Elaine Caballero




Las corridas de toros en La Habana: una historia pr√°cticamente desconocida

Si hiciéramos un recorrido relámpago por la historiografía nacional, es fácil llegar a una conclusión: sobre las corridas de toros se conoce poco y no por falta de documentación existente.  

En los niveles de ense√Īanza primaria y pre universitario no es tema de estudio y por momentos un gran silencio se instaura alrededor del hecho.

En ese contexto llega, como una especie de telescopio literario, el libro Las corridas de toros en La Habana. Una enconada pol√©mica republicana, del escritor y documentalista Santiago Padro P√©rez de Pe√Īamil, quien nos devuelve en una s√≥lida investigaci√≥n momentos de la actividad taurina en Cuba.

Foto: Néstor Martí, Tomada de Habana Radio

 

La obra fue publicada por Ediciones Bolo√Īa y se present√≥ el pasado ¬†22 de febrero en la calle Madera, como parte de una serie de libros dedicados al medio milenio de la capital.

Para la confección del volumen, el autor se nutrió de publicaciones periódicas de la época, así como de documentos de archivo, entre otras fuentes, lo cual nos dice, que sí existe información sobre el tema y que no debe quedarse solo como material bibliográfico y de consulta.

La memoria es parte imprescindible de los pueblos y gracias a la labor de P√©rez de Pe√Īamil, el pasado de la actividad taruria en nuestro pa√≠s ser√° de conocimiento para las mayor√≠as, aunque vale la pena aclarar otro libro sobre este t√≥pico, anteriormente publicado, como Gallos y toros en Cuba, de Pablo Ria√Īo San Marful.

Foto: Tomada de Trabajadores.

 

Desde el propio dise√Īo, Las corridas de toros en La Habana‚Ķes una invitaci√≥n a la lectura, pero no solo como el mero hecho de leer, que de por s√≠ es importante. El autor deja huellas de los documentos consultados en m√°s de 400 notas bibliogr√°ficas, que dan fe del trabajo del tambi√©n historiador del arte.

Lo curioso de las corridas no es su realizaci√≥n, a fin de cuentas, era una tradici√≥n de la madre patria que Espa√Īa represent√≥ en su momento para la Isla, sino que tales pr√°cticas fueron el reflejo de las contradicciones entre criollos e ib√©ricos.

En otras palabras: los cubanos ve√≠an en la fiesta brava una tradici√≥n del pasado y los espa√Īoles lo contrario. Desde 1889, se prohibieron porque los norteamericanos la ve√≠an como un hecho sangriento.

‚ÄúSin embargo ‚ÄĒasegura P√©rez de Pe√Īamil‚ÄĒ en 1909 los gobernadores aprobaron los gallos como espect√°culo p√ļblico, e inmediatamente la comunidad hisp√°nica, que era fuerte, sobre todo en La Habana, apel√≥ para aprobar tambi√©n los toros y es ah√≠ donde empieza la enconada batalla‚ÄĚ.

De acuerdo con el escritor, hubo intentos de retomar las corridas en 1914, 1915 y 1923. En este √ļltimo a√Īo ocurre un acontecimiento importante: ‚Äúc√≥mo estaban prohibidas, trajeron las charlotadas, que surgieron en Barcelona y llegaron muy r√°pido a La Habana‚ÄĚ, aclar√≥.

Se trataba de ‚Äúun espect√°culo c√≥mico de los toros, pero aqu√≠ se empiezan a dar cuenta, que hab√≠a malas intenciones. Por ese tiempo lleg√≥ a Cuba un torero famoso conocido como El Gallo, Jos√© Rafael G√≥mez, y entonces comienzan los pol√©micas de nuevo, ya que en ese momento en La Habana hab√≠a un espa√Īol por cada tres cubanos, seg√ļn las estad√≠sticas‚ÄĚ.

La prensa enseguida se hizo eco de los acontecimientos y como en cualquier per√≠odo, las opiniones fueron diversas y encontradas. As√≠ lo asegura P√©rez de Pe√Īamil: ‚Äúestaba el gran movimiento que promov√≠an los toros, d√≠gase en El Diario de la Marina y La Lucha.

‚ÄúPor otro lado ‚ÄĒa√Īadi√≥‚ÄĒ ¬†peri√≥dicos como La Discusi√≥n, totalmente nacionalista, no permit√≠an que se hablara de eso. Y digo m√°s: todos los peri√≥dicos cuando ve√≠an que el nacionalismo cubano se pon√≠a en peligro, inmediatamente asum√≠an una posici√≥n antitaurina y cerraban fila para que no se repitieran los acontecimientos‚ÄĚ.

El af√°n de algunos grupos sociales por continuar la tradici√≥n espa√Īola fue tan fuerte, que 1940 se aprueban las charlotadas de forma oficial por el estado. Como defensores del derecho animal, intelectuales cubanos de la talla de Emilio Roig de Leuchsering, Fernando Ortiz, Manuel Sanguily, Enrique Jos√© Varona, entre otros, se opusieron a la pr√°ctica, siendo en buena medida las voces representativas de la sociedad cubana.

Surge una pregunta incuestionable: ¬Ņd√≥nde se tore√≥ en la otrora villa de San Crist√≥bal? El historiador lo advierte en sus palabras: ‚Äúcuando eran ilegales se realizaban en varios lugares del pa√≠s. Primero fue en estadios deportivos y cuando son establecidas las charlotadas en 1940, la actividad se hac√≠a en las cervecer√≠as La Polar y la Tropical. Indistintamente se realizaban ruedos dentro del mismo campo, donde cab√≠an de 6 000 mil a 10 000 mil personas‚ÄĚ.

Gracias a las sociedades protectores de animales, pocas regiones del mundo contin√ļan con estos espect√°culos, aunque algunos lugares de Espa√Īa se mantienen en algunas fechas conmemorativas.

Las versiones de las corridas en los siglos pasados tienen su origen en los juegos romanos y las crueles venaciones donde se mataban miles de animales para divertir al p√ļblico, un acto sumamente salvaje y aterrador.

Por suerte para las nuevas generaciones, estos eventos le pertenecer√°n al pasado en forma de relatos e historias que no deben repetirse nunca m√°s.



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