Akaland, tierra de hýbris

El nombre de Eric Flores Taylor —en cuanto a materia literaria se trata— es una de las constantes más repetidas en el mundo editorial del fantástico cubano. Con menos de cuarenta años, en su ya amplia obra se percibe la síntesis, a modo de influencia, de algunos de lo más importantes escritores nacionales que le anteceden y de no pocos internacionales. Pero Eric no se conforma con esa síntesis, apuesta por una vuelta de tuerca, por nuevos giros y experiencias en materia de narración.

Crónicas de Akaland es uno de sus títulos. Apareció en el mundo editorial en el año 2014, de la mano de la ya archiconocida Colección Ámbar y la Editorial Gente Nueva, y es un libro escrito en colaboración con Jesús Minsal, quien además fuera también el ilustrador del título. Entre los autores de la ciencia ficción y la fantasía, ha sido común observar trabajos colaborativos, binomios creativos con resultados de mayor o menor valía. Sin embargo, creo que existen pocos precedentes que hayan mantenido una carrera conjunta con tanto éxito como Flores y Minsal (solo superados, eso sí, por los legendarios Chely Lima y Alberto Serret; matrimonio en la vida real y en el arte, que dieron a luz a algunas de las obras más memorables del arte fantástico en varios registros, no solo el literario sino también el audiovisual).

Obsérvese que el mundo desarrollado por los autores en estas historias ya había tenido una peculiar “precuela” editorial con la aparición del relato “El rey y la hechicera”, publicado en la antología de cuentos cubanos de fantasía Axis Mundi, libro que también fuera editado por Ámbar.

En “El rey y la hechicera” podían percibirse, a menor escala, las inquietudes textuales y el alto valor cinematográfico que, más tarde, se apreciarán también en el universo de Akaland (el cual, adelanto desde ahora, es una puerta abierta hacia otras historias en el futuro de la vida escritural de los autores, pues estos no concluyen ni cierran, ni constriñen su mundo al arcón de las páginas de un libro, sino que permiten material para una nueva exploración futura). No obstante, la promesa que un solo cuento cimentó en sus lectores, no quedó convertida en elemento para la fabulación, pues Flores y Minsal se esforzaron en seducir con la conformación de un universo que, dicho sea de antemano, rinde tributo a la escritura de Lord Dunsany en Los dioses de Pegana y a Tolkien, y también a referentes nacionales como Michel Encinosa Fú y Yoss.

La obra no es pastiche, ni copycat literario de materiales anteriores; no, sino que busca establecer su propio sello, una particular estética de mirar hacia los acontecimientos del libro a la manera de cómic o película de acción, donde la coherencia del movimiento y el patrón de la aventura llegan a ser tan importantes como la propia historia que se cuenta. Sin sacrificar personajes, y con un wordbuilding alongado y coherente —muy apoyado en las nociones de los génesis religiosos de diversas culturas—, Akaland se revela como un sitio cruel, un espacio gobernado por dioses vengativos, un margen para la escritura que permite develar las más profundas heridas —las llagas escondidas— en el hombre como materia.

En casi todos los cuentos de la compilación está presente el arquetipo de la lucha sempiterna entre el bien y el mal, herencia esta del fantástico tradicional y que más adelante encontraría un fuerte asidero en las obras de “espada y brujería”. Pero aquí, los autores apuestan por una inversión de la victoria, puesto que el bien queda desplazado —muchas veces destruido a través de pathos terribles— y el mal se erige como reinante. En esta inversión existe, sí, una mirada autoral distópica hacia la realidad narrativa recreada; elemento muy común y presente en las últimas generaciones de escritores cubanos del género.

En el cuento El don puede apreciarse que la arquitectura del relato ha sido construida en torno a una fina ironía que no es perceptible hasta el punto cúspide del cuento. Sin hacer uso del dato escondido ni del final sorpresa —no creo que sea intención de los autores lograr efectos semejantes—, la historia transcurre entre legados cortesanos, luchas intestinas por el poder, destierros y, sobre todo, el valor de lo profético. Profecía que es maldición, tanto para quien la porta como para sus acompañantes en el camino. Es interesante cómo sucede en este cuento un desplazamiento de la figura central —seamos más precisos: del personaje protagónico—, pues los autores apuestan por mostrar un corrimiento del interés de los lectores en la genealogía de sus criaturas. Si bien la niña “salvadora” —más tarde la joven, la mujer, la guerrera— puede entenderse como el centro de interés de las historias, bien avanzada la fábula dramática y sus intríngulis, antes había sido su padre el protagonista. No sé si calificar a este desplazamiento de afortunado, pero sin dudas, no deja de resultar de interés para la arquitectura propia de la trama.

De igual manera, es preciso resaltar la manera en que los autores van develando el particular worldbuilding de Akaland y las genealogías de dioses que intervienen —de una u otra manera— en la formación (y deformación) de este universo. Casi siempre a través del uso del “manuscrito encontrado”, Eric y Jesús salen airosos de una tarea que, vista de otra manera, quizás hubiera recargado demasiado al libro y lo hubiera convertido en fósil anecdotario de divinidades: afortunadamente, supieron revertir y enfocar el interés de los lectores en la acción de las historias y en la progresión de la trama, y no quedar en un limbo de referencias que sí, ciertamente ayudan a la apoyatura del universo, pero que por lo común no resultan de particular interés.

Hay que destacar en cuentos como Luna creciente —a mi entender, uno de los más sólidos de la antología— el poder de imagen y poesía visual que los autores recrean. En toda la compilación manejan con increíble soltura las descripciones de enfrentamientos y batallas, de manera tal que dotan de fluidez cinética a todos sus actantes, pero en Luna creciente exhiben un plus: la capacidad de convencer con la imagen de valor metafórico.

En De la búsqueda de Ryhel y Carroñeros pueden apreciarse construcciones narrativas que, sin dudas, atraen la mirada del lector. Eric y Jesús conocen la precisión —muchas veces punzante— de sus historias, y son capaces de combinar, en un mismo cuerpo narrativo, la fantasía con el terror; acierto que ambos cuentos mencionados exhiben en mayor o menor medida. Con Carroñeros se llega a una apoteosis narrativa que le debe mucho, sí, a las estructuras de la tragedia ática. El lector podrá apreciar una estructura cimentada en el esquema falsa victoria-hýbris-pathos (en una doble dimensión: sufrimiento físico, derrota y finalmente muerte). El error trágico juega en Carroñeros el más importante papel. En una doble línea de referencias, cuando el Khain pierde los ojos, tal parece que somos capaces de ver una conexión con Edipo, solo que el gobernante de Tebas tuvo oráculo y profecía que colgó de su vida como un lastre, mientras que nuestro Khain desoyó el mandato de los dioses, inflamado por el orgullo que cimentó en su propia victoria.

El binomio Eric Flores y Jesús Minsal ha construido un universo que, como anteriormente señalaba, no ha cerrado aún sus puertas por completo. Otras historias, una mayor expansión de Akaland, esperan por sus lectores, por aquellos que conocemos el peso de la hýbris y la expurgación de la culpa.

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