Elaine Vilar Madruga


«Salvar solo la escritura»

Desde Holguín escribe Erian Peña Pupo, joven autor cuya poesía conmueve y ruge. Su oficio sintetiza, de alguna manera, tradición y modernidad. Erian es una voz novísima que no se conforma con escribir, sino que busca el ángulo crítico de la realidad para estremecer aquello que merece ser estremecido. Esta entrevista cruzó las redes como un (pre)texto para encontrar al poeta.

––¿Crees que el sistema de estrategias promocionales del libro en nuestro país es fallido u obedece a normas antiquísimas? ¿Qué se haría necesario para actualizarnos?

No recuerdo cuándo fue la última vez que compré un libro guiándome por una estrategia promocional. Sucede que a muchas de las editoriales no les importa el libro más allá del proceso de recepción, edición, corrección, diseño… cuando el texto sale del poligráfico o de los talleres de la Riso es como si el hijo hubiese cogido vida propia: levántate y anda, camina por ti mismo, conquista a un público, búscate lectores.

No digo que sean todas, pero la mayoría de las veces la “desidia nacional” y sus bifurcaciones provocan que esto ocurra. Por ejemplo, qué hace un libro de un autor holguinero ganando polvo y moho en una librería o un almacén en Pinar del Río o Matanzas cuando su público potencial, ese que busca y persigue sus libros está en su provincia. Como mismo digo holguinero, puedo decir un autor de cualquier lugar del país… Eso sucede muy a menudo. Cuando más, los planes de distribución nacional contemplan unos pocos ejemplares para la ciudad de donde es el escritor. Entonces el día de la presentación, los libros no alcanzan para los interesados, esos que buscan la obra de un autor en específico, mientras que en otras ciudades esos mismos libros duermen el sueño de los justos, aunque sea bastante “injusto” para el texto, para los lectores y, claro, para el autor.

Por eso necesitamos a los buenos promotores. Mucho de lo que leí cuando adolescente, sobre todo poesía, estuvo influido por un promotor como pocos, Joaquín Osorio, quien tenía una peña —un miércoles al mes— en el Café Tres Lucías de Holguín; una peña y un café (aunque este siga abierto) que ya hoy no existen, al menos como antes. Ahí y en otros sitios, Joaquín incentivaba la lectura como pocos y nos prestaba libros, de cinco en cinco, o de diez en diez, y cuando se los devolvíamos, nos prestaba otros. Pero habría que clonar a Joaquín por todo Holguín y toda Cuba, y sería difícil hacerlo.

Publiqué, hace unos años, un poemario en Santiago de Cuba y después del día de la presentación en la librería principal de la ciudad, no sé si lo volvieron a presentar o si se vendió… A Holguín, por ejemplo, creo que no llegaron ejemplares.

¿Cómo actualizarnos? Pondría dos ejemplos cercanos a mí: Claustrofobia, en Santiago de Cuba, y Ediciones La Luz, aquí en Holguín. Ambos están liderando la promoción del libro en nuestro país, y además lo hacen de manera genuina, refrescante, visualmente atractiva… Yunier Riquenes y Naskiset Domínguez hacen un trabajo magnífico, pues los libros les importan, les preocupan los autores.

Promocionar es una manera no solo de vender, que sería el elemento excusa, sino de formar lectores potenciales. Y lo hacen utilizando las redes sociales, las posibilidades de la tecnología en una época que nos obliga a ello. Por su parte, La Luz se preocupa, en un primer momento, por el libro y el autor: un libro hermoso, con un trabajo de diseño y una portada atractiva, es de por sí una obra de arte que atrae, convida, entra sin pedir permiso… Después diseñan pendones, marcadores, postales, calendarios. Cada año realizan una campaña de promoción de la lectura, con el título genérico Leer seduce, pero que en cada edición suma un atractivo más.

Todo esto acompañado por un sistema de peñas, de presentaciones, programas de radio, entrevistas, promociones en la página web y el Facebook de la editorial, para que el autor se sepa realmente autor, cosa que no todas las editoriales logran. Así logran invitar al lector a acercarse y llevarse un libro a casa, a hacerlo tu compañero por unos días o, quién sabe, por unos años o el resto de tu vida. Pero en La Luz está Luis Yuseff, uno de los mejores poetas de su generación, un amante de la lectura y de todo lo bello. Con seres así, como Yuseff, Riquenes y otros más, el libro y su promoción alcanzan otros sitios. El tema es una madeja que se complejiza mientras la vamos desenvolviendo poco a poco.

––En sentido general, ¿son los escritores cubanos lectores actualizados o, simplemente, buenos lectores? ¿Opinas que los miembros de nuestra “generación” —criterio tan debatido y negado— somos capaces de leernos críticamente?

No creo que los lectores cubanos seamos actualizados. Ni siquiera los escritores y los críticos poseemos un arsenal de lecturas que nos hagan dominar el terreno aunque sea un poco. Qué se nos puede pedir si incluso leemos mal nuestra propia tradición. Tenemos mares y lagunas por delante. Buenos lectores sí, pero eso es otra cosa muy diferente. En esto influye el propio sistema editorial cubano, los derechos de autor, las tantas complejidades que hacen que muchas de las mejores obras y autores no lleguen a nuestras manos, primero en el momento adecuado o al menos después, pero que lleguen.

Comúnmente nuestras librerías están desprovistas de autores importantes de otras latitudes. Por eso, si no lees en digital —a mí no me gusta mucho— uno termina consumiendo lo que se puede conseguir, aunque no siempre sea lo que se anhela. Al final, acabamos leyendo a quienes tenemos en las manos; así se conforma nuestro sedimento. Las editoriales cubanas hacen gestiones de derechos de autor que se agradecen mucho y publican a varios autores importantes, pero esto termina siendo insuficiente por la variedad y cantidad de autores que le pueden interesar a un joven escritor. Ediciones La Luz ha publicado a Alice Walker, John Robinson Jeffers, Galeano, Emily Dickinson…

Por ejemplo, ni siquiera autores importantes de América Latina —y eso que Casa de las Américas ha dado luz a varios de ellos— se publican en Cuba ni se venden en nuestras librerías… Cuántos de nuestros jóvenes escritores, muchos con varios poemarios, libros de cuentos y hasta novelas, han “leído y releído” —esta es una frase de mi amigo Eugenio Marrón, el mejor lector que conozco— la obra de José Emilio Pacheco, Roberto Juarroz, Blanca Varela, Fernando del Paso, Vargas Llosa, Rubem Fonseca, Roberto Bolaño, Carlos Fuentes, Arturo Pérez-Reverte, Dany Laferrière, Luis Sepúlveda, Severo Sarduy… y tantos otros y tantos, si en primer lugar es difícil encontrar un libro de cualquiera de ellos en nuestro país. Como lectores me atrevería a decir que estamos desactualizados varias décadas.

Y qué decir del polémico Premio Nobel, aunque para muchos no sea un buen medidor. ¿Cuántos conocemos quiénes son Peter Handke y Olga Tokarczuk, los más recientes ganadores de la cita anual de Estocolmo, y cuántos además hemos leído alguno de sus libros?

En Cuba no se ha publicado la obra de muchos de los ganadores de años anteriores y sabemos, como hemos visto, que influyen mil cuestiones en ello: Patrick Modiano, Alice Munro, Mo Yan, Tomas Tranströmer, Herta Müller, Jean-Marie Gustave Le Clézio, Elfriede Jelinek, J. M. Coetzee, Imre Kertész, V. S. Naipaul, Toni Morrison, Kenzaburo Oe… la lista sigue extendiéndose. Si alguna editorial cubana los ha publicado, por favor, que alguien me avise, para tratar de comprarlos y ver qué escriben estos “monstruos”. Una vez me contaron que Guillermo Vidal, ese excelente narrador tunero, coleccionaba libros de los premios Nobel, desde el primero hasta el más reciente, y lo hacía para saber qué tenían aquellos escritores para merecer este galardón.

El Nobel es un caso peculiar, pero otros tantos libros de escritores importantes no se publican, por un motivo u otro, en nuestro país. Y eso nos aleja —a los escritores y a los lectores— de una tradición, de una cosmovisión que otros escritores y lectores sí poseen. No hablemos, por ejemplo, de los importantes escritores estadounidenses o europeos. Y así, amiga mía, no se puede estar actualizado, mal nos pese, en cuestiones literarias.

Hay casos excepcionales, como mi amiga Mariela Varona, que ha leído medias bibliotecas del mundo, sobre todo de narrativa, en formato digital. Pero qué nos queda a los demás, los que nos “guiamos” por las editoriales cubanas, los que leemos lo que aparezca, lo que encontremos, lo que nos preste un amigo… y que, de esta misma forma, nos formamos también como escritores y asumimos los peligros que ello implica. En muchos casos nos queda leernos a nosotros mismos… si es de manera crítica o no, ya es otra cosa.

Yo te seré sincero: en una época leí mucho a mis contemporáneos, a lo que podríamos llamar “nuestra generación” y lo sigo haciendo, casi siempre mediante revistas, un libro que sea de un amigo o aquel que deba presentar o me motive por algo particular… Pero cada vez lo hago menos, cada vez me arriesgo menos a dedicarle algunas horas a un contemporáneo: no sé si es por el tiempo, o porque las experiencias como generación nos son comunes y muchas cosas me dicen poco, o porque miro mi librero y veo varios buenos títulos esperándome y entonces me pongo a pensar —aunque es una decisión algo injusta— que no podré leer todos los libros que deseo; así acabo escogiendo del librero ese que me espera y aún no he podido leer.

––¿Hay mucho de mímesis, de reproducción automática, y poco de pensamiento en lo que se escribe hoy día?

Por eso mismo que antes comentaba, muchos jóvenes acabamos leyéndonos unos a otros y por consiguiente reproduciéndonos, copiándonos casi automáticamente, calcándonos. Muchas veces preferimos saber qué escribió aquel escritor premiado en el concurso al que enviamos o al que pensamos enviar un día.

Tengo amigos cuyos referentes inmediatos son autores de su misma generación o, cuando más, de una o dos promociones mayores que ellos, pero aun así contemporáneos. Estos constituyen sus metas, sus prototipos.

Me han dicho, incluso, que no les importan los clásicos pues, de una manera u otra, reciben sus influencias por “segundas o terceras vías” en los libros de los escritores contemporáneos que leen. Eso hace que nuestro mapa sea un poco más reducido. A veces creemos que estamos innovando, cuando eso ha sido pan comido años atrás.

El desconocimiento, la falta del “manoseo” de libros y autores nos restringen la visión. Muchos jóvenes pensaron estar demoliendo los cánones de la poesía, dinamitando todo sin orden ni consenso, sin saber que décadas atrás el mexicano Octavio Paz escribió un poema tan innovador y explosivo como “Salamandra”. La escritura lleva su exorcismo —o bien el pensamiento fructífero del que me hablas— pero también su sedimentación, su tiempo de fermentación como el buen vino.

––¿Cómo transcurre tu proceso creativo?

Recorro un camino pedregoso, movedizo, sobre todo porque trabajo con la palabra. Ella me alimenta, me viste, paga mis gastos elementales… Soy periodista y escribo a diario, pero lamentablemente no siempre es literatura. Cuando la mayoría de mis amigos escritores encienden su computadora, abren un documento Word, lo hacen para escribir ficción. Yo el noventa por ciento de las veces lo hago para escribir periodismo.

Tengo más trabajo —para un periodista es bueno— que el que comúnmente puedo hacer: compromisos con revistas, sitios webs, muchos me exigen con cierta frecuencia, además de mi trabajo en el Centro de Comunicación Cultural La Luz, de la Dirección Provincial de Cultura en Holguín, que tiene un periódico homónimo y un sitio web, Baibrama. Por otra parte me interesa el ensayo y la crítica especializada en temas culturales, o al menos intento acercarme a ella con el mayor número de herramientas posibles. Varias publicaciones me han abierto sus páginas críticas: La Gaceta de Cuba, revista sobre la que hice mi tesis, específicamente sobre la crítica literaria en sus páginas, tema poco usual para el muchas veces reducido campo de opciones en la carrera; Noticias de Arte Cubano, El Caimán Barbudo, La Jiribilla, Cubacine, La letra del escriba…

Creo en la ficción y además en las posibilidades creativas del ensayo y la crítica. En ambos corre la vida, la escritura. Octavio Paz nos lo demostró con sus ensayos, que son joyas literarias. Y varios escritores cubanos le han dado aliento con firmeza y soltura de miras.

Reconozco que la carrera de Periodismo te da herramientas, aprendes a domeñar la palabra si tienes intenciones de hacerlo, claro, y no te quedas como un periodista más del montón; érase un periodista a una noticia pegado, parodiando aquellos versos de Quevedo. Pero tienes que despojarte de esas rutinas y moldes, tienes que entregarte a la página en blanco sabiendo que puedes dar vida realmente —sí, realmente— a la palabra. Le robo horas al día, al sueño, para leer.

 Y últimamente veo mucho cine. No tengo rutinas ni métodos. No me fijo patrones de trabajo, ni horas. Casi nunca busco la escritura, sino dejo que llegue y me sorprenda. A veces no puedo dormir, pues me asalta la idea imperiosa de escribir, sin saber qué, pero escribir. Y me levanto y me sale un cuento de un tirón, un cuento al que después le edito unas pocas palabras. Así me sucedió con “Habitación propia”, que nació de madrugada, casi íntegro, y me ha dado varias alegrías como el Premio Cuentos Fríos, de la UNEAC en Matanzas.

Algo similar me ocurrió con una novela infantil que recién obtuvo el premio Casatintas de la AHS, el Centro del Libro y la Promotora Literaria en Sancti Spíritus. Tenía las historias, al menos la anécdota, en la cabeza, y solo fue ponerme a escribir un día… Otras veces apunto las ideas, el boceto de lo que puede ser un cuento. Lo dejo reposar, a veces meses, sabiendo que al ponerme a trabajar en él, le daré cuerpo.

La poesía, por su parte, se asalta, me invita al diálogo lírico, me muestra un mundo. A veces escribo poemas sueltos y otras, como ahora, trato de armar un cuaderno con un tema en común, que lo recorra de inicio a fin, cosa compleja sin dudas.

Muchas veces quisiera lanzar por la borda —y en alta mar— al periodismo y los compromisos de trabajo; los que, a medida que vas siendo bueno y dándote a conocer, crecen. Lanzarlos por la borda y salvar solo aquel que quiero hacer, que tengo necesidad de concretar: artículos, reseñas, entrevistas, crítica, ensayo… Eso es lo que me atrapa aún del periodismo, lo que no ha perdido el matiz de ilusión con el que uno llega a las aulas universitarias y que se va difuminando poco a poco en la cruenta realidad. Lanzarlo todo, salvar solo la escritura y sus posibilidades. Y crear, escribir, soñar.

––Para ti, ¿cómo puede formarse un escritor?

Pasé el curso del Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso en su graduación decimoquinta. Recién llegaba a la universidad, había leído muy poco; indistintamente lo que me caía en las manos, incluidas revistas de todo tipo, pues crecí en una zona rural en las afueras de Holguín, sin cercanía con la literatura, ni talleres ni nada por el estilo que ayudaran. Por eso el Centro Onelio fue una gran puerta que me hizo rodearme de otra familia. Muchos, como yo, ni siquiera habíamos leído al Chino Heras, al que debemos tanto. El Centro no dio herramientas, es la verdad. Quizás no todos han concretado la escritura como fe de vida, pero estoy seguro que salieron siendo, al menos, mejores lectores.

Por otra parte, la universidad, los compañeros, varios profesores amigos, me ayudaron a orientar las inquietudes literarias, aunque de esos años apenas haya salvado unos cuentos y varios poemas. Puertas para huir de una casa cobró vida en la Universidad de Holguín, en las aulas, en las becas, y tuvo la suerte de contar con un prólogo de Norge Espinosa, palabras de contracubierta de Basilia Papastamatíu, una reseña de Virgilio López Lemus, palabras de presentación en la UNEAC holguinera por mi querido Luis Yuseff… Hoy esos poemas juveniles no me dicen mucho, pero están ahí, son parte de mí, reflejan mis inquietudes en ese momento específico de mi vida, con apenas 20 años.

Creo que los talleres literarios pueden ayudar mucho cuando los lleva alguien con fuerzas y amplitud de miras, sin imponer criterios ni estilos. Aquí varios escritores amigos tienen sus talleres y les va muy bien, con resultados, pero en lo particular no he pertenecido ni asistido a ninguno, salvo quizás en los días universitarios, y digamos que esporádicamente. Prefiero dar los tropezones, crear mis murallas, orientar mis rumbos…

Creo que la lectura es primordial para formar a un escritor. Lo demás parte del talento, del sacrificio y el empeño, pero la lectura es la que abre primero el ansia, el apetito, el sueño…

––Se nota que existe una proliferación (una eclosión) de poetas en los últimos años. Las redes sociales se han convertido en una tela —muchas veces de araña— que permiten no solo la promoción de lo más reciente de las producciones individuales sino también la proliferación, perdóname lo reiterado de la palabra, de productos seudoartísticos. La relación poeta/redes sociales, escritor/medialidad, ¿hasta qué punto impacta en el criterio formativo de los lectores y en la propia opinión escritural de los autores? ¿Es beneficiosa o negativa la inmediatez de las redes, en cuestión de materia artística?

Hay muchos poetas o personas escribiendo poesía, que no es lo mismo. Es cierto. Muchos jóvenes leen dos libros y al poco tiempo —me hablabas de mímesis, de reproducción— se aparecen con sus poemas bajo el brazo, los comparten en las redes, luego en una peña, en una revista y así llegan a publicar un libro. ¿Y qué encuentras en ese libro? Creo que de esa manera comenzamos todos.

Pero la cuestión es que no sean solo dos libros, ni un manojo de poemas imitando a Lorca o Borges —que son inimitables, por supuesto— sino el logro de una voz y, si no es eso, pues no siempre es fácil hacerlo, es necesario una identificación vital y cabal con la poesía y su esencia, que para cada cual será una, la que más cerca esté de sí.

