David Martínez Balsa


«Acá no solo escuchamos rock, lo hacemos también»

A lo largo de los años, el cubano ha demostrado su apetito por la buena música. No solo el deseo irrefrenable de consumirla y de bailar a su ritmo, sino también la capacidad de labrar temas y melodías dignas de ser elevadas al pedestal de los ritmos legendarios e imperecederos, aún vigentes en las listas de reproducción de múltiples generaciones. Ejemplos de ello sobran en nuestro catálogo musical.

El rock and roll o simplemente rock (con el amplio espectro de géneros y subgéneros que engloba), califica en esto, sin lugar a dudas. Al cubano, normalmente, se le asocia con ritmos más latinos, díganse la salsa, el son, los boleros, incluso el jazz. A muchos se les sigue antojando raro ver a un compatriota componiendo o interpretando una canción de rock. No obstante, si se vencen esos prejuicios, descubriremos no solo que en Cuba se practica este tipo de música, sino que se hace bien.

Quizás el carácter secundario que ocupa el rock en nuestro universo melómano se deba al carácter “peligroso” que injustamente padeció cuando hizo sus primeras aproximaciones a la isla. Bandas como Los Beatles, Led Zeppelin o Los Rolling Stones eran bien difíciles de escucharse en los domicilios cubanos. Aun así, poco a poco, esta música fue ganando adeptos, jóvenes y no tan jóvenes que sí la escucharon, la disfrutaron y, vulnerables a su influencia, enseguida se animaron a crearla. Y ya cuando el rock dejó de ser una lacra, había plantado sus raíces en Cuba y propiciaba el surgimiento de innumerables y talentosas agrupaciones.

cortesía de los Miembros de Say My Name (cortesía de la banda)

Los resultados de la incursión del cubano en la música rock son extraordinarios. Basta acercarse a este mundo para notar que a pesar de conservar su aire underground (que ha venido a convertirse en una parte más de su ADN) el rock en Cuba no ha decrecido; todo lo contrario: está en alza. Posee defensores que aumentan a diario. La atención que recibe tampoco pasa desapercibida. Ya sea en la radio o en la televisión, lo descubrimos en programas como Cuerda Viva, 23 y M. Diversas instituciones y organizaciones, díganse la AHS, la UNEAC, los estudios EGREM, la Agencia Cubana del Rock, acogen y promueven esta música. Falta todavía mucho por avanzar; sin embargo, ese empuje y apoyo son más que necesarios y muy bienvenidos.

Los estudios musicales independientes se incluyen entre los que abren sus puertas a representantes de la música rock. Uno de ellos, bautizado La Torre, se localiza en la Habana. Fundado en el 2020, posee una discreta sencillez que no resta talento a las producciones musicales gestadas en sus cabinas. El productor musical líder, Luis Antonio Rodríguez De Armas, que responde al nombre artístico de Jay Versa, dio la bienvenida recientemente en La Torre a una joven banda de rock. Grabaron una canción que luego tuve la oportunidad y el placer de escuchar. El tema, una mezcla de balada rock con fuertes toques de heavy metal, acompañado todo por la voz limpia de su vocalista. Enseguida, la calidad de la producción despertó esa curiosidad que se cuela en todo espectador al hallarse frente a un buen material. Fue inevitable pedir una entrevista a los integrantes de la banda Say My Name.

Say My Name: Conociendo a la banda

Say My Name (traducción: Di mi nombre) es una banda cubana, radicada en La Habana. Favorecen los géneros del metal y covers. Actualmente la componen seis miembros: Saulius Suárez (bajo y dirección), Javier Estévez (guitarra líder), Miguel Trujillo (segunda guitarra y coros), Lisbany Rojo (voz), Jordi Guanche (voz gutural) y Alberto Cartaya (teclados). Algunos son graduados de la Universidad o estudiando; otros trabajan. Todos conjugan su vida laborable con la carrera musical.

