Elaine Vilar Madruga


“Sigo armándome de un dedal y una aguja”

Luego de largos meses de espera —meses sin saber qué tal marchaba el mundo interno de estas preguntas— descubrí que aguardar por esta entrevista y por Eudris Planche tenía todo el sentido. Desde que leí Hermanas de intercambio, su opera prima, supe que se me hacía necesario dialogar con un autor como Eudris, uno capaz de hablar de lo crudo y de lo hermoso, uno que renuncia a las etiquetas de la literatura y conversa sin tabúes de los males —y la belleza— del oficio.

La pregunta podría parecer redundante: se habla mucho de literatura infantil y juvenil, ¿crees que hay paternalismo en la forma en que sus autores entienden sus propias obras? ¿Somos conformistas los escritores del presente?

Comenzaré también por una introducción: se habla mucho de literatura infantil y juvenil (LIJ) entre los autores que la cultivan o leen. Para otros todavía sigue considerándose un género menor. No es algo nuevo. Aquellos que se creen “verdaderos” escritores la desechan. O se acercan convenientemente a ella con la convicción de que es un género fácil.

En esa ruta dejan caer algunos textos bastante cuestionables. A veces se reconoce una supuesta novedad en las obras literarias que clasifican “para adultos” y son temas más que trillados en la LIJ. Y viceversa. Diciendo esto, me es imposible dejar de reflexionar en una cuestión: ¿quiénes son los escritores verdaderos? Un autor como Roberto Bolaño utiliza en varias ocasiones ese término, “escritores verdaderos”. ¿Es verdadero Faulkner y Hemingway no, solo porque este último no me guste tanto como el anterior? ¿Qué define lo verdadero? ¿Quién los clasifica? ¿Son ambos verdaderos o tengo el don, como lector/escritor, de decidir quién no lo es? ¿Puede uno mismo insertarse y salirse de lo verdadero como si se tratara de un templo? ¿Qué es lo verdadero?

Considero que deberíamos leer más. O sencillamente como ya he dicho en otras entrevistas: no clasificar. El mal viene de ahí. Aceptemos de una vez que existe la literatura sin apellidos. Voy a citarte, y puedes usarlo como pie de página, la respuesta que di en entrevista a Enrique Pérez Díaz. Un fragmento de ella:

“Decir que solo existe una literatura, en un mundo donde como concepto existe algo a lo que se le conoce –queramos o no– como Literatura Infantil y Juvenil, sería negar la gran tradición de este género y los alcances que ha logrado. Quizás deberíamos llamarle solo literatura. Sin apellidos. Porque, ¿acaso no lo es? Una literatura que puede ser buena o mala según percepciones. Yo le llamo LITERATURA. Y la verdad es que detesto esas divisiones (me cuesta emplearlas) que surgen a veces con el objetivo de entender mejor de qué se habla. (…) Más que comprensión, lo que veo es gran confusión. De aquí la génesis de muchos de los problemas, que aún hoy, atraviesa esa literatura que clasificamos como Infantil y Juvenil.”

En cuanto a lo referente al paternalismo y la forma en que los autores entienden sus propias obras, fíjate que usas el posesivo “su” dos veces para dejarme bien claro el centrarme en los autores de LIJ, pero cumpliendo con mi propia introducción, hablaré de manera general. Creo que el paternalismo es un fenómeno que compete a toda la literatura, a sus creadores. Tu pregunta deviene en afirmación. Hay paternalismo y mucho.

 Semeja a algunas formas del patriarcado: voy a cuidar de ti, hijo (libro), voy a protegerte. Devuélveme el favor más tarde. Garantízame el lobby, mal que bien yo te cuido. Te protejo. Soy tu condón. Y nada de autocrítica. Ni admitirlas del exterior.

Parados frente al espejo pareciera que los autores dijéramos “mi criterio es el mejor, el verdadero” (internalización: pura y total convicción de que lo que hago está bien). Mi consejo: sin (auto)crítica no hay auto que camine por la carretera de lo auténtico. Y cuidado con aquel que haga uso de la crítica que tanto clamamos. Me recuerda aquella advertencia bíblica: “si alguno añadiere (…) Dios traerá sobre él las plagas”. ¿Estaremos preparados para ser criticados o para el halago?

Hay mucho ego umbilical. Demasiada premura por el parto en la literatura contemporánea. Y contemporánea es. En cuanto a “literatura” tengo mis dudas. La velocidad, la aspiración al lobby más que a calar en lo profundo, me parece arbitraria si de calidad hablamos. “La literatura no es para apurados”, diría una gran maestra (Liliana Heker) desde su ejemplo y experiencia de escritora. Pero al parecer, el siglo de seguir consejos quedó atrás.

En cuanto al conformismo: si vamos a lo general, si se trata de encajar, ser simpático, no buscarse problemas, coincidir con las opiniones del grupo… hay conformismo por doquier. Hay mucha militancia en la literatura. Y habrá que ir un poco a la historia (informarse) para corroborar que a la larga eso solo tendrá el valor de panfleto. De la epidermis no pasará.

La crítica entre nosotros semeja al Facebook. Consiste en decir (léase dar clic) Me gusta/Me encanta/Me divierte/ Me asombra/Me enoja/ Me entristece. Y solo un pequeño grupo emite comentarios, que casi nunca son profundos. O simplemente nos regalamos caritas (emoticones).

Acostumbramos a llamar “doble moral” (y es un error) a lo que el psicólogo social Kelman identificara como un subtipo de conformidad (el cumplimiento). En público estoy de acuerdo, me reservo mis verdaderas opiniones. Habría mucho que decir de eso. Subtipos sobran en relación a este fenómeno que vivimos.

Mimetismo es otro de los grandes males. Uno de sus objetivos claves: la cultura del camuflaje. Me uno a ti o me institucionalizo para sobrevivir. Es una tendencia que se acerca a la selección natural.

Pasa inadvertido y sobrevivirás: otro mandamiento. La literatura es desenfado. Cualquiera con un poco de cultura lo sabe. La sapiencia está emigrando de nuestras mentes para ser sustituida por lo ridículo, si tomamos ridículo como una palabra menor que no define este fenómeno. En Walden, Thoreau decía: “Si un hombre no marcha a igual paso que sus compañeros, puede que eso se deba a que escucha un tambor diferente. Que camine al ritmo de la música que oye, aunque sea lenta y remota”. He ahí una gran enseñanza.

¿Cuál es la principal carencia estética de la literatura infantil y juvenil en los tiempos que corren?

La misma que ha tenido siempre: ponerle un apellido. Para mí ese es el mayor problema. Pero ya instaurado y conviviendo con él, la principal carencia pasaría a no tener en cuenta el destinatario. Existen otras…

¿Consideras que haces una obra novedosa?

Considero que trabajo y leo mucho. Que sé muy poco aún e intento saber más. Que mis búsquedas son variadas y no tienen fronteras. Que a la hora de contar de mis “vivencias” hago preguntas. Cuestiono esa realidad que a veces no lo es tanto, sabiendo que lo real es solo un criterio social. Y las sociedades son múltiples, así como los individuos que formamos parte de estas. La habilidad estará en cómo hacer de eso una herramienta.

¿Crees que existe un “caldo de cultivo”, menos o más dañino, en la literatura nacional, donde los mismos autores una y otra vez se reciclan?

Podrían enumerarse dos vertientes: una (con el permiso de los tibetanos) semeja al Dalai Lama, que aun estando en vida tiene siete reencarnaciones. Por supuesto, en este caso no hay divinidad ninguna. Simples y vulgares “corta y pega”.

 Número dos: tendencia a repetirse libro tras libro sin un ápice de evolución. Y resulta que a eso le están llamando estilo. Pasa como en la agricultura: emplear productos químicos para acelerar la cosecha. De ahí semejantes malformaciones literarias. Y OJO, no son solo fenómenos nacionales. Pero pongámonos de acuerdo en algo, seamos sinceros: lo nacional siempre se va a leer en un sentido más crítico. No podemos escapar de ello.

¿Qué calificas como buena y mala literatura?

Ya no se trata de lo bueno y lo malo. En la actualidad y ante las circunstancias involutivas que están sucediendo, donde el “sujeto” no tiene la mayoría de las veces (ni lo reconoce, probablemente no pueda) conocimientos que respalden criterios, hablar de lo bueno y malo en términos de bien y mal, normal y anormal, correcto e incorrecto al estilo Foucault, está desfasado. Demasiado manido.

Los libros no son libros. Los escritores no son escritores. Una reseña en una revista es una nota asumiendo una falsa identidad. Lees un comentario de un libro y para comparar o festejar lo literario prevalecen más las referencias al cine o a la televisión. Y no por cultura, no porque el arte beba de todo. Aspiramos a que nos lean, pero no somos capaces de estar media hora sin comprobar las notificaciones de Facebook, sin aspirar a ser observados.

cortesía del entrevistado.

¿Es posible lograr que dejen de ver series y nos lean si como escritores no somos capaces de hacerlo para ponernos a leer? No digamos ni siquiera escribir. Igual no hay fórmulas. Tengo que hacer la aclaración para los lectores menos inteligentes. La literatura siempre se ha tratado de apostar horas y a lo mejor no te sale bien. De eso hay que estar claro y aun así intentar avanzar y superarse. Un autor como David Foster Wallace en un momento determinado fue un adicto de la televisión, reflexionó sobre ello. Dejó también una obra literaria que lo convirtió en un escritor de culto. Pero solo hubo un Wallace.

En los tiempos actuales de la escritura, donde todos los temas parecen ya haber sido tocados, donde ya nada parece tabú, ¿existen aún historias que tengamos miedo a contar? ¿Qué frontera temática aún no conquistamos?

¿Frontera temática? La de volver atrás. Ser escritores verdaderamente y no otra cosa. Se supone que el camino esté ahí. Hay una aceleración enorme por escribir sobre temas de los cuales en el pasado solo se tocaban aristas, pero en muy pocos autores hay una investigación a fondo de la génesis de un conflicto, de la reflexión. A veces parecemos malos periodistas y no escritores de ficción. Tengamos mucho cuidado con eso, en querer sustituir una carencia de nuestro mundo cotidiano.

Considero que los autores de no ficción, están logrando un fenómeno literario bastante interesante y de calidad. Hay que prestarle atención, nos puede aportar con creces.

Como escritor, ¿a qué le tienes miedo? ¿Y cómo lector?

Te voy a contar algo: el día que murió Saramago tomé todos los libros que tenía de él y armé una especie de altar en mi biblioteca. Encima de un mantel los coloqué y delante prendí una vela. Me quedé dormido y desperté por el humo de un pequeño incendio. Nadie nunca supo de este incendio. Escondí la evidencia.

Yo le rendiría culto a cualquiera que escribiera una novela tan simbólica como Ensayo sobre la ceguera. En ese libro (en lo que revela) y en todo lo que he dicho está la respuesta.

¿Existe el llamado de la vocación o, simplemente, se elige ser escritor?

Es mejor saberse lector que escritor, la palabra escritor está demasiado prostituida y cualquiera la ejerce. En las filas hay personas que no lo son o no lo son tanto. El llamado de la vocación quedó atrás. La palabra escritor habría que actualizarla. Redefinirla. Encontrarle otras aristas porque en la contemporaneidad se le usa mucho y a veces sin sentido.

Hubo un tiempo en que venía enlazada a lo culto, quizás lo culto podría eliminarse teniendo en cuenta algunos autores que nunca lo fueron. Pero la palabra lectura, lector, estaría siempre ligada a ello.

Una definición más contemporánea de escritor, que este a tono con todo lo que hemos venido conversando vs. criticando, podría provenir del diccionario satírico de Andrés Neuman. Me refiero a BARBARISMOS. Ahí se define a escritor como “individuo que fracasa en el intento de ser exclusivamente lector”. A lo que debería añadirse, “para intentar ser exclusivamente famoso sin el más mínimo sentido de la autocrítica”.

Quién mejor para hablar de libros que un escritor. Bella frase. Pero vivimos en la época en que los escritores hablan más de series que de libros Con un escritor ahora también se habla de premios. Muy pocas veces de libros. Y eso tiene otras causas, lógicas causas para detenernos en otro momento a hablar más. Como diría Bolaño: “No todo está perdido, ferdydurkistas”.

