

Así se lo tomó ella. Estaba sorprendida, sí, pero nunca le habían hecho daño, de modo que

no le tenĂ­a miedo a nadie, y esto de encontrarse con un hombre alado no pasaba todos los

dĂ­as, y se sentĂ­a orgullosa. EmpezĂł a hablar. Al cabo de una hora eran viejos amigos, y al

cabo de dos horas Brunilla habĂ­a olvidado las alas. Y el tĂ­o Einar le confesĂł de algĂşn modo

cĂłmo habĂ­a llegado a parar a este bosque.

—Sí, ya noté que estás golpeado por todos lados —dijo Brunilla—. Esa ala derecha tiene mal

aspecto. Será mejor que te lleve a casa y te la arregle. De todos modos, no podrías volar así

hasta Europa. Y además, ¿quién quiere vivir en Europa en estos días?

El tĂ­o Einar se lo agradeciĂł, aunque no entendĂ­a muy bien cĂłmo podĂ­a aceptar.

—Pero vivo sola —dijo Brunilla—. Pues, como ves, soy bastante fea.

El tĂ­o Einar insistiĂł diciendo que todo lo contrario.

—Qué amable eres —dijo Brunilla—. Pero soy fea, no me engaño. Mis padres han muerto. Tengo

una granja, grande, toda para mĂ­ sola, lejos de Mellin Town, y necesito a alguien con quien

hablar.

Pero Âżella no sentĂ­a miedo?, preguntĂł el tĂ­o Einar.

—Orgullo y celos sería más exacto. ¿Puedo?

Y Brunilla acariciĂł las membranosas alas verdes con una envidia cuidadosa. El tĂ­o Einar se

estremeciĂł y se puso la lengua entre los dientes.

De modo que no habĂ­a otro remedio: ir a la casa de ella en busca de medicinas y ungĂĽentos,

y qué barbaridad, qué quemadura en la cara, ¡debajo de los ojos!

—Suerte que no quedaste ciego —dijo Brunilla—. ¿Cómo pasó?

—Bueno… —dijo el tĂ­o Einar, y ya estaban en la granja, notando apenas que habĂ­an caminado

un kilómetro y medio mirándose a los ojos.

PasĂł un dĂ­a y otro, y el tĂ­o Einar le dio las gracias desde el umbral y dijo que debĂ­a irse, que

apreciaba mucho el ungĂĽento, los cuidados, el alojamiento. CaĂ­a la noche y entre ahora, las

seis, y las cinco de la mañana tenía que cruzar un continente y un océano.

—Gracias, adiós —dijo, y desplegó las alas y echó a volar en el crepúsculo y se llevó por delante

un arce.

—¡Oh! —gritó Brunilla, y corrió hacia el cuerpo inconsciente.

Cuando el tío Einar despertó, al cabo de una hora, supo que ya nunca más podría volar en la

oscuridad; habĂ­a perdido la delicada percepciĂłn nocturna. La telepatĂ­a alada que le habĂ­a

señalado la presencia de torres, árboles, casas y colinas, la visión y la sensibilidad tan claras

y sutiles que lo habían guiado a través de laberintos de bosques, acantilados y nubes, todo

habĂ­a sido quemado para siempre, reducido a nada por aquel golpe en la cara, aquella

chicharra y aquel siseo azul eléctrico.

—¿Cómo? —se quejó el tío Einar en voz baja—. ¿Cómo iré a Europa? Si vuelo de día, me verán,

y ay, qué pobre chiste, ¡quizás hasta me bajen de un tiro!

O quizá me encierren en un jardín zoológico, ¡qué vida sería esa! Brunilla, ¿qué puedo hacer?

—Oh —murmurĂł Brunilla, mirándose los dedos—. Ya se nos ocurrirá algo…

Se casaron.