La banda, similar a otras de su generación o anteriores, opta por componer e interpretar sus canciones en inglés, una decisión arriesgada y no siempre fructífera, pues involucra un excelente dominio del idioma y naturalidad a la hora de entregar voz a las letras. Sin embargo, la destreza de sus vocalistas confiere a las canciones un alto nivel de realismo que asienta la ilusión de hallarnos ante una banda anglosajona y no cubana. Los acompaña un conjunto de músicos cuyo talento asoma en cada entrega y complementan el sonido característico del grupo. Forman parte de la Agencia Cubana del Rock y tienen mucho interés de integrarse a la AHS. Además, han presentado varias de sus canciones en la radio (Radio Ciudad Habana) y la televisión (Cuerda Viva) y por supuesto, tampoco son ajenos a las presentaciones en vivo, en la Sala Maxim Rock.

Sobre los inicios de la banda, sus miembros comentan:

La banda comenzó en 2013 y ha cambiado mucho hasta la fecha, tanto en alineación como en géneros a tocar en sí. Fue bautizada Say My Name porque no había un consenso en cuanto al nombre y en vísperas del lanzamiento del primer disco, al cantante gutural se le ocurrió la idea y se quedó.

Muchos consideran que el rock en Cuba, a pesar de una mejoría en el nivel de atención que recibe, sigue todavía lamentando un menosprecio que le impide desprenderse del plano underground. ¿Esto es cierto y qué puede hacerse al respecto?

Creo que lo peor sigue siendo la falta de espacios y de promoción. Hay muy pocos lugares donde puedes tocar y tienes prácticamente cero formas de dar a conocer tu trabajo, fuera de pasar la música mano a mano. Este problema no es nuevo, más bien es un lastre que se lleva desde los inicios, aunque no dejo de admitir que se han creado espacios y existe promoción, pero todavía se halla en ciernes, con la necesidad de alcanzar más expansión, duplicar los esfuerzos y tratar con mucha profesionalidad todo lo relacionado con ello.

¿Tiene la banda un compositor principal o predomina el flujo de ideas, la simbiosis entre sus integrantes a la hora de crear?

Por lo general es Javier Estévez (guitarra líder) quien compone los temas, aunque siempre se debaten con el resto de la banda y trabajamos en conjunto para perfeccionar el trabajo en lo posible. Pero él ha sido el compositor de la mayoría de los temas de los discos, además de ser el que más consume el tipo de música que hace la banda.

¿Sobre qué pilares se erigió la banda en cuánto a influencias musicales? ¿Favorecen una variante específica del rock?

Las influencias son muchísimas y van desde los grandes clásicos a bandas más actuales, entre ellas Architects, As I Lay Dying, Bless The Fall y Asking Alexandria, por citar algunos ejemplos de una muy larga lista que sigue en incremento. Hay mucho material del cual retroalimentarse y encontrar inspiración y fuerzas para trabajar, tanto nacional como internacionalmente.

En los inicios de la banda se apreciaba una inclinación hacia el post hardcore y el metalcore, ambos géneros bastante fuertes y comerciales. Ya después añadimos elementos de progresivo y modern metal, pero no nos gusta quedarnos quietos, estamos en constante experimentación, probando nuevas vías de hacer música.

Jay Versa (cortesía del productor)

¿Qué los motivó a unirse a la Agencia Cubana del Rock y de qué manera los ha apoyado en el desempeño de sus carreras musicales?

Unirse a la Agencia Cubana del Rock fue un objetivo desde los inicios. Siempre quieres tener una entidad que te represente y te ayude a progresar en la música. En el caso de la agencia nos permite dar conciertos en la Sala Maxim Rock y eso hoy en día es algo que valoramos muchísimo. Además, quisiéramos recalcar que recibimos apoyo constante de la Agencia incluso antes de ser parte del catálogo. O sea, siempre han estado ahí, listos para tender la mano.

El Maxim Rock ha experimentado un auge que se vaticina aumentará con la mejoría de la situación pandémica en el país. En ese marco, ¿ha dado conciertos la banda y qué sensación experimentan al saberse ante un amplio público?

La banda ha dado solo un concierto desde que se abrió el Maxim y fue probando la nueva alineación de covers, algo en lo que estamos incursionando actualmente. Lo pusimos a disposición del público y nos alegró muchísimo la buena acogida que disfrutó. Esperamos poder presentarnos ahí en próximas ocasiones.