El holguinero Erián Peña Pupo resultó el ganador del Premio Casatintas de literatura infantil y juvenil, convocado por la filial espirituana de la AHS, en Sancti Spíritus/Foto tomada del perfil de facebook de Cultura espirituana.

La poesía no es una moda. La literatura no es un juego. No lees hoy, copias mañana y ya eres poeta o narrador. Esa palabra —con tantos muertos gloriosos y atormentados, por sí mismos y por el hombre, a veces el peor enemigo de la poesía— pesa mucho.

Ciertamente las redes sociales han funcionado como una plataforma socializadora de esa producción poética contemporánea. Es como me dices en una pregunta posterior: ¿cómo saber qué es bueno o malo realmente? ¿El lector lee en las redes? ¿Consume poesía de manera inmediata? Yo al menos lo hago muy poco o simplemente no lo hago. Prefiero la “intimidad” de la lectura. No podemos negar la tecnología y con ello las redes sociales, las revistas en Internet, en las cuales las personas seguirán publicando sus versos, buscarán sus espacios de promoción, esos que no siempre tienen y sí, corremos el riesgo de que nos vendan productos seudoartísticos, como siempre ha sucedido con otros medios. Al final, y sonará a perogrullada, el tiempo vendrá implacable a poner las cosas en su justo lugar.

––¿Crees que existe una “moda” literaria? Si es así, ¿cuáles son sus síntomas?

¿Moda literaria? De existir, creo que sería más bien de escritura que de lectura. ¿Te refieres a eso? Mucha gente quiere escribir, a veces sin comprender las responsabilidades que ello encierra; o quieren ser originales imitando a otros sin las lecturas necesarias, que a muchos les pueden parecer prescindibles cuando se tiene talento.

Un joven con muchísimo talento fue el Reinaldo Arenas de Celestino antes del alba, un talento natural como pocos; pero aunque el narrador de la novela sea ingenuo, un niño de los campos de Cuba, un guajirito con sueños y anhelos, Arenas antes de escribirlo se pasaba horas leyendo en la Biblioteca Nacional lo mejor de la literatura contemporánea y clásica.

Por otra parte, las modas nunca han sido buenas, aunque nos hagan ver modernos, corren el riesgo de reciclarse o de —según las estaciones del año— cambiar súbitamente.

––¿Es posible distinguir, hoy en día, un producto literario de calidad de otro que no la posee, más allá del criterio personal de “me gusta” o “no me gusta”?

Las barreras y los límites se han hecho cada vez menos visibles. ¿Qué es bueno en literatura? ¿Aquello que rompe con la tradición o lo que la sostiene aún? ¿Las obras que ganan premios importantes y legitimadores? ¿Las que publican editoriales relevantes? ¿Las que la crítica alaba en las revistas o en algún que otro periódico? Y en cambio, ¿qué es malo? ¿Todo lo contrario a lo anterior? Como ves nos movemos en terreno pantanoso y más si nos ponemos a pensar, históricamente hablando, que lo que un día fue malo —aquel libro censurado, abucheado como producto del pensamiento del momento— con el paso del tiempo se ha convertido en un clásico, un referente. Ejemplos sobran. Lo que sí estoy seguro es que no todo el mundo puede ser escritor ni publicar.

Cuando publicas estás legitimando, le otorgas a una voz un criterio de fuerza, de valor. Pero, ¿cómo valorar con justeza si como escritores o críticos tenemos lagunas? Aquí volvemos a si somos lectores actualizados, a las estrategias promocionales… Todo, como ves, se interrelaciona terriblemente, bien nos guste o nos pese. Tampoco —como me dices— podemos olvidar algo tan importante como el criterio personal, el gusto que condiciona lo que leemos o no, más allá de si es bueno o malo. Pero el gusto está formado por lo que hemos leído, por los límites que nos imponemos. Por eso leer a los contemporáneos —leer en sí a todos— es un acto algo riesgoso.

––¿Cuán evidente es la competitividad en el campo de nuestro oficio? ¿Son los premios una sintomatología de ello?

La competitividad siempre existe, más o menos evidentemente, solapada o tras el murmullo de salón… aunque no sé muy bien cómo funcionan sus resortes, pues en lo personal no la he sentido muy cerca; incluso podría afirmar que me ha rozado más en el periodismo que en la literatura.

Mi otro gremio sí es más competitivo. Quizás se trata de que no envío mucho a los concursos y en los que he enviado he tenido algo de “suerte”. Los premios sí legitiman y visibilizan y quizás por ello sean motivo de competitividad.

Todo el mundo quiere ganarse un Calendario, un David, un Celestino… Y más si vives en provincia y quieres labrarte una carrera literaria y ser reconocido tanto en el gremio como en el sistema de instituciones, o deseas que te inviten a ferias u otros eventos en el país… Al final la competitividad es un mal menor, solo es necesario que prevalezca la creación.

––En los tiempos que corren, ¿existe la involución poética o se encuentran otras formas de decir, desde lenguajes y estrategias propositivas nuevos?

Apenas he leído a profundidad la poesía de mis contemporáneos, en verdad. La conozco por antologías y revistas, por algunos libros… Eso sí, he leído a casi todas las voces jóvenes reconocidas. Muchas veces los he presentado en ferias y peñas… y he disfrutado la lectura de sus libros. Otras veces he escrito de ellos, pero no los he leído con la frecuencia necesaria para darle la respuesta correcta a tu pregunta. Muchas veces prefiero llenar mis lagunas —cosa siempre difícil— leyendo a los poetas cuyos libros tengo a mi alcance y que son los llamados clásicos, aunque sean contemporáneos.

Creo que cada época tiene la poesía que merece, la que le corresponde, la que está en la cosmovisión de sus creadores. La generación conversacionalista de los 60 abrió las puertas a los poetas que publicarían en los 80, nuevas voces, radicales, amplias. Hubo negaciones, acercamientos, rescates… pero la poesía sobrevivió, siempre lo hará.

Los poetas que comienzan a publicar a inicios de los 2000 habían nacido a fines de los 70 o inicios de los 80 y son una generación muy interesante, variada. Los intentas unir y se te escapan, pero siempre tienen hilos conductores en común. Los que nacimos a inicios de los 90 hemos bebido de todos los arroyos posibles, pero estamos cercanos a la generación precedente, no siempre rompiendo con la tradición pero sí acercando a nosotros a poetas como Baquero, Eliseo Diego, Lezama o Virgilio. Entre la experimentación y el puritanismo, la poesía ha buscado nuevos lenguajes. Creo que siempre habrá nuevas formas de decir, otras necesidades expresivas —como nueva es la vida— aunque su esencia y contradicciones sean las mismas. La cuestión es encontrarlas. Eso es lo que hará que una obra perdure. Pero la perdurabilidad es un terreno polisémico y arriesgado, así que es mejor dejarlo ahí.

––¿Piensas que existen, dentro de nuestro canon literario, autores aún vivos que marquen la vanguardia creativa, los pasos a seguir? Entre tus pares, ¿serías capaz de señalar algunas voces que creas forman parte de esa avanzada?

Todo canon conlleva a la discriminación, a la exclusión, a poner unos por encima de otros… Eso bien lo sabía el polémico Harold Bloom. Y no es esa nuestra intención, aunque claro, existen autores vivos que marcan, de alguna manera, nuestra vanguardia creativa. Es algo innegable. Te puedo mencionar varios de los que ahora mismo integran para mí ese canon tan personal como polisémico de la literatura cubana contemporánea y que, como me dices, nos muestran a los jóvenes los pasos a seguir. Parto de experiencias personales, afinidades, más que de una visión realmente canónica: Reina María Rodríguez, con una poesía (y también una narrativa) tan personal y poliédrica; Roberto Manzano, maestro de varias generaciones; Delfín Prats, que es uno de nuestros poetas vivos más importantes, aunque ya apenas escriba, y que no acaba de recibir el Premio Nacional de Literatura que tanto merece; Lina de Feria, otra postergada para el Premio, varias zonas de su poesía pueden constituir un descubrimiento deslumbrante; la ensayística de Ambrosio Fornet me parece aún muy lúcida y necesaria; Antón Arrufat, me sigue siendo vital y no solo en nuestro teatro; en Mantilla escribe Leonardo Padura, que pese a quien le pese, es el autor cubano vivo más conocido en el mundo; y en Mallorca escribe, en su isla de repuesto, un novelista excepcional como lo es Abilio Estévez; también existen Luis Yuseff y Alberto Garrandés; y Norge Espinosa, no solo un gran poeta y dramaturgo, sino también uno de los críticos culturales más completos de este país…

Como la lista puede extenderse, no pecaré mencionando a otros autores, que considero igualmente importantes, valiosísimos, y parte de ese cuerpo tan movedizo y tambaleante que llamamos literatura cubana. Hay otra parte de nuestra creación literaria que está fuera de la isla y que no leemos, no está en librerías pero también ocupa un lugar importante en ella y debería estar en ese canon.

Entre mis contemporáneos —y te recuerdo que no los he leído como debería hacerlo— puedo subrayar la existencia de una avanzada. Dentro de ella existen nombres como los de Jamila Medina, Sergio García Zamora, Moisés Mayán, Legna Rodríguez, autores un poco mayores que yo. Eldys Baratute, Yunier Riquenes y Maikel Rodríguez Calviño, entre otros, sostienen zonas interesantes de nuestra literatura infantil. Y otros más jóvenes, generacionales: Antonio Herrada, Yonnier Torres, tú misma, Junior Fernández, Milho Montenegro, Bill Cordobés, tienen poéticas muy interesantes. Hay muchos jóvenes que escriben y publican, que además obtienen premios, pero no los he leído a todos como para valorarlos mejor.

––De cierta forma, a lo largo de muchas décadas, la idea de publicar más allá de los márgenes geográficos de nuestra isla era una utopía casi irrealizable. ¿Hasta qué punto tienen nuestros escritores preparación y conocimientos para lidiar con el mercado internacional y con ciertas editoriales rapaces? ¿Qué piensas puede hacerse para corregir estas deudas?

No he tenido muchos contactos con editoriales extranjeras, salvo una que otra vez. Los jóvenes a veces pecamos de incautos, nos dejamos deslumbrar por una buena cubierta, con un diseño bastante comercial al que no escapan ni las pequeñas ni las grandes editoriales del mundo. Hay quien ha tenido éxito, pero no todo el mundo es Leonardo Padura, Abilio Estévez, Pedro Juan Gutiérrez, Ena Lucía Portela, Arturo Arango, que han tenido en determinado momento, o hasta ahora, contratos con grandes grupos editoriales.

A los jóvenes nos toca abrir puertas, insistir… Existen muy buenos narradores y poetas jóvenes en Hispanoamérica, para quienes publicar en este tipo de editoriales, donde el libro no es subvencionado, es normal. Creo que nos falta preparación y conocimientos, tal como dices, para caminar con fuerza.

¿Qué hacer? Primero debemos conocer nuestro propio sistema editorial, sus potencialidades y limitaciones, pero también abrirnos al mundo y que el mundo se abra a nosotros, no podemos estar de espaldas a todo. Pero para ello debemos “conocer al mundo”, que sería conocer a estas editoriales y su funcionamiento, las estrategias de venta y promoción, cuánto verdaderamente importa un autor a un editor… Hacerlo aquí, de manera institucional, podría ayudar a esta sinergia necesaria hoy, para no dejar que, después de los traspiés, los jóvenes se enfrenten con la realidad. Aunque a veces sea necesario chocar con esa realidad para poder ver mucho mejor.

––A tu criterio, ¿existe una especie de autismo literario? Quiero decir, ¿los autores de hoy día están solo interesados en el estrecho círculo que rodea a su propia creación, sin mirar a otros horizontes?

Todos estos temas de los que hemos hablado vienen a ser diferentes y, a un tiempo, el mismo. Una gran madeja los envuelve a todos. Son cuestiones que hay que pensarlas más de una vez y la opinión de hoy puede ser diferente a lo que se crea mañana. El término autismo literario es un poco polisémico. Incluso me pongo a pensar a qué horizontes podría mirar un escritor hoy día más allá de su creación.

 Alguien más ortodoxo podría asegurar que su principal responsabilidad es con la creación; con ella y nada más, una relación casi conventual. Ejemplos sobran. Otros podrían hablarte del escritor como intelectual, como ser comprometido con el devenir político y social de su país o del mundo. Ejemplos también sobran; Cuba es paladín de eso. América Latina ha sido —lo sigue siendo— un territorio bastante politizado, donde el escritor, sobre todo el llamado escritor de izquierdas, se torna en intelectual y toma su obra como estandarte para la batalla, la crítica o bien para enaltecer lo hecho hasta ahora. El escritor cubano —en ambos lados de la balanza— no ha perdido su posición como ente social. En cambio la busca, la persigue… Vive sumido en la cotidianidad, en los dolores y victorias del país, por eso rehúye a la torre de cristal y “participa” con su obra. Insisto: la literatura, despojada de todo, siempre prevalece.



Una imprenta de carne y huesos

Ámbar Carralero conversa en esta entrevista sobre Publicación Escénica, un espacio para las poéticas del cuerpo y de la escritura que ha irrumpido en el panorama escénico habanero. Nuestro diálogo, más que nada, es un (pre)texto para encontrarnos en el camino donde la literatura y el teatro se unen.

––¿Qué es Publicación Escénica? ¿Cuándo y cómo nace la idea? ¿Quiénes integran el equipo de trabajo?

Una actriz amiga, Yilian Fernández Alacal, se leyó mi cuaderno inédito de narrativa y juntas decidimos llevarlo a escena. Pensando en el título, a Yilian se le ocurre que “Publicación Escénica” sería la mejor manera de llamarle al cruce de literatura y teatro, y al gesto que nos proponíamos al llevar a escena mi cuaderno.

 Por otro lado, yo tenía la idea de crear un espacio fijo donde pudiera invitar a autoras con textos inéditos y darlos a conocer mediante lecturas. La teatróloga Isabel Cristina Hamze me sugiere el nombre “Inéditas” y Martha Luisa Hernández Cadenas (Martica Minipunto) hace un hermoso cartel con la icónica imagen de la Venus de Willendorf….

Casi sin promoción y sin pensarlo demasiado hicimos el primer encuentro en la sala Alfredo Guevara del Pabellón Cuba: las primeras que leímos fuimos la dramaturga y actriz Giselle Lominchar, la propia Marthica y yo. Solo lo hicimos esa vez. Pasó un tiempo y le comenté la idea a la colega y editora que trabaja conmigo en la Casa Editorial Tablas-Alarcos, la narradora Yudarkis Veloz Sarduy, y es entonces que empezamos a perfilar el proyecto de manera más profunda y detenida.

Crédito Elaine Vilar Madruga.

Yudarkis fue fundamental a la hora de elegir que fueran los actores y actrices quienes leyeran, y no los autores como se hace habitualmente en la típica tertulia literaria. Creo que esa peculiaridad le da un sello especial al encuentro.  

Hicimos la carpeta del proyecto Publicación Escénica (espacio de lectura y re/presentación). Yudarkis y yo seríamos las coordinadoras y gestoras, nos encargaríamos de buscar los textos, seleccionarlos y de alguna manera dirigirlos para la escena.

El espacio sucedería una vez al mes teniendo como premisa fundamental la gestación de una zona híbrida de confluencia entre lo literario y lo teatral, de liminalidad entre diversos lenguajes, entre la palabra escrita y la dicha, entre el cuerpo-voz textual y el cuerpo-voz actoral.

Insistí siempre en que fuera narrativa y poesía, y no dramaturgia, que el teatro surgiera del cruce de lenguajes y no como premisa inicial. También pensamos desde el inicio en que sería un proyecto muy ecológico pues nuestra imprenta serían los propios actores, una manera de promocionar textos y autores prácticamente desconocidos en algunos casos y, además, hacer confluir autores de distintas generaciones, de hermanar gremios, estilos, formas de ser en el lenguaje. Una imprenta de carne y huesos, una máquina de impresión actoral.

Otro asunto de carácter más práctico que tuvimos en cuenta fue que queríamos que al final de cada encuentro se generara un momento de fraternidad, diálogo y lobby entre los participantes. Era fundamental un brindis para que el público asistente se quedara más tiempo, pudiera compartir y sintiera una energía agradable que le hiciera sentir cómodo y entre amigos.

Crédito Elaine Vilar Madruga.

La primera ayuda que recibimos en ese sentido fue el patrocinio de la empresa Los Portales S.A, con la colaboración de Liuba Betancourt y Rita Piñera del Departamento de Marketing. Luego hablé con Alexis Díaz de Villegas y a él le interesó el proyecto, así fue que pudimos insertar el espacio en la pequeña sede de Impulso Teatro en la Casona de Línea.

Alexis accedió a ser nuestro asesor artístico y sus actores estarían a nuestra disposición todos los meses. También contaríamos con la ayuda de otros actores de grupos diversos, pero este apoyo directo era fundamental para que el espacio pudiera mantenerse. Desde el primer encuentro contamos con la ayuda de la colega Katia Ricardo, quien asumió la producción de Publicación Escénica. El Consejo Nacional de las Artes Escénicas también nos ha apoyado con la logística.

––¿De qué manera resignifican las teatralidades presentes en la narrativa/poesía para llevarlas a un formato escénico?  

En ese punto el actor es la encarnación de esas teatralidades, es un sujeto que lee/re-presenta un texto e inmediatamente se convierte en personaje. El sujeto lírico de la poesía, o cualquiera de los “narradores” en los relatos se sustituyen por este cuerpo-voz-individuo que es un personaje o varios a la vez.

La pauta que adoptamos fue la lectura, no que los actores tuvieran que aprenderse el texto de memoria. Por eso siempre marcamos “lectura y re/presentación”, de modo que este sea un espacio abierto, híbrido, liminal, que nos permita disfrutar de ese texto a través del actor sin una camisa de fuerza que termine siendo un monólogo o representación teatral.

