Elaine Vilar Madruga


Moldear la joya debajo de las palabras

A pocos días de culminar el aciago año 2020, la Asociación Hermanos Saíz entregó sus becas y premios correspondientes a un difícil ciclo vital, tanto para los hacedores del arte como para sus consumidores. Fue allí donde por primera vez escuché nombrar a Lioneski Buquet Rodríguez y a su proyecto, ganador de la Beca La Noche, La brújula en el viento. Desde entonces me propuse entrevistarlo y conocer un poco más de las hojas de ruta de este joven escritor. Gracias a las redes sociales, el contacto fue posible en medio de otra cuarentena que, por suerte, hemos aprendido a vivir creativamente.

¿Existe el llamado de la vocación? ¿Qué experiencias vitales conformaron al escritor que eres?

Bueno, si así se le puede llamar a sentir la necesidad de meter mis palabras en el mundo de la literatura, entonces digamos que existe un llamado de la vocación, o al menos de la creación.

Yo las llamaría granos de arena cayendo esporádicamente en ese reloj que es la vida. Mis experiencias han ido llegando así, de forma esporádica, con años de diferencia entre una y otra.

Cuando apenas rondaba los 12 ó 13 años tuve la suerte de tener un maestro, Luis Ávila de Armas, que con su forma de educar me despertó el vicio de la lectura; así fue como entré por primera vez en una biblioteca. Luego, a los 17, de la mano de una amiga en el preuniversitario, empiezo a verle la cara a la décima, pero solo como lectura. Ya a partir de los veintitantos desempolvo de la memoria la estructura básica de la décima, en aquel entonces con todos los errores inconscientes de quien empieza.

En cuanto a experiencias vitales, sin lugar a dudas haberme acercado a mis 27 años al taller de literatura de la AHS hizo la diferencia en las temáticas y géneros, además de pulir esos errores que antes mencionaba. Creo que esa fue una de las vitales, acercarme más a un mundo completamente desconocido para mí: conocer a jóvenes como yo, a otros ya consagrados, compartir espacios de lecturas, reflexión (con café, té o trago de por medio).

cortesía del entrevistado

Otra de esas llamadas experiencias: la suerte de ser seleccionado para el curso de técnicas narrativas del Centro Onelio. Yo, la verdad, no me consideraba un narrador. Sobre la experiencia del Onelio hay tanto que decir, pero tanto… Y después para acabar de convencerme de que tengo algo de narrador, soy uno de los ganadores de la beca Caballo de Coral que convocan para los egresados del curso.

Hay una frase que se ha convertido en una guía personal. Nos la dijo Eduardo Heras León en una de sus conferencias en el curso: “Muchachos, hay que leer”. En una ocasión me preguntaron qué soy, si poeta o narrador. Mi respuesta va de la mano de Eduardo: yo soy mejor lector. Te agregaría que cada lectura que descubro pasa a formar parte de esas experiencias.

Dentro del filtro de experiencias humanas, ¿cuáles son las que particularizas en tu creación y transformas en materia artística?

El hacer diario, las menos importantes porque constituyen, la mayoría de las veces, un reto a la hora de llevarlas a un producto literario. Eso en la narrativa. Ya en la poesía, el discursar va encausado a un soliloquio sobre mi forma de ver el mundo (incluidas las sombras y luces del hombre, por supuesto), busco provocar al lector, moverlo hacia una dirección y preguntarle qué piensa.

¿Por qué eliges la poesía? ¿Qué tipos de lenguajes espirituales piensas que la poesía es capaz de comunicar a los otros?

La elección de la poesía como género para escribir no creo que haya sido un hecho voluntario de mi parte. En la biblioteca a la que comencé a ir, puedo decirlo con alguna certeza, lo único que leía era narrativa, sobre todo aventuras, pero nada de poesía. Quizás fuera luego esa etapa de primera juventud la que me exigió rellenar el espacio vacío de la poesía.

Recuerdo que a las primeras sesiones que asistí del taller de literatura de la AHS, el escritor Eduardo Pino, quien dirigía el taller, llegó a decirme que en algún momento iba a incursionar en otros géneros. Yo, de iluso, le dije que eso nunca pasaría. Y pasó. Exploré el soneto, la prosa poética, y pronto llegó el cuento. En la poesía me sentía en mi área de confort.

En mi opinión personal, la poesía es capaz de comunicar lo que el escritor sea capaz de escribir. La poesía es un catalizador de la diversa y siempre compleja sensibilidad humana. Un mismo poema puede hacer que una persona recuerde momentos felices de su vida, al punto de sobreponerse a circunstancias actuales y, por otra parte, ese mismo poema en otra persona puede desencadenar todo lo contrario, o simplemente nada.

cortesía del entrevistado

Dentro de la creación poética apuestas también por la poesía escrita para niños, ¿por qué?, ¿los niños cubanos leen poesía, están ávidos de consumirla?

Puedo decirte que el primer impulso en la poesía para niños fue como de pie forzado. Cuando asistí por vez primera al taller de literatura infantil Compay Grillo que dirige Félix Sánchez, fui solo un espectador. Pero Félix (que es como otro niño, pero con unos años de más, capaz de contagiarte esa fiebre por la creación) provocó que me salieran allí mismo y de un tirón las primeras décimas. Suerte que ese primer roce infantil trajera consigo el llegar al Encuentro Provincial de Talleres Literarios de 2007. En las sesiones del taller fui abriendo el diapasón a escribir de cuanto tema se me ocurriese pero, como te dije, solo empezaba.

En una ocasión reuní lo que a mi parecer era poesía infantil y se lo entregué a Félix para saber su opinión. Creo que sus sugerencias esa vez me bajaron de una nube tormentosa que toda persona que empieza debe evitar: la presunción. Tomé conciencia de que escribir conlleva esa gran parte de martillo y cincel de la que Félix nos insistía. Un martillo y cincel para moldear la joya debajo de las palabras. De más está decir que el manuscrito tenía notas por los cuatro costados. Él apenas se limitaba a sugerir con un tacto tremendo.

El segundo impulso hacia la poesía infantil llegó de la mano (más bien de los versos) de uno de los conocidos libros Chamaquili, de Alexis Díaz Pimienta, otra vez en el taller Compay Grillo. Para serte sincero, me había leído otros libros de narrativa y poesía infantil, pero Chamaquili fue ese aluvión del ser niño.

En pocas palabras: en la poesía infantil encontré el sendero para liberar/compartir esas ocurrencias que por x o por y guardé para mí. Además, Félix nos retaba constantemente a ser originales.

Hoy por hoy me desempeño como librero, y en ese corto tiempo he aprendido que los niños cubanos leen poesía; por su fácil lectura me atrevería a decir que más que otros géneros. Pero hay obstáculos. Por un lado la escasa disponibilidad de textos en provincia de las editoriales nacionales (e incluso de otras editoriales, ligeramente saciada esa escasez en las ferias del libro), y por otro lado los adultos que andan con los niños de la mano.

Los padres siempre están mediando para bien (y para mal, por qué no) en la adquisición de libros para los niños. En las experiencias que he tenido, el niño se acerca e interesa por un libro y en ocasiones la respuesta del padre es “a ti no te gusta leer”, quizás dándole más protagonismo a la realidad social, al materialismo que tanto frena que el niño conozca cosas diferentes, enriquecedoras para su imaginación (con eso no niego que siempre hay un pequeño que mete la cuchareta y dice que sí le gusta tal o más cuál libro, pero son los menos). Todo depende entonces de que ese padre haya tenido en su infancia esas cosas diferentes, enriquecedoras, que ahora precisa el menor. Si lo lleva de la mano, ¿por qué no llevarlo también de la mente?

En diciembre de 2020 obtuviste la Beca La Noche por un proyecto de poesía para niños. Cuéntame un poco de este proyecto…

cortesía del entrevistado

El proyecto de libro tiene por título La brújula en el viento y, por decirlo de alguna manera, ha tenido las opiniones de buenos amigos. No podía ser de otra cuando, sin darme cuenta, estaba entrando en ese espacio tantas veces visitado por la poesía infantil que es el mar y todo lo que crece alrededor.

Lo primero que me tracé fue emplear un lenguaje sencillo, directo, franco. Me enfrasqué en presentar el libro como un viaje infantil por el mar de la imaginación desde el mismo instante de zarpar, siempre desde las fantasías y ocurrencias del niño, tocadas por situaciones de familia como pudieran ser la enfermedad, la muerte, la pobreza, entre otros que varían el tono del texto.

Cuando me propuse trabajar en el proyecto ya tenía la mayoría de los textos, muchos compartidos con Félix Sánchez y el taller. Algunos poemas los leía en actividades infantiles de la Casa de Cultura. El escritor Arlén Regueiro también fue de apoyo. Pero luego tuve la suerte de hablar la idea con Niurki Pérez García. ¿Qué podría decirte? La explosión de creatividad fue total. Me sugirió que, como todo viaje, tuviese sus escalas. Me propuso incluir adivinanzas (de hecho, tuve que leerme un estudio sobre las adivinanzas en Cuba, cuando jamás pasó por mi cabeza esa idea), y para el final una historia de piratas. Lo tomé como un reto más que como una obligación y creo haberlo hecho decorosamente.

En la fundamentación del proyecto señalé que el propósito es lograr la complicidad entre el lector y el libro. No concebí la idea de verlo solo como el objeto libro, también tengo la ambición de que el niño lo tome como un mapa de juegos.

Asumí uno de los consejos de Niurki: “piensa desde la percepción del niño, él se cansa de un poema detrás del otro; hay que darle momentos de descanso en la lectura, dinamizar su relación con el libro”.

¿Cómo transcurre tu proceso creativo? ¿Cuáles son los temas que te acompañan?

El proceso creativo arranca por resortes diversos. Lo mismo puede ser por un hecho que me llame la atención, un poema o libro, o algo del pasado que me ande rondando en la cabeza. Antes no daba tiempo a que la idea adquiriera forma propia en la mente. Creo que aún me sucede, pero a menor escala. Ahora juego un poco con la idea, le tomo la temperatura a ver hasta dónde puede seducirme. Luego a escribir, escribir sin detenerme en elementos de estructura (aunque inconscientemente se tiene activada la función de corrector). Solo va quedando entonces el martillo y el cincel que te mencioné.

Es difícil que ese proceso creativo no esté bajo el fuego constante de la realidad individual y circundante. Quien pueda leer en un futuro las cosas que uno escribe nunca se creerá que ese día tenía diez mil preocupaciones en la cabeza. El producto de ese instante es lo que cuenta.

Los temas son los que salen de todas partes, de esa cualidad que no se aparta ni un segundo del escritor: la observación. Mis temas surgen de esa gran fábrica indetenible que es la vida: el trabajador, las necesidades, las relaciones de pareja, inconformidades con el comportamiento humano.  

En tu creación, transitas de la poesía al relato, ¿es este tránsito un proceso consciente en el que debes hallar nuevas herramientas al servicio de un género determinado, o crees en la literatura como un corpus total, en el que pueden reciclarse formas de creación sin pensar desde un principio en el género escogido?

Moverme de un género a otro es algo que no establezco conscientemente. Si tengo ganas de escribir un soneto, una décima, un cuento, o si este es para adulto o infantil, voy sin dudarlo a por las palabras.

Me inclino a pensar en la literatura como el corpus al que haces alusión. En ocasiones estoy escribiendo a la vez un poema, un cuento y algo infantil, y nada se interrelaciona entre sí (puede sonar a desorden, pero la mayoría de las veces soy indisciplinado en terminar una cosa y empezar otra). Pero con el paso del tiempo he aprendido a enfocarme en los proyectos, eso me permite explotar al máximo las ideas.

¿Existe el fatalismo geográfico creativo? ¿Cómo se puede luchar, desde esfuerzos individuales puntuales, para desterrarlo no solo de la conciencia de los creadores sino también desde la mirada nacional a este fenómeno?

Lamentablemente existe. Soy de un municipio a veinte kilómetros de la cabecera de provincia. Me resultaba imposible asistir a muchos eventos literarios por el horario, el transporte, por todas esas fronteras que nos hacen decirnos a nosotros mismos “basta”. El problema lo veo hasta ahí. A partir de este punto da lo mismo estar en Guantánamo que en La Habana o en la luna. Si se va a crear, se crea y ya está. Quien me escuche quizás piense, “bueno, pero si se crea donde sea, entonces ¿qué hay con los veinte kilómetros?” Es que para ciertos espacios no basta con crear, hay que estar para conocer y hacerte visible.

Para desterrar el fatalismo geográfico no basta con crear, hay que promover espacios dirigidos a demostrar quiénes somos y qué valemos, iniciativas que pueden estar concebidas de antemano o no. Pero lograr esos espacios o eventos conlleva una alta cuota de empuje, tesón y entrega. Y es que a veces todo empieza (o empieza a golpe de cumplir con el mero hecho de hacer para darla por cumplida) y pronto va perdiendo el brillo o no llega a deslumbrar.

Cuando escribes, ¿cuáles son tus herramientas fundamentales para concretar un proyecto?

El empeño. Entre todas el empeño, porque lleva incorporadas la creatividad, la entrega, la sensibilidad… el paquete completo de lo que no debe faltar en un escritor. La originalidad también. A todos nos mueve la idea de que eso que vamos a crear, antes de tener cualquiera otra condición, sea original en la forma de tratar un tema.

En tu experiencia, ¿cuán difícil es publicar dentro y fuera de Cuba?

Mi experiencia no es tan amplia como para dar un juicio certero. Para este año tengo en proceso de publicación tres libros, dos de ellos resultado de concursos y uno aprobado por plan editorial. Y quiero detenerme en los primeros que mencioné. He escuchado a muchos escritores que ven la opción de concurso como la más viable porque en la mayoría de los casos incluye la publicación de la obra ganadora. Sin embargo, también llegan las opiniones de las editoriales de la misma AHS, por ejemplo, que demandan manuscritos para evaluar en sus planes de publicación. Con todo y las dificultades que existen en cuanto a insumos, existe una intención de promover la obra, siempre que tenga calidad literaria.

Fuera de Cuba he escuchado de buenos ejemplos, y de otros que dejan mucho que desear. Pero inclinarme a un lado o a otro sería como adentrarse en terreno desconocido.

Las redes sociales: ¿herramientas del escritor, nuevas maneras de comunicar el arte? ¿De qué manera han fungido para ti?

Creo que en 2020 se evidenció con más fuerza que nunca antes la utilidad de las redes sociales en la comunicación del arte por parte de los creadores. Indiscutiblemente son una herramienta que, bien empleada, te visibiliza.

Esa es una parte del asunto; ya la otra es la posibilidad de acceso a las redes sociales (entiéndase que no siempre se cuenta con la tecnología ni el presupuesto mínimo para hacerlo) y, por citar un ejemplo, en ocasiones hay que pedirle favores a otros para enviar vía email a un concurso. Resulta novedoso cuando hoy se crea un grupo de WhatsApp para intercambiar contenidos entre miembros de un taller literario, o puedes conocer de convocatorias, las últimas novedades literarias y descargas de libros.

¿Existe la retroalimentación lector-escritor, escritor-lector?, ¿o acaso nos conformamos, los propios creadores, con la elemental retroalimentación escritor-escritor, colega-colega?

Te voy a responder en base a las experiencias de amigos con libros publicados: sí existe la retroalimentación en uno y otro sentido. En varias ocasiones he visto personas que te reconocen del libro tal o “mascual”, que le gustó, que cuándo sale otro.

Te hablaba del taller Compay Grillo, pues en varias ocasiones los talleristas hemos realizado lecturas a grupos de niños, y resulta curioso que muchos escritores sientan expectación de qué pensará el público de su obra.

No es menos cierto que la retroalimentación entre los mismos escritores permite, hasta cierto punto, pulir una obra. Muchos se quedan en esa relación. Lo que debemos entender es que el libro es para el lector, y esa opinión no debe faltar.



«No existe una fórmula exacta para el éxito»

Tengo el privilegio de conocer personalmente a no pocos de mis entrevistados. Tengo, además, el doble privilegio de afirmar que compartí con ellos tiempo de vida y de estudios. A Igor Ernesto Corcuera Cáceres lo conocí en las aulas del Nivel Medio de Música en el Conservatorio Amadeo Roldán. En aquel entonces, Igor aún no era el joven director de orquesta que, pocos años después, alcanzaría justo reconocimiento nacional, sino un talentoso trompetista, un amigo que siempre tenía al alcance de la mano una palabra amable y una sonrisa. Siempre he disfrutado el hecho de seguir la carrera y los éxitos de mis antiguos compañeros del mundo musical. Por eso conecté una vez más con Igor y, a través de las palabras, le invité a este tránsito por su memoria.

 

—¿Percibes que existe un tránsito entre Igor trompetista, e Igor director de orquesta?

—Más que un tránsito, pienso que soy una mezcla de ambos. El director se nutre de la experiencia y sentir del instrumentista y, por otra parte, la sensación de tocar el instrumento es totalmente distinta a la de dirigir. Aun hoy no puedo decidirme por una sola de ellas. Es por eso que, a pesar del gran esfuerzo que conlleva, he decidido mantenerme en ambos roles.

—¿Qué nuevos rigores o desafíos incorporó la carrera de Dirección Orquestal a tu vida como músico?

—Desde niño siempre soñé con ser director de orquesta, sin saber —por supuesto— lo difícil que es. Primero, se trata del hecho de estudiar una carrera difícil y sacrificada, y después dedicarse a eso como modo de vida y profesión. Los desafíos fueron muchos, comenzando con un elemento vital: casi siempre los directores de orquesta provienen de instrumentos como el piano, el violín o la dirección coral. Al ser yo trompetista, al inicio me vieron como algo extraño (a pesar de no ser el primer trompetista en Cuba en ejercer la dirección orquestal) y eso supuso muchos desafíos en cuanto a niveles de conocimientos técnicos y también en cuanto a la capacidad de demostrar la posibilidad real de llevar a cabo el objetivo final. Me obligó a superarme en todos los sentidos y a exigirme más para “suplir” aquellos aspectos que tuviera en mi contra.