¿Cuánto impacta en ti el criterio de los otros; sea ese otro lector, crítico o autor que comparte contigo tiempo y espacio?

El criterio de los otros para mí es pura selección. A la hora de crear, lo que considero y me sirve, lo exploto. El resto pasa al olvido. Disfruto escuchar tanto a los personajes de ficción como a los de este mundo no tan real. Lectores hay muchos y con diversos criterios. Hay que estar claro en la vida. Cada respuesta que te doy, Elaine, podría beber de la anterior. Yo bebo del pasado. Lo hago de mi presente. Y de ese cauce vivo. Ahora mismo no dejo de pensar en el mundo que estoy creando.

¿Qué es lo que consideras arte joven? ¿Se fundamenta solo en un criterio de edad o existe una fórmula para evitar el inmovilismo, el anquilosamiento de la obra?

Movimiento. Aventura. No parar. No esperar por nadie. Todo aquello que no esté adoctrinado. Eso es arte joven. Buscar y buscar. Hacer sin nada. No importa la edad biológica del semental. O usando criterios de género: no importa el óvulo. Hazlo florecer.

Conozco a jóvenes, por ejemplo, que no hacen arte joven. En la próxima entrevista pregúntame nombres, ya es hora de comenzar a citarlos. Arte joven es aquel que da miedo. Conmocionar. Fracturar. Arte joven también es lo que hace Ivette Vian con casi 80 años. Vive creando con las mismas convicciones y en continuo ascenso.

El libro Hermanas de intercambio fue finalmente publicado por Gente Nueva, luego de cierta espera editorial. Ya nacido el hijo-libro, ¿qué te ha quedado de esta experiencia más allá del objeto arte?

Experiencia. Eso quedó. Reconocimiento a lo anteriormente opacado por el humo, porque ni neblina llegó a ser y el viento se lo llevó. Quedó disfrutarlo, aún lo hago. Sacarle el mayor provecho y seguir tan claro como antes e incluso más. Encerrarme a leer y crear sin apuros. Sin solicitudes de ningún tipo. Lo he dicho otras veces incluso, si alguien tiene bien claro lo que quiere en la vida, ese soy yo. Casi desde niño. Y de pueril solo me quedan algunos de mis personajes. Yo sé cuál es mi tambor, el que debo seguir. Y bailo al ritmo de este, eso me oxigena.

Hay escritores incómodos, escritores que hincan, cuyas obras son agujas, ¿te consideras ese tipo de autor, consideras a tu obra dentro del rango de lo filoso?

¿Filoso? Como le dije una vez a Enrique, yo sigo armándome de un dedal y una aguja. Luchando contra molinos con cada vez menos cordura y más determinación. Acaso inteligencia.



La música que tocamos tiene mucho de espiritualidad

Como parte del Festival Septiembre Barroco, el Dúo Real Maravilloso —integrado por Yasek Manzano y Roxana Coz— ofreció un concierto donde lo sensorial y lo espiritual formaron parte inseparable de la transmisión de la buena música. A propósito de su experiencia de trabajo durante el primer año de vida del Dúo versa esta entrevista.

Conversemos sobre el más reciente concierto del Dúo Real Maravilloso, el cual aconteció el pasado 13 de septiembre en la Iglesia de Paula como parte del programa del Festival Septiembre Barroco, ¿qué repertorio presentaron?

Yasek Manzano: Se tratan de transcripciones de antiguos conciertos que eran interpretados por una de las voces más importantes y sobresalientes en el periodo barroco: el clarino. En este caso, la trompeta picolo —instrumento moderno que surgió en el siglo XX y que pertenece a la familia de las trompetas— tendrá un rol fundamental. Dentro de los conciertos escogí una pieza escrita para trompeta en Mi Bemol y que, por cierto, es una de las más famosas piezas de Jan K. J. Neruda.

Otros compositores como Fasch escribieron obras icónicas para la trompeta. Junto a su concierto en Re Mayor, el programa estuvo completo con los conciertos de Vivaldi y Tartini, compuestos para violín y arreglados por mí. También quisimos expandir las posibilidades sonoras y para ello invitamos al Cuarteto Opus 10 que dirige Alberto Denis. También nos honró muchísimo la presencia de la maestra Bárbara Llanes, que se unió al formato para interpretar varias de Haendel, Bach y dos piezas de Scarlatti.

La vida del Dúo no presenta aún larga data, y quizás sea pronto para hacer esta pregunta pero, ¿qué buscan del trabajo en colectivo y cómo se insertan dentro del campo de la producción de la música clásica en nuestro país?

Roxana Coz: Nos hemos propuesto trabajar esta música por el amor que nos inspira. En un inicio nos motivó explorar las diversas posibilidades que aportó el género concierto en el barroco. Siempre ha existido la disposición por parte de ambos de continuar formándonos como músicos.

En el caso de Manzano como solista concertista, pues su carrera ha permanecido centrada en el jazz. En mi caso, busco desarrollar el rol de pianista acompañante, el cual disfruto muchísimo, aunque el hecho de ejecutar reducciones orquestales implica también un trabajo camerístico.

Nos ha ayudado también la visión musicológica, analítica, ese interés en nutrir la interpretación manejando criterios teóricos referentes al barroco. Creo que hemos logrado hacer un buen equipo gracias a la mutua retroalimentación y a la búsqueda personal de lo musical.

La consolidación y el aprendizaje continuo se han propiciado y eso es algo que siempre agradeceré a Yasek, ha sido un gran maestro. Lo más interesante es el resultado: una buena comunicación en escenario apreciada por el público posteriormente.

Nos impulsa el deseo de mostrar una música de una belleza imperecedera y disfrutable a pesar de su lejanía en el tiempo, teniendo presente que el origen de nuestra música cubana encuentra fuertes conexiones en aquella llegada de Europa en los años de la Colonia.

En el primer año de trabajo nos hemos integrado al interesante ambiente cultural que ha proporcionado a la ciudad de Matanzas la reapertura de la Sala White y la existencia de la Ermita de Monserrate, sala de conciertos que promueve la música clásica.

Hemos sido invitados a participar en espacios fundamentales para la promoción de la música del barroco, tales como Invierno Barroco en Matanzas y Septiembre Barroco en La Habana. En marzo participamos en el A tempo con Caturla, en Santa Clara.

cortesía de los entrevistados.

Unir dos talentos y dos personalidades en escena no siempre es asunto sencillo, ¿cómo transcurre el proceso creativo?, ¿cómo trabajan el empaste espiritual, más allá de la disciplina necesaria para lograr la buena música?

Yasek Manzano: En un inicio fue bastante complejo para ambos. Los ensayos comenzaron siendo sesiones de estudio en conjunto, si pudiera llamarse así. Por una parte yo estaba explorando con la trompeta picolo, familiarizándome con el instrumento. Roxana comenzó a tocar luego de un tiempo sin estudiar sistemáticamente.

Pero fue un período que me permitió trabajar la afinación y la resistencia, y comenzar el montaje de conciertos de gran complejidad como el de Telemann. Más adelante, mientras trabajábamos, íbamos aprendiendo, tomamos como referentes la música de trompetistas espectaculares como Matthias Höfs, Alison Balsom y Pacho Flores.

Compartíamos películas o audiovisuales sobre el estilo barroco y también me encargué de descargar videos de Internet que comentábamos en los minutos de descanso durante los ensayos. Roxana también se interesó por conocer acerca de la biografía de los compositores y el análisis de algunos conciertos, lo cual permitió calzar la interpretación.

Consultamos tratados teóricos que aportaron muchísima información y ayudaron a desentrañar lo que verdaderamente quería decir la partitura en el estilo barroco, atendiendo a códigos diferentes de lectura musical.

Algo que siempre ha estado presente han sido los planteamientos y reflexiones en torno a temas filosóficos, culturales e incluso religiosos en nuestras conversaciones. A veces esto te permite ilustrar la intención que debes poner a determinado movimiento o momento de la música.

En los ensayos lo mismo hablamos de Deepak Chopra o de Wyne Dyer, que de los zen y los chacras, como de las culturas religiosas afrocubanas o el proceso de transculturación. Damos al asunto espiritual una importancia crucial, porque la música que tocamos tiene mucho de espiritualidad. Creo que en buena medida asumimos lo real maravilloso para dar nombre al dúo en este sentido.

Roxana Coz: En muchas ocasiones hablamos de cómo preparar la mente para tocar una música sumamente compleja, que requiere de gran concentración. Cómo condicionar al cuerpo en primer lugar, y crear en él una memoria en cuanto a los elementos de la técnica, que luego se pongan en función de dejar fluir la musicalidad. Demasiada atención en la técnica puede obstaculizar lo musical y debe ser lo inverso, que lo musical haga emerger lo que requiera de la técnica.

Para ustedes, ¿qué es la buena música?

Yasek Manzano: Es toda aquella que tiene contenido, que está bien escrita, que estéticamente tiene una belleza elaborada con buen gusto, que te deja con preguntas o da respuestas, pero que siempre te lleva a una dirección. La buena música toca tus fibras, tus sentimientos, deja una experiencia agradable, profunda, real.

Puede ser la que se baila, la que encierra un mensaje positivo, la que está escrita de manera coherente con los tiempos, sin ser burda, la que puede ser sencilla pero no superficial, profunda pero no necesariamente intrincada. La buena música es aquella que por definición gusta a las personas más inteligentes, las que poseen una formación de su criterio estético. Puede ser aquella música en la cual se debate, la que describe una transición de dos etapas importantes de la historia o la que dibuja la esencia humana en determinado momento.

¿Cómo defender la música clásica en estos tiempos? En realidad, ¿la música necesita defensa o se vale por sí misma?

Yasek Manzano: Lo primero que hay que hacer para defender la música clásica es entrenarse e informarse bien para poder tocar. Hay que amarla para defenderla, amar cada sacrificio que se hace para poder reproducirla con clase, para convertirla en buena música en su reproducción, porque de nada vale que esté bien escrita si el que la reproduce no tiene la capacidad de hacer que brille ese legado que está en la partitura.

Cuando se adopta la responsabilidad de ser un buen músico y se ama esa consagración, lo clásico se convierte en parte de tu vida. Es entonces que todo lo escrito tan sabiamente, tanto por los clásicos como por los contemporáneos, te enseña.

Esa música te educa a ser mejor instrumentista, creador, artista… Y en la medida que eres mejor, haces que la música que tocas tenga más valía y llegue al público de la manera más eficaz. Sin llegar a ser perfecta puede entrar en la conciencia del público.

Es importante promover la música clásica en los medios de comunicación y en las redes sociales. Debemos aprovechar la oportunidad de tener libre acceso a la promoción propia.

Los músicos no debemos estar aislados en el proceso de creación. Es bueno de vez en cuando dejar un indicio de lo que estamos haciendo. Por ejemplo, cuando vamos a realizar un concierto tenemos el deber de informar a la mayor parte del público de lo que está sucediendo. También la investigación ayuda: conversar con especialistas, musicólogos e intérpretes puede fortalecer el trabajo.

¿Cuál es la utopía creativa del Dúo?

Roxana Coz: Cuando emprendimos este viaje hacia lo real maravilloso que nos legara Carpentier, soñamos con llegar a un estado de armonía durante la realización de la música. Buscamos sentirnos conectados a la esencia pura de su naturaleza, para así poderla regalar a quien la escuche, creando un cambio anímico, un choque que producirá en alguien el descubrimiento inesperado de una verdad buscada durante mucho tiempo.

El trabajo que hacemos es un entrenamiento, un camino que debe recorrerse paso a paso, conscientes de que algún día podremos sorprendernos de todo lo avanzado.

En un país como Cuba, con tanta riqueza cultural y musical —y la preferencia mayoritaria hacia lo popular por parte del público—, apostar por hacer música clásica lo más dignamente posible es toda una utopía y un reto que asumimos con humildad… y con un poquito de esa osadía necesaria para arrojarse y decir: ¿por qué no?

¿Qué experiencia sensorial buscaron transmitir en el concierto, incluso a aquellos que no fueran especialistas en música barroca?

Roxana Coz: Lo que más deseamos es que el público haya sentido el grado sublime que alcanza esta música. Eso es imposible de transmitir en palabras. Pero —como le comentaba a Yasek unos días atrás— sé que a cada persona que se sentó a escucharnos, le entregamos una parte preciada de nuestras vidas.