En principio pedimos “presentación del texto”, pensando en la diferencia entre presentación (hacerlo presente) y representación (teatralizarlo). Al final, por muy literarios que sean los textos, se produce una re-presentación porque el cuerpo del actor lo mediatiza y lo convierte en otra forma de ser en el lenguaje.

A veces los actores eligen hacer más acciones físicas y movimientos, a veces leen los textos sentados y solo cambian los tonos en la manera de enunciar. Hay intervenciones que han sido más performativas, otras más apegadas a la lectura tradicional.

Alexis Díaz de Villegas ha sido fundamental en ese sentido porque ha aportado mucho, sostiene con sus actores un training sistemático que incorpora un trabajo muy interesante con el cuerpo, la voz, las emociones y líneas de pensamiento. Todo eso también está en Publicación Escénica gracias a él y a su gran equipo.

––¿De qué manera colaboran con Impulso Teatro?

Alexis dice a todo “sí”, y sus actores lo adoran y todos trabajan muchísimo. Nosotras sentimos, a pesar de que hace solo cinco meses que frecuentamos la sede cada mes para preparar el espacio, que ese lugar ya es como otra casa: sé que es cliché la expresión, pero aquí es literal. Nosotras los invadimos y ellos se dejan invadir.

Todo el mundo sabe que la Casona de Línea está sometida a una reparación capital. Llegar a la sede de Impulso Teatro, adentrarse en su espacio semi-ruinoso, encontrar a estos jóvenes que entrenan con su maestro, sus rituales del café y la campanita al terminar, lo que han hecho con un par de luces, una alfombra y la energía maravillosa que hay allí, creada por los grandes seres humanos que son, ha sido lo mejor de podía pasarnos con todo esto.

Encontrar a Impulso Teatro y poderlos tener cerca algunos días en el mes es un acto de aprendizaje y fraternidad del que siempre estaremos agradecidas. Brian Estévez, que es productor en Impulso…, siempre nos ayuda con el brindis y la limpieza, e incluso los propios actores. El equipo de técnicos de la Casona también ha colaborado con el espacio.    

––¿Quiénes han sido los invitados al Publicación Escénica?

Empecemos por la casa. Hemos invitado al poeta Jesús David Curbelo, que ha colaborado con la Casa Editorial Tablas-Alarcos en múltiples ocasiones. Y luego nosotras mismas nos ofrecimos de conejillos de Indias. Yudarkis seleccionó cuentos de su novela inédita El Síndrome de Estocolmo y yo de mi libro inédito Reparación Capital (Cuaderno sin licencia de Construcción Poética).

Esa fue la primera edición en octubre de 2019, con un elenco maravilloso: Alexis leyó los textos de Curbelo, la colega y actriz de Aldaba Teatro, Jennifer Flechoso leyó los de Yudarkis y Linda Soriano, actriz de Impulso Teatro, leyó los míos. Luego se integró la músico Eleanni Montpeller en cada uno de los tres encuentros que hemos hecho hasta ahora.

Crédito Elaine Vilar Madruga.

La segunda edición ocurrió en noviembre e invitamos a los autores Laidi Fernández de Juan, Roberto Viña y Eudris Planche. Sus textos fueron re/presentados por la actriz Dilailis Martínez y Arbel Molina, ambos de Impulso Teatro, y hasta la productora del espacio, Katia Ricardo —que también es actriz de la Compañía Rita Montaner— leyó.

En el tercer encuentro, en diciembre del 2019, contamos con textos de Ahmel Echevarría, Elaine Vilar y Taimi Dieguez. Tuvimos para esa ocasión la participación de la actriz Giselle Sobrino de Teatro D’Dos, Ayris Arias y Sergio Gutiérrez de Impulso Teatro.

Para el primer encuentro del 2020 tendremos a Nara Mansur, Abel González Melo y Maité Hernández-Lorenzo, y los actores serán Alexis Díaz de Villegas, Dilailis Martínez y Liliana Lam. Siempre invitamos actores de otros grupos pero es fundamental el apoyo del elenco de Impulso Teatro, de Eleanni Montpeller y del propio Alexis en la dirección. T

ambién integramos en cada edición autores más conocidos con otros noveles o algunos cuyos nombres comienzan ya a resonar; escrituras distintas, generaciones diversas, textos inéditos y otros ya publicados y premiados.

––¿Cómo se integra al discurso escénico la presencia de la música y de la poesía?

Es clave la clarinetista y tresera Eleanni Montpeller. Ella es músico en Impulso Teatro y Alexis nos dijo que podíamos contar con su presencia. De esa forma, Eleanni se ha integrado muchísimo y cada vez resulta más imprescindible su intervención en la escena.

Ella hace una especie de banda sonora a partir de lo que le sugieren los textos y los propios actores; nosotras a veces también le pedimos determinados efectos y musicalidades. Tengo muy fresco el recuerdo del encuentro más reciente que hicimos en diciembre, con dos cuentos de Ahmel Echevarría que re/presentó el actor Sergio Gutiérrez. Fue hermoso el momento en el que las líricas imágenes creadas por Ahmel en el cuento se cruzaron con la voz del actor y el sonido del clarinete indicando la llegada de un barco.

El papel que juega la música en vivo y en escena resulta esencial para la gestación de esa poesía que brota de la combinación de lenguajes, tonos, discursos, fabulaciones, cuerpos.

Para nosotros, esa es la poesía a la que aspiramos y la que siento que hemos conquistado en instantes, y que luego se desvanece y se va a otro lugar: no está solo en los cuentos y poemas que se han leído en el espacio, sino también en los actores y sus energías que lo transforman todo en vida y lo hacen presente, en los acordes de la música trayendo al instante aquello que describen las palabras. El espacio pretende ser poético pero no porque incluya la poesía como género entre los que se leen, sino porque la poesía está en el gesto.

––¿Qué pueden encontrar los actores en el cruzamiento con lenguajes poéticos o narrativos?

Una motivación que funciona desde un lugar distinto, un reto y al mismo tiempo un ejercicio de libertad, aunque esto último pueda resultar paradójico porque de alguna manera están sujetos a un papel que literalmente tienen que leer.

 Casi todos los actores con los que hemos tenido la oportunidad de trabajar en el tiempo corto en el que se prepara el espacio, terminan semi-construyendo un personaje que se divide en facetas distintas pero que en el fondo es uno, y esto ocurre porque casi siempre el mismo actor lee los tres textos que por lo general elegimos de cada autor.

Esa voz autoral, ese vuelo poético, ese tono, el actor lo siente y suele ver al cuento o poema (preferimos llamarlo texto o material) como un monólogo, aunque no llegue a analizarlo con tanta profundidad por la fugacidad del hecho en sí. Pienso que ahí habita un compromiso de otra naturaleza y además un tipo de análisis que es muy superior al que tratamos de explicar los críticos e investigadores.

Los actores tienen un modo de análisis muy valioso y especial dado por las particularidades de su trabajo y de su tarea, que en definitiva es traducir esas ideas, imágenes y palabras al momento presente, hacerlas vivas y luego olvidarlas para tomar otras.

Crédito Elaine Vilar Madruga.

––Publicación Escénica hace que, en alguna medida, conozcas el pulso de la creación actual en los campos de la literatura nacional. ¿Qué has encontrado de interesante o de novedoso allí?

Ciertamente ha sido una experiencia muy importante para sopesar ese pulso. Las escrituras y caminos son muy distintos, también las voces y estilos, pero creo que en definitiva es buena literatura la que se ha leído y por eso agradezco mucho el ejercicio de curaduría, ya que nos permite acercarnos de otra manera a los autores. Tenerlos con nosotras ahí, presenciando el hecho y sus reacciones es algo que siempre pedimos: los autores deben estar presentes en esa publicación fugaz y carnal de sus textos. Es muy lindo el momento final en el que cada actor sale a buscar en el público al autor y todos juntos saludan al público, y luego los autores hablan de sus obras. 

––Por lo general, los escritores que han sido invitados a Publicación Escénica son jóvenes. Esta creación dialoga con los también jóvenes actores que han colaborado. ¿Ha sido una cuestión de pura coincidencia o una intención de unir poéticas de la escritura y el cuerpo?

Es tal y como lo dices, de hecho me encanta la forma en la que lo enuncias. La intención siempre ha sido la de unir poéticas del cuerpo y de la escritura. Cuando leemos a un autor pensamos en la persona que es, en lo que escribe, y esos textos nos piden un actor determinado, una voz, un cuerpo, una edad, un temperamento. En eso basamos la elección del elenco. Es muy intuitivo y subjetivo pero hasta ahora ha funcionado.

––Como creadora te has interesado no solo en la dirección escénica sino también en la escritura. Cuéntame un poco sobre esas experiencias.

Como casi todas las personas con afinidad hacia las artes y el mundo intelectual, escribo desde niña. La crítica, la investigación, la dirección y todo el universo del estudio teatral han marcado mi vida y mi trabajo en los últimos años. He dirigido cuatro espectáculos con intervalos entre uno y otro.

Cuando tenía 19 años fundé un grupo en Holguín junto a varios amigos que eran, como yo, instructores de arte: Roberto Moreno, Yoander Ballester, Yamilsis Pacheco y Yurievna Romero. Se llamaba Lumen Teatro; con este equipo monté La Niñita Querida, una adaptación a partir del original de Virgilio Piñera. En La Habana, ya estudiando en el ISA y con otro proyecto teatral, montamos el espectáculo Ejercicio imposible para posibles actores. En el trabajo partimos de unos textos míos y de improvisaciones de los actores Yoander Ballester y Yoana Pérez Acanda. Llevamos la obra a varios festivales importantes en la Isla: el Festival de Pequeño Formato en Santa Clara, el Festival de Teatro Joven en Holguín y Elsinor en La Habana.

Luego monté Ensayo sobre un suicidio, a partir del original de Jon Fosse, La noche canta sus canciones. Tuvimos una experiencia muy grata porque logramos hacer una temporada en la sede del grupo La isla secreta en Centro Habana, donde usábamos el espacio como lo que es originalmente: una casa.

Ahora estoy trabajando con Katia Ricardo y Mario David Cárdenas en un proyecto de montaje de un monólogo escrito por mí, que forma parte de mi cuaderno inédito de narrativa. Estamos muy entusiasmados y esperamos que a más tardar se estrene a mediados de año.   

Crédito Elaine Vilar Madruga.

Luego de mucho tiempo viendo la escritura como un ejercicio íntimo, le he leído a colegas y amigos mis textos y decidí ordenar todo lo que he escrito. Reparación Capital (Cuaderno sin licencia de Construcción Poética) es un cuaderno de narrativa y prosa poética que fue Mención en el Concurso Pinos Nuevos 2017. Como su nombre indica, tiene algunos cuentos pero también incluye poemas y textos que en realidad son monólogos; otros son crónicas, conversaciones conmigo misma. Ese libro tiene mucho del teatro.

Tengo entre manos también un texto de prosa poética. Aunque no proyecto los libros ni los hago por encargo, tampoco prefiero agotar un tema en un cuaderno de poesía o pretender que lo agoto, que lo abarco.

Escribo con la vida, mientras vivo escribo. Por eso mis libros no serán muchos y demorarán en ser publicados, necesito tiempo para hacerlos. Eso puede parecer un poco amateur pero también es mi manera de salvar lo que hago de las trampas de los tecnicismos, las modas, los temas, las fórmulas. Por ahora, pienso que el teatro será el destino de esos textos.

Mi formación ha sido muy plural. Hace poco terminé mi primer documental junto a una colega que también se inicia en el audiovisual, Katia Ricardo. Eso tiene sus cosas buenas pero también su parte mala porque cada una de las puertas que se abren necesita de tiempo y dedicación. Me apasiona el arte y no soporto las etiquetas, así que seguiré trabajando en aquello que me despierte las ideas y la creatividad.    

––Recientemente, has asumido la dirección de la prestigiosa Tablas Alarcos. ¿Cómo pensar la dramaturgia y el teatro desde el mundo editorial?

Esa es una pregunta que hay que hacerse todos los días y trabajar para responderla con acciones concretas. La supremacía de lo audiovisual y del mundo de las redes ha cambiado notablemente los hábitos de lectura y los soportes. El teatro tiene una particularidad que hace de sus publicaciones, universos con sus propias reglas.

Tal vez por el carácter efímero del acto escénico, perdurable en la memoria de los individuos pero perecedero en el tiempo, las publicaciones son una de las formas de conservar ese patrimonio, pero al mismo tiempo —para que esa letra no sea olvidada— debe reactivarse el encuentro con el gremio, a través de conversatorios, conferencias, coloquios, clases magistrales, lecturas. Eso es algo que la Casa Editorial Tablas-Alarcos y las coordinaciones de Omar Valiño fomentaron durante todos estos años, y que yo pienso continuar junto al equipo.

El convivio del que tanto se habla y que permite el hecho teatral en sí, debe reforzarse e ir a la par de la letra impresa. Necesita el testimonio gráfico y fotográfico, y un concepto de diseño; todo esto es especial y debe ser llevado a su mejor expresión en las publicaciones teatrales. La dramaturgia y la teoría deben estar registradas en libros pero además deben ser dichas continuamente en espacios que permitan el diálogo. El teatro es un arte de personas actuantes en un tiempo y espacio común junto a un público presente.

Cuba ha vivido un año muy difícil con el tema papel, imprentas, insumos. La única manera de seguir publicando es movernos cada vez más hacia lo digital, a lo web, al ebook. Por razones ecológicas y tecnológicas, ya esto sucede en el resto del mundo. Te hablo de cuestiones prácticas y no de conceptos porque los soportes y medios, como sus nombres lo indican, median el modo de relacionarnos con los contenidos.

Celebraremos en este 2020 los 20 años de la Casa Editorial Tablas-Alarcos, y lo haremos de la mejor manera: trabajando muchísimo. Omar Valiño nos acompañará como fundador de la Casa Editorial y gestor de los hermosos e importantes proyectos que se han creado desde allí. Tengo un gran equipo de trabajo y estoy muy feliz por eso.



«El arduo proceso de cuestionar y entender»

En lo real, el escritor encuentra la belleza de la escara y sus (in)certidumbres. Su viaje por el camino de la zozobra es siempre una invitación. Ahmel Echevarría conjuga, en su obra, fotografía y banda sonora de la vida. Por eso, advierto, es que esta entrevista ha de entenderse como un soundtrack incompleto.

––¿Sientes que, más allá del punto de vista del estilo, existen hilos conectores, más o menos visibles, que relacionan a tus textos?

Aunque siempre me propongo “cambiar de rostro” en cada libro, y esto significa no repetirme, o en última instancia “repetir desde la diferencia”, hay un propósito común en mis libros: el amor y la memoria.

Me interesa situar al individuo en el centro de una historia de amor tan compleja y variable como variable y complejo es el ser humano. Dicha historia, en la que se alternarán alegrías y derrotas, acontecerá en un contexto privado y público afectado por los vectores de la ideología, la política.

Visto así, las historias que narro, acaso novelas de amor, van del presente a un pasado reciente. Hasta el momento, el pasado en mis libros se ha circunscrito a las décadas del 60 y 70 del siglo XX cubano.

Foto Cirenaica Moreira

––¿Existe una clave, una fórmula, que garantice la hechura de un buen narrador?

No existen, al menos no en el sentido que creo tiene tu pregunta. Sin embargo, pienso en los decálogos como posibles rutas a seguir, no fórmulas.

Cuando analizas el contenido de los decálogos de grandes escritores, esos textos que algunos leen como Mandamientos, además de las coincidencias verás no pocas diferencias. Esas variaciones nos hablan de la imposibilidad de la fórmula.

Los decálogos deben leerse con la alarma de la sospecha siempre activada. Este detalle podría ser una clave.

Hay un factor común en los grandes narradores: la capacidad de observar y asociar, el singular manejo del idioma, los riesgos asumidos en el acto de construir un relato (personajes, estructura, temas, la disolución de las fronteras entre los géneros, etc.), la manera en que su literatura se adelanta hasta el punto en que no pocas ocasiones resulta ilegible o incomprensible para sus contemporáneos.

––¿Cómo transcurren tus procesos creativos?

Una imagen siempre es el punto de partida, una imagen que contiene una suerte de enigma. Luego toma la forma de una o varias preguntas cuya respuestas ignoro, lo cual me sitúa en el camino de la investigación, del modelaje de las tramas, conflictos, personajes, el tipo de narrador.

Junto con la imagen inicial “se producen” una serie de frases relacionadas con el enigma o la(s) pregunta(s). De ahí nace el título del libro y parte del espíritu que debería tener.

Como se trata de un proceso de ensayo y error, no doy nada por sentado hasta sentir que he arribado a un punto donde todo cobra sentido. Los elementos que parecían dispares empiezan a conectarse. Entonces solo queda abandonarse al placer de la zozobra.

A la escritura nada le es ajeno, trabajar en un proyecto de novela es casi similar a investigar un crimen.

––Tu obra ha sido identificada como parte de la Generación Cero, ¿qué ganancias ha reportado, en materia escritural, ser parte de dicha Generación? ¿Percibes que es una generación ya superada o notas que las nuevas promociones de autores intentan emular, con más o menos éxito, las fórmulas de la promoción anterior?

Con Generación Cero hay más de una confusión, toda vez que se ha utilizado para nombrar dos objetos de estudio diferentes.

Partamos de que es una etiqueta. Por un lado, dígase que fue creada por el escritor Orlando Luis Pardo Lazo, en su versión inicial era Generación Año Cero. Bajo esa etiqueta estábamos un grupo de escritores que coincidimos en el espacio literario coordinado por el escritor Jorge Alberto Aguiar Díaz (JAAD), y que además comenzamos a publicar en el 2000. Para Orlando, el 2000 era nuestro año cero.

Algunos críticos decidieron utilizar la etiqueta a la hora de segmentar y reunir desde el punto de vista temporal, para el estudio de la narrativa y la poesía, a los autores que comenzaron a publicar a partir del 2000. En resumen: redujeron el largo de la etiqueta y ampliaron el tamaño del objeto de estudio. En ese punto se generó cierto desmadre.