—A tu criterio, ¿qué rol juegan los directores de orquesta en la historia musical de nuestro país?

—Nuestro país ha sido cuna y herencia de grandes músicos, entre los cuales han existido grandes directores y compositores. Al inicio, sin muchos estudios profesionales, pero con mucho oficio y talento; en algunos casos, padres fundadores de movimientos sinfónicos, de bandas, de música de cámara: ellos incorporaron nuestra cubanía a las obras universales. Los tenemos desde Guillermo Tomás, Gonzalo Roig, Rodrigo Prats, Amadeo Roldán y Manuel Duchesne Cuzán; hasta renombradas figuras de nuestra actualidad como Helena Herrera, Zenaida Romeu o nuestros queridos maestros Guido López-Gavilán, Jorge López Marín o Enrique Pérez Mesa, por solo citar algunos.

—¿Sientes que tu juventud puede ser, o quizá haya sido en el pasado, un hándicap a la hora de enfrentarte a los instrumentistas a los cuales diriges? ¿O acaso esa misma juventud incorpora nuevos matices a la relación instrumentista-director?

—Casi siempre se asocia al director de orquesta como una persona mayor, o al menos de cierta madurez. Ser un director joven exige, en primer lugar, emanar mucha seguridad en el trabajo, prepararse continuamente pero, a la vez, estar dispuesto a aprender de tus músicos y de los años de experiencia del atril. Igualmente pienso que la juventud también puede servir para dar un giro a las cosas, para verlas desde otra mirada y eso también los instrumentistas lo agradecen.

tomada del perfil de facebook de Igor Ernesto Corcuera Cáceres

—¿Cómo te enfrentas a una nueva partitura, cómo asumes ese proceso creativo que se engendra en el trabajo colectivo?

—Cada nueva partitura es un desafío, es la incesante búsqueda de información sobre ella, sobre el compositor, sobre los períodos en que fue concebida y todo lo que alrededor de la música existe. Solo así puedes enfrentarte con un trasfondo más amplio al proceso de estudiar y montar la música, para brindar una interpretación distinta pero, a la vez, lo más acertada posible. Y, como en cada proceso colectivo, todos nos nutrimos del conocimiento y la experiencia del conjunto que le da el toque final a la interpretación.

—¿Existen suficientes oportunidades internacionales para que los jóvenes directores de orquesta cubanos se prueben en otras lides más allá de nuestras fronteras geográficas?

—A pesar de que nuestra academia de Dirección cuenta con excelentes profesores de probada calidad y experiencia, las oportunidades internacionales para los directores jóvenes cubanos son escasas, por no decir nulas. Casi siempre se consiguen a título personal y en la mayoría coinciden con la emigración. Al final, como dice el viejo proverbio: “no eres profeta en tu tierra”. Pienso igualmente que aún somos un tanto “desconocidos” en la arena internacional, aunque sí hay algunos directores cubanos con resultados muy loables. En Cuba hay mucho talento joven que merece más oportunidades.

—¿Qué les pides a los músicos a los que diriges? Y cuando asumes tu rol como instrumentista, ¿qué les pides a los directores con los que trabajas?

—Como director, más que pedir, exijo disciplina ante el trabajo y la música. Que cada músico se entregue por completo al hecho artístico tal como lo hago yo. Que confíen en mí y disfruten lo que hacemos. Como instrumentista, me complace trabajar con directores que vayan al detalle, que demuestren que saben trabajar y que me exijan en aras de que el trabajo salga lo mejor posible.

—¿Cuál es el principal reto de la educación musical cubana en estos precisos momentos?

—Los retos son muchos, máxime cuando no tenemos muchas veces las condiciones necesarias para desarrollar nuestro trabajo. Soy profesor desde hace 13 años y me he encontrado con grandes dificultades de todo tipo, pero también uno siente satisfacción cuando ve sus alumnos desarrollarse y pensar que, en algo al menos, se contribuyó a este proceso. Pienso que el principal desafío es mantener nuestra enseñanza artística y, sobre todo, pensar en elevar cada día más el nivel de nuestros estudiantes.

—Desde 2014 asumiste la dirección de la Banda Nacional de Conciertos de Cuba. Luego de seis años de trabajo, ¿cuánto has cambiado como director?

—La Banda Nacional de Conciertos ha sido lo más grande que me ha sucedido en mi carrera profesional. Llegué casi por casualidad con solo 24 años, sin haberme graduado aún como Director de Orquesta. Pienso a veces que fue el destino quien me puso allí, pues ellos necesitaban de mí tanto como yo añoraba un trabajo como ese. Como director ha sido el mayor de los desafíos. Preparar un repertorio distinto cada semana, que sea atractivo para los músicos y para el público, y que a la vez responda a los intereses musicales y culturales de la institución —sin caer en la repetición y el facilismo, y que además eleve el nivel de la orquesta— me ha hecho adquirir madurez y a la vez el tan necesario “oficio” de dirigir cada día, lo que exige estudio y superación constante. Además, se carga con la historia de más de 120 años de una institución y con el hecho de haber sido precedido por grandes como Guillermo Tomás y Gonzalo Roig. Y a eso hay sumarle todo el trabajo extra musical que exige ser el director de una institución nacional. Cada mañana cuando llego a mi oficina pienso que no me alcanzará la vida para todo lo que quisiera hacer en ese lugar, pero a la vez me siento realizado de poder estar allí cumpliendo mi sueño.

—En 2017 te fue conferida la Distinción por la Cultura Nacional, máximo galardón que otorga el Ministerio de Cultura de Cuba. Eres, de hecho, una de las personalidades más jóvenes en ostentar tan importante reconocimiento. Las distinciones, los premios, ¿marcan el camino de un artista u opinas que es un eslabón más, entre muchos otros, que un creador puede o no alcanzar?

—La Distinción por la Cultura Nacional llegó un día inesperadamente. De hecho, me costó interiorizar que me la habían conferido sin siquiera llegar a los 30 años de edad. En lo personal, no trabajo para premios. Los reconocimientos regocijan a uno, pero a la vez comprometen a honrarlos y a trabajar cada día más y mejor. Pienso que para un artista el premio mayor es el público, ese que recibe la energía de la orquesta en cada concierto y se va complacido de que cada uno brindó lo mejor de sí.

—¿Piensas que existe una fórmula para el éxito?

—Creo que no existe una fórmula exacta para el éxito, como también pienso que estoy muy lejos de alcanzarlo. Lo que sí es cierto es que debemos cada día intentar aprender algo nuevo, que nos sirva para nuestra vida y nuestras profesiones. Estudiar y trabajar todo lo que se pueda y disfrutar al máximo lo que hacemos.

—De tu experiencia como creador y como ser humano, ¿cuáles son tus memorias más perdurables?

—Memorias hay muchas, se entrelazan entre sentimientos. Desde aquellos espectáculos con “La Colmenita” cuando apenas contaba siete u ocho años de edad, hasta el más reciente concierto. Cuando uno disfruta lo que hace, queda prendado en la memoria por siempre. Las distintas experiencias, enseñar, tocar, dirigir, pienso que se quedarán conmigo para siempre, así como guardo con celo los momentos de todos los lugares en los que he podido trabajar. En el plano personal, el nacimiento de mis hijas y verlas crecer es lo más grande que me ha sucedido…

—Más allá de la escena y de la música, ¿quién es Igor Ernesto Corcuera Cáceres?

—Realmente, fuera del trabajo, soy una persona normal, común y corriente. Para nada vivo el personaje del “Maestro”, incluso siempre les digo a las personas que ni siquiera luzco como tal. Pienso que soy un joven sencillo, con gustos parecidos a los de todos, padre de dos hijas que son mi mayor tesoro, alguien a quien le gusta la tranquilidad y a veces el silencio. Quisiera tener más tiempo libre en ocasiones para investigar sobre muchos temas que me interesan. Me gusta hacer ejercicios y salir a comer (como todos), y dedicar tiempo a mi familia. Ellos realmente me hacen quien soy.

tomada del perfil de facebook de Igor Ernesto Corcuera Cáceres


Eric Flores Taylor: «Apuesto por entretener y hacer pensar a los lectores»

Eric Flores Taylor habla de sus verdades como escritor y podría decirse, como bien se afirma desde lo popular, que no tiene “pelos en la lengua”. Cáustico a veces, amigo siempre, Eric y yo nos conocemos desde el año 2016: él era por entonces un joven aspirante a escritor y yo poco menos que eso, una muchachita que daba sus primeros pasos en el mundo de la creación. Parte del camino del arte lo hemos recorrido juntos. Pero siempre que converso con Eric encuentro nuevos motivos para nuevas preguntas.

—Tu libro El bestiario Pavlov contiene nueve cuentos que has escrito recientemente. ¿Cuándo crees que un escritor alcanza su madurez creativa? ¿Qué temáticas o figuras aparecen representadas en este texto específico?

—Interesante pregunta la primera. A mi entender, la madurez creativa va de la mano tanto con el desenvolvimiento que se adquiere con el lenguaje y la narrativa como con la aceptación del público. En mi opinión, ningún autor debe conformarse con menos: hallar plena satisfacción y profesionalismo en su rama creativa y disfrutar del reconocimiento de los lectores. Esa madurez es difícil de conseguir, más en nuestros lares; sin embargo, creo que aún habiendo atrapado esa elusiva presa que es la fama y la capacidad de mantenerte económicamente haciendo lo que te gusta, aún después de esto, debes seguir buscando más allá, pues si declaras la montaña escalada, en cierta medida, dejarás de escalar en el futuro.

Sobre las temáticas de El bestiario…, pues puedo decir que es la colección más variada que he preparado. Contrario a otros libros de cuentos de mi autoría, este no tiene una temática central, como fue el caso de Jaurías…, o un género específico, como sucedía con En La Habana es más difícil. El bestiario Pavlov tiene variedad de personajes, desde un gato, un ratón y una casa en un trío caótico, hasta una masa de ancianos que emigran a expensas de abandonar a su suerte a las siguientes generaciones. Los temas también son un poco anárquicos, aunque siempre apuesto por entretener y hacer pensar a los lectores. En este aspecto toco nuevamente alguna que otra leyenda urbana o crónica roja, que tan bien funcionó con Jaurías…, pongo mucha imaginación, ironía y guiños a situaciones y estereotipos que cualquiera puede reconocer e identificar (o identificarse). Hasta cierto punto, esta colección es la mayor catarsis literaria que he hecho en mi carrera como autor, pues recoge mucho de mi parecer como persona volcado en las circunstancias y breves epopeyas que viven mis personajes.

—Cada uno de tus libros, ¿marca un antes y un después en tu obra, o prefieres verlos como un proceso continuo?

—En verdad nunca los he visto como un proceso continuo. Si acaso como una muestra de mi evolución como escritor, primero, y luego como autor. Tampoco pienso que haya un antes o un después, porque tarde o temprano vuelvo a retomar algún elemento y retorno a los orígenes del relato fantástico, de ciencia ficción y terror. Por lo tanto, me quedo con lo que te dije anteriormente: es un proceso de evolución donde intento mejorar con cada libro; crecer como escritor y buscar presentarle una mayor apuesta a los lectores, para que así ellos crezcan junto a mí, hasta conformar una relación estable, sólida.

—¿En qué se diferencia El bestiario Pavlov de tus propuestas narrativas anteriores?

—Creo que ya algo de eso adelanté en la segunda pregunta que me hacías. El bestiario… es un libro de cuentos al estilo antiguo y, si me permites, voy a explicarme. Varios de los mejores libros de cuentos que conocemos hoy no tienen una temática común, un hilo central ni nada semejante. Cierto que en estos tiempos las llamadas “cuenti-novelas” y las colecciones que se retroalimentan de sí mismas no son solo moda, sino también una evolución en la manera de acercarse al lector. Pero como todo en nuestro mundo es cíclico, ¿por qué no apostar por una colección de cuentos que no tengan nada que ver entre sí? Tal y como lo hicieron en su momento Cortázar, Maupassant, Poe. No obstante, no dejo de admitir que hice un poco de trampa e incluí en El bestiario, tres cuentos que están interrelacionados y que pueden leerse de manera independiente, pero que cobran mayor fuerza cuando el lector consigue enlazar la trama. Aun así, esos “tres mosqueteros” no tienen nada que ver con el resto de los relatos. En fin, esto es lo que más diferencia este libro de otros escritos por mí; por lo demás, nuevas historias fantásticas y realistas, en tonos grises que buscan hacer invisible la línea entre la cotidianeidad y el delirio.

—¿Cómo sería tu lector ideal? ¿Qué le pides a ese lector a la hora de enfrentarse a uno de tus textos? ¿Cómo te gustaría ser leído?

—Mi lector ideal es aquel que no deja de leer, que termina mi libro y busca otro más, mío o de otros autores. Un lector desprejuiciado en cuanto a géneros narrativos y que le guste enfrentarse a nuevos retos. Si a todo esto le puedes incluir un toque de fidelidad, pues perfecto.

Lo único que le puedes pedir a un lector, desde mi punto de vista, es que te haga el honor de hojear tu texto y lea las primeras líneas de la obra; el resto siempre estuvo en tus manos y en tu capacidad como autor. Yo apuesto por atrapar en esas primeras líneas, en el primer párrafo y en la presentación de la obra. Luego solo pido que les den una oportunidad a esos textos que están pensados exclusivamente para los lectores.   

Supongo que me gustaría, en algún momento antes de pasar a otro plano, ser leído de manera más analítica. Aunque reconozco que en mis comienzos solo me preocupé por el nivel anecdótico de mis historias, he ido descubriendo que en todas hay mensajes, secretos de mi entorno y de mi realidad que se han colado en las obras; mi manera particular de ver el mundo y la vida está dentro de estos textos. He tenido la oportunidad de que algunos lectores me hayan comentado de haberlo visto en libros como Entre clones anda el juego y Jaurías; mientras que otros como Crónicas de Akaland o En La Habana es más difícil pasan desapercibidos y pocas veces provocan una segunda lectura o una mirada más profunda para descubrir todo lo que escondí en esas cuartillas. Supongo que es parte de la rutina de un autor; no sé si cuando Oscar Wilde publicó El retrato de Dorian Gray, todos sus lectores entendieron la representación directa que hacía el autor de su sociedad, más allá de otros guiños que oculta ese libro, o si acaso fue el tiempo quien tuvo la última palabra. La crítica académica y los estudiosos de la literatura pueden ayudar en este objetivo, pero nunca he contado con esa gracia que otros autores alcanzan en ese nivel. Bueno, lo dejo en manos del público y del tiempo.

—¿Te consideras aún una “joven promesa” o sientes que es una etiqueta que no hace justicia a la calidad de tu trabajo? ¿Es hora de revisitar conceptos añejos como, por ejemplo, este?

—No me consideraba joven ni cuando tenía 22 años. Pocas veces me etiquetaron como «joven promesa», quizás porque muy pocos llegaron a verme como «promesa» en sí; cuanto más un bicho raro que nadie se explica jamás como llegó a hacer nada (risas). Bueno, con esto quiero decir que lo de joven promesa no me afecta ni a mí ni a mi trabajo, aunque sé que es una etiqueta difícil de quitarse de arriba, más en un ámbito cultural como el nuestro, donde los jóvenes son los más discriminados en muchos sentidos. Creo que mi trabajo está sostenido sobre bases lo suficientemente sólidas como para no sentirme, en estos momentos, socavado por un epíteto tan deslucido.

Sobre la hora… la hora es ahora y siempre. Hay una gran gerontocracia cíclica en el mundo literario en que nos movemos. Sin embargo, las mayores editoriales no creen en eso y, rigiéndose por el mercado, dan oportunidades a «jóvenes promesas» que pasan a ser «aclamados autores» de la noche a la mañana porque ya contaban con la calidad necesaria. En nuestro panorama no tenemos la oportunidad de comparar de manera eficiente y correcta la calidad de un autor en correlación con la aceptación del público. No nos enfocamos en el mercado, luego es fácil perder de vista que es la juventud la que más puede relacionarse con su propia generación y generar, renovar lectores. Por el contrario, una «élite» literaria puede aplastar con un comentario una carrera, o al menos hacer el intento por simplemente no agradarle el carácter de la «joven promesa». De forma particular no me molesta el cartelito, sino el trato que te dan, aun cuando no te lo cuelguen. Eso sí debe cambiarse e instaurar una relación de respeto mutuo y no de subordinación automática o de menosprecio inherente a tu grupo etario.

—En este año de aislamiento social, has representado a Cuba en diversos paneles online: por ejemplo, la Feria Virtual del Libro de México y Uróboros 2020. En este nuevo mundo que nos ha tocado vivir, ¿qué importancia les confieres a los lazos y sinergias que se gestan a través de las redes sociales?, ¿crees que están cambiando las formas de comunicación del arte?

—No, no creo que esté cambiando nada; por el contrario, creo que ya existe una base bien formada de formas de comunicación para el arte por las redes y el Internet. Lo único diferente es que somos nosotros los que estamos abriéndonos a ese mundo, descubriendo que hay vida más allá del libro físico y de las ferias nacionales. En cuanto a la importancia que le veo, pienso que uno de sus puntos más fuertes es el de conectar a autores, académicos y estudiosos de las letras. Me parece que actividades de este tipo son como una señal que enviamos fuera de nuestras costas en espera de que el receptor adecuado la reciba. Claro que esto lleva tiempo, suerte y paciencia pero, si no das el primer paso, ¿cómo lo lograrás entonces? En resumen, ya la estructura existe, ahora tenemos que adaptarnos a ella y en la medida de nuestras limitaciones, tratar de introducirnos en ese universo para visibilizarnos, más aún cuando es esta acción uno de los grandes problemas para los autores del patio.

tomado del perfil de facebook de eric flores

—Tu saga Guerra de dragones es un proyecto terminado: la tercera parte de la trilogía se encuentra ya en proceso de edición en Gente Nueva. ¿Puedes comentarles a los lectores algunos detalles de la tercera y esperada parte de estos libros? Ahora, una vez culminado el esfuerzo de escribir, por más de un quinquenio, esta trilogía, ¿qué cambios has sentido que su escritura ha gestado en ti? ¿Planificas enrolarte en otros procesos de larga data en el futuro?