Ahora que ya finalizó el concierto esperamos que esa persona que llegó con su mundo de ideas, con sus pensamientos, o abrumado por las situaciones más diversas de nuestra cotidianidad, ya no sea igual. Como tampoco lo seremos los músicos que saludamos en el escenario.

La música es un lenguaje subliminal que puede aliviar las cargas y los problemas cotidianos. Ayuda a sentir felicidad instantánea en la medida que nos satisface. Por eso la buena música nos puede cambiar y hacer más positivos. No importa que en un momento traiga melancolía o tristeza, son todas emociones humanas que necesitamos canalizar. La música resulta ser el más eficaz motor para liberar el espíritu.



En cualquier universo, la música

Aunque no conozco, cara a cara, a Luis Ernesto Doñas, la obra de este creador y director escénico forma parte de mi universo de referencias como espectadora. Una amiga en común hizo posible el contacto y así fluyeron estas preguntas sobre sus procesos y su mundo artístico, sobre el diálogo entre modernidad escénica y tradición musical. Este es un diálogo que aborda su utopía creativa.

¿De qué manera encuentras el camino de la dirección escénica? ¿Cómo llegas al mundo de la ópera?

Al finalizar la EICTV (Escuela Internacional de Cine y Televisión), mi maestro de Técnica Meisner de actuación, Sthepen Bayly, me invita a co-dirigir juntos Bent, que tuvo una temporada exitosa en el Teatro Bertolt Brecht en el verano del 2014. Mientras ensayábamos la obra coexistimos con las audiciones y primeros ensayos de la obra musical Rent.

Aquí entré en contacto con los cantantes/actores involucrados, que en muchos casos devino en profunda amistad, como con Teresa Yanet Senra, excelente cantante y actriz, rostro popular entre otras cosas por su participación en Sonando en Cuba.

Fue ella quien me sugirió que el Teatro Lírico Nacional estaba buscando un director para una nueva producción. Me presenté y surgió así la idea de hacer un laboratorio con jóvenes cantantes como inicio de lo que llegó a ser Alcina, primera vez que una ópera barroca de gran formato venía incorporada al catálogo de la Compañía.

¿Cómo dialoga la dirección escénica de la ópera, en la actualidad, con los conceptos de tradición y modernidad? ¿Cómo se ha podido apreciar esto en algunas de tus puestas más recientes?

La ópera es un género vivo, no solo porque los teatros del mundo constantemente potencian la producción contemporánea con jóvenes compositores y libretistas, sino porque los grandes clásicos aún tienen mucha vigencia y dialogan de manera muy directa y orgánica con los públicos y los panoramas actuales.

La increíble obra que ha perdurado de los grandes compositores —pilares de la historia de la música— siempre tiene una esencia, un núcleo temático y humano que brinda muchas posibilidades de desarrollar y de reinterpretar desde visiones y maneras más actualizadas. Creo que concentrarse en esto podría ser punto de encuentro entre la tradición y la modernidad.

Cortesía del entrevistado.

En el caso de Alcina, por ejemplo, nos centramos en el juego de fuerzas amor/poder y apariencia/esencia. Desde aquí construimos, junto con la escenógrafa Denia González y la diseñadora de vestuario Celia Ledón, toda la imaginería de la obra, la cual se distanció de la propuesta estética barroca que el propio libreto propone.

En Rita, mi más reciente colaboración con la Fondazione Donizetti, por el contrario, juego hasta el punto del choteo con la propia tradición. Los personajes emergen de la bidimensionalidad de la escenografía y no se desarrollan en profundidad, permitiéndome asumir un posicionamiento ético y personal sobre lo que el propio texto propone. Tomar a la ligera de manera radical, si se logra hacer bien, es un fuerte cuestionamiento al texto y es una actitud para nada tradicional.

Cortesía del entrevistado.

¿Crees que existe manera de acercar al público a la ópera? ¿Existe una concepción errónea del mundo de la ópera como un universo elitista y cerrado?

Es increíble cuánto la ópera ha sabido integrarse y reinventarse para poder mantenerse en el gusto popular en el panorama europeo. Los festivales cada vez le dan mayor importancia a sus eventos colaterales, OFF, priorizan espacios no habituales y potencian dinámicas didácticas para involucrar también a los más jóvenes. Son canales nuevos que, cuando la buena música los transita, salen ganando todos, desde los propios artistas hasta los espectadores. Es cierto que hay élites, es cierto que hay estructuras que no apoyan, es cierto que se destinan pocos recursos, pero aun así no perece. La buena música es y tiene que ser un derecho de todos.

Creo que en Cuba estamos en un buen momento de reinvención del arte lírico y de las estructuras que lo rigen. Hay que aceptar e investigar todas las maneras posibles de hacer la lírica, sin olvidar la gran tradición y los grandes errores que nos antecedieron. Pero con un legado musical, escénico y de programación cultural tan rico, solo puedo ser optimista si veo el futuro del arte lírico cubano.

La videodanza ha ocupado tu tiempo como director audiovisual. Coméntame sobre esa experiencia.

Mi formación musical primero y audiovisual después, sumadas a mi pasión por el universo oscuro que habita la escena, parece que encontró un punto de reunión en este género del video arte. Me estimula mucho pensar en términos de múltiples lenguajes: no concentrarme en el lenguaje audiovisual o el lenguaje teatral, sino mezclar y crear una gramática compleja. Esto lo permite el videodanza, donde cuerpo-cámara-montaje pueden abrazarse y pelear entre sí. Es raro, pero en la ópera me pasa algo parecido.

¿Cuán difícil es concebir una imagen escénica basada en un discurso musical? ¿Cómo transcurre tu proceso creativo y por qué diversas etapas pasa?

Ante todo me dejo llevar por la música y sentir. Luego, teniendo como experiencia esas sensaciones, me acerco más conscientemente al texto musical y al libreto. Trato de desentrañar la gramática utilizada por el compositor y entender las relaciones entre los personajes y el arco dramático individual de cada uno. Al final, trato de proponer imágenes, situaciones y actitudes a los cantantes, pero siempre busco que ellos se sientan libres de seguir también sus impulsos. El espectáculo final es obra de todos.

Cortesía del entrevistado.

En la actualidad, ¿qué nuevas indagaciones dirigen los ejes de tu creación?

Siempre me cuestiono qué podría como artista cubano proponer que sea distintivo dentro del panorama lírico, incluso en el audiovisual. Luego aterrizo un poco y me olvido de los conceptos grandes: ARTE, CUBA, PANORAMA, y trato simplemente de conectar con los cantantes y establecer complicidades. De esta manera se crean tantos puentes y, sin proponerlo, se encuentra la manera más orgánica entro todos para hacer que la experiencia sea única.

En tu trabajo con cantantes y actores, ¿qué buscas?

Es aquí donde he encontrado el espacio de investigación personal entre mi formación audiovisual y mi actual desarrollo en el arte lírico. No veo diferencia entre un cantante que se sube a un escenario para defender un dramma in música y un actor.

Es cierto que tienen necesidades y estructuras diferentes, pero ambos deben defender una verdad en la escena. Trato de trabajar con los cantantes que estén totalmente disponibles a recibir y reaccionar a cualquier estímulo que les llegue en escena. Arribar a este punto ya es un logro, y tanto ellos como el público lo agradecen.

En tu experiencia docente, ¿qué consideras es lo esencial que debe transmitirse?

Sinceramente, nunca pensé que me haría tan feliz estar frente a otros artistas y compartir lo poco que he podido experimentar y lo mucho de todo lo que me apasiona. Vuelvo otra vez a la complicidad: ese abrazo transparente y horizontal con cierta dosis de humor y mucha autocrítica. Funciona muy bien también en el aspecto académico.

Yo simplemente hablo y dialogo de la manera que me hubiera gustado aprender mientras estuve de ese lado. Sin pretensiones. Lo importante es transmitir y potenciar la pasión y la voluntad. El conocimiento está pero sobre todo está por llegar siempre. Y repito: muchas de las alegrías últimas las he recibido de quienes, por azar, han sido mis estudiantes.

La ópera, como arte global que incluye a otras muchas artes, requiere de la coordinación de diferentes cuerpos y mentes creativas. ¿Cómo lo logras?

El trabajo colectivo que conlleva hacer cine, teatro y en este caso se amplía al adentrarse en el montaje de una ópera, es lo que más me apasiona de lo que hago. Dirigir no es ocupar un lugar en una pirámide (¡qué aburrido todo desde allá arriba!).

 Dirigir es estar hombro a hombro, cabeza a cabeza, y corazón a corazón (cursilería incluida) con los demás especialistas y artistas que tienen que defender tu idea primigenia. Ahí sí hay vida, conflicto, bronca y abrazo. Esto es lo que me gusta de lo que hago: #lolindoldelomío.

Cortesía del entrevistado.

¿Cuál es tu utopía creativa?

Simple pregunta de compleja respuesta. Echo a volar la imaginación y mi corazón late más fuerte si pienso en la creación en total complicidad, cualquiera sea la circunstancia.

Lo importante siempre será el calor humano del proceso, no la visión distanciada del resultado. Aterrizando más, incluiría que en mi utopía creativa no podría faltar la música, las noches sin dormir a base de café, la famosa tormenta antes de la paz, la revelación y de alguna manera u otra, Cuba.

Y en un estado aún más pragmático del asunto, diría que sería importante que las estructuras y las condiciones sean flexibles, y soporten y estimulen la utopía creativa de todos.



Los huesos de la heroicidad

El abismo contempla al héroe y he aquí que lo encuentra vacío —y a la vez lleno— de sentido. El héroe se ha convertido en el demiurgo de un espectáculo, de un texto para la escena que recuerda la caída de esas caras en los billetes; esos billetes de tanto valor que algunos de nosotros no hemos alcanzado a conocer. Su liturgia es llegar a las tablas y dar machete verbal, retar a duelo al espectador que lee u observa, porque al final, todos somos caídos, todos hemos descendido a un averno que es textual y simbólico, y que también ha cobrado su precio en la Historia reciente de nuestra isla.

En la obra La caída (Premio Abelardo Estorino 2019), del joven dramaturgo y director Raúl M. Bonachea Miqueli, Cuba deviene espacio sígnico; una isla que pertenece tanto a las lides del pasado como de un presente que, poco a poco, se licúa, se diluye, juega a esfumarse. De ahí que el precio escénico sea pagado, precisamente, en la encrucijada donde se encuentra el Autor con el Héroe, el Joven con su doble actor, la Esposa con la muchacha que la interpreta. Es en esa encrucijada que el texto se actualiza, porque su esencia es esa: hablar de una Historia articulada, una Historia que une hilo con hilo, país con país, en un particular tejido de experiencias donde se cose a la figura canónica con el hombre de a pie de estos tiempos contemporáneos.

Foto: Cortesía de Raúl M. Bonachea Miqueli.

Esta resemantización del referente hace que La caída no hable solamente de la muerte, del martirologio del héroe —por momentos, devenido Cristo que comulga con su carne y su sangre—, de su esencia como estatua o pedernal, sino que es capaz de dialogar también con esas otras caídas cotidianas, las del día a día: la derrota del autor que no logra encontrar la palabra justa, la del director que intenta constreñir una puesta en escena al presupuesto que se le ha otorgado, la del actor que se descarna y se desuella con un pulmón casi roto por el peso del cigarro y de la angustia histórica. Esta es también la caída de cada uno de los actantes de la escena, testigos, víctimas y victimarios de la acción, aquellos que observan y se involucran pero que, a la vez, escapan.

Este es un texto autopsia, un texto que hurga en lo visceral, no para encontrar una respuesta, sino para crear nuevas preguntas, en un círculo sin fin donde la duda muerde la cabeza de la duda, y la disipación de la incógnita es un retruécano con visos de apocalipsis. Quizás, el más importante de los cuestionamientos es aquel que nos pregunta cómo sobrevivir a la guerra del cotidiano a través de un proceso que no sea el de la glorificación de las miserias y victorias del pasado. ¿Qué somos incapaces de ver? ¿Qué no hemos aprendido a leer en nuestra experiencia histórica? ¿Qué error estamos condenados a repetir una y otra vez, gracias a esa paradoja que nos obliga al aprendizaje o a la derrota, al avance o a la soga, al heroísmo o a la condenación?

Foto: Cortesía de Raúl M. Bonachea Miqueli.