La Familia asistió a la boda. En una inmensa precipitación otoñal de hojas de arce, sicómoro,

roble, olmo, los parientes susurraron y murmuraron, cayeron en una llovizna de castañas de

Indias, golpearon la tierra como manzanas de invierno, y en el viento que levantaban al llegar

a la boda sobreabundaba el aroma del pasado verano. La ceremonia fue breve como una vela

negra que se enciende, se apaga con un soplido, y deja un humo en el aire. La brevedad, la

oscuridad, esa cualidad de movimientos invertidos y al revés se le escaparon a Brunilla, atenta

sĂłlo a la pausada marea de las alas del tĂ­o Einar, que murmuraban dulcemente sobre ellos

mientras concluĂ­a el rito. En cuanto al tĂ­o Einar, la herida que le cruzaba la nariz estaba casi

curada, y tomando del brazo a Brunilla sentĂ­a que Europa se debilitaba y desvanecĂ­a a lo lejos.

No tenĂ­a que ver demasiado bien para volar directamente hacia arriba o descender en lĂ­nea

recta. Fue pues natural que en esta noche de bodas tomara a Brunilla en brazos y volara

verticalmente hacia el cielo.

Un granjero, a cinco kilĂłmetros de distancia, a medianoche, le echĂł una ojeada a una nube

baja y alcanzó a ver unos resplandores y unas débiles estrías luminosas.

—Luces de tormenta —dijo, y se fue a la cama.

El tío Einar y Brunilla no descendieron hasta la mañana, junto con el rocío.

El matrimonio prosperĂł. Le bastaba a Brunilla mirar al tĂ­o Einar, y pensar que era la Ăşnica

mujer del mundo casada con un hombre alado. «¿Qué otra mujer podría decir lo mismo?», le

preguntaba al espejo. Y la respuesta era siempre: «¡Ninguna!».

El tĂ­o Einar, por su parte, pensaba que el rostro de Brunilla ocultaba una verdadera belleza,

una bondad y una comprensiĂłn admirables. ConsintiĂł en algunos cambios de dieta para

conformar a Brunilla, y tenĂ­a cuidado con las alas cuando andaba dentro de la casa; las

porcelanas golpeadas y las lámparas rotas irritan siempre los nervios, y el tío Einar se

mantenía a distancia de esos objetos. Cambió también de hábitos de dormir, pues de

cualquier modo ya no podía volar de noche. Y ella a su vez arregló las sillas, acomodándolas

a las alas, poniendo unas almohadillas extras aquí o quitándolas allá, y las cosas que decía

eran las que más agradaban al tío Einar.

—Estamos aún encerrados en capullos, todos nosotros —decía Brunilla—. Mira qué fea soy, pero

un día romperé la cáscara y extenderé un par de alas tan delicadas y hermosas como las

tuyas.

—Has roto la cáscara —dijo el tío Einar.

Brunilla pensĂł un momento.

—Sí —admitió al fin—. Hasta sé qué día ocurrió. En los bosques, ¡cuando buscaba una vaca y

encontré una tienda de campaña!

Los dos rieron, y sintiendo el abrazo del tĂ­o Einar, Brunilla supo que gracias al matrimonio

habĂ­a salido de la fealdad, asĂ­ como una espada brillante sale de la vaina.

Tuvieron niños. Al principio el tío Einar temió que nacieran con alas.

—Tonterías, ojalá fuera así —dijo Brunilla—. Nunca les pondríamos el pie encima.

—No —dijo el tío Einar—, ¡pero se te subirían a la cabeza!

—¡Ay! —lloró Brunilla.

Nacieron cuatro hijos, tres niños y una niña, tan movedizos que parecían tener alas. A los

pocos años saltaban como renacuajos, y en los días calurosos de verano le pedían al padre

que se sentara bajo el manzano y los abanicara con las alas refrescantes y les contara

historias fantásticas a la luz de las estrellas acerca de islas de nubes y océanos de cielos y

formas de nieblas y viento y el sabor de un astro que se le disuelve a uno en la boca, y de

cómo bebes el helado aire de la montaña, y cómo te sientes cuando eres un guijarro que cae

desde el monte Everest y te transformas en un capullo verde abriendo las alas como los

pétalos de una flor poco antes de golpear el suelo.

Eso habĂ­a sido el matrimonio del tĂ­o Einar.