—Sí, tengo al menos una saga personal con tonos de trilogía, más otra en deuda con Jesús Minsal. A la mía incluso empecé a arañarle las primeras capas a principio de la pandemia, pero las circunstancias no me han favorecido con la calma y el tiempo como para avanzar lo suficiente. En otros aspectos tengo una novela grande, también con Jesús, en desarrollo y, aunque no será una saga, sí creo que tiene lo necesario como para compararse con Guerra de dragones.

Guerra es como el resto de mis obras: una evolución viva de mi manera de narrar, de escribir, de contar. Si entre la primera y la segunda parte es posible ver un salto grande en la calidad escritural, esta tercera eleva más aún las apuestas y creo que supondrá una delicia para los lectores. Pienso que la descripción y los diálogos han mantenido un nivel adecuado, mientras que otros elementos como la trama y la manera de enfocar la historia han subido de nivel. Por otra parte, las escenas de combate siguen teniendo un peso esencial en la obra: cuenta con tres capítulos enteros dedicados a batallas campales, sin mencionar otros enfrentamientos más pequeños que ayudan a matizar el resto de los episodios donde sobresalen la intriga, la política, los complots y el necesario recuento de las acciones ocurridas entre el final de la segunda entrega y el comienzo de este último tomo. Siento que con Guerra III he tocado un techo en cuanto a lo que puedo conseguir con las limitantes editoriales que tenemos actualmente; ya sabes, límite de páginas en los libros. Puede que en otro ámbito hubiera nacido una obra diferente, quizás hasta uno de esos tomos gigantes de Sanderson y Rothfuss, pero como no es el caso, hice lo que estuvo en mis manos para no traicionar ni a los lectores ni a mí en cuanto a calidad, aventura, entretenimiento y hasta complací alguna petición… que dejo de sorpresa para cuando salga el libro.

—Eres un escritor que juega con un realismo teñido de pespuntes sobrenaturales, y a veces un escritor de fantasía que habla de eventos muy reales, ¿es necesaria una definición de géneros?, ¿te gusta que te consideren un escritor de un tipo u otro de literatura?

—Ante todo soy narrador, narrador de ficción. Lo de los géneros, o subgéneros, está de más. Muchas veces utilizo la palabra profesionalidad para describir la labor de un autor y con ello me refiero a dos cosas: sostenerte con lo que haces y dentro de lo que haces, saber hacer de todo un poco. Sobre esto último es que versa mi respuesta. Me he descubierto haciendo historias con tonos románticos (que jamás pensé hacer antes), historias realistas (de las cuales me aparté mucho tiempo), de temas variados como la discriminación o el despotismo oficializado, cuentos en los que prima la experimentación estilística, el tecnicismo y el lenguaje poético (tú, que me conoces bien, sabes que esas cosas eran para mí como el ajo al vampiro). Y aquí estoy, sigo tratando de innovar cada vez que me siento a escribir, de superarme y no encasillarme en un mismo estilo, en un mismo tema o género. Ya te dije, me veo como narrador de ficción y punto. Ah, que el reconocimiento del público y algunas de mis mejores obras sean del fantástico, no tiene porque ser demérito, si acaso todo lo contrario. Y sí, el haber empezado en estos mal llamados «subgéneros» fue lo que me permitió contar con una visión lo bastante diferente como para no ser englobado dentro de ningún grupo de escritores o generaciones literarias. Pienso que ahora estoy más separado de todo y de todos, lo cual me permite una perspectiva distinta. Pero siempre puedes tener claro que nunca traicionaré mi intención de que la ficción recupere ese intrínseco carácter fantástico que tenía antes del movimiento del realismo del siglo XIX. Y tampoco traicionaré mis intenciones de algún día conseguir una obra de terror con la suficiente calidad como para que sea reconocida tanto en Cuba como en el resto del mundo.

cortesía del entrevistado

—No pocos escritores jóvenes y lectores buscan referente en ti, ¿por qué crees que sucede eso más allá de la calidad indiscutible de tu literatura?

—Hablando en buen cubano: porque no le escondo la bola a nadie. No soy de esos que dicen «métete en un grupo y has carrera hablando de cómo van a cambiar la literatura», «todo lo que haces es válido, qué bien escribes», «lee muchas cosas experimentales y raras», etc. Quienes se han acercado a mí saben que cuentan con alguien que les dice las verdades a la cara; desde «mejor no escribas» y «estudia primero una carrera y después trata de ser escritor» hasta «tienes talento de verdad, ponte pa´ esto» o «no está mal, pero tienes que arreglar…». Así fue mi iniciación en la literatura, con personas como Michel Encinosa que de una cuartilla me sacó más errores que las rectificaciones públicas después de los fracasos de un quinquenio económico. Pero no me detengo en decir lo que está mal, yo no escondo el que creo que es el camino del éxito, el que me dio resultado a mí y que puede ser o no el que le resulte a otra persona: ese es el que conozco. Otros abusan de su «poder» o de sus «reconocimientos» para usar a quienes los admiran como acólitos ciegos, sordos y mudos o, peor aún, como secuaces que transmiten una doctrina de un mismo color. Por lo demás, siempre apostamos, Jesús Minsal y yo, a ser diferentes del resto, a hacer las cosas a nuestra manera y luego ver qué pasa. Hasta cierto nivel hemos tenido resultados sin vendernos a ningún sector o grupo, creando y reconociendo enemigos en quienes fueron amigos, quedándonos solos, pero seguros de que lo que hacemos, correcto o no, es consecuente con nuestras palabras, acciones y manera de ser y pensar. Por eso, hay personas, lectores u otros escritores, que vienen y conversan conmigo o con Jesús; si cuando chocan con nuestra cruda manera de ser y de decir las cosas se asustan y prefieren otros derroteros, pues valido igual. También existen aquellos que han escuchado y consideran que la nuestra es en parte su propia verdad; algunos de estos incluso han llegado a tener sus logros, pero no gracias a nosotros, sino a su perseverancia por seguir el camino del trabajo duro, la disciplina y el amor a la profesionalidad.

—En la actualidad, ¿en qué género te sientes más cómodo?

—Si hablamos de género como tal, en el sentido más tradicional de la palabra, pues creo que en el cuento, ya que me permite una libertad de tiempo que la novela me corta. No obstante, la novela me ayuda a soltarme en cuanto a la extensión y límites narrativos, siempre que cumpla con las especificidades poligráficas. El cuento me fluye bien, aunque no domino aún los límites pequeños que tanto gustan en los concursos actuales. Me gusta la extensión de entre 15 y 20 cuartillas a espacio y medio, me siento muy bien cuando hago relatos de esas dimensiones. Otra cosa: si con el cuento pruebo o experimentos con técnicas, estilos y temáticas, es en la novela donde de verdad tengo que afinar para poder introducir esa evolución escritural sin que se afecte el ritmo de la trama ni resulte antinatural para el lector. Creo que la novela es el género que más precisa de un narrador completamente invisible y fluido, pero no por eso voy a dejar de innovar en mi escritura ni voy a limitarme a hacerlo como ya sé que funciona; por el contrario, ahora una novela es un reto cada vez mayor, tanto para mí al escribirla como para el lector que la lea y sea capaz de ver cuánto he tratado de introducir de forma invisible en el texto.

Ahora, sobre el género como temática, pues me siento muy cómodo en el fantástico y en la ciencia ficción. Me resulta bastante fluido el investigar un aspecto científico y llevarlo a un conflicto humano en un ambiente futurista o ucrónico. Mi reto en cuanto a género temático sigue siendo el terror: ni le pierdo el respeto ni me llego a sentir ducho en su realización, a pesar de haber dado algunos golpecitos a su puerta.

cortesía del entrevistado

—¿Eres un escritor que busca tener un estilo perfectamente reconocible o apuestas por la pluralidad? A tu entender, ¿un escritor debe renovarse continuamente?

—Cuando hago novelas apuesto por que mi estilo sea invisible, ya lo decía arriba, así que no creo que sea reconocible dentro de otras obras afines. Cuando hago cuentos, busco cambiar constantemente y prefiero esa pluralidad que mencionas. Sobre si un escritor debe renovarse, creo que es una decisión de cada cual. Yo pienso que sí, pero mi verdad no es la de los demás y hay quienes se sienten cómodos quedándose eternamente en su zona de confort, lo cual no veo mal; simplemente yo busco más, aunque no lo consiga del todo o pocos lleguen a reconocerlo, como también te comenté.

—De los personajes de todos tus cuentos y novelas, ¿cuál es tu favorito y por qué?

—Difícil, muy difícil. Casi todos tienen un poco de mí dentro, como es natural. Voy a apostar por darte la respuesta del primero que me salta en la mente: Hyler. El nombre es un anagrama de la isla donde habita Cthulhu, según la mitología de Lovecraft. Hyler aparece en el último cuento de Crónicas de Akaland y tiene un comportamiento muy Flores Taylor, por decirlo de algún modo. A este personaje le debo una saga completa y me encantó escribir esta escena que me gustaría compartir:

El tormento duró mucho, mucho tiempo. Tanto que cuando la mandíbula y los dientes de la mujer se convirtieron en polvo, junto al resto de su esqueleto, sus chillidos aún siguieron levantando ecos entre las galerías de la caverna. Y perder cada uno de sus huesos no fue lo peor. Ahí, tirada en el suelo, convertida en un desecho de cuero y tendones, con los órganos marcándose a través de la piel, Juth aún continuaba viva.

—Me has asombrado —dijo Lasypr dirigiéndose a Hyler—. Nunca pensé que serías tan cruel con tus propios hijos. Esa, ¿qué te hizo para merecer tanto?

—Nunca daba los buenos días —respondió el dios recuperando su espada—. Era muy maleducada.

—¿Quién es Eric Flores Taylor, el escritor, y quién es Eric Flores Taylor una vez que cierra la página en blanco?

—Supongo que la misma persona, nunca había pensado en eso. Pero mientras escribo también soy parte de los personajes, soy narrador, soy un director de cine, soy el productor de una historia que no apunta a menos que al reconocimiento del público. Cuando no escribo, soy una persona que intenta ser consecuente consigo mismo y con el mundo, soy padre y esposo, amigo de quienes se lo merecen, soy nostálgico, idealista, un poco ermitaño, trato de mantener en constante tratamiento conductual mis instintos más apasionados, pero sobre todo, soy honesto y sincero hasta el punto de buscarme más problemas, enemigos y malas opiniones de las que puedo contar o recordar. Pues como dice Sabina en una de mis canciones favoritas: «por decir lo que pienso, sin pensar lo que digo; más de un beso me dieron y más de un bofetón».



Iván Fernández Real: «Todo gira en torno a la creación»

Si algo maravilloso tiene la entrega anual de Becas y Premios de la AHS es la posibilidad de escuchar nuevos nombres y fijar los rostros de aquellos jóvenes que comienzan a marcar una pauta en nuestro mundo cultural. Fue precisamente en la ceremonia de diciembre de 2020 cuando conocí a Iván Fernández Real y su obra, merecedora de la más reciente Beca Conmutaciones. Así, una vez más, las redes sociales me sirvieron para rastrear al joven artista y proponerle este diálogo y estas preguntas.

—¿Crees que el arte tiene un poder transformador de la conciencia y la espiritualidad humanas?

—Me gustaría creer eso. Al menos, el arte puede intentarlo. El hecho de lograr una transformación implica una apropiación, aceptación o al menos una reacción, un dejarse llevar del receptor, aparte de la fuerza que pueda tener la obra. Tal vez si para el autor supuso una transformación personal en primera instancia, para parte del público también sea posible.

—¿Por qué elegiste la composición como lenguaje?

—No creo que la composición llegara a mí por una decisión racional sino a través de mis estudios de violín; simplemente tocando, tal vez variando algún repertorio o haciéndolo más personal. Casi pudo haber sido un acto de inconformidad, de querer tocar o buscar una música diferente. Después vino el deseo y la necesidad de ampliar estudios, de dedicarme con mayor esmero: ahí sí está la decisión de seguir componiendo.

—Los músicos descubren muy jóvenes el llamado a la vocación, ¿cuán importante es para un artista saber desde temprano adónde lo dirigen sus pasos?

—En la medida en que cada cual descubre más temprano qué hacer con su vida, mayor experiencia y desarrollo en este sentido tendrá. Los músicos comienzan a estudiar siendo niños, lo que no necesariamente significa que sean músicos cuando crezcan, esa es una decisión personal y conlleva mayor madurez. En la música, así como en la danza y demás manifestaciones que implican el uso del cuerpo, es vital desarrollar y  potenciar capacidades físicas, y esto solo se logra entrenando, es como un deporte, implica dedicación, trabajo duro.

Si no crees en lo que haces, si no te gusta de verdad, si no te apasiona, será muy difícil alcanzar un resultado favorable. El arte conlleva gran esfuerzo, resistencia, se convierte en una obsesión, en una forma de vida.

En cualquier caso, no está de más acercarse al arte desde edades tempranas, favorece el desarrollo intelectual, la responsabilidad, la madurez, la creatividad.

—¿Cómo transcurre tu proceso creativo? ¿Qué importancia le confieres a la investigación?

—No tengo una forma ni proceso creativo estático o predeterminado, intento estar lo más conectado posible con lo que estoy haciendo y tener resueltas cuestiones técnicas antes del momento de componer. La investigación antes, durante y después me resulta fundamental, es una manera de llegar al fondo, de poder mirar desde varios ángulos lo que va saliendo, de buscar otros posibles caminos, preguntas e interrelaciones con zonas de creación artística y de pensamiento diferentes.

—¿Qué es lo más difícil de tu trabajo creativo y qué es lo más simple?

—En la obra confluyen interrogantes, experiencias cotidianas, pensamientos, lo vivido o imaginado, lo que eres, has sido, tu idea de lo que debes ser y de los que te rodean… Todo va quedando y se filtra, de manera consciente o inconsciente, en el resultado.  Difícil o simple, es un camino, se va haciendo y todo es parte del proceso, todo gira en torno a la creación, o tal vez sea que en el acto de la creación se aprehende de todo. 

—¿Cuáles son las principales herramientas de un creador y los principales errores en los que un artista podría incurrir?

—La imaginación, la creatividad, la capacidad para escuchar, ver y pensar: son herramientas que hay que afilar, conservar, desarrollar y salvar.

Los artistas son personas también, pudiera parecer obvio; el principal error: dejar de ser persona.

—Para un creador, un premio es un reconocimiento a una trayectoria de vida pero, ¿cómo lo interpretas tú?, ¿qué importancia le confieres? ¿Son los premios trascendentes más allá de la oportunidad o de la luz parcial que brindan en un momento determinado? ¿Qué es, para ti, lo realmente trascendente en la vida de un músico?

—Un premio, para mí, tal vez diga más sobre el jurado que lo decide que sobre las obras o los artistas que lo obtienen. Son opiniones, y las opiniones son recibidas como tal. Si un premio es dado, está en relación con los integrantes de un jurado, que será mejor mientras más amplio, heterogéneo y conocedor sea, y aun así, el resultado no iría en detrimento de las demás propuestas presentadas. La importancia que pudiera tener la premiación es darle movilidad al arte, lo realmente significativo sería que la música suene, que el arte pueda llegar a un público mayor, estimular el debate  entre estudiosos y público en general, y para esto no es necesario un reconocimiento (aunque sí supone una ayuda). O sea, creo necesaria la escucha y respectiva crítica de la música y el arte, no porque tenga algún premio la obra o el autor (esto no lo hace mejor ni peor), sino por la difusión y el estudio, que en definitiva va emparejado al desarrollo de la interpretación general, y a la creación o perfeccionamiento de un juicio crítico e individual sobre el arte contemporáneo.

—Aún eres estudiante de Composición del Instituto Superior de Arte y ya has obtenido la Beca Conmutaciones, que confiere la Asociación Hermanos Saíz, ¿qué posibilidades específicas te brinda esta beca?

—Precisamente eso: es una beca que incluye un apoyo importante para hacer la música y grabarla. Facilita un período de trabajo y ayuda a desarrollar un proceso de creación.

—¿Quiénes son tus principales referentes artísticos?

—Hablar de referentes artísticos sería muy complicado, pueden ser muchos y variables dependiendo de etapas, descubrimientos, proyectos.  Intento escuchar, leer y ver de la forma más abarcadora posible. Si pensara en algún referente fijo sería Johann Sebastian Bach, Lezama, Nietzsche, Martí, Webern, Tarkovski, son una especie de acompañamiento. De la creación musical cubana me interesa particularmente la obra de Julián Orbón y Carlos Fariñas, aunque intento conocer, o al menos estar enterado, de la música escrita por compositores cubanos, sobre todo después de Roldán y Caturla. Esto pudiera resultar otra obviedad pero no lo es.

—Desde el lenguaje de la composición, desde la comunicación humana que se establece al escuchar una obra musical, ¿qué intentas transmitir con tu creación a los otros?

—Simplemente intento que la música sea en sí misma suficiente. La pretensión de querer decir algo específico no me parece legítima, en definitiva cada cual entiende hasta donde puede y quiere: esos límites varían. Creo que cuando alguna obra demanda mucha explicación por parte de su autor es que algo no fue bien. Tampoco la opinión del autor debe ser tomada como modelo; si el resultado es bueno, con la obra basta. Muchas veces, el propio autor es el que limita las posibles interpretaciones y, al final, esto es lo maravilloso del arte, la  multiplicidad de lecturas.

Intento ver la música desde el sonido en sí y cómo es percibido en su totalidad. A partir de esto, todo lo que puede pasar y ser desarrollado, desde la aparente construcción de códigos con una insinuación de significación, a un estímulo sensorial, a lograr al menos una reacción, incitar, sugestionar, que quede algo en la memoria que permita hacer pensar y repensar al oyente.