Bonachea Miqueli —o su metamorfosis, es decir, la figura casi arquetípica de Ignacio Agramonte— escarba la veta de un recuerdo diseminado en varias voces dramáticas; voces que aquí y allá son intervenidas por las entradas y salidas de los actores y el autor; voces que, a la larga, terminarán tejiéndose en un tapiz particular de referencias donde la Historia se convierte en eje mutable/mutante y también en ese cosmos que antecede —y en ocasiones sucede— al caos. De ahí que las herramientas más sólidas del joven dramaturgo sean el cuestionamiento y la puesta en duda de la Historia, cierto balazo ficcional que recorre el ambiguo secreto que rodea a la muerte de Agramonte.

Si bien el secreto no es del todo revelado —sino más bien insinuado en las páginas de esta obra— lo cierto es que la Historia al final ha sido usada, baleada, arrastrada como el cadáver del troyano Héctor frente a los muros de una ciudad devenida espectador. La Historia se convierte en el cadáver putrefacto que observamos con cierta mor(b)osidad: hay en este acto algo edípico, el gesto del hijo que ama a la madre y que luego paga su páthos de voyeur.

Foto: Cortesía de Raúl M. Bonachea Miqueli.

Y es que la Historia derrama su obsesión sobre las páginas a modo de pregunta, un destilado visceral que acude a nuestra paranoia: ¿qué hubiera sucedido si…? En esos tres puntos, en la bifurcación del camino, en la posibilidad que quedó inconclusa, es que Bonachea Miqueli se detiene, solo por instantes, en su condición demiúrgica. Sigamos la traza de este fragmento de la obra:

Foto: Cortesía de Raúl M. Bonachea Miqueli.

“La liturgia pudiera no funcionar, pero es también una manera de sobrevivir, una subasta. Los actores somos especialistas en transacciones de bajo costo. Por diez pesos cubanos, ustedes se quedan con los hombres y nos devuelven a los héroes”.

 

La declaración de principios del dramaturgo radica precisamente en un hecho: lo real invade el cuerpo histórico. Hablamos de una epidemia que se imbrica y contamina al texto para bien, tanto en el sentido dramático como escénico De este ajiaco de realidad y (auto)ficción, de Historia y performatividad es que nacen las ansias y obsesiones que giran dentro del universo de referencias del autor. “El país también está naciendo”, afirma el Héroe en una de las páginas de La caída. Podremos entonces suponer que Bonachea ha cruzado la línea —siempre breve— que separa a sus vivencias del existir de su personaje; quizás incluso seremos incapaces de reconocer de qué país nos habla: si la región histórica de los libros o la región ficcional de nuestros temores, o acaso, por qué no, ese territorio a veces hostil y a veces hermoso, donde ciertos Agramontes han devenido, hoy día, actores, dramaturgos, directores, creaturas del cotidiano. Así lo afirma el dramaturgo:

Foto: Cortesía de Raúl M. Bonachea Miqueli.

 

“Ninguno tiene que poner el pellejo, ya vendrá otro que caiga, mientras seguimos entrenando. Todos los días no podemos comer carne de héroe, son escasos.”

 

La caída es la historia de todos. No precisamente la que leímos en aquellos manuscritos viejos de nuestros abuelos o en los libros de texto donde todo marchaba tan pobremente teñido. Esta obra es más que el símbolo del nacimiento, la muerte y el renacer de las esperanzas de una generación que parece haber perdido todo aliento de heroicidad, una generación que ha descendido a los avernos de la desilusión y el desencanto, en un tiempo que podría (auto)denominarse “jóvenes de la caída”. Pero, como en todo buen texto, Bonachea Miqueli se niega a la complacencia, al cierre definitivo.

Su realidad es aquella que se construye día a día sobre y tras la escena. En su puesta en combate, en su puesta sobre lo real, Bonachea va más allá del olor del héroe —su diluida aroma— y vierte acero sobre los huesos pelados del Agramonte histórico, enterrado en una fosa común, una tumba apenas señalada por los hacedores de los libros. Desde esos huesos, que son los nuestros —y los tuyos, lector— se alza esta dramaturgia de la resistencia y la heroicidad.

 

11 de agosto de 2019



La poesía, metafísica de la palabra

La creación de Eduardo Herrera Baullosa es una isla que navega de puente a puente. Extiende sus hilos y anuda sus telas. Nuestra amistad dura ya más de una década. Para mí, siempre ha sido un privilegio formar parte del mundo público de su poesía y del mundo privado de sus afectos. Esta entrevista es la invitación para conocer al escritor que, gota a gota, construye la metafísica de la palabra.

En tu poesía, ¿cómo se perciben las transiciones? ¿De qué manera esto afecta, cambia o moviliza la palabra?

Cuando hablas de “transiciones” asumo que te refieres a la evolución del poeta, las condicionantes que lo definen y potencian, y su propia obra. La mayoría de los artistas desarrollan su trabajo anclado a las vivencias. Desde lo general y lo interactivo —inmerso en los otros y en el todo— se llega a lo particular, a una “evolución” o progresión orgánica-dialéctica del trabajo creativo. Mi poesía no está exenta de esa influencia. Surge de los derroteros del día a día, del sujeto/objeto sumergido en la experiencia del transcurrir y el devenir, evitando así poner pie forzado a la evolución del discurso.

Hasta donde he sido capaz de especular y entender del proceso creativo, de su idiosincrasia y su condición impar, encuentro que en algún punto siempre convergen el espacio como definición de lo general y del contexto; y lo espiritual como un involuntario instinto que no alcanzo a describir, pero que identifico con esa organización diatónica de la que hablabas. Es una cualidad plurisignificativa y, ¿por qué no decirlo?, muchas veces ambigua, que crea y moviliza la palabra.

¿Cómo ves, desde la distancia, a la Cuba poética actual?

Como toda aventura creativa, la poesía cubana actual tiene de todo un poco. Tiene de trascendente y de bueno, de regular, y de muy malo o no-poético, como fenómeno complejo que es cualquier creación.  

Si la “distancia” es ese espacio o intervalo de lugar o de tiempo que media entre dos cosas o sucesos, no creo que exista de manera consciente en la poética actual… como en ningún otro ejercicio creativo con independencia de donde se realice. Parecería una contradicción.

Retomamos lo que te decía en la pregunta anterior sobre la importancia de lo contextual como influencia del imaginario creativo del artista; solo que aquí se permite sumar al contexto, la esencia cultural, sus influencias históricas y familiares, la importancia de la lengua madre como derrotero del pensamiento, en definitiva, eso que llamamos rasgos de identidad cultural tan discutidos y teorizados pero que, en ningún caso, niegan lo particular que nos define.

Los poetas de origen cubano, aun cuando no residan en la isla, también forman parte —lo acepten o no— de esa poética de la que hablas. Participan de ella, la enriquecen o la desnutren, pero están presentes. No creo que la identidad cultural que forma parte del fenómeno poético se circunscriba a las fronteras geográficas. El pensamiento cubano no es solo aquel que se genera en la isla. La particular forma que adquiere allí donde esté, lo hace fácilmente identificable.

 ¿Es difícil insertarse en un panorama poético diferente al cubano?

Es difícil insertase en cualquier panorama. Muchas veces el tal “panorama” no existe, o la voluntad particular o colectiva no facilita la inclusión. El entendimiento, el respeto y la comunión entre seres humanos, máxime si son artistas, es muy compleja, multifactorial y no siempre inclusiva.

¿Qué define, según tu criterio, a un buen o mal poeta?

Se es poeta o no se es. Lo digo sin poder explicar el por qué de mi afirmación; es instinto. La poesía se escribe a sí misma siempre desde la más absoluta sinceridad. En ese evento lúcido que es la creación poética no hay una regla que aplique y defina calidades mesurables.  Dulce María Loynaz dice “la poesía no es estudio, sino inspiración; no es técnica, sino estado anímico”. Por ese rumbo irían los tiros, aunque reconozco que no concuerdo completamente con la definición.

Se define la no-poesía como el desenlace sin principio, la complacencia en la mediocridad: la peor de las ironías, el desequilibrio hacia lo “negativo” que lo corrompe todo, la imitación, la superficialidad, el afán de ser poeta porque así me parece, el vacío, pero sobre todo la falta de sinceridad visceral que debe ser reconocida en la obra escrita. El fingimiento poético, y no precisamente del que hablaba Pessoa, no es poesía.

CORTESÍA DEL ENTREVISTADO

¿Se alaba siempre, en los círculos intelectuales, lo que es de calidad, o nos dejamos llevar por las modas literarias de turno?

Los círculos intelectuales son necesarios. Reúnen a los que así se definen y en este caso se puede hablar de calidad en términos contables. El trabajo que realizan es un ejercicio teórico-comparativo, subjetivo, pero también científico… algo imprescindible a la hora de conceptualizar y preservar la menoría creativa, no solo poética. La aceptación o no de sus tesis, la influencia que pueden tener en nuestros trabajos, la sacralización de tal o más cual obra o poeta y su aceptación como ciencia constituida, es ya decisión muy personal.

No dejo de reconocer que en muchas ocasiones se pondera a alguien por razones que nada tienen que ver con la calidad de su obra, y sí mucho con un degenerado concepto de la amistad o los intereses más mezquinos. Cuando esto ocurre, dichos círculos se transforman en excluyentes. De tal manera, concursos, publicaciones y reconocimientos pueden convertirse en espaldarazos que dejan mucho que desear.   

Las modas (o tendencias) visualizan, dan nombre y agrupan a un determinado universo creativo dentro del espacio-tiempo en que se desarrollan. Seguirlas, sentirse identificado con ellas, ofrece seguridad y seduce. En muchos casos puede servir como influencia positiva. Vestirse o no con el estilo del momento no es un problema; lo peligroso es carecer de un cuerpo creativo primigenio y real, y seguir estas modas seducidos por la imitación, por la copia de formas servidas como único vehículo que garantiza el éxito. Es un disparate y se nota. La mejor materia prima está en el mestizaje. Seguir una moda para llamar la atención, para caerle bien al “jefe de diseño de turno”, no es el camino.  

En la poesía de hoy, ¿sientes que existe levedad cuando se escribe? ¿Hay descuido? ¿Hay falta de rigor y de disciplina?

Si te refieres a la poesía cubana actual, y levedad se interpreta como vacuidad o superficialidad en la palabra y la forma, hasta donde he podido leer, creo que sí. Hay un poco de eso. Bastante, podría decirse. Pero también en la poesía anglosajona, en la iberoamericana, en la asiática, en casi todas las formas de expresión artísticas. Nadie está exento de esto. Puede que se exprese como parte de ese fenómeno de transición que siempre ocurre en las primeras décadas de los siglos. Al acrecentarse las contradicciones es inevitable la ruptura con lo heredado. En esa búsqueda por una nueva voz que sustituya lo que ya no satisface, dentro del subconsciente poético-colectivo, la vacuidad puede ladrar, pero al final no muerde.

No se puede descuidar lo que no se conoce, lo que no entendemos. Las  generaciones del cambio se niegan a cargar con lo que a su entender ya no funciona. Este tipo de fenómenos de sustitución y desalojo, de enfrentamiento entre el pasado-reciente y el presente-futuro no es delicado ni democrático, pero sí masivo… y la masividad es directamente proporcional a la vacuidad.

Debido a este mismo fenómeno, rigor, disciplina y otros conceptos, tal y como los conocemos, también van cambiando. Ya no llenan las expectativas como métodos confiables o eficientes. En los últimos 30 años, el ritmo de la vida, así como la búsqueda de nuevos triunfos y sistemas de valores, se ha acelerado. Vivimos en una sociedad heredera del exhibicionismo de los años 60 del pasado siglo. Hoy ya somos eminentemente voyeristas, con lo positivo y negativo que eso implica. Es lógico que los métodos tradicionales no rindan eficientemente o no signifiquen nada. Eso que llamas rigor, disciplina —yo voy a añadir ética— se reinterpreta, se reinventa para satisfacer al nuevo individuo. ¿De qué forma afectará a la literatura? No tengo la más mínima idea. ¿Hacia dónde nos llevan? Ya lo dirán los teóricos del futuro.

¿Es mesurable la calidad de un poeta o escritor? ¿Cuál sería esa medida?