Y hoy, seis años después, aquí estaba el tío Einar, aquí estaba sentado, envenenándose

debajo del manzano, sintiéndose cada vez más impaciente y malévolo, no porque así lo

deseara sino porque después de la larga espera era todavía incapaz de volar en el abierto

cielo nocturno; nunca habĂ­a recuperado el sentido extra. AquĂ­ estaba, desalentado, convertido

en un mero parasol, descartado y verde, abandonado ahora por los veraneantes infatigables

que en otro tiempo habĂ­an buscado el refugio de la sombra translĂşcida. ÂżTendrĂ­a que estar

aquĂ­ para siempre, sin atreverse a volar de dĂ­a porque alguien podĂ­a verlo? ÂżNo serĂ­a ya otra

cosa que un secador de ropas para Brunilla o un abanico para niños en las noches calurosas

de agosto? Hasta hacía seis años había sido siempre el mensajero de la Familia, más rápido

que una tormenta. Volando sobre lomas y valles, como un bumerán, y aterrizando como una

flor de cardo. Siempre había dispuesto de dinero; ¡a la Familia le era muy útil el hombre con

alas! Pero Âżahora? Amarguras. Las alas estremecieron y barrieron el aire y sonaron como un

trueno cautivo.

—Papá —dijo la pequeña Meg.

Los niños miraban la cara pensativa y oscurecida del padre.

—Papá —dijo Ronald—, ¡haz más truenos!

—Hoy es un día frío de marzo, lloverá pronto y habrá muchos truenos —dijo el tío Einar.

—¿Vendrás a vernos? —preguntó Michael.

—¡Corred, corred! ¡Dejad reflexionar a papá!

Estaba cerrado al amor, a los hijos del amor y al amor de los hijos. SĂłlo pensaba en cielos,

firmamentos, horizontes, infinitudes, de noche o de dĂ­a, a la luz de las estrellas, la luna o el

sol, cielos nublados o claros, pero siempre cielos, firmamentos y horizontes que se extendĂ­an

interminables en las alturas. Y aquí estaba ahora, navegando en el césped, siempre abajo,

para que no lo vieran.

¡Qué estado miserable, en un pozo hondo!

—¡Papá, ven a mirarnos, es marzo! —gritó Meg—. ¡Y vamos a la loma con todos los niños del

pueblo!

—¿Qué loma es ésa? —gruñó el tío Einar.

—¡La loma de las Cometas, por supuesto! —cantaron los niños.

El tĂ­o Einar los mirĂł por primera vez.

Cada uno de los niños tenía en las manos una cometa de papel, y el calor de la excitación y

un resplandor animal les encendĂ­a las caras. Los deditos sostenĂ­an unas pelotas de cordel

blanco. De las cometas, rojas y azules y amarillas y verdes, colgaban colas de algodĂłn y

trozos de seda.

—¡Remontaremos las cometas! —le dijo Ronald—. ¿No vienes?

—No —dijo el tío Einar tristemente—. No tiene que verme nadie o habrá dificultades.

—Puedes esconderte y mirar desde los bosques —dijo Meg—. Hicimos las cometas nosotros

mismos. Pues sabemos cĂłmo.

—¿Cómo lo sabéis?

—¡Porque somos tus hijos! —fue el grito instantáneo—. ¡Por eso!

El tío Einar miró a los niños largo rato. Suspiró.

—Un festival de cometas, ¿no es así?

—¡Sí, señor!

—Ganaré yo —dijo Meg.

—¡No, yo! —contradijo Michael.

—¡Yo, yo! —pió Stephen.

—¡Dios de las alturas! —rugió el tío Einar, saltando hacia arriba, batiendo el ensordecedor timbal

de las alas—. ¡Niños, niños, os amo tiernamente!

—Papá, ¿qué pasa? —dijo Michael, retrocediendo.

—¡Nada, nada, nada! —entonó Einar. Flexionó las alas hasta el punto máximo de propulsión y

embestida. ¡Bum! Las alas golpearon como címbalos. La ola de aire tiró a los niños al suelo—

¡Lo conseguí, lo conseguí! ¡Soy libre de nuevo! ¡Fuego en la caldera! ¡Pluma en el viento!