Más allá de la aceptación y el disenso de los miembros del grupo que aparece en el párrafo donde menciono a Orlando, y de incorporaciones que luego hicimos, vale aclarar lo siguiente: G0 no es exactamente una generación sino un grupo o promoción de escritores.

En “materia escritural”, para utilizar tu propio calificativo, al menos en su núcleo la ganancia que reportó se resume en una ideología de grupo, lo cual conduce a la manera en que pensábamos la literatura en relación al contexto en el que estábamos viviendo, y la crítica que queríamos hacer.

A pesar de las diferencias de estilo y temas entre sus integrantes, porque esa variedad caracteriza a la G0, pensamos un espacio que no era solo literario, al que no solo le interesaba la literatura, y que no solo era físico, muestra de ello son el e-zine the revolution evening post, las revistas digitales Cacharros(s), 33 y 1/3 y Desliz.

De manera extraña, y tras coincidir en los espacios creados por el escritor JAAD, se produjo una comunidad de afectos e intereses que entre algunos integrantes de G0 dura hasta hoy.

No me concierne responder si G0 ha sido superada. Igual no creo que importe demasiado, porque cada promoción, grupo o generación debe pensar su propio espacio. A su cuenta y riesgo debería reaccionar ante su realidad con sus propias herramientas, con su noción del mundo, con su propio dispositivo de enunciación.

––Hay generaciones inolvidables en la historia de la literatura de un país, ¿Generación Cero merece un lugar semejante?

Con el transcurso del tiempo, todo aquello que en cierto momento nos desveló e hicimos ―y aquí uso el plural para referirme a cualquier individuo― ocupará su justo lugar. Ese lugar podría ser el silencio, la derrota.

Ya se verá si los de G0 merecemos el olvido.

––¿De qué manera te relacionas con el mundo de los premios? ¿Hay fricción en tu vínculo con ellos?

Por lo general, los premios solo distribuyen un poco de dinero y resonancia. El dinero y ese tipo de ruido nunca vienen mal.

No tengo ningún problema con los premios. Si lo gana un amigo, me alegra igual. Creo que fue en el 2011 cuando el Guillén y los Carpentier cayeron en manos de Luis Yuseff, Jamila Medina, Osdany Morales y Marcial Gala. Fue una muy grata sorpresa, también una señal.

Los premios están ahí para que lo intentes, y algunos son menos limpios o menos justos que otros. Son las reglas del juego, no se pueden perder de vista.

Pero la literatura, la literatura a secas, está en otra parte.

––Muchos autores cubanos, tanto jóvenes como de mayor trayectoria, se quejan de la poca promoción, a escala internacional, que tienen sus obras. ¿Es este un factor que puede ser combatido por el individuo o requiere de un esfuerzo a mayor escala? ¿Qué puede aprender nuestro incipiente mercado del libro de otros mercados con mayor experiencia?

La literatura cubana no está en ningún mapa literario, en ninguna agenda ni buró de las grandes, medianas ni pequeñas editoriales que marcan el pulso de lo que acontece en el panorama literario internacional.

Solo se manejan algunos nombres, muy pocos; la mayoría de esos pocos, porque debo insistir en la cantidad, son los grandes muertos del panteón literario cubano.

Los pocos autores vivos que aparecen en ese panorama o mapa están allí no precisamente por la gestión de agentes o editoriales cubanas.

Cuando en los diferentes movimientos promocionales de autores latinoamericanos jóvenes veía y veo la ausencia de Jorge Enrique Lage ―el Lage de Carbono 14. Una novela de culto, La autopista o Archivo— confirmo que tal ausencia no solo está relacionada con asuntos netamente literarios.

Tu pregunta habla del mercado. Y el mercado tiene reglas duras que hay que conocer. Entre sus actores principales están los agentes y editores. Ellos establecen las reglas del juego, y construyen el mapa o el panorama al que desean acceder los autores que mencionas.

Es casi imposible ubicarse allí desde un lugar tan marginal como Cuba, contando solo con la conexión a Internet.

Puesto que ya estamos hablando de Cuba y el mercado, otra vez utilizaré tus palabras: “nuestro incipiente mercado del libro”. A mi modo de ver, ni es nuestro, ni es incipiente, tampoco es mercado. No existe.

Lamentablemente, aunque cuenta con personas lúcidas, profesionales, y entregadas a su trabajo, incluso con algunas pequeñas y buenas editoriales, a estas alturas el sistema editorial cubano, tal como está diseñado, no puede aprender ni mejorar nada.

––La palabra “comercial”, asociada a la literatura, parece ser una condición de la cual muchos escritores rehúyen. ¿Qué importancia le concedes al hecho de la calidad literaria vinculada al aspecto comercial del libro como objeto arte?

Más allá de la complejidad y densidad de un libro o un autor, lo cual lo sitúa en desventaja en un panorama donde la lectura va perdiendo terreno, supongo que el recelo ante “lo comercial” como oposición a “la calidad literaria” no sea más que un asunto de paradigmas, de nociones personales.

Dejando a un lado ingenuidades, esas que olvidan el verdadero poder de grupos multimediales como el Grupo Planeta, la calidad literaria no siempre está divorciada de las ventas. No es secreto ni novedad.

Aunque desconozco con exactitud cuánto pueden vender, más allá de gustos y suspicacias me atrevo a mencionar cinco nombres donde el índice de ventas no es inversamente proporcional a lo que llamas “calidad literaria”: Gabriel García Márquez, Stephen King, Roberto Bolaño, Margaret Atwood, Mario Vargas Llosa, Javier Cercas y Haruki Murakami.

––¿Qué jóvenes autores nacionales recomendarías como lecturas indispensables? ¿Y cuáles, a escala internacional?

Puesto que deseo ejercer una crítica férrea ante una pregunta que pide nombres indispensables en el mapa de la literatura escrita por jóvenes, solo me centraré en el contexto nacional. A los otros se les promueve de mil y una maneras, son nombres de mujeres y hombres que circulan en las redes sociales. Pero de esos poetas, narradores y escritores de no ficción solo tenemos, o yo solo tengo, un conocimiento parcial: la lectura de una parte de su obra.

Tomando en cuenta la edad de los autores que mencionaré (no han llegado a los 45 años) y la densidad y complejidad del tejido que han ido urdiendo de manera progresiva en sus obras, y por los contenidos de las mismas, te doy dos nombres: la narradora, poeta y ensayista Jamila Medina Ríos, y el narrador Jorge Enrique Lage.

––La narrativa, como género, aparece cada vez más contaminada por elementos que provienen de la dramaturgia, del performance, de la poesía y del ensayo, ¿esta mixtura se manifiesta en tu creación?

De manera consciente he contaminado mis textos con casi todo lo que mencionas salvo con la dramaturgia, entendida aquí como texto escrito estrictamente para el teatro. Que un cuento o una novela tengan diálogos no significa que se haya pensado en la dramaturgia, que la frontera entre los géneros se haya diluido.

En el caso de la performance, me gustaría también decirte que sí. He tratado de ejecutar una suerte de traducción y/o traición teniendo como punto de partida las artes visuales. Otro asunto es conseguir la traducción y la traición.

––Muchos jóvenes escritores ven un referente en tu literatura. Son esos mismos jóvenes que, ahora mismo, comienzan a establecer sus propios caminos y líneas de pensamiento escritural. ¿Qué te interesaría que encontraran en tus libros?

Inconformidad, placer, riesgo. También desearía que encontraran una serie de preguntas que, junto a las que ya se puedan haber formulado, les acompañen en el arduo proceso de cuestionar y entender el espacio en que viven.

––Tu narrativa tiene mucho de, y es mi criterio, fotografía en movimiento. ¿Lo percibes así?

Entiendo tu observación. Además agregaría la intención de incluir en la ficción una suerte de banda sonora.

He tratado de no pasar por alto el movimiento y el sonido, y no se trata solo de la influencia que puede haber ejercido el cine. La vida es movimiento constante rodeado de una mezcla de sonidos. Como siempre coloco al individuo en el centro de mis historias, además de construir su universo interior, sus dudas, certezas, alegrías y derrotas, lo sitúo en un contexto físico y allí interactúa, vive y muere.

No solo presto atención a las pequeñas historias, a los sujetos que nunca figurarán en los grandes relatos históricos. También deseo reflejar la cadencia y el sonido de esas vidas aparentemente insignificantes.

––¿Piensas que la crítica literaria actual se realiza en base a simpatías y antipatías?

La crítica literaria movida por lealtades o antipatías no es asunto nuevo. Ha sido parte de nuestra “indigencia crítica”.

La gravedad del problema no radica en la existencia de textos críticos movidos por la simpatía o las bajas pasiones, sino en la escasez de una verdadera crítica no solo literaria, y la poca cultura del debate.

En cuanto a los espacios para el debate, ese detalle ni me los cuestiono. La propia realidad habla por sí sola.

A los críticos mordaces que ni piden ni regalan nada se les lee mal. Se les odia a muerte. Todo se pone peor cuando la polémica pasa del terreno intelectual al personal.

––Y, por último, me gustaría preguntarte: ¿crees que ha muerto una cultura del debate y del encuentro entre individuos que componen los diferentes campos del intelecto nacional? ¿Viven cada uno de los creadores encerrados en un particular coto de caza y de referencias? ¿Hasta qué punto estamos preparados, como nación y como individuos, para divergir en criterios, tanto en materia escritural como humana?

Ya te había comentado que no veo una verdadera cultura del debate, en muy pocos casos se produce el tipo de encuentro que mencionas desde el punto de vista físico, en el contexto de lo real.

Puedo estar equivocado, igual no sé si responde a tu pregunta lo que acontece en la relación entre pequeños grupos de artistas donde casi nunca está la literatura.

Las publicaciones digitales no estatales quizás están generando una suerte de cambio en ese marco de relaciones. Son espacios muy dinámicos, con una alta presencia en la web y las redes sociales. Las publicaciones digitales como Hypermedia Magazine, Rialta Magazine o El Estornudo, están inmersas en las nuevas dinámicas de producción y difusión de contenidos, en las nuevas dinámicas económicas; no pocos actores de este escenario son jóvenes.

Tal parece que no solo se están creando redes de trabajo. Esa comunidad de intereses, incluso de afectos, también puede tener la lógica o la materialidad del entorno virtual.

Me preguntas sobre la divergencia de criterios; el panorama es desolador, casi árido. Como nación, como individuos, nos queda muchísimo por aprender. En todos los sentidos.



«Cuando escribo tengo los senos abiertos y canto las tinieblas de su edad»

Confieso que la quiero. Diana Castaños es una criatura especial. Tan especial que otras calificaciones serían redundantes. He seguido su literatura desde el primer día en que tuve el placer de leer uno de sus textos. Escribe desde el riesgo y desde su verdad. Es una viajera, una nómada del arte, y sus libros parten desde esa realidad que no es una, sino plural, sencilla y hermosa.

Cortesía de la entrevistada

¿Te consideras una escritora que demora sus procesos creativos? ¿Cuál es la perfecta manera de concebir un libro?

No tengo una sola manera de crear. Es un proceso que viene desde muchas partes y constantemente. Y de vez en vez desaparece también (lo cual está bien y acepto como venga). Llevo mucho tiempo con la literatura entre los huesos y sé que ella siempre regresa. La manera perfecta de concebir un libro por estos días no es la que ha sido para mí y, estoy bastante segura, no es la manera que será: cambio mucho, a veces caóticamente.

Pero mi respuesta es esta: con Riesgo… uno que vaya desde cómo vivo mi vida personal a lo que, finalmente, se pone sobre la página en blanco. El infierno es despertarme un día sabiendo la persona en la que pude haberme convertido y nunca llegué a ser.

Ahora tomo todos los riesgos del mundo: confío en extraños; estudio los nuevos requisitos para escalar el Everest y el Annapurna; invierto mi dinero en disulfuro de molibdeno (porque es más eficiente que el grafeno para convertir agua salada en agua potable). Y amo, por primera vez, con mucha fuerza, a todo lo vivo. (Y tomo como asiento el canto de los pájaros; y cuando caigo, lo hago como el viento sobre la luz).

Después de pasar 30 días de meditación en voto de silencio en una de las islas de Las Maldivas —que sufrieron falta de agua potable a mediados de este año—, poco importa si cumplo o no lo que se espera de una cubana fuera de Cuba: si escribo sobre las putas de La Habana, o si le arreglo o no un poco los detalles imaginativos de la historia que nos contó la Revolución. Poco importa sobre qué, siempre que escriba desde la certeza que todo en la vida es impermanente.

El único riesgo es el riesgo de no hacer nada.

¿Existe el libro ideal? ¿Existe la utopía creativa? ¿Cuál sería la tuya?

El libro que escribes, el que sea, es el ideal. No hay nada que lograr excepto ser lo que eres, en este momento. Nada es para ser entendido o logrado. Lo que hay, es para ser escrito. Por alguien. De vez en vez.

Como escritora, ¿cuál es tu apuesta más arriesgada?, ¿qué buscas contar?

No hay necesidad de hacer apuestas porque no hay necesidad de llegar a ningún punto. La literatura es una manera de expresar lo que soy, una forma de vivir. Como amar a tus padres, como mirarte el cuerpo desnudo frente al espejo, también desnudo. La literatura es lo que es. Ya está en el punto en que tiene que estar en este momento de mi vida, en este momento de la vida de todos. No hay nada que lograr excepto ser. Uno cuenta lo que necesita en ese momento. Lo que sea que se cuente es lo que había necesidad de ser plasmado.

¿Crees que la paciencia y la voluntad están infravaloradas en nuestra profesión?

La vida lleva paciencia y lleva voluntad. No separo la literatura de la vida. Para mí son la misma cosa.

A tu criterio, ¿qué es lo esencial que un escritor debe poseer?

Un escritor se caracteriza por tener una necesidad imperiosa, que viene desde todas partes y hacia todas partes va, de usar la literatura como medio de expresión.

¿La literatura es un proceso sagrado o profano, o quizás una mezcla de ambos?

La literatura es lo que el escritor defina que sea, si es que le interesa definirla. Y lo que el lector que la está leyendo sienta, asuma, piense que sea. Si es que le interesa sentirla, asumirla, pensarla.

No sé qué tan cercana o alejada esté mi literatura de los templos de Dios o de los hombres. Sé que cuando escribo tengo los senos abiertos y canto las tinieblas de su edad. Y soy hermosa como un cielo bajo una paloma.

CORTESÍA DEL ENTREVISTADA

¿Se publica demasiado en los tiempos que vivimos?

Si lo comparas con otros tiempos, seguro. Pero no tengo quejas del mundo en que vivimos. No digo que sea perfecto, ni el mejor de los mundos posibles, como diría Leibniz. Pero es parte de la Gran Pintura, parte de lo que ES —o está siendo— en estos tiempos. Y no hay nada que juzgar al respecto.

En el gremio literario existen, como en todo gremio, polémicas. ¿Cuánto crees que aporta el debate al crecimiento de los autores, y al reconocimiento de sus trabas y sus valores?

No sé cuánto aporta un debate al crecimiento de los autores. Habría que ver el debate, y el autor. Habría que ver cada caso en específico. Y supongo que cada persona tendría su propia visión sobre si el debate le aportó o no. Y qué le aportó.

La verdad es que no pienso mucho en este tema. En otras palabras: no sé cuánto —ni qué— me ha aportado el debate sobre mi literatura.

¿Cómo se encuentra una voz propia para contar? ¿Es una búsqueda de toda una vida o llega un momento que, por necesidad, oficio y circunstancia, se cimienta ya un estilo?

… cuando eres la voz. Si tienes que encontrar la voz, si tienes que sentarte durante horas con la mirada en la página en blanco, o raspar ideas de la cabeza, o robarle ideas a otro, o si quieres cimentar un estilo, o tener el oficio de escritor, o cualquier otra ignorancia relacionada con el ego, entonces no tiene sentido. Puede que salgan incluso textos relativamente buenos, pero no tiene sentido.

Solo tiene sentido escribir cuando no puedes hacer otra cosa. La historia, las letras, salen rugiendo de adentro tuyo. Salen disparadas, las escupes y caen sobre tu mano. Y tu mano teclea o dibuja las palabras (en dependencia de qué edad tengas y en qué siglo te muevas). Solo tiene sentido escribir cuando sabes que si no escribes, te suicidas, te tiras del décimo piso del edificio con diez pisos más cercano. Cuando sabes que dentro tienes algo —un trauma, un desgarre, un lobo comiéndote las entrañas— y, o escribes o te consumes. Entonces eres la voz.

No hay nada que encontrar. Si tienes que encontrar algo, entonces no lo eres.

¿Piensas que existe en la actualidad una crisis de la literatura?

Uno ve lo que quiere ver.

¿Los propios escritores, leen?

Habría que preguntarles a los propios escritores. Yo leo. Ahora mismo casi exclusivamente en inglés.

¿Qué limita nuestras miradas como escritores y la mirada de nuestra literatura?

Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo, decía Wittgenstein.

The Price of Being Young

Algunos de tus libros han cruzado ya la frontera de las publicaciones nacionales, ¿qué esperas de este cruce?

Más lectores, por supuesto. Mi principal sueño en la vida sigue siendo el mismo de cuando era pequeña: que un niño (no importa qué edad tenga, entre 9 y 99 años está bien) sea más feliz porque leyó uno de mis libros. Aunque sea por un instante. Aunque no me lo diga nunca.

¿Cuánto del periodismo narrativo está presente en el resto de tu creación?

Dado que soy una escritora que se graduó de periodismo, el periodismo narrativo es el género que fluye más vehementemente de mí.

Ahora que vivo cada mes en un país distinto, todos los géneros que escribo —poesía, narrativa, periodismo literario— tienen parte de esa pluralidad de religiones y modos de vida de los últimos 15 países que he visitado. De alguna manera, las personas, paisajes y animales que he conocido cohabitan pacíficamente dentro de mí, como el mar cuando la luna se mira ahogarse, o como el mar que ha mordido todas las playas.