Recientemente han trabajado en un estudio musical que comienza a despuntar, pero ya ha recibido la atención de varios artistas de renombre. ¿Cómo fue la experiencia de la banda en el estudio La Torre? ¿Se avecinan proyectos con su productor?

Del estudio La Torre no tenemos nada negativo que decir. Fue una experiencia muy agradable. El productor es una persona muy atenta, de mente abierta. Ello facilitó que, desde los inicios hasta el final de la grabación del proyecto, el intercambio fuera constante entre él y la banda. Eso trajo muy buenos resultados y nos dará un nuevo inicio, con una nueva sonoridad. Ya tenemos varios proyectos a grabar en La Torre, así que se avecinan sorpresas. Por lo pronto, se planifica la grabación de un EP, en el cual queremos dar un cambio al estilo de la banda en el formato metal, probar nuevas ideas e incursionar en otros géneros.

Say My Name aborda en sus canciones temáticas de variada índole, desde problemas sociales hasta asuntos de carácter más personal. Son una banda que persigue la madurez artística. Disfrutan de lo que hacen, experimentan, no se conforman, exploran nuevos horizontes, se atreven. Cada integrante toma muy en serio su trabajo y se aprecia en la calidad de la música que nos entregan. En estos tiempos de pandemia, algunos creadores afirman que las presiones del encierro han frenado su motivación para trabajar. Otros, en cambio, opinan todo lo contrario. Say My Name se incluye en el primer grupo. Su actividad creativa está en alza y han sacado provecho de la pandemia para componer mucho material y se hallan en proceso de grabarlo. Ellos, junto a tantas otras bandas consagradas o en pleno proceso de surgimiento, evidencian que, si queremos oír buen rock and roll, no tiene nada de malo acudir a referentes del extranjero, pero también aquí cerca en el patio, se hace rock y se hace bien.



Una innecesaria defensa a los matices de Lisbeth

Reseña a “Matices de Vida”, de Lisbeth Lima Hechavarría.

Una dosis de excelencia se nos presenta, a modo de entrante, para invitarnos a la lectura de este libro: primero, la reseña de Argenis Osorio Sánchez, luego el prólogo de Elaine Vilar Madruga. Ambos textos derrochan ese seductor toque de elegancia y belleza que vuelve irresistible la necesidad de acercarnos a hojear Matices de Vida. Y, tras el vistazo inicial, quedamos atrapados.

Éste, el segundo cuaderno de cuentos publicado por Lisbeth Lima Hechavarría, nos llega de las manos de Libros Duendes, una joven, pero audaz editorial de Ecuador. De Lisbeth podemos decir que es santiaguera, bióloga, madre, esposa, vicepresidenta de la AHS en su provincia y también, con Matices de Vida, esta mujer llegó a cimentar lo que anunció a través de Rostros, su primer libro: que también es una narradora y llegó para quedarse.

Matices de Vida (Cortesía de la autora)

Ya en su ópera prima, publicada este año por Editorial Primigenios, (Estados Unidos) muestra su interés y temeridad en explorar nuevos territorios, explotar zonas ya conquistadas por otros autores, ahora desde nuevas aristas que no le resten originalidad a su trabajo. Rostros viene coronado con una engañosa aureola de erotismo, digo “engañosa”, pues el lector atento distinguirá, bajo el aire de sensualidad que rodea las historias del volumen, otro más profundo, llevado con sutileza por parte de su narradora en una suerte de insinuación de lo que se avecinaría en Matices de Vida, donde esos aspectos intrínsecos que en su anterior libro fueron susurrados a nuestros oídos, ahora estallan y nos dejan boquiabiertos.

Matices de Vida también hizo su entrada en el 2021; sin embargo, parece escrito mucho después que Rostros y a veces, si nos dejamos arrastrar entre sus líneas, hasta se hace difícil reconocer a Lisbeth Lima como la artífice de tales páginas. Impera un cambio de tono (sin desprenderse totalmente del que distinguió su primer cuaderno), diversificación en los temas tratados y la maestría de unificar todos esos tópicos sin aparente relación de manera tal que se nutran el uno del otro y entreguen al libro esa cualidad que todo autor desea para su obra: la suficiente fuerza para valerse por sí sola, sin necesidad de que su creador intervenga vestido en atuendos de abogado.