—¿Cómo definirías el talento? ¿Cuánta importancia le concedes a la disciplina de trabajo? ¿Puede existir un buen músico que no combine, en su propia naturaleza, el talento con la disciplina?

—Aun con el mayor talento es imprescindible la entrega, la disciplina, el oficio, en algunos casos hasta ascético. No creo que se haya conocido músico ni artista alguno donde no confluyan talento y trabajo. Es como si el talento fuese la mezcla perfecta entre aptitud y actitud, vitales las dos, pero visto más como la capacidad de mantener una disciplina de trabajo, de estar preparados y siempre en disposición de evolucionar, de aprender, de estar instruidos e inspirados.

—¿Hasta qué punto la competencia o la emulación es saludable para la vida creativa de un músico?

—No me ocupo de esto, no me gusta la competencia en el sentido de mostrar habilidades que pueden adquirirse mediante repetición y copia, a modo deportivo, sin que haya un trasfondo.  Me parece dañino. Cada cual debe buscar su forma propia de hacer y decir. Intentar entrar o adaptarse a ciertos moldes por el hecho de competir o alcanzar algún reconocimiento puede limitar el verdadero desarrollo personal, entiéndase individualidad, la capacidad que cada cual tiene de ser de una forma única.

—En el universo particular de la experiencia humana, ¿qué lugar ocupa la música?

—Siempre ha estado y está prácticamente en todo momento de la vida. Si se quiere entender cómo es el hombre hoy, hay que estudiar sus relaciones con la música en la historia, la consumida hoy y la forma en que es consumida. Hasta ahora, la música ha sido imprescindible, y debe seguir siéndolo.



«Soy un cuerpo que narra historias»

Cuando se dialoga con Yunier Riquenes es imposible no pensar en su gran proyecto de vida, Claustrofobias Promociones Literarias, y también en Naskicet Domínguez: juntos, estos dos creadores orquestan los propósitos y los sueños de Claustrofobias. Naskicet y Yunier son más que los hacedores de un proyecto que ha hecho mucho bien a la literatura cubana; ellos también han acompañado el camino de centenares de autores cubanos, de libros y lectores, y han mapeado la senda de la historiografía de la literatura nacional en los últimos años. Cuando se conversa con Yunier Riquenes se ha de recordar siempre que es un cuerpo que narra; un cuerpo en busca de cambios necesarios, porque la inmovilidad —en lenguaje artístico— es sinónimo de muerte.

cortesía del entrevistado

El concepto “joven promesa” comienza, cada vez más, a quedarse estrecho para muchos creadores. ¿Por qué se insiste, a nivel de país y de cultura, en calificar a los autores de menor edad como “jóvenes promesas” cuando muchos de ellos tienen una trayectoria tan importante como la de los autores más añejos? ¿Es preciso, tal vez, una revisitación de ese concepto, al menos una actualización que valore más la escritura de los creadores jóvenes con una obra sustentada en la calidad?

Error de concepto. Revisitar el concepto. Pero prefiero seguir creyendo en la obra. Hay muchas veces “supuestos consagrados” que han dejado muy poco. Casi nada que leer, ni reflexionar. Pero tuvieron cargos y eso les dio un concepto y reconocimientos. Ya salí de la AHS porque pasé los 35 años, pero me sigo sintiendo joven. Y hay notables artistas que sobrepasan los 50 que siguen en silencio con obra de calidad. Y algunos se mueren —ellos y su obra— en silencio. Prefiero no creer en las promesas; últimamente, “promesa” es una palabra que destierro, y lo que significa. Prefiero que más que promesas y revisitaciones, el creador joven o no, y su obra, se visibilicen y se promuevan. Sin promoción no hay arte, sin promoción no hay público, sin promoción no hay mercado. Sin promoción no hay existencia.

¿Qué define, más allá del rango biológico de una edad determinada, lo que es “literatura joven? ¿Es esta una etiqueta lo suficientemente sólida o cae en lo vacuo, lo repetitivo, que muchas veces es la norma a la hora de intentar “definir” un concepto artístico?

La literatura joven no la produce solo un joven de 20 años, la literatura joven es la que se renueva, la que trae fibra y estremece. La que conecta.

En el panorama literario cubano, ¿cuáles piensas son los asuntos más acuciantes que deben debatirse y que, de una forma u otra, podrían resultar de relevancia para el futuro escritural del país?

Debe haber diversidad, encuentros, eventos que muestren lo diverso que somos. Menos ruido y más resultados.

cortesía del entrevistado

Claustrofobias es un proyecto inmenso, que abarca campañas de promoción de autores, de libros, incluso de editoriales e instituciones. Es, además, un excelente ejemplo de cómo, desde el esfuerzo individual (en este caso, dual, entre Naskicet y tú) se pueden ofrecer alternativas promocionales con vistas a mostrar el talento creativo cubano. ¿Qué necesita aún Claustrofobias? ¿Qué apoyos o sinergias faltan todavía? ¿De qué manera piensas que este proyecto podría servir como una plataforma puntual para incentivar a instituciones y editoriales a emular desde el punto de vista de la promoción?

Claustrofobias Promociones Literarias sigue siendo un proyecto autofinanciado, y con el respaldo legal y monetario de la AHS de dos salarios ahora de 400 pesos, y respaldo legal de la UNEAC. Claustrofobias nació de la AHS, de jóvenes creadores que soñaron y lo siguen haciendo con el respeto al libro y a los autores cubanos. Claustrofobias ha sido y es una reinvención a la promoción literaria y cultural cubana. Nacimos y propusimos estrategias 2.0 hace unos años, cuando no había casi conexión. Ganamos un concurso nacional de trabajo comunitario con la experiencia de promover la lectura en la comunidad virtual cubana, pero esos aprendizajes interesan muy poco a quienes dirigen el mundo del libro en Cuba. Son nueve años. Y no han importado mucho estos aprendizajes. Claustrofobias está y sigue en Cuba marcando la vida literaria del país, de los jóvenes y consagrados, recordando los libros y autores que han sido historia y comienzan a vivir. En Claustrofobias se trabaja con base de datos, un poco de periodismo de datos y se reinventa la comunicación. Somos dos coordinadores que ponemos nuestros ingresos personales para seguir construyendo esta utopía. Se han realizado libros digitales, periódicos culturales, se guardan fotos, audios y videos desde hace años de escritores cubanos que ya han muerto. Para revisar la historia cultural y literaria de Cuba habrá que ir a nuestra multiplataforma, a nuestras publicaciones. ¿Que te diga lo que necesitamos? Nos queda claro que no nos van a apoyar más allá de una invitación a la Feria, y que nos prometerán algo, y ahí llegan las promesas. Claustrofobias es una resistencia al mundo del libro en Cuba. En 2020, en tiempos de Covid, no nos detuvimos y se mantuvo activa la multiplataforma, sugiriendo libros y lecturas para mantener la esperanza ante la pandemia. Muy pocos creen que solo somos dos coordinadores. Seguimos sin apoyo de Ministerios ni embajadas. Todavía no.

cortesía del entrevistado

¿El ejercicio de la promoción cultural podría o no emularse, así sea remotamente, con el de la crítica artística? ¿En Cuba se promociona intencionalmente, en base a criterios de calidad, o más bien a través de diversas coberturas o coyunturas culturales, como por ejemplo la entrega de un premio?

A veces los premios reconocen el talento porque el jurado falla teniendo en cuenta el talento. A veces fabrican algo o a alguien, inventan premios para repartirse. Pero lo verdadero, si vale, sigue. La promoción sigue siendo una asignatura pendiente, pero muchas veces no queremos aprenderla, porque la verdadera promoción muestra la esencia, el fondo. 

¿Cuáles piensas son los principales desafíos para Cuba en el terreno promocional y también en el de la creación? ¿Qué estrategias discursivas y de valor de imagen pueden servir, según tu experiencia como promotor, para impulsar esos desafíos hacia un horizonte próximo de concreciones?

Lo primero es reconocer que el mundo cambió hace tiempo. Hay retos y desafíos y ahora no basta, siempre lo dice Naskicet, con tener la conexión ni los millones de pesos. Con poco se pueden arrastrar multitudes. Hay varios proyectos culturales que han demostrado valía, pero muchas veces eso no importa. Y, muchas veces, cuando miras acuerdos y congresos y eventos y cambian los ejecutivos, la historia comienza otra vez. Entonces no se puede avanzar hacia adelante. 

La promoción cultural en nuestro país, ¿mapea nuestra realidad creativa o es solo un muestrario, una selección, de dicha realidad?

La promoción cultural que hacemos hoy en Cuba es poco atractiva. Maneja discursos y narrativas que poco atraen al público diverso y juvenil. ¿De dónde lo saqué? Tengo derecho a decir lo que pienso y siento en esa realidad en la que me muevo a diario. La promoción muestra muy poco la realidad y diversidad.

¿Cómo se conjuga el ejercicio creativo en tu función como promotor?

Escribo y promuevo todo el tiempo. Promover es un acto creativo. Hay que estudiar las formas de proponer y sugerir para las redes, la radio y la TV, y todo no se puede lograr. Pero uno debe encontrar el discurso, los personajes, la propuesta. La promoción cultural forma parte de mis estados creativos.

En los tiempos presentes se ha comprobado, quizás más que nunca, la necesidad del acceso a las redes sociales, no solo como una vía otra de interacción sino como un medio de comunicación de la realidad artística y del devenir cultural, ya no de una nación, sino del mundo entero, ¿nos incorporamos tardíamente a esa realidad?, ¿sientes que caminamos con desventaja?

Las redes sociales y la velocidad de la comunicación nos imponen a diario muchos retos, lo importante es tratar de usarlas como herramientas para construir y unir, y hay que conocer cuáles son los desafíos que traen, los datos que regalamos de nuestras intimidades y deseos. No es llegar tarde, es llegar y comprender a lo que hemos llegado. Y no podemos bajarnos de las nuevas tecnologías, hay que vivir con ellas. Aprendamos en cada jornada, seamos humildes.

¿De qué manera sientes que la AHS tuvo influencia en tu obra creativa? ¿Qué tal la salud de las instituciones culturales?

La AHS es parte de mi vida. Esa organización me tuvo más tiempo que mi propia familia. Miembro, jefe de sección, vicepresidente provincial en Santiago, el más votado en el congreso de 2013, miembro de la Dirección Nacional, estuve organizando dos congresos. No importa que mi nombre esté o no en reconocimientos ni distinciones. Me queda la alegría de ayudar a muchos jóvenes a revisar proyectos, promoverlos, a pronunciar sus nombres cuando nadie sabía de su existencia. Y eso es lo más valioso. No quiero nada. Me queda la alegría de conocer a muchos artistas jóvenes en toda Cuba que no son promesa, son realidad, y han dejado obras de teatro, literatura, fotografías. El arte salva. Aposté por los premios de la AHS y gané unos cuantos que atesoro con cariño. Aquellos años marcaron mi vida. Y sigo promoviendo a los jóvenes. La AHS que viví es como recordar a un miembro amado de tu familia, que puede estar vivo, o morir.

De las instituciones culturales solo quiero apuntar que existen si existe el arte, la cultura y los artistas, si no, como se dijo en aquel Congreso de la organización en 2013, quedarán disponibles.

cortesía del entrevistado

Siempre he notado en tu narrativa, incluso en tu poesía, una intencionalidad de mostrar la escarificación de lo real y también sus matices, ¿cómo se ha construido o formado el escritor que eres? ¿De qué manera defines la creación?

Escribo sobre lo que me mueve, la realidad que me toca. El escritor que soy surgió por eso, para darles voz a otros, eso se repite. Muchas veces la gente viene a contar sus historias y comprendes cuando no puedes dormir que te lo han contado para escribirlo. Antes en la literatura, ahora también con el Periodismo. Desde hace unos años, el Periodismo y yo conspiramos en cada jornada, la literatura de No ficción. La creación es una bomba de tiempo en mí, es una granada adentro que no busca quedar bien. Estalla. 

La escritura, si bien el oficio más solitario del mundo (¿estás de acuerdo con esa definición?) es también uno de los oficios que más acompaña a los otros. ¿Cuál de tus libros te gustaría que acompañara a ese lector anónimo, a ese rostro desconocido, que ansía leerte, quizás sin conocer incluso que existes?

La escritura, aunque necesite soledad, es como la granada: estalla.

Si a alguien para reinventarse, resistir, seguir, sonreír, masturbarse, prender fuego, le interesa un libro, un poema, una frase, un post, un cuento, un verso, una novela, una entrevista mía, pues basta.

Cuando se habla de Yunier Riquenes, cuando se menciona tu nombre, se habla del promotor, del poeta, del narrador, de quien escribe libros para niños y jóvenes, ¿cuál de estas aristas sientes que se integra en el núcleo del creador que eres?

Soy un cuerpo/territorio que narra historias.

cortesía del entrevistado


Una escritora nómada

Conocí a América Merino en Valparaíso, rodeada de poesía y de las reminiscencias de Neruda. Semanas más tarde leí su obra y desde entonces hemos estado conectadas gracias a las redes sociales, que han convertido a la aldea global en una inmensa tierra de la poesía, en un espacio para comulgar con los otros y (re)encontrarse. América Merino se sostiene en la poesía. Sabe que la poesía es su propio país.

¿La poesía, el arte en general, bebe de la capacidad de asombro de la especie humana?

Pienso que sí, nuestra capacidad de asombro es una de las cualidades necesarias para desarrollar cualquier tipo de arte. Una de las formas más sencillas de ampliar esta capacidad es a través de la observación de un paisaje: detenerse en los sonidos, las formas o la dirección en que la luz cae, en algún entorno natural, pero en realidad existen muchos mecanismos para conservar esa mirada innata que tienen los niños y que los lleva al asombro rápidamente, porque para ellos todo es nuevo. Esto puede ir desde comenzar a practicar un deporte hasta aprender otro idioma.

Creo que es muy importante que nos introduzcamos constantemente en nuevas formas de exploración que ayuden a mantenernos despiertos. Pienso que otro buen ejemplo es el cine, que tiene mucho para sorprendernos: Hitchcock se me viene a la mente en primer lugar, también Tarkovsky, precisamente porque se alejan del cine actual y manejan otras claves que te van atrapando.

cortesía de la entrevistada

¿Cuáles son tus búsquedas esenciales como poeta y a qué resortes de la memoria emotiva de tus lectores gustas de aferrarte?

No sé si lo que busco se aferra necesariamente a la memoria de un lector, es decir, de un otro. Creo, en realidad, que mi búsqueda va muy de la mano con la exploración propia, y desde este lugar intento transmitir una calma, una tranquilidad que me otorga la poesía. A veces también se mezcla un poco con la nostalgia, pero todos resultan ser sentimientos macerados que finalmente permiten la construcción poética.

¿Qué temas permean tu creación poética?

La naturaleza es un tema esencial y transversal en mi poesía. Es algo que me motiva a escribir, pero también tiene ese efecto sobre mí cierto tipo de música y otras disciplinas artísticas como la pintura. Van Gogh y Monet siempre me conmueven, así como el arte del Renacimiento, especialmente la obra de Leonardo da Vinci. De igual forma me siento cercana a la filosofía y las ciencias, y tomo elementos de ellas, que conozco o estudio, para poder escribir. En una época fue un tópico para mí la cultura helénica, los viajes, el laberinto; tópico que también se fue permeando en algunos capítulos de mi primer libro.

¿Cómo transcurre tu proceso creativo?

Generalmente tengo que encontrarme bajo un estado de ánimo tranquilo. Disfruto mucho del silencio luego de haber leído algo que me impresione o agrade mucho, esto me deja con ganas de comenzar a escribir. Sucede usualmente de noche, cuando hay más silencio, anoto algunas ideas en mis libretas o cuadernos. Días después paso en limpio todo, lo transcribo a la computadora. No suelo corregir mucho, casi no lo hago, a menos que descubra alguna cacofonía que no percibí al principio; también reviso los cortes de verso, tiempo después, para que el texto «repose» y yo pueda posicionarme desde una nueva perspectiva sobre él.

¿Qué voces poéticas o artísticas te parecen interesantes dentro del panorama creativo chileno en la actualidad? ¿Por qué destacan?

Puedo mencionar varias voces. En primer lugar, pienso en Sergio Muñoz y Gladys González, porque además de poseer una poética muy potente, siento que hacen de la poesía su vida. Sergio es uno de los organizadores del Festival a Cielo Abierto; a estas alturas, un ícono ya de la poesía que reúne en Valparaíso a poetas de distintos lugares del mundo. Del mismo modo, Gladys desempeña un rol muy importante en el quehacer poético porteño, como directora de varios eventos literarios relevantes, como la Feria Internacional del Libro en Valparaíso. También están Felipe Poblete Ribera, de Viña del Mar, y Rolando Martínez Trabucco, de Arica.  Ambos son personas que admiro por su capacidad de trabajo, alejados del ruido, concentrados únicamente en la poesía.

En el ámbito de otras artes, siempre pienso en Carina Úbeda, una artista visual que también vive en la Región de Valparaíso. Pienso que su trabajo, tanto en fotografía como en instalación y performance, posee una visión crítica y actual, que además se involucra con las ciencias, especialmente con la Física y la Matemática. Carina Úbeda me parece una artista tremendamente admirable.

¿Cómo calificarías tu estilo creativo? En pocas palabras, ¿qué lo hace distinto?

Desde una posición lo más humilde posible, creo que mi poesía se aleja de lo cotidiano. Me gustan las estructuras más complejas, el verso largo y la posibilidad de que un libro se lea como un viaje; es decir, que la trayectoria que describe su lectura tenga un sentido definido para que al final se pueda capturar el significado por completo. Un buen libro no es solamente un conjunto de poemas, sino un corpus que se encuentra unificado de manera esencial, y que es capaz de generar o dar pie a un estado reflexivo.

Hallar lo diferente, lo novedoso, desde el punto de vista del discurso o de la imagen, ¿ha de ser obligatoriamente la búsqueda del poeta, o existen otros puntos y caminos de convergencia?

