Los laminarios de Camilo Noa

Varios de los versos de Laminarios, poemario publicado por Camilo Noa (Gibara, 1990) bajo el sello de Ediciones La Luz, son como el álbum de cromos de mi generación. Pero mi generación –esa nacida a fines de los 80 y en los primeros años de la década siguiente– no tuvo álbumes de cromos que coleccionar después de disfrutar las golosinas; apenas recopiló las láminas descoloridas –postales de la cotidianidad, reversos de sueños, frustraciones, anclajes– de aquellos eufemísticos años especiales que, niños al fin y al cabo, veíamos como días luminosos que, sabemos, no volverán más.

foto tomada del perfil de facebook de Camilo Noa

Los poemas de Camilo Noa se me tornan generacionales, algo míos, por más de una razón: ambos empezamos a escribir casi por la misma fecha, más bien participar en peñas, lecturas, eventos, porque escribir, lo que es escribir, quién sabe desde cuándo uno anda “labrando” cuartillas, emborronando páginas, sacando del cuerpo, de la mente, los recónditos ritos del alma, recopilando láminas de la existencia; y ambos vimos crecer, coger complexión, en esa complicidad de los primeros años, muchos de los poemas que hoy aparecen en este libro; y porque, claro está, los temas, las preocupaciones, los miedos de Camilo, le pertenecen de una forma a otra, a muchos lectores.

El hombre era un ser endeble/ devoraba un pescado crudo/ untaba sal para adobar la carne/ engullía con dolor las espinas/ Otra vez la gente corrió a mirar/ trajeron a sus hijos en los hombros/ –como se les lleva a ver el circo (“II”).

Uno imagina al poeta sentado, abriendo las páginas del libro de la vida –libro difuso, complicado, arbóreo– y añadiendo láminas vitales, como golpes, caídas de dados, mientras a su alrededor la isla se deja devorar por las aguas cambiantes del mar: el mar de Gibara, las aguas que llegan del Atlántico y que rajan las manos y el cuerpo de los pescadores que, de madrugada, se lanzan a su ruedo, en busca del sustento diario. Uno imagina al poeta también quitando láminas, exorcizándose de algunos momentos a través de la poesía, pero los momentos, descreídos, difíciles de zanjar de la memoria, permanecen, salen a flote, como un cuerpo comido por los peces y encallado entre los arrecifes, como la persistencia de la memoria misma (el poeta también, como diría Fernando Pessoa, como un gran fingidor). En el espectro de la fotografía/ la muchacha de Plzeň, parece que sonríe/ el descenso de la nevisca/ no deja distinguir los rostros/ Me acerco/ porque quiero preguntarle/ si la nieve es tan divertida a pesar del frío/ Pero mami le cuesta recordar esa felicidad/ y pasa a otra página del álbum (“Laminarios I, 1984”).

Laminarios – Camilo Noas – Cortesía de Ediciones La Luz

A Camilo Noa le asedian muchas de las preocupaciones de su generación: la familia (su ausencia, su necesidad) en el centro de todo, equidistante; la madre como eje vital, como brújula mellada por el tiempo, el cansancio, la sobrevivencia; el país y sus aguas, sus rumbos; las liturgias y peregrinaciones a que nos vemos sometidos en el paso de los días y que le obligan a sostener el aire/ comprender/ resignarse/ Abrazar la “rosa de nadie”. Incluso la casa funciona como metáfora de esta cotidianidad vacua: Hemos tenido que cavar su tumba/ con las mismas manos/ que hoy tratan de erguir la casa/ colocando puntales/ y levantando hogueras/ para enfrentar el próximo invierno (“liturgias tres”).

El poeta reza, araña cuartillas para que el dolor no entre –como otro poeta querido y cercano de varias maneras a nuestra generación, Luis Yuseff–, escucha que alguien se persigna, mientras su madre se cubre el rostro y pide un poco más de vida. Pero el dolor no cree en súplicas, el dolor (ese que posa una mano sobre su hombro y lo mira con lástima) entra sin miramientos y llena espacios (del cuerpo y de la memoria); el mismo dolor que precede la muerte, las formas del sufrir, del sobrecogimiento, el miedo, la duda: El dolor está sentado en el sillón de costumbre/ con las piernas cruzadas/ Me precipito como una hoja amarilla/ espoleada por la briza de octubre (“otoño”). El dolor que se corporiza en los sacrificios: En los 90 se comía sacrificio/ tragábamos platos de sacrificio/ pelado/ sin especias/ y mi madre estaba cansada/ lo decía a gritos en las noches/ Cuando nos alumbrábamos/ con mucho sacrificio (“laminarios II”).