¡Brunilla! —Einar llamó a la casa. Brunilla apareció en el umbral.— ¡Soy libre! —llamó Einar,

emocionado y alto, de puntillas—. Escucha, Brunilla, ¡ya no necesito la noche! ¡Puedo volar de

día! ¡No necesito la noche! ¡De ahora en adelante volaré todos los días y cualquier día del

año! Pero… pierdo tiempo, hablando. ¡Mira!

Y mientras Brunilla y los niños lo miraban preocupados, Einar sacó la cola de algodón de una

de las cometas y se la atĂł al cinturĂłn, a la espalda; tomĂł la pelota de cordel, se puso una

punta entre los dientes y les dio la otra punta a los niños ¡y voló, arriba, arriba en el aire,

alejándose en el viento de marzo!

Y los niños de Einar corrieron por los prados, cruzando las granjas, soltando cordel al cielo

soleado, trinando y tropezando, y Brunilla, de pie en el patio, saludaba con la mano y reĂ­a, y

los niños fueron a la loma de las Cometas sosteniendo la pelota de cordel entre los dedos

ávidos, y orgullosos, todos tirando y tironeando y dirigiendo. Y los niños de Mellin Town

llegaron corriendo con sus pequeñas cometas para soltarlas al viento y vieron la gran cometa

verde que saltaba y oscilaba en el cielo y exclamaron:

—¡Oh, oh, qué cometa! ¡Qué cometa! ¡Oh, cómo me gustaría una cometa parecida! ¿Dónde,

dĂłnde la consiguieron?

—¡La hizo papá! —gritaron Meg y Michael y Stephen y Ronald, y tironearon animadamente del

cordel y la zumbante y atronadora cometa se zambullĂł y remontĂł en el cielo, y cruzando una

nube dibujó un largo y mágico signo de exclamación.



Antes que anochezca, Celestino irá repartiendo alas (+ audio)

«Antes que anochezca iremos repartiendo alas.» Celestino despierta en HolguĂ­n con un dossier repleto de cuentos en las voces de jĂłvenes escritores de la AsociaciĂłn Hermanos SaĂ­z. Otros entendidos se aproximan a la vida de los centenarios Charles Bukowski, Isaac Asimov y Ray Bradbury, a los que estará dedicado este evento.

En su XXI edición, Celestino de Cuento no se detiene, la gente no sabe nada del mundo, pero tiene cómo saberlo. Ediciones La Luz una vez más precisa podcast, cápsulas promocionales, postales, así que no te asombres de mi astucia sino de tu ignorancia que la hace resaltar, sonreímos, la irreverencia y la medida están conferidas a los escritores de buena voluntad.

Invadimos la privacidad del lector con la idea perenne de hacer prevalecer su ingenio, la actitud creativa ante la vida: desde el punto de vista mágico, desde el punto de vista del misterio, que es imprescindible para toda formación.

 Iremos aplastando el tedio de estos días, piensa menos, sueña más y duerme. Debemos retomar las épocas de ensueño, redescubrir en cada texto el alba. Alucinas. Ya no queda casi ningún árbol en pie. Nadie apaga luces, al contrario, es la estación incandescente, el resplandor del arte que persiste, #alaluzseleemejor, insistimos. Si tú no existieras yo tendría que inventarte.



Los eBooks de La luz

Como se ha venido diciendo desde hace un tiempo, una de las propuestas para la promoción de la literatura que se hace en nuestra casa editora, La Luz, es la versión de los libros en su formato eBook. Teniendo en cuenta la carencia que afronta el país con la escasez de papel, esta ha sido una buena manera para que pueda llegar a todo el que se interese. Así que me he dado a la tarea de reseñar y anunciar cada título.

Se acerca a esta promoción Jacques Prévert. Instrucciones para dibujar un pájaro a cargo de las traductoras Irina Chaveco y Elizabeth Soto.