La poesía es la metafísica de la palabra. Nos precede y nos trasciende, no puede cuantificarse. El poeta materializa esa propiedad excepcional del pensamiento con la palabra y no es más que un instrumento. Nadie tiene la capacidad para hacer de esa certeza algo matemático. Aunque en música se utilice la forma, no creo en la mensurabilidad del arte.

¿Cómo medir la calidad de Cervantes frente a Eurípides? ¿Cómo poner a Tolstói sobre Virginia, la genialidad de Verdi en supremacía frente a Wagner, la cualidad suma de la creación del Giotto al compararlo con Kandinsky? ¿Quién es más o menos genio, quién es más o menos músico, poeta, escrito o pintor?

Siempre te había conocido como poeta pero, en los últimos años, te has movilizado hacia nuevas rutas, en este caso las narrativas. ¿De dónde parte ese nuevo impulso y qué lo condicionó?

No es precisamente nuevo, siempre he tratado de llevar la narrativa y la poesía a un mismo ritmo. Como bien sabes, tú que incursionas en más de un género, creo que en todos no hay lindes definidos.

Cuando ese espacio entre realidad y ficción se vuelve una obsesión hay que escribirlo. Es cierto que la forma cambia de un género al otro, pero el ideal existencial es común. Así me expreso tanto en poesía como narrativa. Gracias a la frontera cada vez más imprecisa de los géneros —que ya venían desdibujándose desde principios del XX y que en la actualidad se tornan cada vez más vagas— mi escritura se ha vuelto más plural y armónica, y me siento más libre.

Mi narrativa, al igual que mi poesía, siempre ha tenido como centro al individuo: las contradicciones de su mundo físico-existencial, su natural brutalidad, su propensión al caos pero también a lo sublime. Desde la ambivalencia, desde el observador/observado, trato de ser abierto y dinámico a la hora de escribir lo poco que sé de la vida… y trato también de significarla. Lo poético presta ironía, cierta profundidad de palabra a los gestos y actitudes, a las contradicciones que nos definen.

Tu primer texto fue publicado hace pocos años. Desde entonces, y a cargas con la siempre cuestionable “legitimidad” que un libro otorga, ¿has sentido que algo ha cambiado en tu trabajo? ¿Piensas en el público a la hora de escribir, o sigues guiándote por el instinto del gusto y ritmo propios?

Como bien dices, mi primer libro en solitario tiene poco tiempo. Verme como único protagonista en la portada y contraportada, en la “tripa” y en cada parte de ese rectángulo de papel y cartón fue muy placentero. No tengo reparos en reconocer que me encanta ver mis libros publicados. Pero también me pasa que el libro terminado y publicado no es el que más amo, es como si le perdiera el gusto. Tal vez por eso siento el mismo compromiso que antes, el de mi instinto, el del amor absoluto hacia la obra nueva junto a la maldición de terminarla como un ejercicio de libertad categórica.

En poesía, ¿cuánto se le debe al lector?

Si te soy completamente sincero, le debo dinero a algunas tarjetas de crédito… al lector, nada. Ni en poesía ni en narrativa. Los lectores no son acreedores, ni siquiera son consumidores como le definen la mayor parte de las veces. El lector es un coautor, una parte imprescindible y activa del proceso literario. Con una participación del cincuenta por ciento, es un socio del que no se puede prescindir. Te lo digo como alguien que se siente más lector que escritor.

Como escritor has incursionado en la poesía y la narrativa fantástica en algunas ocasiones. Lo surreal, no obstante, es para ti un epicentro del que parten las historias. Pero, ¿la realidad y lo que existe tras ella son motivos de creación para ti?

Tienes razón: la influencia de lo fantástico en parte de mi obra es indiscutible, en poesía me ha valido hasta un primer premio internacional. Pero más que esa realidad contada desde lo fantástico, es la realidad en sí misma la que más me apasiona deconstruir, apropiar, reinterpretar… en definitiva, convertir en ficción.

Siempre me ha gustado trabajar la visión más subjetiva del mundo, y si lo surreal, el absurdo y lo fantástico enriquecen el imaginario literario que intento crear, pues no tengo ningún reparo en mezclarlos.

Entre  la realidad y el mundo de los simulacros que es la literatura, el discurso debe tomar la apariencia que más convenga a las necesidades de la creación. Al margen de lo que se considere lícito, la convicción del autor deberá prevalecer.

¿Qué es la honestidad poética y la ética para ti? ¿Nos hemos acostumbrado a vulnerarlas hasta el punto que ya no las reconocemos?

Como decía antes, una nueva forma va cristalizando, socializando y en ese proceso de revelación hay cosas que quedan en el camino o se expresan de manera diferente. Algunos conceptos se mantienen, pero su interpretación o expresión no serán iguales.  

Me imagino que también te refieres a ciertas tendencias entre algunos colegas que desacralizan verdades y exponen sus mezquindades, arribismos, oportunismos, facilismos y casi todos esos “ismos” que califican en sentido peyorativo. Existen, son parte de la vida, diría que hasta la enriquecen. Lo importante es la obra, su valía, definida por esos valores esenciales que has mencionados, no el autor.

En mi opinión, la honestidad es el asiento fundamental de lo literario, sustenta la autenticidad y el cuestionamiento, es comunión perfecta con la posteridad. El escritor probablemente sea el único ser humano que hace de su maldición “un estado agudo de felicidad”,  como diría Clarice Lispector.



Soy una gran aprendiz, una recién llegada

Era uno de mis contactos en Facebook desde hacía años. No recuerdo quién de las dos solicitó la amistad. Probablemente, ella tampoco. Nos unían intereses y amigos en común. Eso bastaba. Luego de tanto tiempo —y coincidiendo con unas de mis estancias más largas de estudio en Canadá— entablamos conversación y acordamos encontrarnos en un café bonito de la ciudad de Toronto. La química fue instantánea. Ya sabía que tendríamos temas y telas por donde cortar, pero jamás imaginé que tantas cosas nos unirían. Yannis Lobaina es una hermosa mamá, una cuentacuentos, una cubana, una escritora y también —¡suerte la mía!— una amiga. Esta es parte de su historia.

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La ciencia ficción nutre temas trascendentales de la humanidad

Desde Chile, Leonardo Espinoza Benavides escribe ciencia ficción con una voz que, desde su juventud, viaja cargada de resonancias: lo humano es el territorio por excelencia de sus historias. En el ángulo particular de su narrativa, Leonardo pretende que sus lectores no solo sientan el extrañamiento hacia aquellos universos que recrea sino también una corriente de sentido —subterránea y aun así visible— que hace posible las referencias de lo extraordinario.

¿Qué momento vive actualmente la ciencia ficción chilena? ¿Cuáles son los temas más acuciantes, y los autores y editoriales que es necesario conocer?

La ciencia ficción chilena vive actualmente un momento fantástico y todavía le queda mucho más por seguir desplegando. La historia del género en Chile se ha rescatado en gran parte y se encuentra al acceso de todos. Múltiples editoriales independientes mantienen el firme estandarte de la literatura fantástica. La academia universitaria se ha involucrado y se llevan a cabo los Encuentros Internacionales de Literatura Fantástica y de Ciencia Ficción. La comunidad está cada vez más unida y generando mejores redes, actualmente contamos con la Asociación de Literatura de Ciencia Ficción y Fantástica Chilena. ¡El panorama se ve bien! Es cierto que no se puede negar que ssomos todavía un nicho pequeño en un país pequeño, pero no cabe duda de que los cimientos están más que firmes. Respecto al tema más acuciante: diría más bien que tenemos un gran proyecto, la participación con un comité chileno oficial en la Worldcon 79.

Sobre las editoriales y autores: ¡son bastantes! En cuanto a editoriales afines, cada vez son más las que se consolidan de manera seria. A destacar como referente necesario y notable por su constancia y estabilidad se encuentra la Editorial Puerto de Escape, a cargo de un grande en nuestras tierras: el académico, editor y poeta Marcelo Novoa. Durante catorce años se ha ocupado de potenciar incesantemente la literatura fantástica en Chile. Y en cuanto a los autores: ¡qué difícil escoger! Mi percepción actual es la de un territorio demasiado fértil, demasiado rico en obras. Me gustan los cuentos de Rodrigo Juri, las novelas cortas de Roberto Sanhueza y las novelas largas de Mario Bustos Ponce. Pero me sigo deleitando con muchos más autores. Se perciben las ganas que tienen los escritores de contribuir. La invitación es a leernos y así, de a poco, descubrirnos.

Dentro de ese panorama sin dudas plural que me comentas, ¿de qué manera se manifiesta e inserta tu obra? ¿Cuándo y por qué descubres tu interés en los temas del fantástico?

Portada (Cortesía del entrevistado)

 

Me gusta pensar que mi obra se manifiesta en este escenario como un nuevo punto de vista, íntimo, cercano, muy humano; especulativo y poético a la vez, con elementos fuertemente criollos y nostálgicos, propios de estas tierras tan australes. Escribo sobre gente simple en mundos complejos: personas pequeñas que desbordan sueños y anhelos, que lloran y fallan y sin embargo siguen encontrando algún sentido. Para mí la ciencia ficción es una expresión artística que nutre temas trascendentales de la humanidad. Siempre invoco a uno de mis maestros, el gran cineasta Andrei Tarkovksy, de quien aprendí que la finalidad de lo que hacemos en cuanto creadores es buscar enriquecer el “alma” humana en un mundo necesariamente imperfecto. Y como dijera Philip K. Dick, estimular y estimular hasta el punto de incitar la cocreación. Y disfrutar haciéndolo. Creo que la lectura, en su contacto íntimo, encuentra su significado en cada aprehensión individual, con su eterno subjetivismo en busca del receptor perfecto, ese que aún está buscando y esperando.

Así respondo a tu segunda pregunta sobre mi encuentro con lo fantástico: Crónicas marcianas me atrapó de improviso cuando pequeño.  Yo, Robot me guio en la adolescencia. Y desde entonces sigo este camino como uno sobre el cual no tengo dudas.

Tu oficio transita de la Medicina a la escritura, ¿dónde encuentras puntos de conexión?, ¿la Medicina ha influido de alguna manera en lo que escribes?

La Medicina y la escritura… ¡intensa situación! Desde que tengo recuerdos, ambas me han acompañado como una especie de ying y yang recurrente. No me imagino en otra profesión que no sea la Medicina y, a la vez, no concibo un escenario en el que escribir no sea mi pasión. Y me resulta sorprendente que están siempre ahí presentes, como dos fuerzas opuestas, pero inexorablemente complementarias en mi persona. Realmente encuentro acertada la analogía taoísta. Ambas dimensiones me influyen en las dos direcciones: como médico, la escritura contribuye en la forma en la que interactúo con los pacientes, el cómo los escucho y los observo, con matices peculiares de empatía y de asombro; y como escritor, particularmente de ciencia ficción, la Medicina me otorga estructura, método, plausibilidad en mi argumento, ciencia y vivencias. Si bien por momentos son colosos difíciles de hacer convivir, lo cierto es que disfruto el dinamismo con el que van forjando mis pasos.

En la multiplicidad de espectros y temas del fantástico, ¿cuáles te interesan?

Guardo hermosos recuerdos de los libros “realistas” que me formaron en tiempos pasados: Hijo de ladrón, de Manuel Rojas, Sub-terra, de Baldomero Lillo, Los hermanos Karamazov, de Dostoyevski, El guardián entre el centeno, de Salinger, El gran Gatsby, de Fitzgerald. Los menciono porque han quedado como huellas en mis gustos posteriores y creo que hasta el día de hoy me influencian. Sin embargo, confieso que actualmente, y desde hace ya muchos años, leo exclusivamente ciencia ficción. ¡Y es que es un mundo enorme!, verdaderamente inagotable. Incluso dentro del vasto territorio de lo que abarca la literatura fantástica, es la ciencia ficción en particular la que me invoca. Por eso, al responder sobre los temas que me interesan, la respuesta viene siendo: si es ciencia ficción, tiene toda mi atención. Pero si me viera obligado a escoger mis temáticas favoritas, estas serían: contacto y comunicación con otras formas de vida, las nostalgias de los hombres y mujeres del espacio, las historias rurales y marginales, la especulación fuertemente plausible en términos científicos y las vertientes que se enfocan en aspectos filosóficos. ¡Eso es lo que más disfruto!