Camilo Noa dispara ráfagas sin remordimientos, ráfagas líricas pero humeantes como pólvora, pues aquí se viene a aprender a matar/ y el enemigo existe/ está a quinientos metros de distancia/ su silueta de cartón está amenazando la patria, y es por eso mismo que este laminario –sobre todo en su segunda parte, que son poemas más recientes, y creo los mejores del libro, que incluso se enrumban a nuevas búsquedas y también tanteos formales– se cargan de una cotidianidad vital y peligrosa, necesaria y cívica; crítica ya no solo consigo mismo y sus contextos, su cotidianidad existencial, sino con las honduras de la isla, con las preocupaciones como ser social, como ciudadano de un país que mira las manos del carbonero que tala el árbol de la memoria. Ciudadano, no habitante (el primero es un ser social, político, un escrutiñador de sustratos, un residente de los subterfugios de la razón, y también del miedo).

foto tomada del perfil de facebook de Camilo Noa

Nada tiene que perder, lo sabe, ya todo está echado al fuego que cocina lentamente los cimientos de la isla, y en él, los poemas de la sobrevida. Una muchacha/ que a sus diecisiete/ me ofrece su flor/ a cambio de un poema/ ¿te parece sucio?/ ¿te parece prostitución? Yo las he visto canjear/ cosas más terribles/ ofrecer la patria/ por una noche en un hotel de la patria/ y después uniformadas/ cantar el himno nacional (“laminarios VI”).

Vi una fotografía donde la poesía era una mujer que daba de comer a sus hijos. Uno de ellos mamaba de los senos estirados, se alimentaba como un gato, con los ojos cerrados y desagradeciendo. Entonces por primera vez la imagen de la poesía me fue un tanto similar a la imagen de la patria, con todos sus zopencos hijos chupando (“laminarios IX”).

El poeta que captó estos laminarios –con la seguridad de que cada cual va conformando los suyos– sueña con Freud y una granada de fragmentación en su mano, y también con la nieve, esa que añoró Casal, y que aquí le responde a la pureza de la brasileña Olga Banário, cuando David era un nombre que condena/ que llama a la muerte y la seduce; Camilo Noa –aunque nos diga que lo que desea es no complicarse tanto y no pensar, aunque insista en ser sincero y en mentirnos, en fragmentar la cotidianidad en poesía– desea también abrirse temprano y dejar que la noche ahonde en él. En esas honduras nos encontramos con estos Laminarios, y le agradecemos por estos poemas como granadas de fragmentación, por estas láminas como esquirlas de vida.


«Los escritores somos esclavos de las historias»

El inicio del cuento fue el primer libro de Sigrid Victoria Dueñas que leí. En aquel entonces aún no conocía el rostro de la escritora, ni había tenido la oportunidad (el privilegio) de compartir con ella las páginas de una antología. Me acerqué a Sigrid como una lectora más, una lectora enamorada de la historia que aquella muchacha había contado. Desde entonces, y con igual intensidad, he seguido las otras historias de Sigrid. Me sigo considerando, como en aquel primer encuentro, una de sus fieles lectoras.

¿Crees que es útil, más allá de una intención valorativa o crítica, las definiciones genéricas en cuanto a literatura se trata?

Hmmm… Qué buena pregunta. El problema sería para quién resulta útil. Puede que un lector agradezca saber de antemano a qué género pertenece el libro que va a leer, si está dentro de sus preferencias o no… Para determinados autores, moverse a conciencia dentro de un género les permite utilizar los recursos del mismo, recurrir a la intertextualidad con otras obras afines. Pero también existen libros que cruzan alegremente las fronteras de toda definición y que se apropian de aquello que contribuye a contar la historia. Creo que la utilidad de las definiciones está sujeta a muchos factores, demasiados como para ser categórica al respecto.

¿Cómo transcurre tu proceso creativo? ¿Cómo piensas la estructura de tus libros?

No los pienso. Ellos llegan, tocan a la puerta y a mí lo único que me queda es abrirla. A veces, muy educados, se presentan de principio a fin y me advierten cómo va a ser nuestra relación. Otras veces empiezan por el final y esperan, desconfiados, a que yo demuestre ser digna de la historia antes de contármela por completo. Los escritores somos esclavos de las historias. Nada que hacer al respecto, ellas mandan.

¿Existe, en la actualidad, un lector más preparado para entender la ciencia ficción y la fantasía, o ese lector existió en todos los tiempos?

