Asimetría: un himno inquebrantable

«Abrazar la lluvia» es un texto que a pesar de la circunstancia adversa constata que ha sobrevivido rebelándose y con una declaración de que se multiplicará a pesar de parecer derribado o muerto: «Quizás mi entierro no fue más que una siembra».

Conformada sólo por tres piezas está la sección Antecorte, antecedida por el poema «Edades intermedias II», del que no cito ningún verso: es una construcción sólida, una pieza en la que no se puede prescindir de ninguna de las partes que la conforman si se quiere apreciar justamente. Tal vez las claves de todo el libro se encuentran en estos textos, que resultan ser los más y los menos enigmáticos al mismo tiempo. En ellos quiere callar, y se trasluce; quiere ocultar, pero revela.

«Poema mudo» es un breve texto que puede servir para confirmar lo antes ex­presado: «El silencio era un himno inquebrantable». Realmente lo que calla o dice a medias resuena en estos textos con mucha fuerza.

«Escribir para no quedarse mudo», primero de los tres poemas de la sección Corte, afirma lo que todo poeta conoce: el mejor modo de sobrellevar angustias e inconformidades es escribir a todo trance: «si mi voz no sale voy a entrar en ella». En este texto puede develarse el secreto, la fórmula mental del libro, cuando el poeta afirma: «Escribo para aparentar vacío». Todo es un aparente no decir lo que de todos modos se expresa en cada palabra.

«Erupciones» destaca dentro del conjunto por ser quizás la única pieza en la que podemos sentir una rebelión explícita, cifrada en estos versos: «con nuestros cuerpos deslizables /rodamos hasta que el volcán explote /el volcán interno /y entonces no seamos rocas /sino cenizas subiendo hacia una realidad indefinida».

«Tener el cuerpo de un país» es un bello texto, casi un poema de amor a una muchacha. A medida que avanzamos en la lectura se reconoce como un poema a Cuba, con una gran carga de inconformidad y dolor y donde se trasluce un sentido de pertenencia a la isla expresado en una permanencia no forzada y que se resume en el verso: «pero tengo un ancla dibujada en mis hombros». Y un ancla es seguri­dad para no naufragar, aunque la tormenta azote la nave-cuerpo del poeta, aunque ese cuerpo tenga una sensación de inmovilidad, de cumplir un papel asignado en una obra absurda: «una vez quise ser un zoológico/pero me sentí amaestrado», que el lector encontrará en la sección Apostatar, en el poema «Crónicas sin viaje», o el temor a ser arrastrado por otras voluntades, que se respira en cada verso del poema pórtico de la última sección, titulado «Edades intermedias III».

«Hombre nuevo», única y breve pieza de la sección Paralelos, cierra el libro. Es de un marcado desacuerdo generacional. Hay como una vuelta al principio, al tema de la herencia no escogida por voluntad propia, que atraviesa el cuaderno. Deja traslucir en sólo tres ver­sos una carga enorme de escepticismo ante lo que opinan sus mayores. Hay una ausencia de sentido en lo que escucha, porque a sus oídos tan sólo llega verdaderamente un rumor mono­corde: «Mi padre ha dicho:/ —hay un rumor rompiendo interminablemente—/Yo sólo oigo caer la lluvia».

Asimetría es un libro de juventud. Y es también un libro de madurez. De la madurez que precozmente traen las muchas y buenas lecturasy la visión de lo que se encuentra más allá de lo que logran ver los otros. Esta visión la trae consigo el ángel de la poesía, que nos acompañan con sus ojos. Y nadie duda de que ese ángel sea compañía sempiterna del joven poeta holguinero Antonio Herrada.

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