Existe buena ciencia ficción latinoamericana. Sin embargo, muchas veces los propios autores ignoran que existen excelentes voces en países vecinos. ¿La literatura anglosajona nos ha hecho ciegos a otras influencias? A tu criterio, ¿cómo podría ser revertido este fenómeno?

Mi impresión es que tiene que ver con la enorme cantidad de material anglosajón que existe, su gran capacidad de difusión y la estabilidad de un mercado gigantesco. Además, la ciencia ficción estadounidense y británica tiene una extensa tradición y cuenta con obras que son incuestionablemente magníficas. En ese sentido, es difícil competir contra el hallazgo fortuito de algún lector curioso con libros como 1984, La guerra de los mundos, Fahrenheit 451, Dune, Fundación, solo por mencionar un minúsculo puñado de clásicos en continua reimpresión. No me extraña, entonces, que sean menos conocidas las obras latinoamericanas. Aun así, me ha tocado observar que aquellos que han quedado atrapados por el género suelen terminar buscando por su propia cuenta autores y publicaciones escritas en su país. En el caso chileno, se suele caer rápidamente en el legado de Hugo Correa, uno de los autores que ha sido considerado un impulsor esencial a nivel regional. Pero, de nuevo, no logramos competir contra la incesante producción de los vecinos del norte que, sin lugar a duda, siguen generando textos maravillosos. No es un fenómeno exclusivo de nuestras tierras: lo mismo debe suceder, me imagino, con la ciencia ficción en otros rincones de difícil acceso. Y, por supuesto, creo que la idea no es que todos nos pongamos a escribir en inglés y dejemos de lado las bellezas y maravillas de ocupar el idioma nativo. Si bien existen estas limitaciones creo que son, a su vez, parte de los elementos que forjan nuestra identidad y que dan forma a nuestra expresión. A mi juicio, no veo un fenómeno que amerite ser revertido, sino que existen más bien los horizontes para llevar a cabo desafíos hermosos; aún hay mucho por sembrar y cosechar. Soy de la idea de continuar promoviendo una cultura de comunidad, de incentivar a nuevos lectores, escritores y traductores, de seguir estrujando los potenciales de nuestra ciencia ficción. Escribir, escribir y escribir. Es la forma en que irán surgiendo más reliquias y escuelas.

En Puerto de Escape publicas tu primer libro, ¿qué tal la experiencia?, ¿has pensado en la posibilidad de verlo editado en otros países?

Mi primera publicación oficial fue en el año 2008, en una colección de cuentos de la Universidad Andrés Bello. Lo recuerdo con una sonrisa en la cara. Fue una sensación tremenda de punto de partida. Tuve la posibilidad de ver y escuchar a Hernán Rivera Letelier, de quien había leído Los trenes se van al purgatorio, y viví ese primer encuentro mágico con un “escritor reconocido”. Fue fabuloso. Albergo con mucho cariño ese día. Más tarde, diez años después, tras un recorrido que me pareció aún más largo de lo que fue, me vi publicando finalmente un libro de mi autoría. Si antes fue fabuloso, esto fue sublime. Quise conscientemente esperar un buen tiempo antes de enfocarme en la publicación concreta de un libro; quería primero conocer y recorrer, curtirme, hacer mis aportes y apoyar a la escena local, descubrir a las personas detrás de todo esto: escritores, editores, lectores. Fui aprendiendo y me fui entrenando con publicaciones de artículos y relatos en distintas plataformas hispanoamericanas, con la fortuna también de un paso por los Estados Unidos, hasta que sentí que era el momento adecuado. Decidí presentar mi proyecto a la editorial Puerto de Escape: llevaba años siguiéndolos y acompañándolos, disfrutando sus proezas, sus altos y bajos, su trabajo imparable y su pasión desbordante. Cuando, mucho tiempo atrás, había buscado dónde se encontraba la ciencia ficción de mi país, fue su editor Marcelo Novoa el primero en recibirme, con ese carisma sincero que irradia siempre. Mi manuscrito fue aceptado y el proceso de publicación fluyó de manera magnífica. La experiencia fue memorable, culminando con una maravillosa presentación en la Sociedad de Escritores de Chile. Lo considero uno de los momentos más alegres de mi vida. Simplemente, plenitud total. Lo que diez años atrás había sido un punto de partida, ahora venía siendo la consagración de un camino que me había dispuesto a recorrer. Hoy en día me dedico a seguir caminando esa ruta y no puedo sino agradecer toda la motivación y apoyo que me entrega la editorial. Realmente disfruto trabajar con ellos y ser parte de ellos. En cuanto a si he pensado en la posibilidad de publicar en otros países: ¡pues sí! Por mi parte, aquí estoy disponible. Veremos qué surge.

¿De qué manera y a qué ritmo vives la literatura?, ¿cómo transcurre tu proceso de trabajo?

Como dijeron Gilbert & George: “To be with Art is all we ask”. Admiro el Arte con devoción, esa expresión y creación humana que viene a darle sentido y trascendencia a todo, que viene a mostrarnos los ríos abstractos e intangibles, pero llenos de agua dulce, vivificantes. Y así disfruto la Literatura, como parte de esta expresión. Creo, sin embargo, que aquello que le atribuyo, en globo, no es una regla general: en este mundo ricamente diverso, hay personas que encuentran sus símbolos y verdades en otras manifestaciones como la Historia, la Ciencia, el trabajo social, el deporte, y un gran etcétera. Todas son válidas y necesarias para una sociedad armónica. Pero confieso que, para mí, mi musa es el Arte. Sin ella me marchito. Y cuando paso mucho tiempo alejado de ella, efectivamente me marchito. Con ese ritmo lo vivo, como una insignia tatuada. Pero me disculpo por tanta palabra rimbombante y me aterrizo de nuevo. Sobre mi proceso de trabajo y creación de la obra, todo parte como una necesidad visceral de contar algo. Entonces vienen las ideas, la imaginación, las interrogantes. Suele ser una idea que me parece novedosa y atractiva, que puedo utilizar para desfigurar la realidad de una forma plausible y ojalá también simbólica; o bien es la emoción de un personaje en torno a esa idea lque quiero desarrollar, en un mundo acorde. Voy siempre anotando pequeños apuntes, lo esencial, para después acordarme. A veces anoto diálogos que surgen en el momento y quiero usar posteriormente. Luego suelo estudiar el tema que voy a trabajar (es ciencia ficción lo que escribo, al fin y al cabo) y cuando siento que todo está armado y tengo las herramientas necesarias, me siento a escribir. Por supuesto, hay excepciones pero esa ha sido usualmente mi modalidad.

¿Hasta qué punto y en qué porciones influyen en tu creación, las esferas de la inspiración y la disciplina?

¡Soy un terrible planificador! Lo he sido toda mi vida. Jamás he podido usar una agenda o un calendario. Mi mayor organización viene siendo dejar notas pegadas en algún lado, en caso de tener algo de suma importancia que realmente no puedo olvidar. Suelo saber qué cosas tengo pendientes, pero no las pongo en una lista mental hasta que siento que realmente me voy a enfocar en ello. Es como un calendario inconsciente, creo. Por suerte me funciona. Siempre lo he visto como un sistema basado en maratones. Tengo mi propio entrenamiento hasta el día de la carrera. Y cuando llega ese momento lo entrego todo. Realmente todo. Soy de los que pueden sentarse a escribir o leer por doce horas seguidas sin moverme de la silla (salvo para el ciclo de renovación de los niveles de cafeína), en una especie de trance imparable. Nunca me ha resultado eso de “avanzar de a poco” o “hacer las cosas con tiempo” o “esquematizar los horarios del día”. Envidio a la gente que puede y que funciona como reloj. Lo he intentado y no hay forma alguna. Necesito mis maratones. Así se conjuga en mi caso la disciplina y la inspiración.

Tu literatura tiene mucho de visualidad, mucho de aliento cinematográfico, ¿has pensado en la posibilidad de adaptarla a otros formatos?

De lo cinematográfico, lo he pensado y me encantaría. Y no sería muy exigente con las adaptaciones. Al contrario, invitaría a la experimentación, a la interpretación o a cualquier ideación creativa que pudiese surgir. El cine para mí es otro mundo. Mis dos grandes pasiones en cuanto a dimensiones artísticas son la literatura de ciencia ficción y el cine de autor. Me gusta Bergman, Buñuel, Truffaut, Godard, Fellini, por nombrar solo algunos inmortalizados, y hoy en día mis predilectos son Asghar Farhadi y Xavier Dolan. Pero suelo vivenciar estas dos expresiones de manera diametralmente distinta. Me estimulan y enriquecen desde ángulos diferentes. A veces, eso sí, se encuentran y resulta maravilloso, como han sido para mí, por ejemplo, los casos de Tarkovsky, Kubrick, Nolan, Villeneuve. Por lo tanto, sí, me encantaría algún día ver una adaptación. Si hay algún cineasta leyendo esto, ¡las puertas están abiertas!

¿Cómo valoras la escritura de tus contemporáneos?

A mis contemporáneos nacionales los valoro como algo imprescindible. Sin ellos no habría comunidad, no habría emoción. Me motiva el verlos crear, me entusiasma leerlos y ver qué cosas nuevas se traen. Me gusta leer ciencia ficción chilena y me gusta celebrar a mis colegas, aplaudirles sus universos y esperar ese magnum opus que sé que en algún lugar y tiempo está preparando cada uno. Lo mismo con el trabajo de los editores, pensar en quién nombrará la historia como nuestro análogo de Gernsback, Campbell, Moorcock o Van Gelder. Disfruto sentirme inserto en esta escena, en conjunto.

Si tuvieras que decir qué de nuevo trae tu literatura, en pocas palabras, ¿qué sería?

Una nueva perspectiva para hacer el recorrido.

Me gustaría conocer de un libro que te haya influido y un autor (vivo o muerto) con el que te tomarías un té o un café sin pensártelo dos veces.

Ray Bradbury, sin lugar a duda. Quizá no sea la respuesta más original, pero es la única respuesta que me surge con completa y espontánea sinceridad. Encuentro en él una sabiduría, bondad y pasión sin comparación. La forma en que se formó y la forma en que entregó su vida a las letras fantásticas simplemente me llenan de inspiración y motivación. Tengo, de hecho, un retrato suyo enmarcado en mi librero: una foto en la que sale muy bonachón, con su sonrisa amplia. El hombre ilustrado es por lejos el libro que más huellas ha dejado en mí (¡lloré con tantos de sus relatos!, “El hombre del cohete” y “El cohete” son historias que siempre vuelven a mí). Una vez incluso me disfracé de este tal hombre ilustrado: dibujos en la cara y en los brazos, una serie de cohetes y animales. Por supuesto, nadie tuvo la menor idea acerca de qué estaba disfrazado (y no los culpo, no era muy evidente que digamos; era una fiesta de Halloween en Santiago); sin embargo, me sentía sumamente cómodo, algo así como “leal” en este acto tan sencillo. Tal vez eso mismo refleja mi vivencia con la ciencia ficción. Probablemente, mientras nos tomamos un café, sería esta una de las anécdotas que le contaría a Mr. Bradbury.

 

 



«Todo un universo” en la literatura

En la premiación de la más reciente convocatoria de La Edad de Oro coincidí con Yilian Morfa Quevedo. Esbozamos apenas una conversación donde los saludos se mezclaron con ciertas noticias literarias y un rápido, agitadísimo, diálogo sobre nuestras respectivas obras. No tuvimos más tiempo. Luego quedó el vínculo y así nació esta entrevista que busca seguir ciertas pistas de una joven creadora que escribe para los niños (quizás, también, para el recuerdo de la niña que un día fue).

Toda historia tiene un motor que la pone en marcha, ¿cuál fue tu circunstancia de arranque?

Descubrí desde muy joven que me gustaba crear e inventar historias, así que a veces escribía. Esto me hacía sentir muy bien. Durante mi adolescencia estuve mucho tiempo hospitalizada y supongo que el compartir con tantos niños necesitados, no solo de atención médica, sino de motivación y sonrisas, pues me hizo querer regalarles esperanza, alegrías y color a sus vidas. Escribía y pintaba para ellos, para mí.

¿Por qué la decisión de ser escritora?

Escribir me hace bien, me proporciona esa felicidad que tal vez sea capaz de brindarle a otros.