Jacques Prévert, poeta francés que vino al mundo justo en la inmediatez de un nuevo siglo, fue un escritor, dramaturgo y guionista, se le atribuye también la paternidad de varias prácticas artísticas como el cadáver exquisito, ejercicio propio del movimiento surrealista de aquella época. Prévert se movió por situaciones económicas convulsas desde su niñez. Este hombre de una observación profunda supo mediante la palabra visualizar y describir de una forma peculiar los horrores de la segunda Guerra Mundial y las injusticias propias de la sociedad. No fue aceptado desde el primer momento en la vida literaria parisina pues su poesía, considerada por muchos repugnante por ser escrita en lenguaje popular, no mostraba a decir de los literatos de la época la belleza de la lírica académica a la que estaban acostumbrados.

Tiempo después, digamos que por la perseverancia y la calidad de sus versos, el poeta comienza a ser importante y tomado con notoriedad, justo cuando habla de versos que mitigan la pobreza y alientan al amor. Paroles, su poemario más conocido, llegó tras la guerra en 1946 para marcar un hito en las letras francesas, ya cuando el autor era reconocido justamente por una serie de guiones cinematográficos.

Su carácter rebelde se vislumbra en cada uno de estos poemas que presentamos en la selección. Adoptan una voluntad fónica de modo consciente o inconsciente que hacen del poema una estructura libre, donde se respira un tempo que es otorgado por las sensaciones que trasmite el autor, en su burla o halago, aboliendo los signos de puntuación, incluyendo una ortografía a su antojo.

Una lectura en voz alta de sus poemas en francés denota su propósito de crear hemistiquios melódicos, especie de anagramas para decir lo dicho, de una manera más amena, más tonal. Un juego de palabras que burle la situación, el entorno, un sentimiento específico, dislocaciones de estructuras sintácticas que organizan o desorganizan el cerebro de los personajes, conmutaciones en los sintagmas, frases con deformación cuyo referente lingüístico es evocado por el lector u oyente. La repetición, el inventario verbal o sustantivado, encadenamientos, paralelismos preferentemente con estructuras sintácticas, notaciones como pinceladas que conforman por yuxtaposición un relato narrativo o dramático.

Jacques Prévert es sin dudas uno de los poetas más irreverentes del siglo pasado, que insistió por encima de todo en hacernos sentir el placer absoluto de la poesía.

Desayuno

  • EchĂł cafĂ©
  • En la taza
  • EchĂł leche
  • En la taza de cafĂ©
  • EchĂł azĂşcar
  • En el cafĂ© con leche
  • Con la cucharita
  • Lo revolviĂł
  • BebiĂł el cafĂ© con leche
  • Y regresĂł a la taza
  • Sin hablarme
  • EncendiĂł
  • Un cigarrillo
  • Hizo cĂ­rculos
  • Con el humo
  • EchĂł las cenizas
  • En el cenicero
  • Sin hablarme
  • Sin mirarme
  • Se levantĂł
  • Se puso
  • El sombrero
  • Se puso la capa
  • Porque llovĂ­a
  • Y se fue
  • Bajo la lluvia
  • Sin una palabra
  • Sin mirarme
  • Y yo me puse
  • Las manos en el rostro
  • Y llorĂ©.


Análisis poético de una Romería digital

Recuerdo de adolescente salir corriendo desde el Varona, una secundaria insigne por aquel entonces, hasta el parque Calixto García y quedarme atrapada observando todo tipo de manifestaciones artísticas. La ciudad se inundaba de una poética que era imposible escapar. Así descubrí por primera vez las estatuas humanas. Yo era una adolescente enjuta que estudiaba piano, solfeo y teoría en el Conservatorio de Música de Holguín. 

En una ocasión, me detuve en una esquina y se acercó un caballero alado y con un pincel, movimientos pausados dibujó una greca en mi espalda, me susurró al oído: “es la espalda más linda que he visto”. Y se marchó. Mis libros de partituras que llevaba bajo el brazo llamaron la atención y fueron arrebatados por una mujer bodypainting sentada frente a un piano que interpretó en un segundo Nocturne in  C Minoir, de F. Chopin. Otra vez fui víctima del teatro bufo, cuando apurada por los corredores, volteo la mirada y tenía una fila de mimos imitando todos mis gestos. Llegando al parque de Las Flores nuestro querido Joaquín Osorio, Premio Nacional de Promoción Literaria, preguntaba con micrófono en mano a modo de rifa quién era la autora de María Toda, el autor de Abrirse las Constelaciones, entre otros, así fue como obtuve Jardín, de Dulce María Loynaz.

