Armando Morales, gracias por el silencio sepulcral

Armando Morales me dijo en una ocasión: “Menos mal que los jóvenes existen. Menos mal que ellos existen”. Y añadió al finalizar aquella conversación una tarde algo lluviosa de junio: “Yo estoy aquí y cuando tengo el títere y mis muchachos tienen el títere, el silencio es sepulcral”.

Rememoro esa conversación y pienso en ese silencio profundo que mencionó Armando Morales, ese silencio que es fruto de la más completa admiración y el respeto del público y de quienes también admiramos y seguimos su trabajo y el teatro cubano en sentido general, luego de conocer que el Premio Nacional de Teatro 2018 ha otorgado, finalmente, al actor titiritero, diseñador y director del Teatro Guiñol Nacional, Armando Morales (1940).

Maestro de Juventudes de la AHS, Morales representa la continuidad de la escuela titiritera cubana, después de participar en la fundación, el 14 de marzo de 1963, del Teatro Guiñol Nacional, junto a sus maestros, los míticos hermanos Camejo y Pepe Carril. “El Guiñol se fundó en 1963 y como dice aquel cuento del guatemalteco Monterroso, cuando me levanté todavía el dinosaurio estaba ahí. En 1961 yo estaba con los hermanos Camejo y Pepe Carril. A partir del 2000 ellos se marcharon, se retiraron y murieron, y yo asumí la dirección. De hecho, soy el director con más tiempo en la compañía, incluso más que los propios hermanos Camejo”, me comentó entonces el también miembro del Comité de Expertos del Consejo Nacional de las Artes Escénicas.

“Ellos –Carucha, Pepe Camejo y Pepe Carril– colocaron el teatro de títeres en Cuba como un teatro de arte. Pelusín del Monte fue un suceso y debe su popularidad al espacio “Aventuras de Pelusín” que escribía Dora Alonso y salía todos los sábados a las 6 de la tarde”, añadió Morales, miembro, además, del Comité Cubano de la Unión Internacional de la Marioneta (UNIMA) desde 1996.

Aquella tarde holguinera vimos Quico Quirico, una puesta suya sobre un texto original de Dora Alonso (1910–2001) y Armando me dijo: “Siempre debe estar en los escenarios cubanos una dramaturga como Dora Alonso. Es muy fácil ocultar al titiritero detrás de un biombo o un retablo y entonces todo sucede allá arriba. Aquí no, aquí tiene que verse cómo, de pronto, la intérprete que hace la gallina Pompoña, llena de histeria porque el gallito se va para la ciudad a pelear, suelta el muñeco y, por supuesto, el muñeco se queda sin vida. La obra no es fácil por su estructura no habitual, pero es una obra que la disfruta el adulto y el niño, y además no le pongas musiquita, sino Ñico Saquito. También hubiera podido poner Prokófiev, Manuel de Falla… de acuerdo con el tema y con el autor, que haya un respeto al auditorio, sea el que sea. Es un espectáculo festivo y está lleno de una serie de alegorías al teatro en general”.

Conversador infatigable, el diálogo con Armando Morales demuestra una pasión inconfundible hacia el teatro, los títeres y sobre todo los jóvenes. Armando, además, no cree en premios ni en reconocimientos cuando no están sustentados en un verdadero compromiso con el arte. “Para mí el teatro no es lo que cuento, sino cómo lo cuento. El teatro debe ser un diálogo, rescatar las leyes de la titeralidad, lo que puede ser el títere que no puede hacerlo el actor. Esta obra en otro escenario no puede hacer esa escena, imposible hacerla: cómo un actor se va a desfallecer… Ese suceso del animador y lo animado, el objeto y el sujeto, es simplemente un suceso que solamente se hace en el teatro de títeres, y eso es lo que yo quería: demostrar cómo dentro del discurso y los recursos del títere, se puede hacer un espectáculo donde la dramaturgia espectacular tiene su perfil, su manera de realizarse y comunicarse”, me dijo entonces.

Hasta la fecha –luego de incomprensiones que lastraron la cultura cubana y el arte titiritero como parte indisoluble de la tradición artística insular– Armando Morales ha diseñado y dirigido producciones escénicas en Cuba y en diversas partes del mundo, para más de cien títulos pertenecientes a un amplio repertorio de autores de la dramaturgia titiritera cubana y universal. “Este es un público que no necesita de telones negros, aire acondicionado y ese silencio que tienen las salas teatrales, sino volver a ciertos orígenes del teatro popular. No siempre el teatro se debe hacer en espacios climatizados con todo el confort que puede tener una sala teatral. Para mí el teatro de calle es fundamental y es volver a los orígenes. El actor no puede ser solamente un intérprete, debe ser un creador. Cuando se baila con Alicia los jóvenes se crecen”, asegura el reconocido artista, miembro de UNEAC desde 1970 y presidente de la Sección de Teatro para Niños de la Asociación de Artistas Escénicos entre 1990 y 1999.

Aunque sea un lugar común, cuando Armando Morales toma un títere en sus manos, cualquiera, uno de los tantos que en su larga carrera ha confeccionado y manipulado, parece insuflarle la más generosa vida por medio de un aliento creativo de su imaginación. Por eso celebro doblemente este Premio Nacional de Teatro 2018 a Armando Morales, una de las principales figuras del teatro cubano contemporáneo, por su amplia y fecunda carrera durante más de cincuenta años como director artístico, actor titiritero, investigador teatral y diseñador; por el teatro de títeres en Cuba, muchas veces no valorado justamente; por la labor del Teatro Guiñol Nacional, y sobre todo, por los jóvenes que ha formado y seguirá formando como si en eso le fuera la vida misma.

Por eso una vez más, felicidades, Maestro.

Gracias por ser –como él mismo bromea con sus muchachos– nuestro primo titiritero assoluto.

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