Mientras más países y culturas visite y habite, más soy ese mar que se desborda y cae en el vacío en los tiempos de abundancia.

En tu reseña biográfica hay una línea que me ha llamado mucho la atención. La cito: “Desde diciembre de 2018 vive en un país distinto cada mes.” ¿Cuánto ha cambiado tu visión como ser humano creador, esa posibilidad de estar en contacto con otros saberes, culturas y geografías?

¡Oh, me ha cambiado tanto!

En Qatar, mujeres musulmanes se compadecieron de mí porque mi clítoris está intacto.

En Japón, apliqué para un asiento en la primera nave que llevará artistas a visitar La Luna, en el 2023.

En Nueva Zelanda ayudé, como voluntaria, en el nacimiento de dos osos pandas rojos.

Estuve mar adentro (perdida y sin rumbo) por dos semanas en las costas de Australia, mientras aprendía a navegar una goleta.

En Nepal estudié los nuevos requisitos para escalar Annapurna, montaña del Himalaya.

En la India enfrenté mis sancaras en un centro de meditación vipassana.

En Indonesia ayudé a restablecer el equilibrio del sistema de los arrecifes coralinos de la islita de un kilómetro de diámetro de Gili Air, con lo que (después supe) fue dinero que los indonesios lograron gracias a la venta de hongos alucinógenos a turistas europeos.

En Europa hice inversiones en la Bolsa, con una suerte tremenda.

En Perú hice una peregrinación (caminé, literalmente, tres días) para visitar Machu Pichu.

Estudié alemán en Serbia; depuré mi francés en Marruecos.

Apliqué para el proceso de congelación de óvulos en Rusia, porque los deseos de ser madre me han nacido, pero no lo seré todavía: tengo antes muchos países a los que viajar, y mucho que escribir, incansablemente.



La fantasía ilustrada

Tuve el placer de dialogar artísticamente con Yasser Curbelo Rego, por primera vez, gracias a la coincidencia que nos ofreció mi libro Dime, bruja que destellas; el cual, en su segunda edición, será publicado en Panamá en fechas cercanas. Fue mío el privilegio: las ilustraciones de Yasser llegaron para acompañar mi viaje literario. A través de diversos emails comencé a (re)conocer más del trabajo de este increíble artista visual, quien conjuga una obra donde arte, fantasía y vida tienen la primera —y última— palabra.

¿Cómo llegas al mundo de la ilustración y qué te parece es lo más atractivo de él?

Yasser Curbelo
Yasser Curbelo

Llego a ese mundo cuando todavía era estudiante en la Escuela Profesional de Artes Plásticas Carlos Hidalgo Díaz de Pinar del Río, que comprende la etapa del 2003-2006. En un taller de creación, el profesor que impartía la clase en ese momento introdujo un ejercicio, a modo de juego, relacionado con seleccionar un texto al azar de un libro de poemas e ilustrar el fragmento que te tocara. A partir de ahí comencé a dibujar imágenes vinculadas con la literatura y me sentí atraído por ese universo que era totalmente nuevo para mí.

Luego por mediación de un amigo visité la Editorial CAUCE de Pinar del Río y comencé a trabajar con ilustraciones para adultos que posteriormente salieron publicadas en varias ediciones de su revista cultural. Al poco tiempo recibí mi primer texto infantil y comencé a ilustrar para la colección Rehilete y Fililí, también colaboraba para el Suplemento Infantil “Chinchila”, todos propios de CAUCE.

Lo más atractivo de este campo es poder dar vida, mediante las imágenes, a un juego de palabras o de pensamientos que tuvo el escritor(a) en su momento de creación y tratar de acercarme lo más posible a cómo quisieran que se vieran reflejadas sus ideas.

¿Un buen ilustrador tiene que ser, por necesidad, también un buen lector?

Primero tiene que ser un buen dibujante, luego por necesidad debe ser un buen lector. En mi caso particular, debo admitir con sinceridad que no soy un lector excelente. Y no por falta de interés, porque sí he leído; en mi época de Servicio Militar, por ejemplo, me interesaba mucho la literatura rusa y otros libros clásicos de diversos géneros.

Ilustraciones de Yasser Curbelo
Ilustraciones de Yasser Curbelo

Sin embargo, desde niño me sentía mucho más atraído por los dibujos interiores, al punto de pedirle casi llorando a mi mamá que me comprara el libro Amadís de Gaula —aún recuerdo el título— solo por ver las ilustraciones de dragones y caballeros.

Con el tiempo sí he tenido que leer bastantes textos y en mi caso siento la necesidad y el cuidado de ser responsable con lo que voy a ilustrar. Siempre investigo para que las imágenes se correspondan con el contexto de la historia, los lugares, la cultura, trato de llevar una coherencia para que no se desligue una cosa de la otra.

¿Cuáles son los autores y libros que te interesan?

No quiero citar a ningún autor en específico porque el trabajo que hago es por encargo, es decir, la editorial me contacta y me comenta quién va a ser el escritor a ilustrar. En algunos de los casos no conozco su obra; sin embargo, al leerlos me siento identificado y las ilustraciones fluyen con mayor facilidad porque me gusta lo que va surgiendo.

Claro, no siempre me sucede así, no todas las historias suelen cautivarme pero igual debo hacer el trabajo con la calidad que requiere. De manera general me gustan los libros que me hagan saltar la imaginación, que me brinden y me sugieran imágenes interesantes, que sean textos ingeniosos, que me motiven a trabajar en ellos sin llegar al tedio.

El mundo de la fantasía tiene un inmenso valor en tu trayectoria, ¿de qué maneras piensas que lo fantástico es capaz de dialogar con lo real a través de la imagen?

En mi obra siempre ha existido un marcado interés por lo fantástico. Será que en mi mente siempre he vivido una fantasía llena de sueños desde el punto de vista de la creación, pero esa fantasía la he tratado muy apegada a la realidad.

Me caracterizo por ser observador, me fijo mucho en los detalles. Salgo a la calle y las situaciones cotidianas me brindan ideas. A la hora de crear una obra hago mis apuntes y en el proceso de trabajo voy cambiando cosas, voy centralizándolas más en lo que quiero.

Al final, el resultado es una mezcla de elementos fantásticos que se refieren a los personajes que construyo, los cuales aparecen fusionados con fragmentos de una realidad inmediata. Es decir, construyo mis escenas en ámbitos reales, mi obra refleja las cosas que me son cercanas. Todo ese cúmulo de artilugios los pongo en función de sugerir un pensamiento estético transformado en imagen.

¿Hasta qué punto los libros son capaces de promover la obra de los ilustradores?

Las publicaciones son muy importantes tanto para el autor como para el ilustrador. Esos libros llegan a disímiles manos de niños, jóvenes y adultos. Claro, todo depende de la distribución, de la cantidad de ejemplares de impresión —a mayor tirada, más visualización de tus ilustraciones; y esto conlleva a que te conozca mayor cantidad de público y autores que aprecien tu trabajo y te soliciten a la editorial para futuros proyectos—, también influye la magnitud del alcance de esos libros.

¿Quiénes, en el mundo de las artes visuales, constituyen tus principales referentes y por qué?

Pienso que casi todos los artistas que crean dentro del amplio mundo de lo fantástico han tenido que hojear en algún momento de su vida un catálogo de arte surrealista.

Yo lo hice en mis tiempos de estudiante y quedé fascinado con la obra de Salvador Dalí, de René Magritte y, si me remonto hacia el Renacimiento, tengo que mencionar a Pieter Brueghel llamado el Viejo. En mis comienzos tuve mucha influencia del surrealismo, sobre todo cuando realizaba mis dibujos y pinturas.

Ilustraciones de Yasser Curbelo
Ilustraciones de Yasser Curbelo

Con el paso del tiempo fui desarrollando más las artes gráficas y una manera nueva de adoptar la figuración. Sin abandonar los rasgos surrealistas me fui adentrando más en lo grotesco, en lo expresionista, incluso llegué a tocar lo caricaturesco. También me gusta mucho la obra de Francisco de Goya, sobre todo sus grabados sobre metal; me encantan las ilustraciones del ilustrador francés Gustave Doré, considerado en su país el último de los grandes ilustradores.

Admiro la obra de José Luis Posada, conocido como “El Gallego Posada”, pintor y grabador español exiliado en Cuba. Me retroalimenta en gran manera ver la obra de estos grandes dibujantes con los que me identifico desde el punto de vista estilístico; en fin, que soy un amante fiel del dibujo.

¿Con cuáles libros estableces una conexión más hermosa?

La verdad es que establezco una excelente conexión con los libros que no me aburren, con los cuales no paso trabajo para crear un ambiente dentro de la historia que me cuentan. Lo voy a repetir cada vez que tenga oportunidad: es importante la imaginación del escritor, la cual se denota mediante las palabras y provoca una chispa que no se apaga en el proceso de creación de las ilustraciones. Esto me permite disfrutar cada imagen que realizo sin tener que ceñirme solamente a un compromiso editorial. 

¿Cuál es el valor de la formación académica? ¿Qué puede ofrecer la formación que el talento no, y viceversa?

La formación académica es de mucho valor para un artista. Es la que te moldea y te da las herramientas de aprendizaje para dar tus propios pasos en el camino que decidiste escoger. Pienso que algunos seres humanos vienen al mundo con habilidades especiales; otros las van adquiriendo, y algunos poseen un talento innato o, como decimos a veces, un don.

Ese talento te permite llevar ventaja desde que comienzas como estudiante: haces cosas de manera natural mientras que otros necesitan de una orientación. El talento, vinculado a la academia, da como resultado la formación de un artista más completo, ya que se adquieren conocimientos que luego se pueden utilizar para un mejor enfoque en la carrera artística.

¿Cuál es la mejor forma de dialogar con un público lector a través de la imagen? ¿Hasta qué punto piensas que una ilustración puede enriquecer o desfavorecer al mundo ya contenido en el libro?

Se dialoga al crear imágenes que no pierdan relación con el contenido de la lectura. He visto libros donde el texto no resulta interesante, simplemente porque no todas las obras que se realizan son geniales, hay unas muy buenas y otras no tanto; pero, al final, las ilustraciones le dan vida a ese libro.

También existen textos con historias muy buenas y una excelente edición; sin embargo, las ilustraciones no están a la altura o existe mala calidad de impresión, fallo que nos golpea en muchas ocasiones.

Yo mismo he tenido mis decepciones cuando he realizado ilustraciones de calidad y el resultado final ha sido malo por este motivo. Sé que a veces las condiciones no son óptimas por la escasez de recursos, también reconozco el esfuerzo de las editoriales, pero creo que hay que velar por lo de uno… me refiero a que debe haber un representante de la editorial en el momento de la impresión y no solo enviar el paquete.

En el campo de la promoción, ¿cuáles son las principales herramientas de un artista visual? ¿Cómo se promociona la obra de un ilustrador, más allá del libro como objeto artístico?

Ilustraciones de Yasser Curbelo
Ilustraciones de Yasser Curbelo

Es muy importante la promoción en las redes sociales, la creación de un sitio web donde puedas mostrar tu trabajo y así compartirlo con los demás. Además, también se puede realizar promoción a través de las instituciones que nos respaldan con sus circuitos galerísticos, como el Fondo Cubano de Bienes Culturales y el Consejo de las Artes Visuales.

Pienso que las editoriales nacionales deberían trazarse nuevas estrategias para la promoción de sus ilustradores porque, en la mayoría de los casos, se quedan en la simple presentación y en la distribución de los libros que, en muchas ocasiones, no llegan a cubrir todos los espacios, se quedan en un circuito reducido; sí, escuchas hablar de ellos pero no tienes la oportunidad de adquirirlos.

En mi experiencia personal, desde que estoy en este medio he tenido muy pocas oportunidades de conocer personalmente al autor del libro que voy a ilustrar y eso no debería suceder: el trabajo fluiría más si el autor y el ilustrador tuvieran un contacto cercano.

No quiero decir que esto es algo que no se hace nunca, pero sí creo que la editorial es la encargada de propiciar esos encuentros y de promocionar con más fuerza la obra de sus ilustradores. Las editoriales no deben conformarse con ver solo una impresión en papel o cumplir con el plan editorial del año; al final, este es un trabajo muy serio al que uno le pone el corazón y le dedica su tiempo.

En cuanto a visualidad, ¿crees que nuestros libros se encuentran actualizados, que sobreviven a una comparación estética con los libros de otras geografías? ¿Qué puede ofrecer la ilustración cubana al mundo?

En nuestra geografía existen excelentes dibujantes e ilustradores, dotados con suficiente talento para trabajar con cualquier editorial. Lo que nos golpea siempre por cuestiones de recursos es la calidad de impresión de los libros.

Muchos ilustradores se quedan insatisfechos porque los filtros que aplicaron no se ven, las imágenes van descargadas de tinta o aparecen ilustraciones quemadas. Los equipos de imprenta ya no dan para más, aunque también debo destacar el esfuerzo de nuestras editoriales para que estos libros salgan a la luz y se muestren a todo tipo de público en nuestras Ferias del Libro cada año.

Todavía en ese sentido no podemos competir con la impresión de editoriales extranjeras. Como ves, no estoy hablando de la calidad de ilustración, pero evidentemente si imprimes una imagen a color en óptimas condiciones materiales, esa ilustración gana mucha visualidad.

Por otro lado, pienso que la ilustración cubana puede ofrecer al mundo rasgos de nuestra cultura que, traducida en imágenes, muestra una manera particular de hacer. Eso sin adoptar completamente las influencias foráneas; es decir, puedes nutrirte de las nuevas tecnologías e informarte de lo que se hace en el mundo en cuestiones de arte digital —que es lo que más se está manejando en el campo de la ilustración actual— pero sin dejar a un lado la estética que nos identifica.

En el amplio campo de la ilustración de la isla, ¿qué piensas puede ofrecer tu obra?

La verdad no sé hasta qué punto sea novedosa. Al menos creo que he aportado un granito más en este mundo de la ilustración del cual sigo aprendiendo, en el que me perfecciono día y día y al cual trato de aportar una obra de calidad, que pueda ser del disfrute del público que la consuma. Sí puedo asegurar que mientras esté trabajando en el campo de la ilustración, lo haré con la entrega que me caracteriza y el amor inseparable que tengo hacia la creación.



Sinceridad y belleza son mis divisas

Existen encuentros trascendentales en la vida de un escritor. Uno de los míos, lo confieso, ocurrió cuando, en cierta Feria del Libro, tuve entre mis manos La Concordia, del narrador Evelio Traba. Desde entonces he seguido la trayectoria y éxitos de este joven autor que reúne, en un mismo cuerpo textual, talento, belleza y sinceridad literarios. Su obra merece ser considerada parte de lo mejor de la creación que se ha gestado en los predios artísticos de nuestra isla en los últimos años. Esta entrevista salda, o intenta al menos saldar, una deuda de afecto y respeto hacia de la obra de Traba.

¿Crees que a la literatura nacional joven le faltan universos de referencias y lecturas?

Veo, desde hace algunos años, en la joven literatura cubana lo que es casi una obsesión por dejar una marca, una necesidad a veces compulsiva por delimitar un terreno que tiene su anclaje en la negación de toda la producción anterior. En este sentido creo que es un lastre que viene desde las vanguardias, y que lamentablemente ha producido y sigue produciendo un daño de efectos nocivos incalculables: se impone, para que un escritor se empodere de su oficio, conocer la tradición, lo que equivale a decir que la revisitación de los clásicos es indispensable.

 Estoy seguro de que muchos de nuestros autores jóvenes no han leído en profundidad a los clásicos universales de todas las épocas, sin cuya asimilación lenta y consciente es imposible construir un discurso personal y coherente. En este sentido, (hablando solo de narradores) Ramón Meza, Miguel de Carrión, Carlos Montenegro, Lydia Cabrera, Lino Novás Calvo, Carpentier y Lezama son figuras que es necesario revisitar, por tan solo mencionar algunos nombres de la literatura cubana.

Tal vez Arenas y Padura sean los más leídos y sí, es cierto, son escritores de una relevancia capital, pero los grandes maestros que les antecedieron, deben ser (re)leídos con el escalpelo del aprendiz en la mano. Nadie ha llegado a un lugar cimero sin ellos, son sombras tutelares cuyo influjo es siempre benéfico. Y en este sentido respondo concretamente tu interrogante: faltan referencias, lecturas y voluntad de aprendizaje. Ello se aprecia en un trabajo superficial con el lenguaje y en estrategias discursivas muchas veces inefectivas que terminan distanciando a nuestro destinatario de siempre: el lector.

A tu entender, ¿qué hace a un escritor bueno?

En primer lugar, no puede faltar el talento, que es esa predisposición pasional (en el mejor de los sentidos) para vivir literariamente y produciendo significados literarios, lo que equivale a decir que es necesaria una especie de obsesión y amor por las letras que va más allá de la lógica ordinaria, lo cual hace que un escritor, hasta el más conservador, viva fuera de los cánones de la “normalidad”.

Pienso en este sentido en una carta. La carta de que un Rimbaud joven le escribe a su maestro Georges Izambard, en mayo de 1871: “Digo que hay que ser vidente, hacerse vidente. El poeta se hace vidente por un largo, inmenso y razonado desarreglo de todos los sentidos”. Un escritor auténtico, es como se autodefinía Fernando Pessoa: “Un indisciplinador de almas”, alguien que va contra las reglas no porque quiere, sino porque lo necesita.

Otro elemento al que concedo mucho valor es a leer creativamente, es decir, convertir el acto de lectura en un acto de disfrute y de libertad interior, leer aprendiendo, leer descifrando, y hacer de esto un acto cotidiano e incansable. Finalmente, creo que un escritor alcanza la excelencia si deja de preocuparse demasiado por la recepción o el impacto de su obra y se concentra en lo que desea lograr de un modo íntimo y honesto, lo cual implica un trabajo seductor con el lenguaje y con la inteligencia de su discurso, entiéndase esto como un resumen artístico de sus vivencias y sus lecturas más significativas. Un escritor es bueno allí donde un lector, incluso desde la más remota geografía, agradece sus palabras y entabla una amistad en la que no siempre es necesario el contacto personal.