Ya desde el primer cuento (“El despertar de Alicia”) abrimos los ojos junto a la protagonista a una realidad extraña, confusa, pero que, a pesar de su doloroso final, trae tanta coherencia y madurez en la forma de abordarla que se vuelve inevitable seguir volteando la página. Once historias componen Matices de Vida y ninguna decepciona. La autora ordena los cuentos con ingenio, brindando oportunidad al lector de ajustarse al ritmo de cada relato, a su carga sentimental y al choque de los finales sorpresa o las desgarradoras reflexiones que asoman entre cada línea. El cuento homónimo destaca, precisamente, por su brevedad y el conmovedor retrato de un hecho de apariencia común. Con “Al final tampoco se descansa”, Lisbeth aborda la muerte, aunque desde la perspectiva no del difunto, sino de sus seres queridos.

Rostros (Cortesía de la autora)

La capacidad de la autora para dotar a sus personajes con un nivel de realismo que los hace auténticos incluso en las situaciones más inauditas, logra la inmediata identificación del lector con cada uno de ellos. Esto se aprecia en todo el libro, en especial en cuentos como “La Lista Martina”; nos entrega dosis de humor mezclado con reflexiones bien interesantes a través de “Edgar Allan Poe y Arnaldo entre rejas” o es capaz de reservarnos el dato hasta cerca del mismísimo final solo para arrebatarnos el aliento con historias al estilo de “Nece(si)dades”. Sin embargo, en “Cifras” (último cuento), Lisbeth Lima se encarga de reafirmar lo que se hace evidente al navegar por Matices de Vida, y es cuánto cuidado tuvo al conformar este cuaderno, rompiendo el hielo con un excelente primer cuento y ya, cerca del final, cuando creímos que bajaría la marea, llega “Cifras” a levantar nuevamente la parada y dejarnos boquiabiertos ante la realidad: que terminó Matices de Vida y necesitamos más.

El denominador común en el libro consiste en el afán de su autora por adentrarse (y adentrarnos) sin escatimar en hacer gala de un excelente dominio de las técnicas narrativas, en los rincones del alma humana, mostrarnos zonas familiares ya sea de lejos o de primera mano y dejar, en quienes tienen el gusto de tropezarse con este volumen, que se disfrutó de un trabajo libre de toda pretensión, brillante por la autenticidad de sus historias.

Lisbeth Lima Hechavarría se define a sí misma como una narradora que no persigue lauros literarios, prefiere invertir las energías en escribir y encauzar su obra hacia la publicación, con la esperanza de llegarle a sus lectores, intercambiar con ellos, debatir y conocer su opinión cara a cara, sea buena o mala, en pos de mejorar sus dotes como narradora y persona.

Por el momento, otros dos libros de la joven autora ya están en vías de publicarse, uno por Iliada Ediciones, en Alemania, y el otro, su primero en Cuba, por Ediciones Luminaria, de Sancti Spíritus, fruto de obtener el Premio Casatintas a finales de este 2021 que ha traído tantas dichas en el ámbito literario a Lisbeth Lima, quien con los dos nuevos libros que verán la luz y otros tantos gestándose, deja bien claro que aún le queda mucho por decir. Sin embargo, si persisten las dudas, no existe mejor evidencia que sostenga mis palabras que Matices de Vida. Ahí está, ahí sigue y continuará defendiéndose solo gracias a las fuerzas que le entregó su autora.



Sin deponer las armas

Reseña a trilogía “Guerra de dragones”, de Eric Flores Taylor y Jesús B. Minsal Díaz.

En los últimos años, géneros como la ciencia ficción y la fantasía han experimentado un ya innegable apogeo a nivel internacional, gracias en parte al recrudecimiento de la COVID-19, aunque toda la responsabilidad no podemos achacársela a la pandemia, pues este renacer viene gestándose previo al coronavirus. Toda una plétora de series, libros y películas han despertado (o reavivado) en el público el apetito por estos géneros que lamentan en ocasiones un muy injusto menosprecio. Por fortuna, a quienes leemos y defendemos el género fantástico nos respalda un ejército de autores reacios a deponer las armas y dispuestos a seguir creando mundos extraordinarios en los que sumergirnos. Gracias a ellos es que persisten y persistirán estos géneros.