En los tiempos actuales se discute sobre la visibilidad del autor; pero esta, muchas veces, depende casi exclusivamente de la propia gestión del creador. A tu criterio, ¿hasta qué punto esta autogestión es válida y dónde se convierte en el mal o bien llamado “autobombo”?

No estoy tan adentro del movimiento literario como quisiera, así que ofrezco disculpas si mi opinión no es quizás la más acertada o apropiada.

No tengo seguridad de que el “autobombo” sea malo o bueno, pero sí sé que gracias a esa autogestión, el autor avanza y logra su propósito: publicar. Para quien ya tiene un nombre reconocido esto es mucho más fácil; el que no, se tiene que enfrentar a diversos obstáculos, como los problemas económicos de la editorial o sucede que, simplemente, su obra pasa desapercibida.

Cortesía de la entrevistada

¿Cuáles son los temas que rondan tu imaginario creativo?

Adoro escribir para los niños, porque su mundo e imaginación no tienen fronteras. Me parece sencillamente maravilloso crear para ellos e incentivarlos. Claro que podría y me interesaría abordar otras temáticas, quizás sociales, con las cuales podría llevar al lector a la reflexión respecto a su comportamiento tan nocivo ante sus semejantes y su entorno.

¿Ves la literatura como un arte efímero, condenado a desaparecer luego de un tiempo, o confías en su perdurabilidad?

La literatura nunca podrá ser efímera. Cierto es que en estos tiempos ha sido un poco desplazada por otros medios, pero confío en su perdurabilidad, y confío en que nosotros seamos capaces de lograrlo.

Para ti, ¿qué hace a una obra o a un escritor perdurables?

La obra siempre depende del autor, si uno es perdurable, el otro también lo será.

¿Tiene la literatura alguna utilidad en el convulso mundo contemporáneo?

Por supuesto. Mientras existan imaginación, sueños y emociones que transmitir, habrá quienes escriban, y también quienes lean.

Has trabajado como guionista de radio, ¿qué te ha enseñado ese medio que hayas podido aplicar a la escritura?

La verdad es que la manera de escribir en uno y otro medio son bien diferentes, pero podría decir que la radio me ha enseñado a decir más con menos, lo cual es válido para todas las formas de creación literaria.

Tu libro Gaby y sus distinguidas amigas obtuvo mención en la más reciente edición del Premio La Edad de Oro de narrativa. ¿Puedes contarme un poco del libro y qué planes tienes para él?

Gaby es una niña de unos 12 años, que conoce a personajes tan distinguidos como la Luna y a una Bruja, y junto a ellas vivirá una serie de aventuras, logrando (creo yo) que cada cuento tenga un significado relevante y una enseñanza. No quise, sin embargo, abordar los tan necesarios pero reiterados temas propios de la preadolescencia, ya que preferí recuperar esa infancia tan maravillosa y fantasiosa que aún puede tener una niña de esa edad. ¿Planes? Pues me encantaría que los niños, los más pequeños y aquellos que no lo son tanto, puedan disfrutar del libro.

Un escritor cubano y uno extranjero que hayan marcado tu obra.

Nelson Simón y Edmundo de Amicis.

Un libro indispensable…

El Principito.

Si tuvieras que pensar en la posteridad, en ese vivir más allá de las líneas literarias, ¿cómo querrías ser recordada?

Como alguien que enseñó e hizo reír a los niños.

 En pocas palabras, ¿qué es la literatura?

Todo un Universo.



“No construyo universos cotidianos, sino nuevas realidades”

Taimi Dieguez Mallo despertó mi interés en aquellos años —no tan lejanos, pero sí— en que ambas compartíamos las aulas del Instituto Superior de Arte. Desde entonces, Taimi ha crecido como autora y se ha esforzado por mostrar una poética donde la mujer y la madre aparecen como epicentros, raíces de sentido que han enrutado su escritura. Entrevistarla, es pretexto para conversar con la amiga y la creadora.

 

La madre, la matria y las figuras femeninas son parte indiscutible de tu escritura. ¿Cómo has ido construyendo a la dramaturga que eres?, ¿cómo estos temas han llegado a ti?

Mi historia de vida me ha propiciado hablar sobre la figura femenina y, en especial, sobre la madre. Yo perdí a la mía siendo niña, por lo que a través de la escritura y la creación he reinventado esta relación, ya bien para saldar esta ausencia o para profundizar en el fenómeno de la maternidad, y del sistema de relaciones que se establece entre las madres y sus hijos; si bien nuestra sociedad, por más patriarcal y machista que sea, sigue teniendo a la madre como fuente de vida y alimento. Es en realidad esto lo que me interesa: las potencialidades creadoras de una mujer. Al menos, es de esto de lo que ahora me ocupo. Quizás a la vuelta de unos años me preocupen otras cuestiones. Pero creo que es muy difícil abandonar algo tan complejo como es la creación. ¿Qué creamos? ¿Cómo lo hacemos? ¿Para qué lo hacemos? Son preguntas filosóficas, si tomamos la creación como existencia. En resumen, creo que soy una autora que se ocupa sobre la posibilidad de nacer, de ser… con esto quiero decir: elegir nuestro propio destino.

 

¿Cuándo y cómo supiste que querías ser dramaturga?

Decido estudiar dramaturgia porque quería cursar estudios en una escuela donde me enseñaran a escribir bien, donde me cultivara como artista. Pensaba apropiarme de las herramientas dramáticas para perfeccionar mi narrativa y mi poesía, que fueron los primeros géneros en los que incursioné. Pero antes de escribir y encontrarme con el mundo de la literatura, hice teatro como aficionada y fui por algún tiempo instructora de arte. Por esto, el teatro me era familiar.

 

Los hechos de la vida, oscuros o esplendentes, ¿sirven como material dramático?, ¿de qué manera resemantizas la existencia para escribir tus propias obras?

Cuando escribo una obra —dramática, narrativa o simplemente un poema— lo hago porque hay algo que quiero decir, algo que he descubierto o intento descubrir; por eso mismo lo escribo, para verlo. Ese “algo” puede ser cualquier cosa que tenga que ver conmigo, con mi vida y mi relación con el mundo. No escribo desde otro lugar que no sea desde mí, como creo que les sucede a todos los artistas. Lo interesante, en cada caso, es la estrategia que seguimos para crear. En mi caso, me interesa la fusión de las realidades, la hibridación, lo ambiguo, lo poético. Y esto porque me importa la propia creación como tema de creación, así como hay dramaturgos interesados en mostrar con su obra los propios procedimientos del teatro y se sirven de una estrategia metateatral, o quienes prefieren los términos de la autoficción o teatro documental. Yo acudo más a la poesía.

 

Muchos de tus personajes viven en mundos de cruda belleza. Incluso dentro de sus oscuridades se ve lo hermoso. ¿Por qué? ¿Qué universos te interesa construir, nuclear, mostrar?

La vida nunca ha sido para los humanos en blanco y negro. La vida está llena de colores, tonalidades, matices, texturas, volúmenes; en fin, la forma de la vida puede ser sorprendente. Generar sorpresa, asombro, misterio, es algo que me cautiva en la creación. Por ello no construyo universos cotidianos, o al menos, intento distanciarme de la cotidianidad, aunque una historia pueda desarrollarse en un edificio multifamiliar, en nuestros días y el conflicto de los personajes ser el más mundano. Yo logro conducir esta realidad por los caminos de la poesía, que me permite generar lo insólito, decir sin ilustrar, sino produciendo nuevas realidades. Por ejemplo, en una obra como Manzanas sobre la nieve. Drama semiepistolar, no puede el lector esperar que estas manzanas sean rojas o verdes, tendrá que prepararse para verlas de otro color.

 

A qué tributas primero, ¿a la escritura o a la escena?

Primero tributo a la escritura, porque como dice el maestro Juan Mayorga: dirigir es escribir sobre la escena. Pero también porque me siento más lista para asumir la página en blanco que la escena vacía. Quizás es una cuestión de formación, de entrenamiento. Sin embargo, los dos mundos son electrizantes, cuando uno se abre camino por ellos.

 

En 2018 obtienes Premio Literario “Hermanos Loynaz” por el libro de cuentos Piedras a los varones. Al parecer tu escritura se enrumba también hacia la narrativa, ¿llegarás a la poesía y a otros géneros?

Piedras a los varones es una deuda que tenía con la narrativa que, junto a la poesía, fueron mis géneros de entrada a la literatura. Es un libro de cuentos que estuve escribiendo por años, incluso antes de entrar al ISA. No son esos primeros cuentos de la vida, ya había ensayado antes, cuando cursé el Centro Onelio. Estos cuentos los escribí sintiéndome ya más confiada como narradora y están contaminados por el teatro, por las voces de los personajes, por sus monólogos o diálogos internos, por las acotaciones, por la multiplicidad o simultaneidad de espacios. También hay un coqueteo con la epístola y, sobre todo, una fuerte presencia de la poesía, del lenguaje poético. Yo quería escribir cuentos en los cuales se cruzasen otros géneros literarios. Los temas fundamentales son la muerte, la violencia, la soledad, el sexo, tratados desde el deseo de los personajes por vivir, personajes, por lo general, femeninos y jóvenes. Y sí, pienso seguir escribiendo narrativa, me gustaría mucho hacer una novela. Nunca he dejado de escribir poesía pero no la he publicado, no he tenido esa suerte.

 

La idea de llevar tus propios textos a escena, ¿cómo nace y qué experiencias te ha reportado hasta ahora?

Llevo mis textos a la escena, en primera instancia, para que se conozcan. Lo contradictorio es que no los llevo tal cual, porque cuando creo en la escena, me gusta vivir un proceso de descubrimiento, como en el papel. Por tanto, no puedo reproducir mi obra tal cual. Mi paso por la escena, que todavía es muy breve, me ha valido para comprender que en cualquier acto de creación, el artista tiene, como más importante deber, el de decidir. El artista tiene que decidir qué hace, cómo lo hace y para qué, y debe ser coherente con sus decisiones. Ahora bien, nunca debe renunciar a la posibilidad de experimentar.

 

¿Crees que la escena cubana actual es compatible con todo tipo de escrituras o existen algunas que quedan marginadas?

Si hay alguna escritura marginada es porque el autor no ha sabido moverla hacia las tablas. El autor no puede encerrarse en la soledad de su escritorio, a no ser que no le interese llegar a la escena o a una simple lectura dramatizada. Yo, generalmente, hago teatro con mis amigos, aunque he tenido la suerte de querer ser estrenada por Teatro El misterio, que dirige Delia Coto.

 

¿Qué narradoras, poetas y dramaturgas te interesan?

Me gusta mucho Virginia Woolf, su novela Las olas y Orlando las envidio, en el buen sentido de la palabra. También me gustan mucho las poetas Emily Dickinson, Elizabeth Bishop y Dulce María Loynaz.

 

¿En qué momento creativo de tu vida te encuentras y cuáles son tus horizontes más próximos de escritura?

Ahora mismo estoy próxima al estreno de Con la ropa de mi madre. Obra para ser dicha por el perro hembra, que hago en colaboración con Nadianys Boudet. Esta obra también verá la luz por Ediciones Matanzas este año. Y estoy reescribiendo un texto dramático sobre el inicio de las guerras de independencia, que también será mi próximo proyecto para la escena, en colaboración con un artista visual.



“El café amargo no es para todos”

Conocí la obra de Sussette Cordero gracias a un amigo en común –uno muy querido por ambas– y desde entonces, gracias a la lejanía y proximidad que las redes sociales propician, he ido rastreando un poco su trabajo. Sussete es escritora y cubana; su honestidad cruza la cuarta pared –esa cuarta pared confortable que las páginas de un libro traen consigo– para llegar a los lectores o, simplemente, a aquellos que quieran leer una de sus entrevistas, o un fragmento de estas, con la esperanza de llegar a quien se encuentra detrás de las palabras. Esta entrevista es el pretexto para dar ese primer paso.

 

Tu primer camino artístico no fue la literatura, sino la música. ¿Existen puntos de conexión entre la creación literaria y la musical que te hayan servido, más que como experiencia, como parte de algún proceso de trabajo?