No creo que necesariamente algo «novedoso» sea lo que debamos buscar, mucho menos de forma obligatoria. Por supuesto que podemos dirigir la mirada hacia algo nuevo con el fin de realizar una contribución literaria, pero siempre se puede construir también sobre lo clásico, o trabajar desde la intertextualidad o el rescate de la memoria. Estas y otras búsquedas nos abren la posibilidad de habitar el lenguaje desde otras contemplaciones que podrían definirse como caminos de convergencia.

¿Qué poetas de tu país han influido en tu creación?

En Chile hay muchísimos poetas, realmente, y no solo hoy en día, podría hacer un listado enorme desde el siglo XIX en adelante. Siento que todos ellos me han influenciado de alguna manera. No puedo dejar de mencionar a Gabriela Mistral y Pablo Neruda, los icónicos, pero también están Nicanor Parra, Huidobro, Teillier, Enrique Lihn y Gonzalo Rojas. Actualmente estoy leyendo mucho más a Zurita y, paralelamente, a los escritores más jóvenes, nacidos en la década de 1980.

¿Cómo llegas al camino de la poesía?

En el colegio, cuando era chica, siempre leía los últimos capítulos del libro de Castellano, asignatura que ahora se llama Lenguaje y Comunicación. Ahí encontraba algunos poemas que me llamaban mucho la atención y me gustaban. Pienso que la poesía nunca fue —y me da la impresión de que tampoco es hoy en día— un tema bien tratado, considerando que los dos Premios Nobel que tenemos en Chile recaen justamente sobre poetas. En los colegios deberían profundizar mucho más y dedicar más horas a la educación poética, para fomentar la capacidad de lectura crítica y reflexiva en los estudiantes.

Volviendo a la pregunta, hay un punto de inflexión en este camino, y fue un taller de poesía que tomé en la Sebastiana, la casa de Neruda en Valparaíso. Tuve muy buenos compañeros y profesores, y de ellos aprendí mucho. El taller era dirigido por Sergio Muñoz e Ismael Gavilán y, dentro de mis compañeros, varios continuaron por el camino de la poesía y empezaron a publicar, como Claudio Gaete, Juan Eduardo Díaz, Marcela Parra y Daniel Tapia.

Como traductora, ¿qué valores buscas en un texto?, ¿cómo se logra salvaguardar el estilo de un autor siendo tú misma una autora, y transfiriendo ese estilo a una lengua distinta?

Los textos que usualmente escojo poseen aspectos estéticos y conceptuales muy lúcidos, tienen que ver esencialmente con la visión del autor a traducir. Por ejemplo, con Antonia Pozzi me suceden muchas cosas. Su poesía me conmueve profundamente, y es tremendamente actual a pesar de que vivió hace 100 años. Creo que es absolutamente necesaria de conocer.

Respecto al estilo, esto lo he mencionado en otras entrevistas, pero es simplemente así: al traducir, trato de volverme invisible, y de esta forma tengo la intención de que el lector, cuando se enfrente al poema, lo perciba como si hubiese sido escrito en su propio idioma y no se “note” que es una traducción. Así, espero que mi trabajo pueda contribuir a una lectura honesta de una obra poética. Siento que al recluirte en un idioma que no es el propio, lees con mayor cuidado, con mayor detención. El ritmo y la musicalidad del poema se deben transferir desde un idioma a otro conservando la misma nitidez o la misma oscuridad, según la intención del poeta. La sensibilidad no basta para traducir, debes conocer a cabalidad el contexto que circunscribe al escritor.

De tu experiencia como poeta que ha tenido la oportunidad de descubrir nuevas geografías, tanto físicas como espirituales, ¿cuál ha sido tu mayor aprendizaje? ¿Se enriquece la poesía gracias a lo itinerante? ¿Te consideras, de alguna manera, una escritora nómada?

El mayor aprendizaje me lo han entregado las personas que he conocido. Más allá del enriquecimiento cultural, la oportunidad de conocer nuevos paisajes y practicar otros idiomas, que ciertamente representan experiencias muy significativas para mí, siento que aprender de la fortaleza de los demás, de su bondad y alegría, ha sido lo mejor de cada viaje. Desde ahí han surgido grandes amistades que atesoro profundamente.

Creo, en este sentido, que sí puedo decir que me considero una escritora nómada, pero también soy una lectora nómada: leer nueva poesía de latitudes tan distantes es algo que me ha resultado muy atractivo, me ha permitido concebir y expandir nuevos imaginarios como territorios poéticos.

De la geografía chilena, de su memoria, ¿qué ha quedado en tu poesía?

El mar. Siempre el mar. Para mí sería difícil vivir en una ciudad donde no pueda observar diariamente ese gran movimiento azul del Pacífico. Hay poesía en esa línea que dibuja el horizonte.

En este mundo incierto que nos ha tocado vivir, ¿piensas que el arte, aún, tiene un poder de salvaguarda o transformación?

Algunas personas podrán alegar de forma catárquica que la poesía no detendrá una guerra, y pueden tener razón, lo mismo pueden decir frente a la actual pandemia; pero, al mismo tiempo, pienso que la poesía nos sostiene, tiene la capacidad de mantenernos en pie. También es capaz de abrir la posibilidad de nuevos diálogos y ser parte de la resistencia como medio de denuncia social y, desde este lugar, puede transformar nuestra mirada frente al mundo. Nos sensibiliza, por un lado, pero también nos hace pensar y ser críticos del sistema. Como dijo Bertolt Brecht: «El arte no es un espejo para reflejar la realidad, sino un martillo para darle forma».



«Mi intención es estar junto al arte»

Tuve el gusto de presentar online la primera novela de Leonardo Espinoza Benavides, cuando la segunda oleada del coronavirus y la cuarentena amenazaban con transformar nuestra producción del pensamiento y la realidad. Adiós, loxonauta me sirvió como pretexto para (re)visitar la obra de Leo y (re)conocer en ella los signos de lo bien hecho. Novela lúdica, con guiños literarios intemporales, que evidencia una tradición literaria continental enfocada hacia el desarrollo de la ciencia ficción. Además, fue el perfecto motivo que me invitó a dialogar nuevamente con la poética de Leonardo (café de por medio). 

¿Hasta qué punto lo real, esa construcción semiótica que denominamos de dicha forma, impactó en la gestación de la historia de Adiós, loxonauta, tu más reciente novela?

Creo que lo real, en este caso, moldeó la génesis de la obra misma: en medio de una pandemia, como médico trabajando jornadas intensas y otras de completo aislamiento, todo fue adoptando un ritmo particular. La incertidumbre, lo efímero, por momentos una danza con lo aparentemente absurdo y frágil, mi propio oficio en el área de la salud y en el área de las letras, todo en una especie de renovación y redefinición. En ese sentido, en esa forma de realidad en la que nos encontrábamos, fue que esta novela (corta en parte por eso mismo, creo yo) se forjó. Si bien podría lanzar paralelismos de realidad con algunas vivencias personales, eso muy rara vez es mi intención creativa: soy de la escuela de narrar usando la experiencia observada de lo humano más que la interioridad biográfica propia, si bien los pincelazos que mezclan los colores entre ambas son inevitables. Adiós, loxonauta es por completo un hijo literario del año 2020, y todo lo que ello conlleva. Aprovechando la expresión de “construcción semiótica”, soy de los que apuntan a una semiosis que culmine y se determine en el interpretante, desde el cual espero que surja su signo respectivo.

Tus protagonistas apuestan por un space opera donde la especialidad médica de la dermatología es el epicentro que mueve y conduce todas sus aventuras, ¿por qué?, ¿partes también allí de un análisis de tu realidad?

Esta pregunta me acorrala completamente en la respuesta que quise esquivar recién (¡y me saca una risa!). La dermatología: pues, sí. Creo que puedo direccionar esta idea hacia dos caminos válidos. El primero, el universal, el que en cierto modo quise defender en la primera pregunta: cuando narro me gusta crear personajes que han surgido de mis encuentros con personas del mundo real (¡hasta la palabra nos está persiguiendo, lo real!); me gusta trabajar la multiplicidad de opciones simbólicas e interpretativas, cerrando una trama o historia central, por así decirlo, pero dejando, a propósito, el espacio suficiente para que el lector haga suyo este momento novelado incompleto, imperfecto como lo es todo, y que pueda así reverberar hasta quién sabe dónde. El segundo camino, sin embargo, es el que me acorrala siempre: ¿cuánto de mí hay en Ítalo Calvino? Son varios los amigos médicos que me han apuntado, algunos con escepticismo y otros con certeza apodíctica, de que este Ítalo sería yo. ¡No! No, no. (¿O sí? ¡No!). Creo que es un sesgo de convivencia solamente.

Lo que sí es cierto es que intento escribir y crear desde territorios que manejo lo suficientemente bien como para construir sobre ellos de manera cómoda (en este caso, el conocimiento biológico, médico y dermatológico como cimiento). Vuelvo a la semiosis: el lector médico no se detiene con mucho entusiasmo cuando dejo rastros o rutas hacia Calvino (el escritor, no el homonauta), o a Borges o Rufus; mientras que el lector no-médico no se detiene, usualmente —siempre hay excepciones— en el detalle, por ejemplo, de la esfingomielinasa D y la estructura del gremio de la Federación. Así que, volviendo a la pregunta original, sobre dónde comienzo mi análisis de la realidad: desde esto, desde la ambivalencia, la bifurcación, la imperfección, la falta de inicio y final consciente, cualquiera sea el personaje principal, real o fantástico.

En la novela se mezclan los registros de la tragicomedia, con muchos visos lúdicos, incluso irónicos. Esta hibridación de registros, ¿ejercicio de textualidad al azar o pauta consciente?

Pauta consciente. Y gran desafío, por varias razones: hasta entonces, mi obra siempre había estado enmarcada en los cuentos, más o menos largos, pero cuentos al final del día. Y mi voz como autor se enmarcaba en una ciencia ficción con cierta tendencia a lo poético. Algo que me gusta, claro, y que gozo cultivar como parte de mi forma de hacer arte. Pero… no había logrado embarcarme en la novela. Sentí que para lograrlo debía desarmarme y rearmarme, sin temores, sin frenos, a lo que surgiese. Así nació el estilo de Adiós, loxonauta, una comedia por momentos satírica y por momentos tragicómica. Fue la forma espontánea en que pude largarme a una narración más extensa, dejando que los personajes fueran más humanos aún. Y enfatizo lo de humanos porque creo que, por mucho que pueda experimentar y divagar con mi pluma, la esencia de lo que me nace contar se mantiene: historias de gente sencilla en mundos complejos, en busca de sentido y de salvaguardar la ilusión que les permite seguir adelante. Soy incapaz, por ahora al menos, de formar un héroe clásico o una epopeya de final glorioso. Algún día, quizás, pero no por el momento. Me gusta la marginalidad y la confusión existencial. Mi siguiente gran desafío personal es ver qué cosa nacerá entre lo poético y lo tragicómico que he estado cosechando.

¿Has pensado que las aventuras de Ítalo Calvino, homo sapiens, y su colega Krek, loxosceles sapiens, podrían devenir en una saga?

¡Otra vez arrinconado! Debo confesar que no soy muy amigo de las sagas, en general, pero esto me lo han pedido bastante (¡y me alegra mucho, por supuesto!). Cuando pienso en sagas pienso en esos ejemplares de nuestros vecinos anglosajones que sacan tomos y tomos de quinientas y miles de páginas, y de solo verlos me generan ansiedad. ¡Cuántos libros podría leerme en ese tiempo, cuántos autores! Tal vez sea algo regional y vivencial, pero una saga me resuena como inadecuada a la forma en que vivo: entre medicina y literatura suelo dormir tan solo un puñado de horas al día (recuperadas el fin de semana; todo bien), y de tan solo imaginar la cantidad de tiempo que me llevaría leer una de esas sagas… Me pasa lo mismo con las series televisadas, como cuando te recomiendan ver una y al consultar por la cantidad de temporadas resulta que tiene diecisiete y contando. ¡Uf! ¿Y si pasa algo y no logro terminarla? ¿O si no me gusta, pero resuelvo terminar de verla de todos modos? Así que, considerando todo esto, por supuesto que haré una saga con Calvino y Krek. ¿Acaso no les dije que lo mío discurre por la confusión existencial? (Bromas solamente, con una risa a modo de secuela propia del año pasado).

Lo cierto es que sí, creo que haré una saga, ya casi me terminan de convencer, porque el formato me acomoda: Adiós, loxonauta se puede leer en 1-2 días tranquilamente, por lo que respeta lo que por ahora me gusta generar. Tengo pensado el nombre para el segundo libro (pero no creo que esté listo tan rápido).

¿Qué tal la experiencia de publicar con Sietch Ediciones? ¿Qué ha cambiado en los últimos años en el panorama de la ciencia ficción chilena?

¡Gran experiencia! Me tocó ver el nacimiento de esta nueva editorial, así que ha sido toda una vida con ella. Cuando Sietch Ediciones me invitó a publicar, todo era nuevo y todo existía solo a modo potencial. Michel Deb es el responsable de esta aventura: lo conocía lo suficiente, cuando me llamó, como para saber que su intención valía completamente la pena, que era algo a lo cual ameritaba ponerle todo el espíritu y toda la pasión posible. Así, lo que fue primero una publicación en su sello Vintage Pulp, terminó unos meses después convertido en el ofrecimiento de ser parte del creciente equipo editorial de Sietch.

cortesía del entrevistado

Al principio tuve mis temores: la invitación era como editor formal y yo tan solo tenía experiencia editando de manera informal y autodidacta a escritores amigos, lo cual, por mucho tiempo que llevase haciéndolo, no era lo mismo que tomar un cargo como tal. Cuando supe que la editora en jefe del equipo sería Jean Véliz D’Angelo (con formación profesional), entonces me atreví y acepté. Hoy por hoy soy un híbrido editor/agente. Y ha sido maravilloso. Somos una pequeña familia con un mismo sueño: permitir el surgimiento de nuevas historias, acompañando a sus autores y tratándolos como si fueran parte, también, de la gran familia del Sietch. He aprendido un montón, de verdad. Lo que antes conocía solo como autor, ahora lo he podido ver desde el interior de la maquinaria misma, comprendiendo todo lo que implica hacer un libro con cariño y dedicación. Me encanta. Me alegra trabajar con Jean, Michel, Jorge, Iván y los autores y autoras que van sumándose. Y, como si mi alegría fuera poca, aún conservo mi lazo y enorme amistad con Puerto de Escape, editorial en la que soy autor (al mando del genial editor y promotor cultural Marcelo Novoa), de tal modo que he logrado una convivencia aún mayor. Cada una tiene su estilo: cada casa editorial tiene lo suyo, son irrepetibles, creo yo.

Podría entrar a nombrar cualidades de una y otra, y también de las otras editoriales locales dedicadas a la literatura fantástica que han ido surgiendo y que han hecho del panorama chileno actual —respondiendo a la pregunta original— un verdadero momento vigoroso para la publicación independiente, forjando una nueva escena literaria sin lugar a duda, y de la cual veremos su legado en unos años más.

¿Cuál fue el principal desafío textual que enfrentaste al escribir Adiós, loxonauta? ¿Es la novela un género tan complicado como parece a simple vista?

¡Lo es! ¡Vaya que lo es! El mayor de los desafíos fue el convencerme y mentalizarme a, efectivamente, terminarla. Hay algo que siempre comento en entrevistas: soy todo lo opuesto a una persona “organizada”; nunca he usado ni agenda ni mucho menos calendario (dejo notas por ahí y me valgo de buenas amistades para los recordatorios, con la excepción de fechas esenciales, por supuesto). De hacer una analogía que me identifique: soy corredor de los 100 metros planos y jamás podría enfocarme en los 800 metros (dejo de lado los 42 kilómetros de una maratón porque todos tenemos de alguna u otra forma una meta a largo plazo). Llevo toda una vida trabajando y creando de esta forma, desde que lo recuerdo, y me funciona y me fascina. ¿Explosión creativa o umbral motivacional alcanzado? Entonces puedo estar 12 horas sin moverme en una concentración absoluta, por varios días y quizás un par de semanas. ¿Armarme una rutina de escribir un poquitito cada día? Imposible: me aniquilaría mi alter ego de antimateria. Soy un desordenado ordenado, un caótico eficiente (¡quiero creer, al menos!). Mi práctica en el oficio se encuentra, tal vez, en la irregular constancia de tales explosiones. Así que… una novela resultaba complejo en cuanto a logística. Sin embargo, las piezas alcanzaron su alineamiento y me lancé. La novela ya se había armado casi por completo en mi cabeza cuando me senté a escribirla: el aspecto dermatológico ya lo había elaborado mentalmente y el personaje del Inmortal vivía en mi imaginación desde hacía al menos 5 o 6 años, esperando pacientemente el momento de tener un espacio donde desarrollarse (incluida la idea en torno a la medusa Turritopsis dohrnii, que sí, es real); súmesele que estoy realizando un trabajo de investigación clínica en torno al loxoscelismo cutáneo y ¡pum! Era tiempo de apostarlo todo, all in. Inspirado en la extensión de novelas latinoamericanas que me encantan, particularmente Salomé, de una tremenda autora cubana, y Los cuerpos del verano, de Martín Felipe Castagnet, quise apuntar a ese estilo novelístico. Terminar el primer borrador fue intensísimo (benditos sean los momentos de aislamiento pandémico preventivo que tenía que ir tomando, siempre agradeciendo la fortuna de estar sano y salvo, y sin que me faltase nada). Lo demás fue pulir, leer, releer, lectores beta, edición y todo lo que siempre procede. En suma, es una metodología con sus pros y sus contras. El cuento, en contraparte, es un universo paralelo.

Tu personaje Ítalo Calvino es un hombre del Cono Sur, ¿sientes que la condición geográfica, el hecho de nacer en determinado país, define a tus personajes?, ¿cómo manejas las particularidades y rasgos típicos del lenguaje, teniendo en cuenta que tu personaje se relaciona, a gran escala, con otras especies?