Jesús B. Minsal Díaz (izquierda) y Eric Flores Taylor (derecha)

Eric Flores Taylor y Jesús B. Minsal Díaz constituyen dos ejemplos sólidos de lo que trato de reflejar. Y es que, en Cuba, el resurgir de la ciencia ficción y la fantasía puede rastrearse un poco más atrás y viene de la mano de los numerosos escritores y escritoras, apoyados por una colección que, al abrirles las puertas, fortaleció su convicción de que esos “sueños locos” podían publicarse y ser compartidos por los lectores. Dicha colección es Ámbar, perteneciente a la editorial Gente Nueva. Presidida por Gretel Ávila Hechavarría (una de las mejores editoras de nuestro país, defensora a capa y espada de los libros que acoge), la colección Ámbar tiene en su haber un catálogo de títulos de probada calidad, con mucha aceptación del público lector.

Pero en 2013 llegaría una novela, fruto del esfuerzo de varios años, que se robaría el show, provocando en sus lectores el apremio de una secuela, que llegaría en 2015, dos largos años después. La novela, titulada Guerra de Dragones y su segunda parte, Estigma, destacó por romper con una serie de arquetipos trazados en lo referente al fantástico épico y en específico, con el mundo de los dragones y de los magos.

En Guerra de Dragones sus autores, Eric Flores Taylor y Jesús B. Minsal Díaz (responsable, además, del espectacular diseño de portada de ambos volúmenes) nos introducen a todo un universo fantástico habitado por dos razas en conflicto: dragones y magos. Pero desde el inicio, notamos que ésta no será otra historia de las habituales en el género; en el primer capítulo se hace evidente, a través del monólogo de su protagonista:

“Solo le pido a los Milenarios que los altos jefes hayan tomado en cuenta mi “pequeña diferencia” al incluirme en esta misión. Si no fue así, todas mis inquietudes serán ciertas y no sobreviviré. ¡Qué fácil es imaginar lo que dirían de mí en las barracas!: “¿Te acuerdas de aquel bastardo, el despreciable cachorro albino? Se achicharró durante su iniciación. ¡Patético! ¿Quién ha visto un amo del fuego consumido por las llamas?”

Guerra I

Quien nos habla es Uthar, el dragón blanco y miembro más novato del pelotón del fiero sargento Morlock. El pelotón lo compone una variopinta mezcla de dragones de ambos sexos; sin embargo, Uthar se lleva la corona. Nos cae bien al momento este personaje. Es blanco, (color raro en su especie), no es ni rápido ni fuerte, le sobran la torpeza, la inseguridad, y tiene lo que como lectores consideramos una habilidad, pero para sus homólogos es motivo de burla y menosprecio. Los defectos de Uthar y su “pequeña diferencia” (como él mismo apunta) así como esa compasión que le entrega un toque humano, enseguida nos invitan a seguirlo a lo largo de la novela pues intuimos, atrapados por el ingenioso gancho que lanzan Eric Flores y Jesús B. Minsal, que este repudiado dragón traerá más de una sorpresa. Y de que lo hace, lo hace.

La sociedad de los dragones se rige por un militarismo absoluto, con sus correspondientes leyes y jerarquías, brutales entrenamientos y devastadoras incursiones relámpago. La desobediencia y la cobardía se castigan duramente. Todo en la raza de los dragones sirve al propósito de vencer en batalla a sus enemigos ancestrales: los magos. Éstos últimos, también divididos en rangos acordes a su dominio de la magia, habitan en distintos planetas (colonias) y su sociedad, aunque más desarrollada que la de los dragones, también lamenta serias deficiencias que repercuten en una familia desesperada por proteger a su bebé en medio de la guerra. Los caminos de este bebé y los de Uthar confluirán de forma inesperada y sentarán las bases sobre las que se alza la trilogía.

Si con Guerra de Dragones tuvimos abundancia de combates, dosis de humor, derroche de originalidad y nos sirvió de introducción a este mundo fantástico, con Estigma disminuirá el tono bélico de la trilogía, pero le inyectará una madurez imprescindible para disfrutar de una tercera parte en la que se anticipa un cierre con broche de oro a esta historia que tanto ha cautivado a sus seguidores.