¿Piensas que la disciplina del oficio es indispensable, o su cuenta puede ser saldada por el talento?

Es indispensable la disciplina, la cual no debe ser entendida como una camisa de fuerza, sino como un pivote para la creación, una plataforma de salto que permita organizar el esfuerzo literario y convertirlo en una realidad. He visto grandes talentos malograrse por falta de disciplina, lo cual implica dedicar tiempo para leer, concebir metas a mediano y largo plazos, construir un ritmo de trabajo personal y placentero.

Contrariamente a lo que mucha gente cree, forjarse una disciplina se convierte en una garantía de inspiración. Quien es capaz de administrar su esfuerzo de forma consciente, encuentra siempre las mejores salidas y soluciones. El talento es indispensable como primer elemento, es la argamasa del ladrillo, pero la disciplina es el horno que le da consistencia y termina convirtiendo el esfuerzo creativo en un producto, un resultado.

Siempre, cada vez que se toca este tema, pienso en Alejo Carpentier y Leonardo Padura, dos referentes cercanos cuando se aborda el difícil binomio talento-disciplina.

Eres un joven escritor interesado en la (re)escritura de la Historia. En cuanto a materia investigativa, ¿cuánto se te dificulta encontrar los referentes textuales y la bibliografía necesarios? ¿Están los jóvenes investigadores cubanos ceñidos a la “maldita circunstancia del agua por todas partes”?

La (re)escritura de la Historia exige, muchas veces, un contacto directo con fuentes primarias que solo se logra en archivos, bibliotecas y otros reservorios. En mi caso, que ya he vivido algunos años fuera de Cuba, esto ha representado una limitación. Gracias a la ayuda de amigos o la consulta de fuentes que hoy se encuentran digitalizadas he podido acceder a la información necesaria, pero básicamente es un problema al que se enfrenta un narrador que esté, fuera de Cuba o lejos de los centros de la información requerida para que su trabajo alcance la seriedad indispensable a la (re)escritura de la Historia como acto creativo; no solo de gran riesgo intelectual, sino como un acto de responsabilidad plena en cuanto a verosimilitud y respeto al lector.

En cuanto a la “maldita circunstancia del agua por todas partes”, te diría que es una realidad aplastante por las limitadas posibilidades de viajes y superación que hoy existen para investigar fuera de Cuba. Para entender de una forma más o menos integral la Historia de Cuba, es necesario consultar fuentes que están mayormente en España y Estados Unidos, dígase el Archivo General de Indias, de Simancas, la Biblioteca Nacional, la Biblioteca del Congreso, la Pública de New York o la importantísima de la Universidad de Miami.

Mientras las posibilidades de acceso a estos y otros centros de la información sean tan limitadas, los estudios historiográficos estarán incompletos o tristemente ceñidos a una visión unilateral de la Historia. Si bien en archivos y bibliotecas de la Isla es posible encontrar un grueso de información valiosa, poder consultar las fuentes antes mencionadas y otras, sería de una complementariedad saludable para la Historia como ciencia social viva que reconoce la información como plataforma no exclusiva del territorio insular.

Has podido observar el hacer literario de la Isla desde una distancia geográfica en los últimos años. ¿Qué te interesa del hacer de los nuevos escritores en nuestro contexto?

La valentía para abordar situaciones propias de las prácticas y contextos más actuales, así como la capacidad discursiva para dialogar, desde el teatro, la poesía y la narrativa, sobre temas como la dinámica de la familia ante la migración, las categorías de género, identidad sexual y el impacto del acceso a la tecnología en la vida cotidiana.

Me interesa, sobre todo, observar de forma atenta la imbricación que existe entre estas expresiones y la construcción del lenguaje en diferentes discursos que configuran hoy la fisonomía de la joven literatura cubana.

¿Nuestra literatura podría aprender o emular de la creación de otros contextos geográficos? ¿Y nuestras editoriales? ¿Tememos a las comparaciones o las evitamos?

La literatura cubana, sobre todo en el ámbito de las letras hispánicas en sentido general, diría yo, goza de buena salud en cuanto a reconocimiento y recepción crítica. Un escritor cubano en el extranjero, sobre todo en Latinoamérica y España, por lo general no pasa desapercibido.

Pero creo necesario detenerme en algo puntual: un sector considerable de la literatura cubana, sobre todo la narrativa y la poesía, han perdido de vista una figura elemental de todo proceso literario: el lector.

Muchas veces escribimos para circuitos o círculos literarios olvidando que nuestro horizonte debe ser el universo de la lengua castellana como meta máxima de alcance, que la literatura como ejercicio pueda resumirse en un verbo: comunicar, lo que significa que debemos rescatar la universalidad en el tratamiento de los temas y el lenguaje, lo cual es visible en obras de autores extranjeros como Roberto Bolaño, Samantha Schweblin, Rodrigo Rey Rosa, Andrés Neuman, Daniel Ferreira, Álvaro Enrigue, Carlos Busqued, Guadalupe Nettel, Andrés Barba y Juan Pablo Villalobos, entre otros.

Creo que las editoriales cubanas, sin caer en el facilismo, deben rehuir la encriptación en los discursos, los malabares técnicos que no llevan a ningún camino; lo que significa, por ende, aumentar el rigor de la selectividad y la visibilidad de los autores cubanos a nivel internacional, un terreno en el que aún resta por ganar créditos y el cual no queda cubierto solo por la presencia de autores en ferias del libro de Latinoamérica principalmente.

En cuanto a las comparaciones, creo muy personalmente que las evitamos por temor, que es principalmente el temor al mercantilismo y la banalización del libro como producto de consumo cultural: Cuba debe comprender de modo más flexible las dinámicas del mercado internacional del libro, y asumir que las editoriales pueden comercializar ampliamente el libro y crear un universo publicitario en torno a él, sin renunciar a la calidad estética tanto desde el contenido como la belleza en el diseño, lo cual quiere decir que es posible crear una mayor visualización de los autores cubanos a nivel internacional, sin que estos tengan que recurrir, para lograrlo, necesariamente a sellos como Alfaguara, Tusquets o Anagrama.

¿Confías en el nacimiento de verdaderos pensadores culturales dentro de nuestra generación?

Confío en el nacimiento y consolidación de verdaderos pensadores culturales dentro de nuestra generación, en personas que desde sus puestos y alcances están generando una visión renovadora del fenómeno editorial, promocional y literario. Como diría César Vallejo: “Son pocos, pero son”. Vale en tal sentido hablar de Luis Yuseff y Yunier Riquenes, sin que por ello sean los únicos inmersos en este despliegue cultural de la edición y la promoción de la lectura.

Desde este punto de vista, es más que destacable la línea programática de Ediciones La Luz en Holguín, dirigida por Yuseff, con un catálogo selecto de lo mejor de la literatura joven en Cuba o fuera de ella, y un trabajo integral que, por su calidad, desmiente la falsa tesis de que los jóvenes nos somos capaces de comprometernos en profundidad con proyectos que exijan constancia, disciplina y poder de observación para apostar por lo valedero y lo perdurable.

En otro sentido, emerge en Santiago de Cuba, con Claustrofobias, la figura de Yunier Riquenes, un joven que con su equipo ha sabido demostrar todo lo antes dicho unido a la excelencia desde lo promocional, insistiendo siempre en el hecho de que las nuevas tecnologías y plataformas de consumo cultural están modificando nuestro modo de leer, y más especialmente el modo de leer de las nuevas generaciones y que, por tanto, se impone adaptarse a estas dinámicas en vez de negarlas o desconocerlas.

Tanto Yuseff como Riquenes se han convertido en paradigmas de la gestión cultural desde centros de amplia influencia, legitimando, además, como creadores, la idea de que es posible consolidar una obra de gran validez desde lo personal, y a la vez contribuir a la visualización de la obra de terceros; esto es pensar la cultura desde la acción y vivirla desde un ejemplo, que lejos de alzarse como una consigna, emerge como una virtud espontánea.

Otra pregunta sobre la actualidad literaria nacional. Gracias a la eclosión de premios se han dado a conocer no pocas nuevas voces. Algunas con propuestas sólidas; otras, con trabajos que lucen más como work in progress o iniciáticas búsquedas que como libros cerrados. ¿Premiamos por premiar? ¿Hasta qué punto validamos estéticas y autores cuya calidad es aún dudosa?

En este caso creo se impone una pregunta. ¿Quiénes son los jurados y cuáles son los parámetros bajo los cuales toman decisiones, a veces, dañinamente trascendentales? Bien sabemos que la objetividad es más resbaladiza que la propia ficción literaria, pero de igual modo sabemos que existe, o debería existir la justicia.

A veces, uno abre un libro de un género u otro y tras la lectura de las primeras 20 páginas (menos en muchas ocasiones), surge la impostergable interrogante: ¿quiénes premiaron esto, por qué? Y la inquietud surge porque se aprecia, en una lectura preliminar, un discurso vacío, un lenguaje de escasos alcances estéticos, unas ideas que asoman como torpe reciclaje de otras, unos personajes endebles, unas estructuras sin el menor suporte conceptual.

Bien sabemos que estas no son meras exageraciones, porque muchas veces los premios literarios se convierten en cónclaves marcados por simpatías personales, por miradas reduccionistas, por oportunismos, y hasta por sencillo y llano fraude. Todo esto trae consigo unos procesos de legitimación alejados de la realidad literaria del país y, por consiguiente, la desilusión muchas veces justificada de quienes, con trabajos impensables, logran imprimir un manuscrito para enviarlo a concurso.

Bajo este modus operandi han sido catapultados a una especie de estrellato nacional, una serie de autores con propuestas de una precaria factura, que más adelante, para desgracia mayor, se erigen en árbitros de lo que debe y no debe publicarse, marcando, en muy tristes ocasiones, tendencia. Eso nos ha lastrado y nos seguirá lastrando mientras muchos jurados fallen premios a partir de elementos extraliterarios, o sencillamente no se tomen con seriedad el trabajo que se les ha encomendado y lancen la hojarasca en el saco del fruto y viceversa.

Tu libro El ritual de las cabezas perpetuas, galardonado con el Premio Iberoamericano Verbum 2016, acaba de ser publicado por Ediciones La Luz. ¿Cómo llegas a este texto en particular? ¿Dónde nace la historia e interés, valga la redundancia, por la Historia?

Desde que era un niño, para mí, la objetividad, aunque entonces no pudiera explicármelo con estas palabras, fue un concepto en crisis. Nunca estuve conforme con las explicaciones que me daban, y siempre para mí, la duda fue un recurso de capital importancia. Aún lo sigue siendo, pero ya en calidad de una herramienta consciente.

La Historia era para mí, sobre todo en los años de la secundaria, un más allá de posibilidades que incluso los buenos profesores solo alcanzaban a señalar con el dedo, desde muy lejos. Una pregunta recurrente me hacía detenerme: ¿Fue esto realmente así? ¿En realidad era fulano de tal, así como lo pintan? Esto me llevó a conversaciones con “expertos” en dichos temas, a consultar obras complementarias, a comparar, a no conformarme.

Ahí tuve mi primera vocación borgeana sin saberlo: el amor por las enciclopedias y los libros antiguos, que aún hoy no me abandona. Una vez que descubrí el lenguaje literario como la más intensa de todas las emociones estéticas, me di cuenta de que todo podía ser reinventado, remasterizado, recompuesto, reescrito, y que las posibilidades imaginativas estaban por encima de hechos heroicos e incuestionables, para incorporarlos en una nueva dimensión, que es lo que yo llamo “dimensión de cercanía”; es decir, acercar los hechos y las personas de la Historia al alcance de otros, convertir los hechos históricos en materiales asimilables, gracias a la recreación de un contexto por medio de la investigación profunda y la mímesis del lenguaje.

Inmerso ya en esta estética, y habiendo escrito un par de novelas donde la Historia juega un rol determinante, me pregunté una noche de fines de 2015: ¿fue realmente la Revolución Francesa, Libertad, Igualdad, Fraternidad? La pregunta me llevó a descubrir una serie de pasadizos tortuosos que se alejaban cada vez de lo que parecía ser más un eslogan que una realidad histórica.

En esos días, curiosamente, se hizo viral en Internet, la declaración de un neurocirujano italiano (Sergio Canavero) que aseveraba poder hacer, en 2017, el primer trasplante de cabeza de la historia, lo que terminó siendo no más que una maniobra promocional y el más insulso discurso de pseudociencia.

No obstante, para la percepción literaria, no hay material de desperdicio, todo es utilizable. Surgió entonces la pregunta: ¿Qué tal si desarrollamos trasplantes de cabezas en la época donde más cabezas rodaron a lo largo de toda la Historia Universal? Solo el código fantástico podía apuntalar de forma adecuada esta respuesta y ese fue en verdad el principio de todo. Lo que vino después fue una mezcla de información rigurosamente contrastada, intuición poética, reflexiones filosóficas sobre el conocimiento, la identidad, las obsesiones y el origen del mal, entre otros temas que contribuyeron a modelar la primitiva fisonomía de El ritual de las cabezas perpetuas.

Te confieso que una de las lecturas más entrañables de mi vida es La Concordia, novela ganadora del Accésit Premio Latinoamericano y Caribeño de Novela Alba Narrativa 2012, y publicada por Arte y Literatura en 2013. Háblanos un poco de cómo llegas a construir tus personajes y cuál es tu principal búsqueda escritural.

Mis personajes nacen de la pasión con que suelo sumergirme en la recreación de un determinado argumento. Son, inicialmente, cuchicheos ladinos, frases sueltas que se convierten en discursos autónomos, y para mí, al menos durante el proceso de escritura, se convierten en presencias, en sombras con las que hablo sin descanso.

Mis personajes oscilan entre lo extraordinario de su condición ficcional y la naturalidad con que puede llegar a existir cualquier persona real. Cada personaje, de acuerdo con sus características, cumple una función específica dentro del plano argumental de la obra; yo intento, entre otros tantos cuidados, que no se me desdibujen ni banalicen, que hablen y escriban como les corresponde, que se relacionen entre ellos como la ficción y la lógica narrativa lo demandan.

Me ocupo con el mayor juicio crítico posible, de que evolucionen adecuadamente desde su primera aparición hasta la última y que, sobre todo, sean profundamente humanos. 

En este sentido, mi principal búsqueda escritural suele ser la conformación de un mundo posible y deseable para el lector, por medio de un lenguaje que intenta lo simbólico desde lo poético y lo filosóficamente significativo. Busco transgredir, y transgredir significa para mí, ante todo, ser fiel a mí mismo. No me desgasto en acrobacias inútiles: sinceridad y belleza son mis divisas.

En tu trabajo como creador, ¿qué proceso valoras más?

No suelo detenerme de forma obsesiva en los libros que quedaron atrás ni en la suerte que corren una vez publicados. Doy mucha importancia al proceso de construcción, que está lleno de salidas en falso y rectificaciones, en el encuentro con la palabra viva, en el asombro de ver cómo los personajes van alcanzando su mayoría de edad ficcional, y en ver la manera en que se van conectando detalles mínimos con elementos decisivos de la trama, y en cómo todo es una danza de imágenes y sensaciones. Ver cómo la información recopilada pasa de ser un dato frío a una emoción, a una actitud, es algo que disfruto mucho.

Yo escribo a mano todas mis obras narrativas: he intentado despojarme de un método que es arcaico en verdad, pero no he podido. Necesito la tinta y el papel como un ejercicio de humildad que consiste en reconocer a priori la imperfección del texto. Cuando manuscribo siento que mis personajes respiran mejor.

Luego de esto, paso a word verdaderos mamotretos que en el propio proceso de transcripción van depurándose y alcanzando una condición más noble; finalmente trabajo sin piedad sobre una primera copia impresa en la que suelo reforzar vínculos, eliminar fragmentos que sobran, hacer correcciones lingüísticas de importancia, y es todo este trabajo en que se hibridan las estrategias constructivas del arquitecto con la fuerza bruta del albañil, lo que de veras disfruto.

Una vez publicados los libros, lo que me hace verdaderamente feliz es el contacto con los lectores, porque estando yo a solas con el libro me asalta una rara sensación de incredulidad y sospecha que no he podido superar.

¿Existe una ética, más o menos invisible, entre los creadores del patio o nos encontramos todos inmersos en un “coliseo” literario?

Desde tiempos de Lope, Cervantes, Góngora y Quevedo han existido y existirán las trifulcas literarias, las animadversiones y los bandos que se enemistan entre sí como si fuesen escuelas de diversos estilos de artes marciales. Es decir, desde que la literatura se convirtió en un oficio más o menos profesional con que es posible ganar notoriedad y algunas veces un poco de dinero, las rencillas se han convertido en plato fuerte en las relaciones de unos escritores y otros.

 Personalmente creo que dondequiera que el talento está en pugna aparecen los caciques y los cacicazgos. Basta viajar por Cuba para observar, de forma velada o explícita, las antipatías y querellas que se dan en el gremio de la escritura, pero a mi entender, esto no se ha tornado crónico aún en Cuba, donde a pesar de la realidad antes descrita, pocas veces los enfrentamientos entre autores alcanzan la categoría de escándalo, como sí es notorio y absolutamente público en España, donde las guerras literarias tienen más de 400 años y las emboscadas se han convertido casi en un subgénero narrativo dentro de la novela y de atención mediática del panorama literario y extraliterario.

Tales son los casos de los pugilateos intensos entre Juan Manuel de Prada y Pérez Reverte, entre Roberto Bolaño y Javier Cercas, entre Eslava Galán y Paco Umbral, en fin, que los ejemplos abundan.