La música fue mi primer acercamiento al arte. Ya leía desde mucho antes. Pensar en escribir, en hacer de la literatura mi mayor pasión, no, eso no. Pero el acercamiento a la música me abrió las puertas al mundo del arte, de tal manera que en los primeros pasos de este andar escribía bajo los efectos de alguna pieza, casi siempre necesitaba un background para que las palabras vinieran, de algún modo, de manera más ordenada, más seguida, más lógica. Pero esos fueron los inicios, cuando uno cree que necesita cierto ritual, o ciertas circunstancias para realizar el –en ese momento considerado sagrado– acto de escribir. Ya no: ahora la música es algo paralelo, me encanta; pero en el proceso no es necesaria. Creo que son manías, es circunstancial también: sucede a veces, a veces no… todo depende del momento o de lo que se escuche.

 

Fuiste editora de la Revista de Arte y Literatura Esquife. ¿Qué aportó la labor editorial a tu visión como creadora?

Trabajar en Esquife fue una de las mejores cosas que me pasó en la vida. Estaré siempre agradecida con Jorge Enrique Rodríguez y con Yanni Monzón por haber pensado en mí para ocupar un pequeño espacio en la realización de esta revista. Trabajar con gente que sabe lo que hace, o por lo que pelea, es algo que no tiene comparación. Uno se siente más seguro, más dado a lo que hace, se entrega de manera más completa. La labor editorial es riesgosa, imperecedera. Esquife me dio las armas para aprender de las verdades y las miserias de autores y decidores, y me dio la libertad para desangrar ciertos puntos de vista, desde los cuales hoy miro, con una luz diferente, al resto de los mortales.

 

¿Crees que, en el panorama literario actual, el cual de alguna manera compartes desde la distancia, es necesaria la concreción de proyectos colectivos? ¿Vive el autor demasiado encerrado en su burbuja de individualidades?

Creo que más que una estrategia de autores o de individualismo, es un problema de humildad, de envidias y desidias, con las cuales los seres humanos hemos tenido que lidiar desde la creación. ¿Es necesaria la integración? Sí. ¿Es necesaria la humildad? Sí. ¿Es necesario que los autores cubanos nos demos cuenta de una buena vez que no somos el ombligo del mundo? Sí, es necesario que sepamos que si no existe cooperación, armonía, entendimiento, los proyectos futuros continuarán siendo malos, desastrosos, hechos a punta de traspiés, de “quítate tú pa’ ponerme yo”, de faltas de calidad, sin lógica ni belleza alguna. Y también es necesaria la preparación. No se puede elaborar un proyecto sin una investigación mediante, sin un objetivo lógico.

 

«Â¿Hasta cuándo Lezama seguirá salvándonos?»

 

He leído propuestas de proyectos que sinceramente no tienen la calidad suficiente para ser publicados y, aun así, por encima de eso, salen a la luz y hasta son publicitados de la peor manera. Y el mundo lo sabe, que es lo peor. Ya en este siglo, nadie se puede esconder, nada se puede esconder. Y te tropiezas con alguien y te dice: “¿tú eres cubana?, ¿escritora?, oh, leí la antología de fulanita de tal, ay, pero en esa antología se salva un cuento”. Y una que es de Cabañas y Centro Habana, de chancleta y croqueta, aunque sabe que tiene toda la razón, se hace la enfadada, se levanta de la mesa y le dice en su cara: “cuando en la historia de la literatura de tu país tengas a un Lezama, avísame”. Pero, ¿hasta cuándo Lezama seguirá salvándonos?

 

Muchas veces se ha hablado –y debatido– sobre el tema de la “generación”. ¿Te sientes, por cercanía o distancia, parte de una promoción o un grupo?

No me siento parte de ninguna generación con nombre o sin nombre. Tengo un largo camino recorrido porque mi interés por la literatura es como aquel cuento cheo de “desde que te vi, me enamoré de ti”. Ese mi caso. Yo fui una niña que supo que amaría la literatura en cuanto tocó un libro, en cuanto descubrió un closet lleno de libros viejos y húmedos. Yo he leído y escrito lo que he querido.

Muchas veces no coincido con algunos autores cercanos a la que pudiera ser mi generación, como también a veces me alejo descomunalmente de lo que opinan o piensan las llamadas vacas sagradas. Yo soy un ser de multitudes, a mí cualquier cosa que me convenza, que vale la pena, me viene bien; eso sí, soy irreductible, difícil de convencer, si quieres que cambie de opinión, hay que hacer valer el argumento y eso es demasiado complicado para los llamados grupos generacionales. No quepo en cualquier saco, obviamente, el café amargo no es para todos.

 

¿Cómo transcurre tu proceso creativo?

Mi proceso creativo… usaste la palabra proceso y eso es casi la respuesta. Parece trillado, pero el proceso es el verdadero placer de la escritura para mí. Padecer cuando comienzo a dar vida a algún personaje y veo que es un ser despreciable, alegrarme cuando consigo algo que considero bastante terminado, completo, digno de ser leído. No tengo mañas, sí creo que el contacto con el agua me refresca, por decirlo de alguna manera.

Mis mejores ideas vienen fregando, no te imaginas lo insoportable que se hace correr a quitarse los guantes (sí, porque friego con guantes y que digan lo que quieran) para hacer alguna anotación, escribir una palabra, una oración que vino de pronto, y aun así se disfruta. No necesito desnudarme, encerrarme, rayar paredes, ni ponerme tan poética. Lo mío es normal, natural, pero un poquito “acelera’o”.

 

Yo maté a Marilyn Monroe: con un título tan curioso has publicado uno de tus libros, amparado por un sello editorial español. ¿Podrías comentarme un poco del texto? ¿Cuándo lo creaste?

Este libro nació cuando comenzaba mi maternidad. Es un libro muy femenino. Creo que en la búsqueda de mi ser como mujer, esa que creemos perdida y que tanto traté de cuidar durante mi embarazo, nació ese libro que en parte también es un grito a la fuerza de una mujer que brama, y aúlla como fiera, una mujer que no quiere renunciar a su sentir, a su sexualidad, a lo que siente físicamente, a lo que es y no dejará de ser nunca.

Es un libro que me ha traído grandes alegrías, y también grandes desatinos. He tenido que lidiar con las conservadoras, que no son pocas, y también, por qué no decirlo, he tenido que despertarme de madrugada para que una amiga que vive en Europa, con todo el despiste del mundo, me llame a las 3:00 AM y me diga, gritando, literalmente, “¡ya terminé de leerlo! ¡Me encantó!” (Grito sin fin).

 

¿Crees que los temas, las obsesiones de un creador, tienen un tiempo de vida limitado o están “condenadas” a reciclarse, una y otra vez, en su escritura?

Cada creador responde a su tiempo. Eso no es algo que deba fundamentar demasiado porque está en la historia. Lo que no quiere decir que ciertos alientos no confluyan en tiempos lejanos. Hace poco vi en las redes sociales una fotografía de Fan Ho, el célebre fotógrafo y director chino, y me recordó muchísimo a El perro, de Goya. Lo comenté con un amigo y, ciertamente, encontramos el mismo aliento.

 

En tu experiencia, ¿cuáles son las principales limitantes, espirituales y materiales, del joven escritor en los tiempos que vivimos?

Hablar de las limitables materiales sería un desvarío, me alegra que preguntaras por las espirituales.

La escritura es un territorio hostil. La gloria no sirve de nada cuando no has puesto en marcha todo tu esfuerzo. Hay jóvenes escritores que son magníficos. Gente que tiene un talento extraordinario y que prefiere mantenerse al margen, cosa que me parece muy bien. Pero esa es una opinión demasiado personal, un criterio que he defendido siempre. Tu obra no necesita un mural, tu obra necesita fuerza, carácter, y ella sola será capaz de brillar.

 

«Siempre buscando un aliento del que, salvando ciertas brisas, no me llega el aire»

 

En la Cuba de hoy tenemos el gran sentimiento nacional, ese que no puede dejar de ser mencionado y del que Virgilio nos advirtió tantas y tantas veces. Eso es aterrador. Conocer la historia de gente que tiene una obra inédita abrumadora, y ver la mayoría de las cosas que se publican en Cuba hoy, es deprimente. No quiero entrar en la discordia de viejos, jóvenes, letrados, chancleteros, creyentes o no creyentes, pero no creo que la literatura cubana de hoy vaya por un camino sólido.

Cuando voy a la isla recorro las librerías, bueno, los libreros, algunos rincones donde encuentro maravillas. Y también compro, gracias a mis amigos, las obras premiadas en el tiempo que estoy fuera, lo que publica la gente más joven, siempre buscando un aliento del que, salvando ciertas brisas, no me llega el aire.

 

Entonces, ¿piensas que la escritura que se hace hoy día no está destinada a perdurar?

Es una pregunta difícil, que puede traer amargos tragos. Pero intentaré no ser condenada (Muerta de risa). La literatura no es una moda. No es Gucci, ni Supreme. La literatura, como yo la veo, es algo más hondo, es serio. Hay mucha gente queriendo hacer cosas serias, jóvenes que quieren de verdad crear proyectos libres de pensamiento, de palabra, gente que se forma y se sostiene sobre lecturas que de verdad aportan. Pero son minorías.

En la Cuba de hoy, en la literatura cubana de hoy, algunos autores no se preocupan por fundamentar su actitud ante/con/para la literatura. No puedes creer que por llevar un par de Converse, gafas y un cigarro en mano, eres escritor. No es así, no para mí.

 

«No perdura un tierno silbido, sí el grito. De eso se trata, de rugir, rugir muy duro»

 

No eres escritor por haber leído un par de libros y tener dos versos que valen la pena. Si no sabes perseverar, chapotear en el fango una y otra vez hasta pulir el diamante que crees ser, nunca serás un buen escritor. Yo sé de alguien que es tan buen escritor, que cuando se sienta a escribir se dice ser el mejor escritor de este mundo y, al terminar la última oración, se va a la cama creyendo ser el peor. No perdura un tierno silbido, sí el grito. De eso se trata, de rugir, rugir muy duro.

 

¿Qué artistas han marcado tu vida y por qué?

Salinger. Definitivamente Salinger. Pero aunque me dedico a la literatura, mis mayores referentes no son escritores. Es un poco raro, pero es así. Mis mayores referentes vienen de las artes plásticas. El Bosco, Manet, Vermeer, Chagall… ¡amo a Chagall! Pasando por la decadencia del arte contemporáneo y dejando atrás la vergüenza de algunos autores como Wilfredo Prieto, amo la obra de artistas jóvenes como Cirenaica Moreira o Ernesto Rancaño.

Y es bueno aclarar, porque mucha gente me pregunta esto: sabes que mi hija se llama Frida, y por eso muchos asumen que soy una gran devota, fan, loca por ella. Y en gran parte mi admiración hacia Frida Kalho no es exactamente por su obra, mas sí por su valor ante la vida. Eso sí que fue estremecedor.

Pero si tengo que hablar de mujeres que en el arte fueron y serán siempre un referente para mí, podría mencionar a Remedios Varo, a Leonora Carrington o Nina Kandinsky, a la que la historia opacó por años y años. Quizás debería mencionar a algunos escritores, pero si soy sincera, no son mis mayores referentes.

 

Cuba y Panamá son tus dos tierras, ¿qué llevas de ambas a tu creación?

Panamá es un país hermoso. De una naturaleza envidiable. Al principio me molestaba un poco que la cultura y los temas afines con la literatura fueran tan vanos. Pero uno aprende que el medio social no es lo que importa. Quizás vivir acá me hizo darme cuenta de que no necesito charlas ni eventos literarios para sobrevivir. Al contrario, estar lejos me ayuda a formar mi propia versión de la Sussette que siempre quise ser. Apartada del ruido, de los eventos sociales, del qué dirán.

He aprendido que se logra mucho más si aprendes a estar solo con tus pretensiones. Hice de mi casa mi propia galería, de mi librero mi rincón para estar en paz con mis fantasmas. Hace poco me invitaron a un festival internacional de poesía y me siento halagada. No digo que el intercambio con otros autores no me agrade, pero siento que no es primordial. Ya no.

En el caso de Cuba, pues es mi país, allá están la mayoría de las personas que admiro, la gente que quiero, los amigos, la familia. Regreso y el tiempo no alcanza, ni las interminables charlas sobre la literatura y los chismes del momento. Es una enfermedad que no se cura, esos dos van de la mano: chisme/literatura. Siempre me río mucho, reírme me ha salvado de no infartar a veces.

Creo que esa dualidad de sentimientos está un poco mezclada en mi poesía. La sensación de haber encontrado la paz interior y el regreso a las raíces.