Siempre ha existido un lector capaz de asumir ese “qué pasaría si…” De lo contrario, la ciencia ficción y la fantasía no habrían llegado al lugar en que están hoy en día. Ahora, sí me parece que ha aumentado la cantidad de lectores con gusto por lo fantástico y con la capacidad de comprenderlo. Sobre todo en nuestro país, cada vez son más los lectores amantes del género que pueden apreciar una obra fantástica, criticarla, valorarla… Sí, hay más lectores listos para el fantástico en la actualidad.

Cada vez que una crítica negativa amenaza —con menos o más razón— al campo nacional de la ciencia ficción y la fantasía, los autores tienden a unirse para defender el género. ¿Existe un coto de protección mutua, donde el diálogo con escritores y críticos (quizás provenientes de otros campos de escritura que no sean el propiamente fantástico) se hace casi imposible? ¿Cómo podrían abrirse las mentes de uno y otro lado para conciliar opiniones?

No puedo negar que hubo un momento en que los amantes del fantástico sentíamos algo de desprecio o animosidad por parte de la crítica y la postura editorial en Cuba. Ignoro si ese fenómeno sigue dándose, hoy que tantos espacios se han abierto a la ciencia ficción y la fantasía. Es de esperarse que el escritor/lector del fantástico se ponga a la defensiva si escucha críticas mal fundamentadas de personas que solo han tratado de leerse a Bradbury y Asimov, y cuyas opiniones se basan mayormente en el cine, el peor enemigo de la ciencia ficción. Eso hicimos muchos de nosotros, que no entendíamos por qué el lector de fantástico podía leerse, además, a Cortázar y disfrutarlo, mientras que el crítico que prefería el mainstream no lograba abstraerse lo suficiente como para leer Hyperion y se atrevía a opinar sin una verdadera base.

Hoy en día, me parece que lo mejor que pudiera pasarle al género sería tener una alianza con la crítica profesional. ¡Nos haría tanto bien tener la visión externa, acertada, oportuna, de un crítico para nuestros libros! En general, siento que en Cuba hace falta más crítica literaria, no solo para el fantástico.

Seguro que si pudiéramos encontrar buenas reseñas de libros en la prensa, escritores y lectores mejoraríamos en conocimiento y criterio de selección. En cuanto a cómo lograrlo, me parece que lo primero que se necesita es buena voluntad. El resto vendrá solo.

Durante mucho tiempo, se defendió en el gremio del fantástico la idea de no cerrar premios, de conceder lauros incluso a obras con determinados grados de deficiencia escritural, para así proteger las pequeñas y muy soñadas búsquedas que nos costaron años ver materializadas. En la actualidad, ¿debemos seguir premiando a obras con deficiencias, o el género ha ganado la calidad suficiente como para valorar, en igual proporción, el valor del riesgo y la responsabilidad con el lector? ¿Premiar o no premiar, sin importar consecuencias? ¿Dar un premio desierto: es una pérdida para el género o una ganancia? 

Tu pregunta pone de relieve uno de los problemas de las publicaciones en Cuba. Para mí, el mal está en que vemos el concurso como un aval de calidad. En una competencia de patinaje, pongamos por caso, puede que todos los atletas se caigan, pero el premio se lo lleva el que mayor puntaje logre, aunque todo el mundo sepa que existen mejores atletas que no se presentaron a esa competencia. En un concurso no se premia al mejor libro jamás escrito, se premia al mejor de los que participaron. En mi opinión personal, un jurado siempre debe ser capaz de escoger la mejor obra entre las que están participando. ¿Dónde está el problema? En que al no existir un premio de la crítica, un premio de la popularidad, un premio al más vendido, o al más leído… ganar un concurso es la manera de publicar, de obtener reconocimiento, etc. Y, por supuesto, si es un premio que incluye publicación, recae sobre el jurado la responsabilidad hacia el público, lo cual tampoco me parece adecuado.

 Si un premio significara solo una sugerencia de publicación, los editores quedarían en libertad de rechazar el libro, o de trabajar con él y mejorarlo, en lugar de imponer a las editoriales obras cuestionables. Así que pienso que está muy bien no dejar un premio desierto, y que la batalla por la calidad del género debe darse en otros terrenos. En el de lograr una crítica profesional que avale los libros, por ejemplo.

Escribes ciencia ficción, fantasía y literatura infantil, géneros que han sido erróneamente tildados como literatura menor o géneros menores, ¿crees que el autor decide en serio qué escribir o cómo hacerlo, o cada obra llega con un empaque previamente dispuesto, al que el autor debe solo amoldarse?