En Cuba creo que no hemos llegado a esos extremos, pero sí me ha sido dado observar el favoritismo y zancadilleo, los ataques despiadados en determinados circuitos, y, sobre todo, la invisibilización como ejercicio consciente entre aquellos que, además de escribir, ocupan altos cargos en direcciones provinciales del Libro y Literatura.

¿Podemos evitar la aparición de este fenómeno? Creo que no. Lo importante es cuidar que estas trifulcas no trasciendan lo personal y afecten lo literario en lo tocante a la justa apreciación crítica de la obra de terceros.

Desde lo personal, creo que participar en, o consentir esas fricciones, constituye una pérdida de tiempo para el escritor consciente de sus posibilidades y enfocado en mejorar su oficio. Es propio de autores desgastados e improductivos entregarse a esas triquiñuelas que, en vez de añadir brillo, restan.

Lope desgastó sus mejores aceros fabricando pullas para destruir el Quijote de Cervantes; hoy Cervantes es universal por derecho propio y Lope, amén de sus innegables virtudes, un solo ilustre autor de comedias, comparado con el genio del hombre que aprendió, sobre todo, a “tener paciencia en las adversidades”.

En nuestro diálogo, que trasciende las breves preguntas de esta entrevista, hemos conversado de tu interés en la literatura con visos fantásticos. ¿Por qué y cómo llegas a la fantasía?

Todo discurso, tarde o temprano, encuentra su agotamiento. Ahora mismo, la novela histórica como subgénero narrativo, a pesar de su enorme demanda en el ámbito de las letras hispanoamericanas, ha entrado en una especie de ocaso donde casi todos los recursos han sido explotados.

Consciente de todo esto, he observado que solo la fantasía y el ejercicio de la contrafactualidad (llámese también ucronía) pueden refrescar el discurso de la narrativa histórica.

En este sentido, la simbiosis entre lo histórico y lo fantástico dota a la narración de un poder semiótico que rebasa la imagen de lo verosímil para instalarse en el reino de la posibilidad simbólica, y, por tanto, de expresión lingüística.

Llego a la fantasía como una consecuencia de mi incurable inconformidad hacia todo lo que existe, tanto en el plano de lo real como de lo imaginario. Ya que, como autor, me ha marcado (y creo que seguirá haciéndolo) el discurso de la novela histórica, he comprobado que solo la fantasía puede llevarme a establecer, conmigo mismo y los lectores, otros puentes de complicidad.  

Y, finalmente, quisiera hablar del lenguaje cinematográfico con el que está acuñada buena parte de tu creación. ¿Eres de esos autores que, de una manera u otra, a priori o a posteriori, piensa en la adaptabilidad de sus obras al séptimo arte?

La literatura, ya lo advertía el gran Lezama, es imagen. Por una cuestión, intrínseca, muy personal, mis obras obedecen a este precepto de lo visual. Sin darme cuenta, en lo que escribo, termino conduciendo a mis lectores por el sendero de lo sensorial: trato de que haya claridad en mi escritura, de que a través de mis textos sea posible ver una realidad.

Esa realidad, en primer término, debe ser visible para mí como autor y en segundo (muy importante) para mis lectores. Este empeño, que también contiene la intención de un ritmo y una fluidez en lo discursivo, lleva espontáneamente hacia lo cinematográfico, no solamente desde lo visual sino que también trabaja estrechamente con el diapasón de otros sentidos como son el gusto, el olfato, la audición y el tacto.

Pienso en imágenes durante el proceso creativo, pero sin pensar en cine; una que otra vez, ya terminado el producto, no te niego que más de una vez he coqueteado con la posibilidad de una adaptación cinematográfica, pero hasta ahora no se ha materializado este anhelo. En más de una ocasión he tratado con el maestro Fernando Pérez (en base a un interés suyo) sobre el margen de adaptabilidad que presenta La Concordia, mi primera novela, pero sobre todo por cuestiones de financiamiento y otros proyectos antepuestos en la carrera del cineasta no ha sido posible.

De igual modo, hace poco me contactó un joven director cubano, cuyo nombre no debo revelar, con la intención manifiesta de convertir en un filme mi novela El camino de la desobediencia, que es una novela biográfica sobre Carlos Manuel de Céspedes.

De momento, sin ansiedad, espero que este sueño pueda convertirse, algún día, en un hecho tangible, pero entiendo que los pasos del cine son mucho más lentos y complejos que los de la literatura, y que deben conjugarse muchas voluntades y recursos para que esta ensoñación cuaje en calidad de hecho. Solo queda esperar como quien no espera, saber leer las señales del viento, volar.



“Es el texto el que pondrá límites siempre”

Desde que conocí la obra de Yancarlos Perugorría Díaz sentí encantamiento. Palabra en desuso esa que habla de magia, de ese proceso que es emocional a la vez que intelectual, de ese proceso que visibiliza acción y reacción. El ejercicio del talento de Yancarlos es una de sus bazas de triunfo. Esta entrevista busca identificar la fórmula de su creatividad.

¿Existe una fórmula que explique el talento?

Personalmente no creo que exista fórmula alguna. Cualquier proceso de creación debe partir siempre desde la sensibilidad. Para esta última sí puede existir en parte una fórmula: un fragmento nace con el individuo y es inherente a él, y el resto consiste en la idea de que en donde pudiese existir una fórmula hay también una vinculación y una disposición del individuo por extenderla o elevarla. Estas son tareas que debe estar dispuesto a llevar a cabo durante su mortal existencia.

¿Cómo transcurre tu proceso creativo? ¿Tienes algún método específico para crear?

Me considero demasiado emocional, de ese estado parte mi proceso creativo. Utilizo el dolor, el rencor, la esperanza, la vergüenza, el amor, la ira, el enojo, el pasado, el presente, el futuro, los errores, los aciertos… Son ellos los medios que empleo para enfrentarme a la obra de un autor. Debo hacerla personal para traducirla en una especie de huellas visuales que están en función siempre de complementar al texto.

FOTOS: CORTESÍA DEL ENTREVISTADO
FOTOS: CORTESÍA DEL ENTREVISTADO

En tu labor como ilustrador has tenido la oportunidad de colaborar tanto con autores noveles como consagrados. ¿Es difícil trabajar por encargo o forma parte del oficio y la disciplina?

Pienso que las lecciones nos llegan desde cualquier dirección, solo debemos educarnos en ser receptivos, en saber que nunca tendremos un conocimiento absoluto sobre nada. Un niño me ha enseñado tanto acerca de la ilustración como los grandes maestros, un animal me ha enseñado más sobre el amor y la sensibilidad que lo que he visto en muchas personas. Es cuestión de estar dispuesto a aprender a cada segundo.

Has recibido algunos de los premios más importantes de ilustración de nuestro país. Pienso en La rosa blanca y en el Premio Anual de Diseño del Libro Raúl Martínez. Dicen algunos que los reconocimientos, cuando se reciben a edades muy tempranas, solo envanecen al artista y cortan su desarrollo, ¿qué opinas de esto?

He tenido la gran alegría de recibir importantes reconocimientos por mi trabajo, que en gran medida han posibilitado la visibilización de mi obra. Eso es algo que agradeceré siempre a cada persona que me ha apoyado, desde jurados hasta ese lector que vive en algún lugar recóndito. Sí, por supuesto que es muy fácil permanecer a la sombra de lo ya hecho y vivir relamiéndote de los logros obtenidos.

Para mí lo obtenido ya pasó, ya quedó atrás, me concentro en lo que hago en el presente que es lo que importa, igual mañana ya no me va a interesar ni recordaré lo que estaba haciendo hoy. Es fácil regodearse en el ego de los lauros obtenidos, esto conlleva a dejar de superarte y crear. Yo no trabajo para ganar premios, nunca lo hice y espero no fracasar tanto como para que en un futuro ese sea mi único objetivo. Trato de hacer lo que me gusta lo mejor que puedo, pensando siempre en regalárselo a mi pequeña hija. ¡Yo solo dibujo para ella!

En la vida creativa de todo artista, hay un momento que marca un antes y un después, ¿cuál es el tuyo?

Como ser emocional al fin, he tenido momentos que han marcado el antes y el después de muchas etapas por las que he pasado, por las que ha pasado mi trabajo, pero si tuviera que ser más preciso y nombrar uno sería sin duda el regalo que me hizo la vida de ser papá. Hay un antes y un después a partir de ese punto.

Me gustaría que me conversaras un poco sobre el valor, positivo o negativo, que le otorgas a la influencia artística. ¿Qué voces o visualidades han impactado en tu imaginario?

Sería injusto mencionar nombres de personas que han influido en mi trabajo y forma de pensar porque correría el ingrato error de no recordarlos a todos. Mejor quisiera aprovechar esta oportunidad para agradecer a todo el que se acercó a mí e influyó intelectual y visualmente en cada una de las etapas de mi vida: la lista iría desde el trabajo de un niño de unos pocos años hasta grandes obras nacionales y universales.

La influencia artística es un fenómeno común a lo largo de la historia del arte. Un valor positivo de la apropiación visual ocurre cuando el motivo es el estudio y la superación, los cuales conducen al individuo a la realización de un estilo influenciado, en cierta medida, a la hora de proponer un discurso visual pero aportándole características y elementos desde el enfoque personal. Esto puede culminar en la creación de una nueva identidad. Un valor negativo de la apropiación radica en llegar hasta un estilo visual, asimilarlo y quedarte estancado en él, es un peligro inminente. Hay que exigirse.

Soñemos: si tuvieras la oportunidad de que un autor, nacional o internacional, te pidiera le ilustraras un libro, ¿a quién elegirías?

He tenido el inmenso placer de trabajar con grandes autores nacionales y del extranjero, y aunque eso no se compara con todos los que me restan y con los que también quiero trabajar, sería injusto mencionar nombres, porque cada autor es como un universo con su obra. No prefiero nombres y, como tenemos la posibilidad de estar soñando en esta pregunta, el lugar de origen no es importante; importante para mí sería que ese autor me propusiera ilustrar un libro de esos que, al leer la primera línea, sabes es un libro mágico. Sin duda ese sería el autor que elegiría.

FOTOS: CORTESÍA DEL ENTREVISTADO
FOTOS: CORTESÍA DEL ENTREVISTADO

Uno de los saltos más deseados por los artistas jóvenes hoy día es el reconocimiento internacional, ¿crees que es sobrevalorado?

El reconocimiento siempre es positivo en cualquier ámbito. La aceptación acentúa la creación aunque no es totalmente imprescindible para la realización de la obra. En lo personal tiene tanto mérito y vitalidad el reconocimiento obtenido dentro como el que se obtiene fuera. Al final, sin importar el orden, uno siempre acaba condicionando al otro, por lo cual no se debe correr el riesgo de subestimar a ninguno.

¿Cómo promocionas tu trabajo?

Trato de promocionarlo a través de cualquier medio posible. A través de los mismos autores, mediante la creación de un perfil social específicamente de trabajo y utilizándolo en todas las redes y plataformas posibles.

Y por último, si tuvieras que definir tu estilo, ¿qué palabras escogerías?

A pesar de ser graduado en Artes Plásticas, nunca tuve ningún roce con la ilustración. Este programa fue desconocido para mí hasta que tuve la oportunidad de realizar mi primer trabajo. Por ende me siento más como autodidacta, y como tuve que iniciar mi preparación como ilustrador el mismo día de la primera prueba para un libro, me dediqué a la investigación profunda de todo lo que tuviera que ver con esta variada y difícil especialidad.

Todo lo anterior me sirvió para mantener una identidad y tratar de adaptarme visualmente a lo que necesita el libro, a ese estilo que le aportará más. No adapto el libro a mi estilo, mi habilidad la pongo en función de lo que el texto necesite. Voy desde el collage al dibujo a líneas, y luego a un estilo más gráfico, etc. Es el texto el que pondrá los límites siempre.



Una voyeur irreverente de las letras

Darcy Borrero Batista conjuga, en su hacer literario, poesía y periodismo narrativo. Es una joven voz que cuenta desde la hibridez y el mestizaje, desde lo coral de una generación que lucha por no definirse y la experiencia individual.

Darcy Borrero Batista
Darcy Borrero Batista

El radar de lo poético tiende hacia ella cierto puente textual que esta entrevista intentará, quién sabe si con éxito, (re)conocer. En todo caso, es una invitación para descubrir a la poeta más allá de los cuadros de la exposición —llamémosla así— del cotidiano artístico del patio.

¿Hasta qué punto influye o no el periodismo narrativo en tu mirada sobre lo real poético? ¿Sientes que hay conexiones, menos o más visibles, entre el periodismo y la poesía?

El periodismo desarrolla una habilidad que los especialistas gustan de llamar olfato, pero que a la larga a mí me sabe a sensibilidad. Hablamos de algo que probablemente se presente desde antes en las personas que no saben vivir de otra manera que no sea esta de andar como radar, preguntándolo todo, escuchando hasta el sonido de una hoja al desprenderse y caer sobre una cabeza.

Sin embargo, no es hasta que estudias Periodismo y te decantas por algo que se ha venido calificando como periodismo narrativo, que esas herramientas se instalan en tu dispositivo mental a lo Dan Sperberg y lo incorporas a tu rutina.

Prefiero no apellidar de productiva a esa rutina, aunque en periodismo se le llame así porque el periodismo que intento hacer aspiro a que se desmarque de lo productivo como se entiende tradicionalmente. Y es ahí donde aparece la poesía que llevo en mi manera de ver el mundo. Quizás porque entiendo el ejercicio escritural como un rictus que demanda amor y compromiso ilimitados. Yo estoy casada desde ya con la escritura, con el periodismo y con la poesía, que vienen a ser otro matrimonio del que participo como una voyeur irreverente a veces, en una especie de triángulo amoroso que prefiero ver como poliamor.

¿Cómo comienzas a interesarte y a escribir poesía?

Esto que voy a contar te involucra. El periodismo y la poesía, en mi caso, están ligados sin retorno. Digo que entré a la poesía por el periodismo, pero en realidad la mirada poética al parecer siempre estuvo sin que yo encontrara la manera de canalizarla. Fui como periodista a una lectura de poesía que tú moderabas y allí estaban las poetas Yosie Crespo, Jamila Medina, Zurelys López y Yanelys Encinosa. Yo debía entrevistar a Yosie, pero me quedé a escuchar la lectura. Fue como abrir los ojos.

Hasta ese momento mis contactos con la poesía, desde la lectura, eran esporádicos. Pero llegué esa noche a mi casa luego de la lectura y de la entrevista, abrí el documento de word para empezar a transcribir, y lo que salió fue un verso, luego otro, y llegó el amanecer mientras escribía algo que debían ser poemas. Que luego quise llamar poemas, que los viví y sentí como poemas. Así nació mi primer cuaderno.

Entonces háblame un poco sobre tu libro Mestiza (Jugando a escribir po-e-sí-a).

Mestiza (Jugando a escribir po-e-sí-a)
Mestiza (Jugando a escribir po-e-sí-a)

Como te decía anteriormente, nace del contacto con cuatro voces y tonos poéticos contemporáneos. Nace de mi encuentro con la mujer que se va, de Yosie; las sandalias socialistas de Zurelys en un país capitalista y un tanto medieval; el sexo de las lerdas y las lelas, las enanas de Jamila, por si las moscas de Yanelys.

Me quedé con un tono y una voz que empezó a dictarme durante un mes en el que escribí varios poemas por día. Es un libro que quiero muchísimo porque habla de mi, de mi entorno, y habla desde otras vidas también, desde las tantas mezclas que llevo: África, España, China, América precolombina.

Mestiza nace también como un juego, porque no quise otra forma de escribir que desde la frescura, lo lúdico, sin que por ello se divorciara del intelecto. Hay cierto darwinismo social en el libro, hay cuestionamiento de símbolos, hay reivindicaciones de tono feminista, protesta cívica, pero hay una sinceridad a la que quizás no vuelva a llegar nunca.

La identidad femenina, ¿tiene que ver de alguna manera con tu sujeto poético o vas hacia otras búsquedas? ¿Existe en tu poesía el concepto de “isla”? ¿De qué manera el país se manifiesta en tu trabajo?

En un primer momento tenía mucho que ver: mi poemario lleva, gramaticalmente hablando, título en femenino. Sin embargo, hay en él sujetos líricos que escapan a lo femenino, está la voz de un hombre en algunos poemas, en otros es la voz de una conciencia que pudiera llamarse femenina, o de un nosotros generacional.

 En ese sentido, había cierta intensidad del yo mujer en ese libro, pero no estaba únicamente ese yo. Un poeta santiaguero me dijo que le gustaban mis poemas porque no parecían escritos por una mujer, es decir, lo que se construye como literatura escrita por mujeres, lo que la sociedad entiende que escriben o deben escribir las mujeres.

Más adelante, en un segundo conjunto de poemas, sentí que estaba escribiendo como una mujer, una mujer-isla, pero a la vez mujer-continente, y empecé a cuestionarme eso. Me preguntaba entonces si era necesaria esa marca genérica, si debía escribir desde el yo femenino, si no debía desprenderme de esa segregación a veces involuntaria.

Decidí apostar por la espontaneidad más que por la lógica calculada de la conceptualización artística. Que el yo salga directo al oído, sin filtros tonales. Esto se conecta con el concepto que manejo de la isla imbricada con la mujer y con el país, a lo que tampoco me gusta ponerle filtros, sino que dejo a la voz discurrir. Me gusta pensar que en algunos momentos soy la isla y en otros me siento continente, me siento generación, grupo, circunstancia.

¿Qué aprecias de novedoso o repetitivo en la literatura que se hace hoy en día en Cuba, sobre todo la vinculada al arte joven? ¿Cuáles son nuestras cualidades y hándicaps?

Creo que estamos en un momento de aprendizaje y concientización en algunos espacios de lo que podemos hacer juntos los más jóvenes, como generación emergente, Lxs eMergentes, y aprovecho para nombrarla a mi modo.

 Llegó un punto en que lo que se escribía —a mi juicio y desde lo que he leído— era repetitivo. Hace poco escribí que yo era un verso en una anáfora nacional y esa era una imagen retórica para discursar sobre la literatura de jóvenes autores y sobre el país en sí mismo.