Eric Flores Taylor

En Estigma, Eric Flores Taylor asume en su totalidad la tarea de narrador y Jesús B. Minsal adopta un plano más secundario, sin perder su protagonismo en el desarrollo de la secuela (recordemos que las ilustraciones son suyas y de Jesús Rodríguez). El distanciamiento de Minsal se debió a su enfoque en el mundo de la historieta, con la saga “Itgul” (publicada por Gente Nueva) y otros proyectos de igual índole que siguen gestándose. Ya en Estigma han transcurrido varios ciclos desde el final de la primera parte y, sin ánimo de lanzar spoilers que arruinen la magia para quienes todavía no han leído las novelas, veremos nuevamente a Uthar, a cierto bebé ya en la adultez (con todas las sorpresas que esto depara) y a varios de los personajes más queridos (y otros no tanto) de la primera entrega. Eso sí, tenemos un nuevo invitado al show y su nombre es Estigma. Y Eric Flores no se tarda mucho en darnos indicios de por qué fue bautizado así el segundo tomo de la trilogía.

Estigma es también una especie de paria, aunque a diferencia de Uthar, se le adora y teme. Para entregar una idea de este personaje y de lo que puede hacer, basta con señalar que en Guerra de Dragones aprendemos que para vencer a un dragón se requiere el poder concentrado de treinta magos; Estigma, en varios de los pasajes de la novela, nos deja pasmados con su facilidad para derrotar no a uno, sino a varios de sus poderosos enemigos. No es de extrañar que se le considere una leyenda. Sin embargo, pese a sus habilidades casi divinas, este semidiós vive obsesionado con hallar al dragón blanco, nuestro querido Uthar. ¿La razón? Nos espera en las páginas de la segunda parte de Guerra de Dragones, junto a las peripecias del ya maduro Uthar y de su misterioso acompañante, duelos fantásticos y una vez más, el gancho final que nos hace lamentar cuánto ha tardado en llegarnos la última entrega de la trilogía.

Guerra de Dragones (sus dos partes publicadas hasta el momento) ha sido un éxito entre el público y ya mencioné uno de los motivos: el desprendimiento de los cánones establecidos para este tipo de literatura. A ello se le suma el lenguaje sencillo, privado de rebuscamientos, pero sin carecer de un excelente manejo de las técnicas narrativas que entrega a las novelas un aire cinematográfico. O sea, Eric Flores Taylor y Jesús B. Minsal, nos hacen ver lo que acontece, reforzado todo por un universo cuidadosamente construido, creíble gracias a la coherencia vigente en una historia que agarra desde la primera línea y nos deja colgando de la última página, deseando más.

Ambos libros fueron editados por Gretel Ávila y su trabajo se nota, así como el respeto y compromiso de la editora con esta trilogía, pues también trabaja en la tercera entrega, en la cual volverá Eric Flores Taylor como autor. Jesús B. Minsal, comprometido en proyectos afines al mundo de la historieta, no pudo estar en primera línea, pero sus consejos y sugerencias fueron respetados.

Guerra I

La tercera entrega de Guerra de Dragones será la culminación de años de trabajo de sus autores, su editora, la Colección Ámbar, la Editorial Gente Nueva y por último, de quienes hemos tenido el placer de seguir esta historia. Basta decir que si la primera parte sentó las bases y Estigma las fortaleció, la última entrega se nos antoja una combinación de las magníficas escenas de batalla (a las que ya nos volvimos adictos y no pueden faltarnos), un serio manejo de los conflictos de sus personajes, las constantes sorpresas y ganchos, todo en función de entregarle a esta trilogía el final que merece. Solo nos queda esperar otro poco más, solo un poco más. Sin dudas, la espera merecerá la pena.

La ciencia ficción y la fantasía cubanas están en buenas manos y lo estarán mientras autores como Eric Flores Taylor y Jesús B. Minsal no depongan las armas. Como ellos hay muchos, no solo limitados al ámbito literario y sin distinción de género o edad. Son ellos quienes nos recuerdan que este tipo de literatura debe tomarse en serio, pues al igual que otros, nos hacen leer, nos hacen ver y nos hacen soñar…