¡Uf! Gran pregunta que me llega directo. Sí, creo que el regionalismo de mis personajes es clave fundamental para comprenderlos y descifrarlos. Pero, a su vez, es la forma en que yo mismo incursiono en el tema: me resultaría difícil poner en palabras explícitas mi cosmovisión al respecto y, por eso mismo, lo intento modelar a través de la ficción. En la Feria del Libro Independiente de Valparaíso del año pasado surgió una frase que me atrapó de una forma casi religiosa: “Chile no está resuelto… Chile tiene una pata que cojea”. Si bien creo que la misión es enorme y casi que no logro ver el panorama por completo, sí es algo que intento desarrollar, que intento aportar con mis historias. Hay algo abstracto que tan solo el arte puede moldear. Más que Chile, eso sí, cada vez me siento más atraído por ese concepto geocultural del Cono Sur. No es una atracción que comprenda del todo todavía, pero siento al Cono Sur como un hogar que, a pesar de las turbulencias mundiales que puedan estar ocurriendo, me entrega un cierto cobijo agradable, acogedor, alejándome de posibles nacionalismos fronterizos añejos y, a la vez, configurándome una aldea social abarcable dentro de mi pequeñez humana. De ahí que el español de Ítalo es un híbrido chileno-rioplatense y de ahí que Santiago sea, en aquel futuro, una playa y no una cuenca acorralada por montañas. De ahí nace mi ejercicio de identidad y comunicación. En cuanto al lenguaje entre especies distintas, lo cierto es que no era mi foco en esta novela en particular (el relativismo lingüístico de Sapir-Whorf y las tecnologías traductoras quedarán para otros textos).

cortesía del entrevistado

La relación del ser humano con otras especies inteligentes es uno de los leitmotivs de la ciencia ficción desde sus mismos orígenes como género, ¿por qué te interesa a ti?, ¿sientes que es una corriente de sentido, menos o más subterránea, que atraviesa la poética de tu obra?

Es un tema que me encanta por su enorme cantidad de formas de ser abarcado. Es inagotable, a mi parecer, porque sus límites son los mismos límites de la creatividad. En lo personal, usualmente he usado esas ideas en dos sentidos. Primero, en el incursionar sobre aquello “verdaderamente ajeno” (Stanislaw Lem y Hugo Correa como inspiraciones inevitables); y, segundo, en el aspecto del tropo “espejo”, donde la representación de lo ajeno es tan solo una forma de reflejar algo humano, lo cual sí creo que va con una corriente de sentido que tal vez estoy construyendo de manera no del todo consciente. Confieso, eso sí, que tiendo más al robot-espejo que al extraterrestre-espejo pero, dentro de la variabilidad de refracciones, son dos que gozo tanto leer como escribir. Siempre es desafiante no caer en la mera caricaturización.

¿Es la conquista de un lenguaje particular, de una poética propia, una de tus búsquedas centrales como escritor, o prefieres ir por otros linderos y persiguiendo otros horizontes?

Qué difícil saberlo… (Esta pregunta me hizo parar de escribir, echarme atrás en la silla y mirar el infinito un buen par de minutos… Resultaron ser varios minutos más de lo esperado; pero me tomé un café y volví). Creo que la respuesta es, en primera instancia, que sí: busco una voz propia, de fondo y de forma, aunque tal conquista viene siendo la conquista de uno mismo, acaso un recorrido de por vida. En ese sentido, mi intención es estar junto/con/el Arte. Crear con tal visión y propósito. Hay una pulsión, ¿quizá determinista?, de por medio. Aun así, aunque expresar mi propio desarrollo me resulte complicado, hay algo que sí puedo declarar como horizonte y objetivo, más allá de mi persona: espero que, en algún tiempo y momento, haya al menos un lector que al leer mis historias sienta lo mismo que yo he sentido y sigo sintiendo cuando leo uno de esos libros que te cambian la vida, que te nutren el alma.

Por último, me gustaría que recomendaras un par de relatos tuyos para leer en esta cuarentena, y algunos libros de ciencia ficción que creas pueden acompañarnos bien en estos tiempos que corren.

Para partir el 2021 les recomendaría, o más bien los invito, a que lean los cuentos más nuevos que he publicado por estos días: “Y luego los ángeles olvidan rezar por nosotros”, que apareció recién en la Revista Aeternum, de Perú, en un número titulado “Extrahumanos”; y “Umbrales virulentos: antología de ciencia ficción latinoamericana”, de la editorial venezolana Fundajau, donde aparecen cuatro microcuentos de mi autoría junto a los de otros representantes de la región (¡que están de lujo!). En ambos casos se van a topar con unas ilustraciones increíbles. Pueden dar con los paraderos del material a través de Facebook/Google y, ante cualquier dificultad, me avisan y se los consigo. También les cuento que estoy a la espera de que se publique un cuento al que le tengo un cariño especial, “Dani Dinosaurio (Ve-eleh Shemot)”, pronto a ser impreso en la Revista Crononautas N°2. Y en cuanto a recomendaciones de libros para los tiempos que corren, mis seleccionados vienen siendo: 8 voces: antología de cuentos LGBTIQ+, de Sietch Ediciones (Chile), ciencia ficción fascinantemente novedosa; Recognize Fascism, de la editorial World Weaver Press (Estados Unidos), antologado y editado por Crystal M. Huff, para embarcarse en ciencia ficción y fantasía de corte político, con dos chilenos publicados de por medio; Misión a Laozi, novela del chileno Aparicio N. Frictenns, por Editorial Puerto de Escape, a modo de brindar por el centenario de Lem; y, por último, no puedo dejar de recomendar encarecidamente que lean El Gusano, novela también, del colombiano Luis Carlos Barragán, por Ediciones Vestigio, mi lectura favorita del 2020 (me cambió la vida).



La angustia que nos ofrece el destino

Vasily Mendoza Pérez no se ha propuesto escribir sobre la trascendencia y, sin embargo, en su obra pueden seguirse las señales de lo que es —o, al menos, de lo que yo considero— gran literatura. Desde lo breve y lo fragmentario, desde el punto en que su vida lo marcó para ser creador y usar la palabra como una de las sendas para comunicarse con el mundo, Vasily ha hecho una apuesta: abrir las ventanas a otros universos posibles.

¿Hasta qué punto tu historia de vida signó las historias que, como autor, estabas destinado a contarle al mundo?

Mi historia personal no solo ha signado la literatura que tramo, sin ella no habría narrativa o poesía posible. He sido un vividor de historias fabulosas, desde mi infancia, pero angustiosas. No he sido un delincuente porque estaba signado para otro destino. Tenía todas las condiciones para serlo. Incluso para haber adquirido una conducta o modo de vida más cercano a lo antisocial.

Hijo de padres divorciados que no supieron manejar esa situación familiar y no cuidaron las consecuencias nefastas de ello, tengo huellas de esa infancia, y son las que van saliendo en lo que escribo. Por ejemplo, hay un cuento, Algo que estorba, donde dos hermanos están fabulándose para matar al padre que es un abusador y que, al parecer, mató a la madre de ambos. Este cuento me surgió el día que estaba escribiendo y mi padre y mi hermano me interrumpían a cada rato y no me dejaban concentrar.

Mi proceso de escritura es muy místico. Necesito silencio y concentración para poder escuchar la voz que me dicta lo que transcribo. Y perder esa conexión me es muy doloroso, incómodo, y como soy irascible por arranques, ya te imaginarás cómo terminó la escena en la vida real. Aunque claro, no matamos a nadie, y mi padre no mató a mi madre. Pero son las cosas, verbigracia, que han ido construyendo mi literatura.

Hay cuentos en los que pareciera que escribí en clave para las antiguas amantes, casadas, que me leían buscándose en esos escritos. Y se encontraban. Y nos volvíamos a encontrar en la realidad y todo era mágico. Era, quizás, tan maravilloso como decía Borges cuando se asombraba de que la realidad copiara a la fantasía. Cuando comencé a escribir, bastante en serio, empecé con la poesía. Ahí sí estaba copiando la realidad tal cual era, y no como argumentos sino como sensaciones, porque era el reflejo exacto de mi mundo emocional. Todos mis miedos, mis reacciones, mis afecciones, ahí estaban hechos versos. Cuando estuve los dos años de misión en Venezuela, la poesía vino a salvarme. Y me salvó de todos los colores posibles. Incluso del negro. Y ahí está el libro inédito, En el país de los ruidos, donde estoy yo más lacerado que nunca. Porque esa misión me demostró que nuestro coterráneo puede ser nuestro peor enemigo fuera de los límites de la isla. Es lacerante saber que, en ocasiones, es así.

El argumento, entonces, en mis cuentos viene a ser la historia del otro que me lo dicta. Pero las sensaciones, los afectos, las claves secretas y tácitas, son las mías. Sin eso no tendría razón de escribir ficción.

¿En el oficio de escritor juega algún papel el destino? ¿Es este un oficio como otro cualquiera o comulga con un tipo de espiritualidad distinta, en estrecha conexión con el alma de los receptores?

Siempre he creído en la angustia que nos ofrece el destino. Pero ahora empiezo a dudar de la existencia del destino. Por lo que suponer que uno nace para algo, o está destinado para algo, es como creer en el destino. Y si analizas mi historia personal, como te decía, te darás cuenta de que había algo, secreto y taciturno, que me halaba hacia el arte, hacia la vía del bien. Yo soy rocker, fui friki en la época más dura de nuestro país. Y viví cosas sorprendentes. No consumí drogas, pero sí sus sinónimos, porque la música rock llega a ser una especie de droga y más aún cuando tratas de enajenarte, de irte de vacaciones de tu maldita familia que no está haciendo bien las cosas. Los jóvenes, por lo general, tenemos la sensación o la clara idea de que la familia está haciendo mal las cosas en algún momento de nuestras vidas, y por eso queremos salir un rato a tomar una bocanada de aire. Yo hice muchas cosas en mi adolescencia porque era muy libre. Tenía mucho espacio para mí solo. Por eso pertenecer a una tribu urbana como la de los rockers y hacer música rock en una banda me daba cierta felicidad y consuelo. Pero ese no era mi destino, solo parte de mi anécdota. Y en eso quedó.

Pareciera que, aunque ya no creo tanto en el destino, sí estaba destinado a ser escritor. Incluso ahora, ya más maduro, me doy cuenta de que tengo varias profesiones, pero la que se me da bien, o bastante bien, es la de escribir. De hecho, he tenido relaciones con chicas que nunca me han conocido en persona, pero por los correos y cartas que nos escribíamos ya era capaz de establecer un tipo de relación. Es ahí donde la literatura, sea ficción o no, logra ese acto comunicativo direccional con el que lee: acto que empieza con la actitud del escriba. Ningún escritor escribe sin esa actitud, porque es física. Nuestra mano deja de ser la mano de siempre, la mano de comer y afeitarnos, la mano de saludar o de agarrar las cosas. Entonces se convierte en la mano de alguien que escribe. Alguien que comunica. Eso es algo muy poderoso. Poderoso porque consigue varios niveles de comunicación. Primero, con el que nos dicta lo que escribimos; luego, con nosotros mismos en una especie de introspección; y por último, con el lector que siempre tendrá la última palabra. Pero no acaba. A su vez, el ciclo se repite, pero a la inversa. El lector interioriza lo que lee y lo vive, y luego se lo dice a otros para que compartan las mismas buenas o malas sensaciones. Es pura espiritualidad, sí, claro que sí. Es energía en movimiento. Energía invisible que empieza y concluye en el ser humano.

Lo fantástico, lo mistérico, lo sobrenatural forman parte del sistema de sentido de muchas de tus obras, ¿por qué te interesa cruzar la frontera, la cortina, que separa a la realidad de esas otras realidades probables?

Todo se relaciona. Y habría que volver a la importancia de mi historia personal. Nunca he sido conforme con lo que he vivido. Siempre quiero más. Y siempre me ha dolido mi pasado por no darme lo que necesité justo en la medida y momento adecuados. Por eso la fantasía y esos temas que mencionas han sido como la puerta de escape. Mi primera fantasía, y que nunca escribí, era ser invisible e incorpóreo. Para andar por ahí haciendo maldades al mundo, obtener dinero fácil, ver a las muchachas que amaba en sus casas sin que me vieran a mí, y poder hacer muchas cosas más con total omnisciencia. Eso es algo literario, fíjate, si se quiere, es lo que hacemos los escritores, somos invisibles e incorpóreos en un mundo ilusorio que no existe pero del que sabemos absolutamente todo. Quizás no fuimos sus demiurgos, pero es nuestro mundo y así lo sentimos.

Después, con las lecturas y ese proceso natural de selección, fui descartando temas y quedándome con el misterio, con lo sobrenatural. Eran geniales vías de escape. La realidad me gusta, pero esa la reflejo o la trabajo con el pseudoperiodismo que escribo y con el que me gano la vida, también. Con 18 años entré a formar parte de A.M.O.R.C. y la cuerda mística vibró en mí para siempre. Esa parte genial de la espiritualidad se colmó de alegrías y me hizo el Hombre que soy ahora… y que también reflejo y ha sido determinante en mis lecturas y escrituras.

Háblame un poco de tu proceso creativo…

cortesía del entrevistado

Mi proceso creativo quizás no se diferencie mucho del tuyo o del de otros artistas. Es el mismo para cualquiera de las manifestaciones artísticas que trabajo. Por ejemplo, la primera cosa es la idea en sí que viene sola y sin pedir permiso. Si es un tema musical, tengo que tener a mano algo para grabar o escribir la melodía. Por suerte, sé escribir partituras y tengo el móvil con apks para grabar. Si es un cuento o un texto crítico, siempre a la mano tengo con qué escribir o guardar. Nunca confié en la memoria. Pero siempre confío en ese soplo de la primera línea, en el primer acorde. Y es genial porque me siento como en las nubes. Ya después, cuando me siento a desarrollar esas ideas es como si me distanciara de mí, como si fuera otro y me estuviera viendo hacer el arte que hago. Feliz, vibrante, monárquico. Así termino lo que sea y espero la opinión de mis amigos, los selectos. Una cofradía de humanos que me soportan y dan muy buenas opiniones. Mi mujer es la primera en opinar, periodista de profesión, y con una sapiencia exquisita. Así va rodando la obra hasta que pareciera que ya está terminada. Y cuando sale al mundo, me doy cuenta de que no puedo con ella. No la soporto. Empiezo a verle miles de defectos y la detesto, para siempre. Por eso no puedo leer mis libros ya publicados, ni mis dibujos, ni la música que compongo. Es terrible. Altamente doloroso.

El mundo del teatro forma parte indiscutible de tu realidad como artista, ¿hasta qué punto sientes que la comprensión de la teatralidad ha impactado en el sentido narrativo de tus libros?

Vivir el teatro tanto como aficionado como profesionalmente me ha desarrollado, además, como ser humano. Yo era un rocker tímido y con mucho que callar, pero el teatro me abrió las puertas del pecho e hizo que salieran una a una mis angustias, mis congojas y hasta las piedras de mis zapatos. Me ha dado no solo el sentido de la espacialidad, todo existe con una función determinada en este mundo sino, también, el de la humanidad. Somos humanos por una cualidad y no por otra; y con un fin determinado estamos en este mundo y no en otro. Aparte de ello, el teatro me hizo aprender de la técnica sin necesidad de ir a la escuela, ni de pasarme años estudiándolo. Solo lo viví, y me alimenté, vestí, de ello. Fui muy feliz en el teatro como mismo lo soy gracias a A.M.O.R.C. que también diseñó el dibujo de lo que sería, luego, mi personalidad. Además, me dio todas las herramientas para que en el futuro me dedicara a escribir críticas teatrales, asunto que me fascina.

¿Cómo trazas la arquitectura de un libro de relatos?

A veces un libro me surge con la misma fuerza de la primera línea del primer cuento o parte, así como el título. Muy raras veces desarrollo el libro con los cuentos ya escritos y reunidos después. Es un todo en común que me ayuda a que sea más cerrado el sentido de este. Me ayuda a que, después, se comprenda mejor lo que quise decir, aunque esto no significa que la idea primigenia se mantenga inamovible durante años.

Hay libros que he demorado más de ocho años en publicar desde la primera vez que lo escribí y han sufrido tantos cambios que ya ni se parecen a la idea inicial; pero son los que más me han dado placer y han quedado más en la memoria de algunos lectores. Alguna que otra vez dibujo el libro que quiero hacer y trato de guiarme por ese plano. Así también me funciona. El asunto es que veo al libro de cuentos como un juguete de arme y desarme. En el deseo juvenil de transgredir los límites, intento romper esquemas como los de un cuento detrás del otro aunque, en esencia, sea esa la forma. No creo que exista otra manera de armar un libro de cuentos. Nadie puede poner dos cuentos a la vez, o todos los cuentos a la vez, que no sea uno detrás del otro. Es como la pintura. Uno trata de darle riendas sueltas a la imaginación o a la musa, pero casi siempre traza un plan, una forma.

El diseño, tanto teatral como editorial, ¿de qué manera complementa tu vocación como escritor y qué comprensión del universo de la industria del libro te ha enseñado?

Me veo menos como diseñador. Es así de sencillo. Es un oficio, una manera digna y profesional de ganarme el dinero y asegurar el futuro. Pero no creo que el diseño haya contaminado mi vocación de escritor; más bien a la inversa. Al diseño le hallo correlatos como escritor. Y justifico un trazo o una forma de la manera más conceptual posible, como si con ello estuviese haciendo literatura. Es curioso, pero las cosas ocurren así, a la inversa. No le resto el valor al oficio de diseñar, pero tampoco le doy el papel determinante sobre mis otras profesiones.

Al diseñar a tus personajes, ¿qué recursos empleas? ¿Sientes que la Psicología te dotó de un set de conocimientos sobre la mente y el alma humana que has podido, después, verter en tus historias?