En años posteriores esperaba mayo con la ilusión de lo que pasaba en sus parques y calles. Fui creciendo esperando cada año por las Romerías. Cuando estudié en la Universidad de Oriente, mi casa se convirtió en una beca de romeros. Luego en Holguín en la universidad nos dijeron: este año las prácticas son en las Romerías. Todos nos quedamos boquiabiertos. Ya no tendríamos que escaparnos o salir apresuradamente del aula. Yo fui ubicada en el periódico La Luz, que por aquel entonces tenía una edición de lujo en este evento. Ahí comenzó mi verdadera pasión de romera.

Trabajar dentro de las Romerías proporciona otra perspectiva. Si bien es cierto que no da tiempo de disfrutar todo lo que quisieras, brinda la facilidad y la oportunidad de conocer figuras de talla mundial. Así fue como logré entrevistar para mi tesis a Luis Alberto García, le estreché mi mano a Andy Montañez, bailé con William Vivanco, abracé a la Dra. María Dolores Ortiz, almorcé con Guido López Gavilán, canté al lado de Haydée Milanés en una noche bohemia, porque si algo tiene de favorable las Romerías de Mayo es que nos volvemos una gran familia, no importa quién seas, ni cuán conocido o afamado, ahí en ese espacio, todo el mundo es un cubano.

A todos nos pasa, guardamos placeres para ese esperado momento, cada uno espera esa semana para disfrutar al máximo sus pasiones y eso, de algún modo es poesía.

  • SĂ© de quienes no salen del evento Memoria Nuestra y preparan sus trabajos todo un año, con la pasiĂłn del recuerdo, para no perder las raĂ­ces.

  • SĂ© de quienes a Ăşltima hora se deciden por presentar su corto en La Cámara Azul, y ahĂ­ están esas metáforas visuales cargadas de sensibilidad y cercanĂ­a espiritual.

  • SĂ© de quienes no intentan estar encima de la torre pero Babel los ha dado a conocer, por la habilidad en el pincel, cuando describen la realidad con trazos, cuando el color exacto llena tu vida.

  • SĂ© de quienes llegan por un abrazo y se van convocados a escribir porque esta isla es un verso.

  • SĂ© de quienes asisten a un espacio de trova, pero sucumben al bajo de un rockmero.

  • SĂ© que la ama de casa no pudo llegar temprano a su hogar porque una danza callejera la intersectĂł y le quitĂł los bolsos de compra, la cartera y la dejĂł entre risas en la puerta de su casa, y ella nunca olvidará que la GiganterĂ­a pudiera postergar la cocciĂłn de sus frijoles.

Sé y sabemos que el arte salva, que es propio de los artistas tener alternativas, porque el arte es optimismo. No esparaba menos de todos los que de algún modo contribuimos para que cada año el hacha suba a la cima de la ciudad, para que llueva, quizás estas romerías digitales tengan la fuerza necesaria para entrar en la sensibilidad de cada uno y desde el móvil, con la alegría de recibir arte en casa, nos libremos de la contaminación, para saber esperar y cuidar el mañana. Hay mucho todavía por hacer, hay muchos caminos que descubrir, tenemos limitaciones concretas, pero el arte es libre como nuestros pensamientos y esto definitivamente nos hará sanar y crecer.



Rendir homenaje desde la utopía…

Cuando Thomas More, el pensador, teólogo, político, humanista y escritor inglés escribió en el siglo XVI su obra más famosa Utopía, sabía que conceptualizaba el término: plan, proyecto, doctrina o sistema deseables que parecen de muy difícil realización. Y a esto se enfrentaron los realizadores Carlos Gómez y Manuel A. Rodríguez Yong en su reciente puesta Romerías, la utopía.

El largometraje a cargo de las productoras independientes WajirosFilms y i4films, ha rendido merecido homenaje a este evento de multitudes que no ha sido fácil definir.