No obstante, en el grupo de escritores del que me siento parte por afinidades personales y por decisión también personal, emergen voces que se diferencian mucho entre sí y eso es muy sano. Por otra parte, percibo que en este panorama hay escritores que no se limitan a un género, viajan por el discurso sin acomodarse en un molde, entran y salen de los géneros también en busca de nuevas maneras de decir lo que ya está dicho (nada nuevo bajo el sol). Que compartamos espacios, lecturas, preocupaciones, aun sin pensarnos como generación, es ya una fortaleza. No me gusta juzgar. El tiempo siempre dice la última palabra: lo exaltado sin sentido, cae; lo verdaderamente bueno, trasciende.

¿Cómo calificarías los vínculos literarios entre los escritores de una generación que lucha por no ser considerada ni definida como tal?

Lo que veo ahora mismo es diversidad aunque 10 personas se lean a un mismo autor y lo vomiten luego como los conejitos de Cortázar; es un proceso por el que hay que atravesar, es grotesco, difícil, pero a la larga cada quien se percata de que no podemos ser un conjunto uniformado y busca su voz.

Un poeta sin voz propia es una línea en una cebra. Hay quienes vuelven a una tradición neoclásica, más o menos romántica con una apropiación más o menos singular; hay quienes se separan del canon en busca de interpretaciones poéticas para este siglo de redes. A todos los une una línea: la maldita circunstancia, el sol recalcitrante de los 12 agostos que estamos viviendo…

Por otra parte, en cuanto a vínculos más personales, de esporádicos van pasando a ser vínculos sostenidos. Lo veo in crescendo: un grupo de whatsapp por aquí, una exposición por allá, una lectura, una acción poética, un encuentro, hasta un abrazo. Siempre hay vínculos.

¿Qué aporta el periodismo a tu visión poética? ¿Y qué cubre, en material de experiencias, que la poesía no?

El periodismo me aporta el diálogo, el contacto directo con los demás y eso se vierte luego en mi poesía. Mis sujetos poéticos muchas veces vienen de encuentros con personas que he entrevistado o con las que me he encontrado en equis caminos. A veces pienso que he reescrito algo que antes estuvo en mis papeles, en mis agendas de trabajo. Me sucede mucho.

He sentido alguna vez que una historia no me da para un reportaje porque no hice las preguntas que hubiera querido y era porque estaba pensando la escena o el personaje desde la poesía. Un poema que le dediqué a una mendiga tiene de eso; aunque luego vino la crónica, que es el género puente, fronterizo con mi poesía.

Claro, en materia de experiencias hay un espectro que le es sagrado al periodismo: lo que me aporta la conversación, el placer de investigar, la frustración cuando no puedo llegar a lo que creo es la verdad en un trabajo periodístico. En poesía, en todo caso, la frustración —que es una experiencia que valoro porque resulta esencial tratar de saltar sobre ella— se da en un contexto íntimo, entre las palabras, las ideas y las voces.

EDUARDO HERAS LOS PASOS CUBIERTA 1

¿Sobre qué te interesa escribir, a primera vista, y luego de manera más profunda?

Me interesa escribir sobre cómo se mueve una sociedad, cómo se mueven mis dedos en el teclado de esa sociedad. Me interesa lo inmediato y lo cotidiano y lo moderno aunque también me interesa mucho volver sobre los rastros que deja una Historia nacional poco contada, amueblada con libros de texto que no son todo lo profundos que quisiéramos.

Me interesan mis ancestros. Me interesa contarlo todo, padezco de gula ante la escritura y la investigación, y siento que violo tiempos cuando escribo aceleradamente e investigo para varios reportajes de manera simultánea. Me interesan los espacios, escribir desde cada entorno por el que paso, yo trotamundos… y si me dejas aquí sale un poema.

¿De qué manera transcurren tus procesos creativos y cómo piensas la arquitectura de un libro de poesía?

Eso ha variado. Mis mejores horas son las de la madrugada. A esas horas se me ocurren ideas que me parecen la octava maravilla y luego tengo que analizarlas. Un libro es a fin de cuentas un concepto. Lo que hila Mestiza es la sinceridad de una postura cívica frente a un orden de cosas. Lo que hila a Lxs eMergentes es una búsqueda de lo que somos, ahora, en un tiempo y espacio compartido, un conjunto de personas que no salen de una producción en serie (¡menos mal!).

En otros géneros, los libros se me dibujan con más claridad: en testimonio, los imagino en cuanto a forma desde que empiezo aunque siempre es sorprendente el contenido porque son los recuerdos y vivencias de otros. El proceso creativo siempre es agónico mientras se busca el modo, pero es a la vez de lo que más disfruto en la vida.

Has incursionado también en la narrativa. Me interesaría saber si consideras que aquellos escritores que cultivan pluralidad de géneros tienen ante sí mayores posibilidades de asociación que otros que se decantan por un solo género.

Probablemente sí, abrirse a un nuevo género es explorar un universo de posibilidades asociativas, como sucede con los idiomas. El lenguaje creo que se expande, demanda más respuestas creativas si quien escribe no desea acomodarse.

El concepto de la literatura parece muchas veces disociado de la idea de la comercialización, ¿es esto un evento favorable o negativo a largo plazo?

El escritor es escritor y lo suyo es escribir, pero vivimos una época de posibilidades reales de interacción y socialización con quienes no están en nuestro entorno físico inmediato. Hay que escribir y hacerlo con sensibilidad y pasión, pero también hay que socializar y entender que en estos tiempos somos tan buenos como amplia pueda ser nuestra red.

Red de amigos, de contactos, de editores, de lectores. Hay que insertarse en las plataformas disponibles. Solo que eso es decisión de cada cual y habrá quienes prefieran el ritual íntimo de la literatura y la vida no publicitada. A largo plazo, creo que es preciso que el proceso creativo esté enlazado con la comercialización. En Periodismo, cuando haces la tesis y esta deriva a libro, debes anticiparte y saber para quién, cuál es tu público meta. Esto no tiene por qué cercenar la espontaneidad de la obra.

Cuba tiene ante sí el reto de insertar su literatura a escala global; reto que, hasta ahora, solo han cumplido algunas puntuales voces. ¿Qué deficiencias acompañan al proceso actual de “dar a luz” un libro en nuestros predios? ¿Cómo podría ser cambiada o transformada esta realidad? ¿Cuánto de conformismo nos queda por desterrar de nuestras concepciones literarias y promocionales?

Nos falta a veces perseverancia; y otras, nos falta ser inconformes. Si creemos que el espectro de publicación se reduce a la isla; que para insertarse en un capítulo de la Historia literaria cubana hay que hacer una carrera de circuito David-Pinos Nuevos-Calendario; con el siguiente La Gaceta-CASA-Guillén-Carpentier, que es el circuito 2.0, estamos ante un problema de enfoque.

Realmente sucede que esas son vías para publicar, las más seguras. Todos quieren en el momento cumbre el Premio Nacional de Literatura, pero el compromiso tiene que ser con los lectores, no con el lucro social y ególatra de los premios.

La aspiración, creo, debe ser en todo caso multiplicar lectores. No me refiero a escribir bestsellers, pero sí trazarnos estrategias para la promoción, distribución, etc. No es agradable para nadie que su libro, después de publicado, pase meses sin llegar a las librerías. Nos falta llegar a los públicos. Y a veces nos falta llegar al papel por procesos dilatados. Nos falta movimiento. ¿Qué podemos hacer?, intervenciones del espacio público, lecturas en las calles o lugares populosos. Lo que no podemos es detenernos. Los jóvenes tienen que publicar. Las editoriales tienen que mirarlos.



Invitación a un ritual

El ritual de las cabezas perpetuas (Ediciones La Luz, 2018) es un texto que bebe de la tradición epistolar y de los cánones de la novela del siglo XIX. Algo de esto, cierto influjo en el lenguaje, en la recreación meticulosa de los acontecimientos y en el develado paulatino de las capas y capas que componen a sus personajes, se nota aquí y allá. Pero esto no debe convertirse en motivo de reticencia que impida el arribo del lector a las páginas del libro, sino que más bien sirve como una recreación, lúdica hasta cierto punto, que demuestra el trabajo bien servido de un autor que se preocupa no solo por la construcción lógica de su universo y de sus leyes particulares, sino también por la verosimilitud histórica y por el mapeo constante de la identidad de aquellos seres que pueblan el imaginario del texto.

Un aparte merecen la utilización y el estudio de las capas profundas del lenguaje. Evelio Traba no se concentra únicamente en recrear la Historia a través de los detalles superficiales que podrían entenderse como la punta del iceberg, sino en ir a lo profundo, al cuerpo de hielo de la creación donde el lenguaje juega el papel más importante: el de la verosimilitud literaria.

El autor busca —y consigue en amplia medida— que el discurso de sus personajes se integre al discurso de la época, y esta carga pesada —que el lector contemporáneo y adaptado a otras formas de contar percibirá— no puede pasar como materia que se ignore. No es este un texto ligero ni sencillo, al menos a priori, y no hablo del simple acontecimiento dramático que la narrativa devela y oculta de manera paulatina; sino de cómo el lenguaje enriquece las fibras profundas de la reconstrucción histórica.

Si el lector llega a estas páginas podrá encontrar una mirada particular sobre los acontecimientos que tienen como trasfondo a la Revolución Francesa y su posterior debacle. Pero el texto no es simplemente un manuscrito histórico, un juego de recreaciones que se desenvuelve con tino y acierto, sino que ha de verse esto como un recurso, un decorado para la escena, un hilo que se extiende desde la mente simbólica del autor a la mente real de quien lee. La caducidad de los cuerpos, las ansias de conocimiento, el poder que trae la inmortalidad —así sea a costos elevados, costos en sangre y en ética, costos rayados en la piel de la Historia— son los temas fundamentales de este libro cuya influencia mayor quizás pueda encontrarse en Thomas Mann y en el hálito faustiano que Goethe nos legó en la más singular y reconocida entre sus piezas dramáticas.

Ha de advertirse que El ritual de las cabezas perpetuas no es un pastiche ni una relectura de las dos obras mencionadas anteriormente. Todo lo contrario. Evelio Traba posee esa singularidad narrativa que quizás pocos autores jóvenes pueden exhibir con tanto oficio; una singularidad que hace de este libro, más que una lectura agradable, una necesaria.

El ritual es un ciclo donde lo inmortal y lo perpetuo se convierten, más que en deseos humanos, en obsesiones. En estas obsesiones se encuentran todas las ansias que han puesto en movimiento los motores trascendentes de nuestro pensamiento y nuestra ética.

¿Es la muerte nuestro único camino?, ¿existen otras veredas que nos alejen de la aniquilación?, se pregunta Evelio Traba y en las respuestas a estas incógnitas es que se alza un texto que bebe de la tradición fantástica y la imbrica coherentemente con el discurso histórico. Es una novela, sin dudas, escrita desde la técnica, desde el conocimiento intrínseco de un momento en el mapa del mundo; es un texto cimentado en personajes sólidos, llenos de contradicciones, consumaciones, dudas y contaminación, si bien termina por primar en ellos un criterio que los separa en dos franjas desiguales: luz y sombra, bien y mal que, en resumen, pueden verse como dos caras de una misma moneda literaria.

En materia escritural, este es un texto que no supera a La Concordia, aquella inolvidable novela que demostró el oficio y el rigor de Evelio Traba. Quizás se trate de una pura impresión subjetiva: la de la lectora que no ha logrado desprenderse del buen sabor de la obra cerrada. El ritual de las cabezas perpetuas, sin aspirar a los vuelos de la novela que le antecede, ofrece sin embargo otra mirada, otro ángulo de la realidad, un fragmento más del talento de un autor que apuesta por la renovación de sus lenguajes y sus maneras de hacer.

Un ritual no es posible sin la existencia de aquel que conduce el espectáculo de los comulgantes. Evelio Traba ha demostrado ser más que capaz de llevar el báculo y el signo de la escritura en sus manos. Esto, más que baza de triunfo, merece elogio y respeto. El ritual de las cabezas perpetuas no es uno de los tantos libros que acunan y cimientan un limbo creativo donde todo está bien y mal en una misma proporción, ya que hay demasiado de igual o parecido entre las creaciones de autores diferentes. Este es un texto que apuesta por lo individual y lo diverso, por la identidad propia y no por la copia o la clonación de fáciles patrones de éxito.



“Lo que me habita siempre es la incertidumbre”

En un panorama literario tan plural como el de nuestra Isla, seguir los embates de las promociones de autores noveles que, de manera constante, se suman a la creación ya existente es siempre un desafío para cualquier lector o escritor. Entre estos autores, la voz de Ray Veiro es, a mi criterio, una de las más interesantes.

Desde su incertidumbre, el llamado del oficio es una constante que Ray defiende. Atentos: este es un joven escritor que puede, si continúa en la ruta adecuada de lo creativo, sorprender y atraer. En cualquier caso, Ray Veiro es ya una voz a tomar en cuenta.

¿De dónde nace tu certidumbre de ser escritor?

Lo que me habita siempre es la incertidumbre, a cada paso, a donde quiera que voy. Nunca me presento como un escritor si alguien no me dice “muchacho sí, deja la bobería”. El problema de ser escritor/artista es que eso no se forma, uno siente que tiene el deber de escribir, que no puede hacer otra cosa en la vida. Si no escribo me siento inútil. Yo escribo aunque no me haya ganado el “título” de escritor.

¿Cuán difícil resulta, para un autor novel, insertarse en el panorama literario del país?

Un autor novel es como un recién graduado, entrenas rigurosamente para no hacer nada.

¿Piensas que existe competitividad o competencia entre las voces literarias del patio? ¿Es este un proceso negativo o tiene sus aristas positivas? ¿Cuáles?

La competencia siempre es buena, lo que pasa es que la gente compite con la persona, no con la obra. Ese es un fallo soberbio. Aquí todo se torna personal. Realmente uno no supone competencia para otro. Actualmente hay muchísimos autores con poéticas diferentes, incluso con antipoéticas, y todos tienen cosas que decir de diferentes puntos. Eso es lo bueno de la subjetividad, que hay cierta democracia. Lo que pasa es que a veces esa democracia es desbalanceada, y se le da toda a ciertos poetas que casi son omnipresentes en los medios y se callan a otros.

¿Cómo transcurre tu proceso creativo?

El momento de escribir es, para mí, estresante. Siempre tengo sueño. Estudio dos carreras y el único tiempo que tengo para hacerlo es en la madrugada. Por eso siempre escribo molesto, frustrado conmigo mismo por dedicarle tiempo a otras cosas que no sé para qué me van a servir. Pero siempre me mueve la obligación de escribir.

A la hora de pensar en un libro, ¿cómo lo construyes, qué buscas?

Tengo poemas y relatos sueltos que nunca van a llegar a ser libros. Pero ahora estoy comenzando una relación bonita con el teatro. El teatro te permite tantas cosas maravillosas. Lo que busco para construir un libro, es que las historias tengan vida, memoria. Todo tiene cosas ricas que contar, a veces cosas que ocultar…

Ray Veiro (Cortesía del entrevistado)Ray Veiro (Cortesía del entrevistado)

¿Cuál es el papel del lector en los tiempos que corren?

Esta generación es visual, quedan escasos lectores. Hay gente que lee para encontrarse “frases chulas” y para repetir “cositas bonitas”, para que sepan que saben. Pienso que tenemos que leernos entre escritores. No nos queda un público amplio.

¿Piensas que se ha hecho poco de novedoso en las generaciones literarias posteriores a Generación Cero? ¿Hasta qué punto su influencia continúa permeando la creación?

La Generación Cero siempre está ahí, es un referente y sí influencia a muchísimos autores. He leído ya varios poemas que son Legna “pasada por agua”. Debe ser feo parecer una Legna desteñida, debe ser terrible no ser tú. Una vez leí en Facebook algo que Jamila le mandó a Legna diciendo “aquí se continúa hablando en idioma Legna”, y eso lo he comprobado muchas veces.

Pero también hay autores que hacen cosas novedosas. Puedo mencionarte a Martica Minipunto, que es performática desde sus letras hasta su imagen, o a Daniel Duarte y Noel Alonso que tienen una forma inquietante de abordar la filosofía. Y otro hombre, para mí, “monstruoso” es Jorge García Prieto. Hay muchos más que tendré la oportunidad de leer, debe haber muchísimos, pero escondidos.

En los últimos años se ha entrado en un proceso de contacto, parcial en todo caso, con la literatura de la diáspora, ¿piensas en la escritura cubana como un gran bloque, dividido por diversas distancias geográficas, o lo diaspórico es un fenómeno independiente de lo que se gesta dentro de la isla?

La literatura cubana definitivamente es un gran bloque, pero no se divide por distancias geográficas únicamente. A veces estamos dentro del territorio y sufrimos una rara especie de exilio interno. Eso del contacto parcial va más sobre la rectificación de errores que otra cosa, sobre ser bienvenido a medias.

¿Cuán importantes son las conexiones y las asociaciones en materia de promoción? ¿Piensas que los escritores se valen de relaciones de amistad para, por ejemplo, publicar o promocionarse?

Las personas escaladoras tienen su mérito, un atractivo risible. Y el mundo literario no está exento de ello. La buena literatura es la que permanece siempre. El tiempo dirá.

¿Qué libro te hubiera gustado escribir? ¿Tienes algún autor “de cabecera”?

Ningún autor es para mí un ídolo supremo. El fanatismo afecta las aperturas al progreso. Me gustan los autores que me muevan, que me desordenen dentro. La última que leí y me provocó millones de cosas lindas fue Nara Mansur.

¿Cómo definirías a la literatura joven cubana? ¿Qué la caracteriza?

No me atrevo a dar una definición de esta naciente generación, por ahora muy dispersa. Es como un niño malcriado que quiere una cosa y la quiere ya, pero falta consistencia. No se puede correr sin aprender a gatear, y eso he tenido que aprenderlo en carne propia.