Llegué a la Psicología después de ser escritor. Y me hice consciente de algunos elementos psicológicos de mis personajes cuando estaba en la carrera. Nunca lo hice consciente, ni ahora que ya estoy graduado. Son prácticas que uno va adquiriendo de las lecturas que hace. Creo, como decía Robert L. Stevenson, que los personajes literarios son como cubos de papel. Como cubos de papel que se van armando de personalidad mientras voy corrigiendo las historias. No los trazo. Los veo andar. No les hablo, les permito hablar. A veces, conscientemente, los copio de la realidad o de mí mismo. Y transfiero conocimientos que tengo de otros en ellos y los disfrazo para no descubrir alguna cosa, algún mensaje secreto que dejo en el cuento. Por lo general se me ocurre la historia, no los personajes. Ellos son parte del escenario. Son las herramientas para transmitir una idea. Sé que suena feo. Sé que pareciera una cosa morbosa, cruel. Pero así es. No creo que hacerlo de otra forma sea más caritativo solo por parecer más humano. Los personajes de mis historias son peleles que se mueven a mi antojo. Eso sí, tienen un basamento personológico real, basado en mí y, quizás por eso, parecen más psicológicos o más reales. Pero no dejan de ser cubos de papel.

De tus libros (los inéditos, los publicados), ¿cuál ha quedado tatuado en tu memoria y por qué? Si tuvieran que reconocerte por uno solo de esos libros, por una sola de esas historias, ¿cuál elegirías?

Mi primer libro, en el año 99. Mi primera persona, porque fue Yamilé Tabío Rodríguez la mujer que me inventó como escritor, la que me ayudó y alentó a armar ese libro de cuentos. Lo mandamos a un concurso y fue mi primer concurso nacional en el que saboreé la victoria. En ese primer libro estoy yo más al desnudo. Están historias de fantasmas y cosas imaginarias que siempre me fascinaron. Están Borges y Cortázar, Bach y Picasso. Ahí están mis otras lecturas y mi deseo de ser querido por los lectores y apreciado como escritor. Asuntos que aún están pendientes. Ahí están mensajes en clave para amantes que tuve y que eran casadas y que no se podían decir todas las cosas que normalmente uno les dice a las amantes. Era una gran complicidad. Como mi segundo libro, Esquijarosa, que es el apellido de mi segunda novia en la vida, alguien que significó bastante para mí. Y fue como un punto mágico porque fue, además, mi segunda mujer en la vida sexual y eso, aunque nadie lo diga, tiene tanto significado como la primera.

Mirar con ojos críticos la obra de otro creador es un ejercicio de riesgo, ¿cómo lo afrontas? ¿Cuál es la ética necesaria a la hora de ejercer la crítica? ¿Por qué hemos colocado en picota la cultura del debate y del disentir?

Siempre tengo una opinión sobre cualquier cosa que veo, oigo o digo. Y expresarlo me es fácil. Los pensamientos con criterios fluyen en mí con soltura y logro hilvanarlos. Prefiero más decir que no equivocarme en el criterio. El ejercicio de la crítica es de puro pensamiento. Y no se trata de ser certeros o de poner la verdad al descubierto; se trata de hacer pensar. Cuando tienes un pensamiento genuino es fácil ser polémico. Así soy. Pienso, pienso, y con ello soy polémico. Lo otro es que no tengo miedo de decir eso que pienso, sea bueno o malo. Pero siempre trato de ser constructivo. De que mi opinión sirva para ver la realidad desde otro punto de vista y que la solución parezca, al menos, más palpable. Esa es la ética que me signa.

Disentir no creo que sea el problema. El problema está en disentir un ateo en medio de una misa religiosa, o un satanista en medio de una reunión cristiana. Ese es el punto que muchos no entienden y quieren hacerse entender como disidentes así por así. Es algo complejo, sin dudas. Se ha puesto ahora mismo en la cima de toda la realidad cubana porque muchos no han sabido dialogar y otros no han sabido hacerse entender. A la fuerza no se logra nada. Lo primero es el respeto. Lo primero es escuchar, pero si yo te digo que no quiero dialogar, es mi derecho. Y mi derecho también es entenderlo y aceptarlo.

¿Es la escritura un oficio solitario? ¿Cómo interpretas tú la soledad a la hora de sentarte frente a la potencialidad de la página en blanco?

Si no hay soledad, no hay arte. Porque el arte comunitario existe porque hay un solo y único receptor, al menos, la primera vez. Eso somos los artistas, los primeros receptores. Alguien nos escogió a nosotros para transmitir un mensaje y allá vamos, a duplicarlo y a transmitir. Pero si estamos en compañía de seres queridos, de distracciones y esas cosas, quizás no podamos concentrarnos ni recibir bien el mensaje.

Tengo amigos que escriben en la multitud de un parque, pero cuando les pregunto, no son capaces de decirme que está ocurriendo a solo unos pasos de ellos. Por lo tanto, la concentración es esencial y, con ello, la soledad es tanto íntima como exteriorizante. Te puedes aislar del mundo en medio de una multitud aplastante.

En mi carrera de Psicología, estudié los procesos de concentración y pensamiento, y estaba más que claro que nadie podía hacer más de dos cosas al mismo tiempo. Por lo tanto, si es así, científicamente: ¿cómo puedo yo hablar con mi novia y, a la vez, escribir un gran cuento? No podría, jamás. Por ello, el arte es un ejercicio en solitario. Incluso en el arte grupal, esa de grupos creativos. Tienes que tener un momento a solas para generar ideas y luego ampliarlas en el colectivo o cambiarlas, mejorarlas, en fin.  Siempre la idea base nace en la soledad de uno mismo. Porque es así. Creo yo. No quiero ser absolutista.

¿Cuáles son las principales carencias y excesos, en materia escritural, que acompaña a la literatura que se hace en Cuba, en estos tiempos?

No creo que las principales carencias en materia escritural en Cuba tengan que ver con la censura como algunos predican por ahí. Sin ser un especialista en la materia, pienso que la principal barrera está en lo material. No todo el mundo tiene 600 hojas en blanco para imprimir su obra y mandarla a un concurso, o un poco menos para enviarla a una editorial. Porque para escribir solo se necesita talento y algo que decir. Y, luego, el espacio para que se haga visible tu obra. Al final, la censura siempre va a existir porque es un mal social que no se deslinda de la moral. Sabemos que la moral tiene que ver con las leyes de la convivencia cívica, con lo establecido por una sociedad y su tiempo. Nadie debería ir contra ello y después reclamarle a la censura. Es algo tonto. Porque, de verdad, yo siempre he creído que no hago nada escribiendo sobre abusadores sexuales de niños en una sociedad que deplora ese tipo de actitud. Irremediablemente, seré vetado o censurado en alguna parte del camino. Entonces, ¿en qué sociedad será permitido cualquier tipo de expresión artística? ¿Por qué pensar que ese tipo de actitud solo se tiene en Cuba cuando la historia del arte universal está plagada de actos censurados desde Raphael hasta The Beatles? Y aún hoy. Fuera de Cuba, ¿cuántos artistas no han sido vetados por otros por diferentes motivos? La lista es enorme. Lo triste es que solo los cañones se enfilen hacia Cuba y su Revolución. No creo que la censura sea un mal necesario. No. Es deplorable. Pero orinar contra el ventilador me parece estúpido. Y más aún cuando después se arma una campaña para defenderlo. ¿Alguien tiene derecho a orinar contra el ventilador? Por otra parte creo que, si algún lugar de este mundo es consecuente ahora con el diálogo entre el artista y el Estado, es en Cuba. Stephen King nunca me ha dicho que se ha reunido con los dirigentes del Congreso que él mismo eligió para decirles alguna inquietud social o política que tenga; y nosotros lo hacemos a cada rato desde una asamblea de la UNEAC o de la AHS. Eso es legítimo. Es un logro de esta Revolución.

Ahora bien, que haya artistas que no pertenezcan a ninguna de estar organizaciones y necesiten un espacio de diálogo, es otra cosa. Bien justa y legítima. Pero no tiene que ser a la fuerza. El diálogo para que sea diálogo tiene que partir del consenso de ambas partes; si no, es imposición. El Estado cubano: ¿tiene la obligación de dialogar con todos los habitantes de la isla? Sí, lo creo, pero también tiene el derecho de no dialogar, porque si no estaría siendo esclavizado por una parte de una población que quiere diálogo, que quiere otra cosa. Es algo complejo que merece más de un análisis. Por el momento, yo he tramado mi literatura hasta donde he querido. He escrito lo que pienso y lo he publicado. Nunca he escrito algo que no sienta. La censura nunca me ha tocado un pelo porque mi arte sigue siendo libre y soberano como mi bandera.



«Es imposible crear sin exponerte»

Marlon Duménigo sabe que la literatura se asume como un ejercicio de riesgo. La literatura es un salto al vacío de la (in)certidumbre. Con sus historias, este joven escritor refleja uno de los ángulos de lo real. Ha escogido el vehículo de la palabra escrita para llegar a los otros. Contar es, bien lo sabe, un acto de valor y de supervivencia.

Hay quienes refieren que la literatura les llegó de repente, que el acto creativo los sorprendió en la vida cuando no pensaban, ni siquiera, ser artistas. Otros hablan de un llamado temprano de la vocación. ¿Cuál es tu historia: cómo descubres que este era el camino, o uno de los caminos, que te interesaba transitar?

Mi primer intento de hacer literatura fueron unas cuantas poesías rimadas que escribí a los 12 o 13 años, y que mi madre aún conserva y se empeña en mostrar como un trofeo infantil a los conocidos más cercanos. Digo intento a riesgo de que le palabra le quede grande, pues fueron apenas pinceladas de creación, su principal valor radica en la necesidad de expresar ciertas ideas y que el canal escogido sea precisamente la palabra escrita. Más tarde, en el servicio militar, llevaba siempre en el bolsillo derecho del pantalón una libreta doblada y un lapicero que usaba en los ratos libres para conformar una especie de bitácora que, además, contenía viñetas y reflexiones cortas; concebidas bajo la premisa de “ser escritas solo para mí”. De hecho, llené más de una libreta (al final no se cumplió eso de que eran para mí, pues todas se perdieron), aunque por ese entonces tampoco podría definirlo como una vocación. Lo más parecido a eso llegaría más tarde, en 5to año de la carrera de Ingeniería en Ciencias Informáticas y, esta vez, para bien o para mal, se cumplió el axioma de que a la tercera va la vencida. Entonces tuve la guía de Anisley Miraz Lladosa, una poeta que me animó a la escritura y a presentar mis textos al concurso de talleres literarios de Trinidad, mi Macondo, la ciudad donde viví hasta los 23 años.

La velocidad de los resúmenes hace que no mencione otros nombres y títulos de libros que influyeron de manera consciente o inconsciente en el deseo de convertirme en escritor. Un deseo que cobró otra dimensión mientras cumplía el servicio social en La Habana, cuando entré al Centro de Formación Literaria “Onelio Jorge Cardoso” y al Taller de Ciencia Ficción y Fantasía Espacio Abierto. Creo que este fue el punto de no retorno. Era la primera vez en mi vida que estaba rodeado de escritores, de personas con aspiraciones creativas similares a las mías y fue la primera vez que sentí una retroalimentación. Ese saber que hay otros como tú, con los mismos bloqueos literarios, ansias de publicación, cuentos inacabados y deseos de abandonarlo todo en algún punto, pero que siguen en el camino de la literatura a pesar de todo. En mi caso, porque la literatura, tras casi diez años, consigue emocionarme de la misma forma. Hace que me levante a las 5:45 de la mañana a intentar mejorar un texto y lo hago con toda la energía disponible. Eso tiene que significar algo. Solo si dejo de emocionarme con la literatura dejaré de escribir.

¿Sientes que existe una pauta, una constante, en tu proceso creativo, u optas por ser libre de cadenas vinculadas al ejercicio del oficio o a la costumbre escritural?

Al principio bastaba con la soledad y el café. Me sentaba a escribir cuando me sentía inspirado y rechazaba hacerlo esos días en los que procrastinar se vuelve tendencia. Luego asumí cierta disciplina. Actualmente escribo cinco días a la semana. Con el tiempo fui incorporando, además, rutinas que hacen más predecible o menos extraño el proceso creativo. Escribo por lo general en las mañanas, entre las 6:00 y las 9:00, con el ruido del ventilador de fondo. Solo tomo café mientras escribo y nunca comienzo a escribir la historia hasta tener la primera oración exacta. A veces tengo el resto del cuento o del capítulo en la cabeza y no lo comienzo hasta encontrar esa primera línea que dicta el tono de la historia. Cuando tengo bloqueos literarios recurro al manuscrito, lleno decenas de páginas de tinta azul o negra y caligrafía apurada que, muchas veces, no representa otra cosa que desechar caminos, decantar posibles finales o diálogos que reescribo hasta reencontrarme con el tono o la idea que me permita volver a enfrentarme al teclado y la pantalla definitiva en la laptop.

¿Cuáles sientes son los “siete pecados capitales” de un autor?, ¿qué entorpece la creación?

El acto creativo es tan personal que se vuelve casi imposible elaborar listas sobre lo que debe o no hacerse. Así que quizás esta sea la respuesta más arriesgada de todas. Para hacerlo menos difícil me tomo la libertad de no mencionar factores subjetivos como los estados de ánimo. En mi lista, el orden no obedece a jerarquías, únicamente a un sentido numérico indispensable para no pasarnos horas mencionando posibles “pecados capitales” de un escritor.

  1. No leer.
  2. No reconocer cuándo abandonar un texto.
  3. Editar mientras se escribe.
  4. No dejar “enfriar” los textos una vez terminados.
  5. Procrastinar en exceso.
  6. No ser receptivo a las críticas.
  7. Subestimar los títulos.

¿Los premios te han sido esquivos o confías que existe una arquitectura en tu vida creativa que te llevará a algún punto en específico? ¿Confías en la dinámica de los premios?

Honestamente, hubiera preferido ganar más premios de los que tengo hasta ahora. Sobre todo porque los premios son en este momento la vía más expedita para un autor de publicar su obra en Cuba y, probablemente, la única que le asegure cierta promoción. Como autor me queda intentar ser mejor en cada texto. Si los premios llegan, por supuesto que serán bienvenidos. No renuncio a los concursos como tampoco a otras vías para hacer llegar mi obra a los lectores. Al fin y al cabo no basta un premio para legitimar la calidad de una obra.

Dentro del gremio suele pasar que asociamos los nombres de los autores a sus premios, así podemos citar de memoria los premios de X autor, pero rara vez podemos mencionar los títulos de sus libros. Se debe crear expectativa alrededor de la obra galardonada. Garantizar que cuando se publique, un año después, esta no pase desapercibida entre las noticias generadas sobre los nuevos ganadores.

cortesía del entrevistado

¿Cuáles te parecen son los principales problemas de la literatura joven actual? ¿Son problemas vinculados al mundo exterior (sistema de premios, consolidación editorial, industria del libro, etc.) o más bien relacionados con el mundo interior del creador y sus relaciones con su propia obra?

Pienso que entre los problemas de la literatura hay algunos recurrentes: el tema de los premios, la promoción, la crítica literaria y la inserción en el mercado editorial. Si hablamos sobre autores jóvenes, estos tema cobran aún más vitalidad porque son escritores que no están consolidados y requieren estas oportunidades, aprovechar los focos de atención generados por un galardón más o menos importante, alguna crítica sobre su trabajo, una sólida campaña de promoción, para comenzar a formar parte del imaginario de un posible lector.

Incluso la propia etiqueta de “literatura joven” puede generar predisposición, pues se puede interpretar como la referencia a una promesa, a un escritor que aún necesita madurar. Y, aunque es cierto que el oficio de escritor requiere de experiencia, considero un error asociar la edad a la falta de madurez creativa. Se puede hacer buena y mala literatura a cualquier edad. Conozco varios escritores jóvenes, publicados e inéditos, que muestran una calidad extraordinaria en sus textos, que sencillamente hacen buena literatura, a secas.

¿Es la literatura un proceso de fricción entre la realidad del autor y la de sus personajes, o ambas esferas coinciden en algún punto? ¿Cómo te sucede a ti?

Tiene un poco de las dos cosas. Desde el punto de vista de la historia, los personajes tienen vida propia y se desenvuelven de acuerdo a un argumento narrativo que la mayoría de las veces no tiene puntos de contacto con la realidad del autor. Pero la literatura, además de argumento y estilo, necesita emoción. Es muy difícil transmitir emoción si no se ha sentido antes, creo que en este punto es donde el autor apela a su propia experiencia, ya sea apoyándose en situaciones vivenciales o porque ha recreado tanto la escena que termina viviéndola de algún modo. Al menos ese es el recurso que utilizo. Ponerme en el papel del personaje, intentar sentir y reaccionar como lo hubiera hecho él ante una determinada situación, pero desde mis emociones, que son el único recurso a mi alcance para hacerlo lucir verosímil.

Los actores siempre ponen algo de sí mismos a los personajes, creo que sucede parecido con los escritores. Es imposible crear sin exponerte un poco.

¿Cuáles son las historias que te interesa contar y los personajes que quieres representar?

Me interesan las historias en las que pueda sorprender, historias que dejen sensaciones encontradas. En las que pueda llevar al límite situaciones cotidianas, encaminarlas hacia niveles de realidad que, por lo general, mudan hacia el absurdo o el surrealismo, sin perder ese toque de verosimilitud que las haga palpables al lector, casi posibles. Me interesa trabajar con ese nivel de realidad en el que, si das un paso en una dirección, caes en la fantasía y, si vas hacia el otro, te das de bruces con tu propia existencia.

En cuanto a los personajes, me atrapan los matices. El de la historia de vida triste y que aun así te provoca una sonrisa amarga, el que se esfuerza por hacer lo correcto y termina jodiéndolo todo. Personas comunes que de pronto se encuentran en medio de conflictos inesperados que las obligan a tomar decisiones en apariencia irónicas; personajes que dialoguen sin parecernos ajenos, con nuestra percepción de lo conveniente, de lo negativo, de los estereotipos.