Mi comentario parte desde la experiencia. La posición de enfrentarse a una película que he vivido desde fuera y hace varios años desde dentro. Quien ha trabajado en las Romerías de Mayo, solo así puede emitir un criterio acertado, porque el espectador, de las Romerías o de la película posee, sin temor a decirlo, lagunas de información que lo harían ser injusto o demasiado halagador.

en la filmaciĂłn del documental romerĂ­as, la utopĂ­a

No me dedico cabalmente a la crítica cinematográfica, mi acercamiento a esta muestra es basado en principios técnicos, meramente razonables, y una mirada oficiosa que en gran medida trata con optimismo la obra del otro, porque cualquier acción donde medie el arte, es bien recibida, aunque exista una fina línea divisoria entre el bien y el mal.

Si de recursos visuales se trata, creo que la muestra representa con veracidad la estética de tratar de absorber el espíritu de fiesta y el poder de atracción, un evento que revoluciona y pone a toda la ciudad a su disposición.

En conversación privada con Ana María González, quien estuvo a cargo de la dirección de fotografía, me explica que para lograr ese efecto se usaron entre tres y cinco cámaras simultáneamente, con la idea de que se visualizara la cantidad de eventos dentro de un mismo evento, que satisface varios públicos a la vez. Fundamentalmente persiguen la algarabía, porque ese sin dudas es el espíritu romero, una especie de catarsis colectiva, donde los jóvenes confluyen en las plazas y se avisan de las presentaciones y las horas, porque el Programa, a veces impreso y escaso, pierde veracidad, al punto de infartar a un inglés. Obviamente estos detalles de los planos, un plano americano y un fondo difuso, un plano medio corto, que resalta en varias ocasiones la figura de su fundador o padre de las Romerías de Mayo, Alexis Triana, propone una mirada polémica y apasionada de su organización.

equipo de filmaciĂłn del documental romerĂ­as, la utopĂ­a

Otras veces, cuando el lente se abre y resalta a la ciudad desde la cima, siento, como holguinera al fin, que este pueblo es demasiado grande culturalmente para poder abordar todas sus aristas en apenas siete días. Vemos también, esas zonas de claroscuro, donde se desvanece la imagen con la sensación, de que esta fiesta, tiene sus momentos de muerte, de desgaste.

Hay un abanico de entrevistados, los imprescindibles, y otros que debieron estar y no voy a mencionar por tratarse de subjetividades. Hay una diversidad de criterios que se contraponen como en las Romerías mismas. Y si a usted, que me está leyendo le parece exagerado, como dijera otro romero fundador, que haya que tener en determinado momento cierta “masa testicular” para no salir dañado de unas Romerías, créame que no exagero. Hay opiniones en boca de sus interlocutores bastante sinceras, otras no tanto, pero el documental viene siendo una verdad, y los protagonistas dejan entrever sin esfuerzo alguno de qué está hecho un evento que trata de aunar y no de dividir.

en la filmaciĂłn del documental romerĂ­as, la utopĂ­a

Obviamente sus directores estarán en tela de juicio por mucho tiempo, esto garantiza que el material posee las características que requiere el arte, la polisemia a la que nos han expuesto, a la controvertida aparición para muchos de una actriz superflua, para mí tan necesaria, porque me vi retratada en su piel, fugándome de la Universidad de La Habana justo en el mes de mayo, deseosa de ver a los míos en ese mes donde todos confluyen; quizás la dramaturgia de ese personaje se centre en la visión de que no todo es desorden y desenfreno, tratándose de una madre que conjuga todas sus pasiones, al mismo tiempo queda aislada, no logra concomitar el discurso poético de su imagen con la historia que se narra, y mucho menos el final, dejando al espectador más allá de un suspenso, en una duda, careciendo de un significado semiótico.

fotograma del documental

Otros puntos pudieron ser abordados con más intensidad, pero habría que ver la real intención de sus realizadores porque se trata de un largometraje que exhibe y enamora una vez más a los artistas de Cuba y el mundo. No estamos ante un panfleto politizador. El mensaje de amor se transmite y llega con fuerza mediante un guion, que si bien es cierto que tiene mucho de principiantes, resume y concisa la tradición de un pueblo confinado a ser capital del arte joven.