Existe el mito del escritor “todoterreno”, el escritor que muchos géneros abarca, ¿asumes de alguna manera este calificativo o prefieres apostar tus cartas en un solo sentido?

Hace algunos años incursioné en la poesía, pero me considero narrador. Es el género donde me siento más cómodo y el que se acerca más a mis intereses creativos. Aunque admiro a los escritores que son capaces de moverse dentro de varios géneros y saltan del teatro a la poesía o al ensayo, prefiero apostar por el cuento y la novela. Eso no descarta que en algún punto decida recorrer otros derroteros literarios.

¿Has renunciado a escribir alguna historia? ¿Por qué?

Prefiero utilizar el término aplazar, acaso un eufemismo con el cual sentirme menos culpable o tornar menos flagrante ese temor a involucrarme en una novela histórica que lleva años orbitando entre mis proyectos, y que siempre se aplaza un año más. Además de algunos cuentos cortos que he dejado a medias o ni siquiera he comenzado porque sé que no dan para más y que ni siquiera vale la pena mencionar. Esta novela biográfica sobre uno de los deportistas cubanos más destacados del pasado siglo sería la respuesta a la primera parte de tu pregunta. ¿Por qué no me decido a escribirla? Porque siento que aún no estoy listo para enfrentarme a una investigación que podría durar años antes de escribir la primera línea de la novela. Porque necesito terminar antes con otros libros que están a medio camino y aprovechar esa certitud, esa alegre confirmación de haber concluido otras novelas, para superar las crisis y los bloqueos que estoy seguro me asaltarán en ese otro proyecto, que irremediablemente tampoco empezaré en el 2021.

¿Existe la autocensura? ¿La has sentido?

Un doble sí a tus preguntas. Existe la autocensura y, de hecho, afecta de forma notable la calidad literaria. La he sentido, a veces de forma más evidente en cuanto a un argumento, un personaje; otras en formas tan sutiles como esa necesidad de edulcorar ciertas frases que pueden resultar ríspidas, incómodas… Vale aclarar que aunque resulte obvio, la autocensura no es un acto inherente al escritor, es una reacción a la censura y, como toda reacción, a veces genera un efecto más destructivo porque es el propio autor quien desarrolla mecanismos para limitar y socavar sus engranajes.

Lo peor es que se ha vuelto casi natural, una parte del proceso creativo y da al traste con muchas obras que terminan convirtiéndose en historias frías, carentes de espíritu, por el simple hecho de estar pendientes al “qué dirán”. Y no solo el “qué dirán” los decisores o las personas encargadas de evaluar o censurar tu texto, muchas veces se trata de cómo puedan reaccionar ante determinada historia tu familia, colegas, amigos… Pero es muy difícil hacer arte con tantas concesiones. Si el arte se empeña en ser complaciente se convierte en un simulacro.

cortesía del entrevistado

El papel del autor como autopromotor, ¿lo defiendes?

Definitivamente. Sobre todo en el contexto cubano en el que los espacios de promoción son tan limitados. Las alternativas de los autores de crearse páginas de Facebook, perfiles en Instagram, gestionarse espacios de presentación y otras estrategias con las que llegar al lector me parecen no solo una opción válida, sino necesaria. Lo que me parece absurdo es que toda la responsabilidad de promoción recaiga en el autor. Que las editoriales asuman que el trabajo está concluido una vez que se imprime el libro, cuando en realidad es ahí donde empieza lo difícil: llamar la atención dentro de un mercado literario plagado de propuestas, muchas de ellas interesantes. Además, el libro no solo compite contra obras literarias: se enfrenta a Internet, a sus redes sociales y sus algoritmos especializados para captar y mantener la atención de un ser humano durante horas. Si pretendemos que el libro llegue al lector, no basta con una presentación en la Feria. Son necesarias muchas, muchísimas otras acciones de promoción y, de algún modo, los escritores aprovechamos los canales digitales para hacerlo. Con impericia, cierto, improvisando sobre la marcha, con las limitaciones propias de los que intentan, qué remedio, reemplazar el rol promocional que deberían cumplir las editoriales.

Si pudieras elegir a un autor, vivo o muerto, con el que escribir a dos manos un cuento o una novela, ¿quién sería?, ¿por qué?

William Faulkner. Cuando pienso en autores es el primer nombre que arriba siempre. Después de leerlo nada quedó en su sitio. Todas las lecturas posteriores estuvieron signadas por una comparación ¿Mejor que Faulkner? No, ni de lejos. Faulkner al derecho, Faulkner al revés. Definitivo. Jodidamente Faulkner.



Siempre me he considerado un narrador visual

El Caribe tiene de magia y de mito, tiene rostros de dioses y voces disímiles, y Edison Montero (Eddaviel) ha intentado atrapar sus esencias, sus rastros. Su memoria espiritual es un mapa de referencias que despliega en sus ilustraciones, en sus cómics, en sus murales, en las múltiples maneras de arte que Eddaviel abarca y contempla. Desde República Dominicana, Eddaviel sabe que el mundo es síntesis y sumatoria de todo lo que somos y de lo que llegaremos a ser.

Muchas veces, las memorias de nuestra infancia, de lo vivenciado en esa etapa de la existencia, acompañan a nuestra creación con el paso de los años, ¿tu infancia ha servido de influencia en tu trabajo?, ¿cuáles son las memorias de ese tiempo que han tenido un impacto en ti?

Claro, las memorias de mi infancia han sido parte fundamental en mi desarrollo personal y creativo. Nací rodeado de los hermosos paisajes del sur de Kiskeya y me adentré en sus montes, ríos, montañas, playas y en su gente, conocí la magia de las tradiciones, los mitos, creencias, leyendas y supersticiones; mis abuelos me contaron grandes historias sobre el bosque, los Bacá, las brujas, galipotes y otros seres que habitaban nuestra tierra; dancé al compás de los tambores en una fiesta de palo, fui monaguillo en la iglesia católica y descubrí los misterios del Liborismo con mi padre; jugué al topao con mis amigos y monté bicicleta por todos los rincones de mi pueblo natal; navegué en las aguas de la literatura con las aventuras de Julio Verne, fui El Principito y me perdí en la Nada de La Historia Interminable, calqué dibujos de Dragón Ball y Caballeros del Zodiaco, aprendí a contar historias con el Cuentacuentos e imaginé el futuro con Back to the Future. Recordar mi infancia es conectar con esas emociones y ver en mi obra la influencia de todos esos maravillosos momentos.

¿Sientes que eres pionero en el trabajo y el género que has seleccionado para encaminar tu creación, dentro del contexto regional y geográfico que habitas?

Mientras más me adentro en la historia de la ciencia ficción y la fantasía en la literatura, la ilustración y la pintura de Kiskeya, me doy cuenta de que son géneros muy poco explorados en nuestra región, a pesar de que tenemos grandes creadores en la literatura especulativa como Francisco Javier Angulo Guridi, Virgilio Díaz Grullón, Virginia de Peña de Bordas (escritora de La eracra de oro, uno de mis cuentos favoritos que explora lo fantástico en el Indigenismo), mi contemporáneo Odilius Vlak; y en la pintura contamos con las mágicas y monstruosas visiones de Vladimir Velázquez, el arte de Samuel Gómez, Welinthon Nommo, AJ Marti y Markus Edgical Goth.

Siento que aún hay muy pocos creadores y que las obras más cercanas en la literatura —y sobre todo en la ilustración y la pintura— se han enfocado en el costumbrismo y la religiosidad popular que en sí mismo es pura fantasía, pero muy pocos han creado un mundo mágico o de ciencia ficción a partir de nuestra realidad mágica-caribeña. Ese es el espacio en donde siento que mi obra se va abriendo un camino con elementos como una intervención extraterrestre en la creación de la mujer en la mitología taína, la búsqueda de un mundo ancestral robótico-mágico caribeño, la creación de un steampunk en nuestra isla o las visiones afrofuturistas plasmadas en mi obra.

cortesía del entrevistado

¿Qué tal la salud del arte vinculado al género fantástico, en cualquiera de sus registros y formas, en República Dominicana? ¿Percibes un cambio, una evolución, en la última década?

Sí, estos años me han llenado de felicidad, sobre todo al poder compartir espacio creativo con mi cómplice en el crimen de imaginar, el escritor Odilius Vlak, con quien desarrollé “Caribe Extremófilo”; el primer congreso de Ciencia Ficción y Fantasía en la República Dominicana, y además publicamos una primera antología de ciencia ficción y fantasía dominicanas titulada Futuros en el mismo trayecto del sol.

Es genial ver cómo ha ido avanzando todo al leer los textos de Junot Díaz o Peter Domínguez, ver las obras de Vladimir Velázquez, Welinthon Nommo, Markus E. Goth y otras en el mundo del cómic como Bacá, de AJ Marti o Duarte como nunca antes visto, un proyecto de cómic histórico-fantástico desarrollado por Moro Studio del que pude ser parte; películas como “Azul Magia” y festivales como La Fiesta del Cómics, SketchDom o MaCo Expo.

Al recordar todas estas acciones y creaciones siento que esta década ha estado aportando mucho a lo fantástico desde todas sus manifestaciones y espero que siga dando mucho más.

cortesía del entrevistado

¿Cómo definirías tu estilo? ¿Qué referencias acompañan la visualidad de tu arte?

Es una pregunta difícil, pero si tuviera que buscar una definición para mi estilo diría “Popsurrealismo Mágico-Caribeño” y “Afro futurismo Caribeño”, ya que ahí estarían abarcados todos los elementos que componen mi obra: surrealismo, realismo mágico, pop art, cómic, ilustración, literatura especulativa, mitología, fantasía, Afro Indigenismo católico, esoterismo, ocultismo y religiosidad popular. Dejo ver en mi arte la exploración sobre la realidad cultural y mágico-religiosa del ser afrolatino caribeño, esa fusión de las expresiones africanas, indígenas y europeas que conforman el Caribe: tres continentes en una sola geografía mágica.

cortesía del entrevistado

Como muralista, ¿de qué manera valoras la intervención de espacios en la ciudad?, ¿sientes que la relativa fugacidad de los espacios intervenidos aportan a tu proceso creativo?

La magia del muralismo radica en lo efímero. Nos hace ver que incluso las obras de arte que pensamos eternas están expuestas a la destrucción en manos del tiempo, en la creación de armonía y embellecimiento de los espacios públicos, y en el poder de comunicación e interacción con el espacio y el público sin necesidad de ser un lugar especializado para el arte. Para mí, el muralismo ha sido un medio más de expresión en donde compartir mis ideas. Nunca me he considerado completamente muralista, sino más bien un narrador visual que usa las paredes como el lienzo, como el papel o un medio más para poder compartir mis visiones con otro público, ese que a veces no tiene el acceso a un museo, una biblioteca, un libro u obra de arte.

A la hora de crear una pieza en las calles y seleccionar el muro se genera una interacción entre idea y espacio sin un orden objetivo. A veces busco un espacio que coincida con lo que quiero plasmar; otras veces creo una obra sugerida por el ambiente en donde estoy pintando, o simplemente adapto mis ideas al espacio encontrado o sugerido por un cliente, un proyecto, un festival.

cortesía del entrevistado

Me fascina cómo haces visible en tu creación los cuerpos y las identidades afro. Lamentablemente, en el género fantástico, casi siempre se sigue un patrón eurocentrista y racialmente exclusivo (y excluyente). ¿Hasta qué punto sientes que esta es una de las líneas de pensamiento (político) que acompaña y guía a tu creación?

Al final del día todo es político. Somos entes que vivimos en sociedad y hemos sido marcados por el espacio geográfico que nos ha concebido. En mi caso, como caribeño y amante de lo especulativo no he buscado como punto principal ser inclusivo, ni tener un pensamiento político enfocado en nuestra herencia afro, indígena o europea, sino más bien capturar la magia que me rodea utilizando todos esos elementos que han construido mi personalidad y mundo creativo. Así puedo reinterpretar con mi arte esas historias que me contaba mi abuelo, visualizar las locuras que habitan en mis sueños, las voces de mis vecinos, el Bacá que tenía Deoleo, la nave espacial qué pasó la noche anterior por el Patio de Pipí, los rituales que hacían antaño en el corral de los indios de Maguana, las almas vendidas en la frontera RD-Haití, la mitología de mi tierra, los misterios de nuestras montañas, los portales y todas las curiosidades científicas y espirituales que viven en mí. Al leer y ver cómo los autores que me encantan han plasmado sus mundos en obras literarias, cinematográficas o pictóricas, al analizar mi mundo e influencias puedo ver que todas, absolutamente todas estas historias tienen rostros: rostros mulatos, negros, indígenas y europeos, esos rostros que crecieron conmigo, que me han acompañado toda la vida y todos los rostros que siguen apareciendo en cada paso, con cada historia.

cortesía del entrevistado

Para el artista joven, ¿cuáles son las principales dinámicas de inserción en el mercado nacional y en el internacional? ¿Existen suficientes oportunidades?

Siempre he sido hiperactivo y he venido creando proyectos artísticos con nada desde antes de empezar la universidad; ya en la universidad empecé a realizar los primeros festivales de cómic, exposiciones de arte estudiantiles, participé en cortometrajes y demás proyectos junto a otros amigos. Poco a poco fui creando un portafolio variado en donde plasmaba todas mis curiosidades y deseos como artista y así creé nuevas amistades. Para mí,  lo principal es tener una base o proyecto creativo que represente lo que eres y quieres para ti. A partir de eso es solo mostrarlo, compartirlo con amigos, con instituciones, festivales, concursos, centros culturales y editoriales que estén acordes a nuestras visiones y, sobre todo, visibilizarte en las redes sociales.

Las redes sociales son la mayor oportunidad que tenemos en la actualidad y mediante ellas he podido proyectar mi arte a nivel nacional e internacional. Me han dado la oportunidad de compartir mis visiones con diversas casas editoriales, centros culturales, me han permitido crear murales y otros proyectos en Argentina, Perú, Estados Unidos, Haití, Puerto Rico, Canadá, Suecia, Francia y otros países. Instagram me permitió ser el artista visual invitado al Afropunk Paris 2015, allí pude compartir espacio con grandes artistas como Lenny Kravits, Zoé Kravits, Willow y Jaden Smith, Lianne La Havas, Leon Bridges y otros, mientras que mediante Facebook pude conectar con algunas personas para desarrollar un proyecto expositivo y crear un mural en Suecia.

Mi recomendación principal es crear nuestra obra y empezar a compartirla en todos los medios ya mencionados, en algún momento encontraremos alguien con interés en lo que estamos haciendo.

cortesía del entrevistado

¿Cuáles son los desafíos que se presentan en el contexto dominicano, caribeño e hispanohablante a los artistas de cómics e ilustradores?

¡Ups!, lo primero es que no tenemos un mercado en nuestros países. Eso nos da tres posibilidades: ser pioneros, enfocar nuestra obra a otro mercado (razón por la cual muchos creadores hispanohablantes siempre publican sus creaciones en inglés) o morir en el intento.

En 2009, junto a otros artistas, creé Moro Studio, una compañía de cómic e ilustración con el objetivo de realizar nuestros propios cómics. Durante años intentamos posicionar nuestras historietas a nivel nacional: el problema principal era que no habían muchas librerías o espacios para la distribución del material, y muy poco apoyo o incentivo institucional a proyectos literarios e historietísticos. Con los años eso ha ido cambiando un poquitito y el mayor de los aportes ha venido de mano de las publicaciones digitales y las redes sociales, que suplen el espacio de distribución y llegan así a un mayor público con un mínimo de inversión monetaria.

cortesía del entrevistado

¿Qué estrategias de conexión, con creadores de otros países, fundamentalmente los caribeños, piensas que podrían facilitar vínculos tanto espirituales como creativos?

Lo primero sería crear puentes, investigarnos más, generar más diálogo, más congresos y festivales sobre nuestro onírico y especulativo Caribe, y convertirlo en un espacio geográfico unido por nuestras voces creativas. Vernos, leernos, escribirnos, filmarnos y dibujarnos más, ya que en el Caribe no tenemos una buena conexión y generalmente no sabemos lo que se está creando en cada país.

Para mí en particular es una sorpresa siempre que encuentro un nuevo proyecto de Martinica, Cuba, Puerto Rico, Haití o Guadalupe, saber cómo nuestros vecinos plasman sus visiones, esas visiones que tienen más conexiones que las existentes actualmente entre nuestros pueblos.

Formas parte del colectivo de literatura especulativa Mentes Extremófilas, ¿qué aporta lo literario a la visualidad de tu quehacer?

Sin la literatura, mi obra no existiría. Siempre me he considerado un narrador visual y uso la ilustración como un medio narrativo para poder contar mis historias. Si nos trasladamos al origen del lenguaje escrito, podemos ver que los primeros textos o formas de comunicación eran una secuencia de imágenes que estaban más cerca del cómic o arte secuencial que de las letras actuales; razón por la cual me es imposible desconectar mis visiones de lo literario.

Desde niño he sido un lector fascinado por la mitología, la fantasía, el ocultismo y la ciencia ficción, siendo estos los puntos de inspiración para mi creación visual, de arte secuencial y literaria que me llevaron a crear el proyecto Mentes Extremófilas junto al escritor Odilius Vlak, un proyecto que busca ante todo mostrar lo especulativo creado en el Caribe desde diferentes medios narrativos.

cortesía del entrevistado

En el Caribe se fusionan tres culturas fundamentales: la africana, la europea y, en menor medida, la taína. Sé que una de tus principales búsquedas es crear una fantasía afrocaribeña, que es también un espacio espiritual y creativo de inclusión y de síntesis. ¿Se ha conseguido ya este bellísimo objetivo? ¿Estamos en vías de llegar a él?

Aún seguimos en el camino creativo y mi obra, junto a la creación del escritor Odilius Vlak, son un vivo ejemplo de exploración a la amalgama caribeña desde el espacio mágico, espiritual o metafísico a través del arte.