Creo que varía, según el libro y el autor. En mi caso, ya te dije, soy esclava de las historias. Nunca me frenó lo que se opinara del género de estas, debían ser contadas de esa forma, jamás traté de adaptar ninguna a otro género. Pero conozco autores que planifican el libro desde el título hasta el punto final y logran obras maravillosas.

Ni siquiera creo que para un autor todas las obras sean iguales. Algunas se impondrán, otras se dejarán moldear y las habrá que surjan a conciencia, para cumplir con los términos de un concurso o de una publicación, y esas no valen menos si el resultado final es digno. No he conocido a nadie para el que todas las experiencias creativas hayan sido iguales.

¿Hasta qué punto tu trabajo se vio marcado o influido por la coexistencia, en tiempo y espacio, de otras voces jóvenes a las que, como a ti, les interesaba el mundo de lo fantástico? ¿Cómo crees que un escritor joven puede encontrarse a sí mismo y a sus historias en un contexto tan marcado por la comparación y las conexiones con el otro/los otros?

Oh, para mí… No puedo menos que pensar que mis amigos y colegas fueron una bendición. Me guiaron, me alentaron, me criticaron y ayudaron a mejorar. No sería quién soy como persona, mucho menos como escritora, sin esos grandes compañeros de viaje en la literatura y en la vida.

Un buen grupo, interesado en lo mismo que tú, dispuesto a soñar contigo, a retroalimentarte, a reír y llorar con tus historias, a decirte claramente que no lograste contar lo que pretendías, a leerse una y otra versión de lo mismo hasta que nace el libro definitivo… Una experiencia así solo enriquece.

Creo que el verdadero escritor no es débil, ni se pierde entre las voces de los demás. Los otros, sobre todo si son afines, como me ha pasado a mí, son un tesoro que agradecer. ¿La comparación, la conexión? No he tenido mayores incentivos en mi vida. Cada uno de mis libros publicados, y los que permanecen inéditos, han sido forjados en esa fragua.

¿Los premios influyen en la carrera de un escritor? ¿Ralentizan su camino si le dan exceso de ego?, ¿paralizan?, ¿dinamizan?, ¿cuál sería el punto medio?

Sí, los premios influyen, por lo que hablábamos antes de que son uno de los escasos avales con que cuenta un escritor en Cuba. Las editoriales y el mundo literario en general te prestan más atención, los lectores leen la contracubierta de tu libro y al ver que ha ganado premio se deciden a comprarlo… En cuanto al exceso de ego, es un riesgo que se corre ante cualquier forma de reconocimiento. Depende más de la calidad como persona del escritor que de la cantidad de premios que reciba.

Has estado en contacto con varios grupos, proyectos y talleres literarios, ¿su saldo es, a la larga, positivo en la vida y la trayectoria de un escritor? ¿Existe un punto en el que el taller se convierte en un lastre o esto puede ser evitado por el autor mediante alguna estrategia o intención?

Los buenos talleres son un refugio, una escuela y un lugar de crecimiento para el escritor. Y por un buen taller me refiero a un espacio donde haya buena intención hacia la historia, donde la crítica acertada no se detenga ante una falsa noción de amistad, donde todos se enfoquen, no en la historia que yo hubiera contado con tu idea, sino en la mejor forma de contar la historia que tienes tú. Encontré algo así en el Taller Espiral, que después pasó a llamarse Convergencia. Todavía hoy no me atrevo a considerar un libro terminado hasta que Anabel Enríquez o Javier de la Torre le dan el visto bueno. No creo que un buen taller se convierta nunca en un lastre. ¿Cuál es el escritor que ha llegado tan alto que no necesita crecer más? Y están los nuevos. ¡Se aprende tanto cuando enseñamos!

Es bueno para el alma poner un granito de arena en la formación de un nuevo talento y leerte un libro de alguien a quien conociste cuando novato, al que has ayudado y que te ha llenado el correo con sus ensayos, y sentir ganas de haberlo escrito tú… Los buenos talleres literarios no solo forjan libros, también dan forma a amistades genuinas y te hacen mejor persona.

Como guionista, ¿qué retos entraña este oficio que no habías enfrentado antes en la escritura tradicional de un libro?

Ah, el guion… Ahí donde somos amos de las historias, no sus esclavos… para terminar siendo esclavos, nosotros y el guion, de la productora. Es, en efecto, un mundo totalmente distinto de la escritura de un libro. Para mí, el guion es algo que se planifica, que se analiza, que se estudia hasta en sus más mínimos detalles. Tienes que estar pendiente del tiempo, de no narrar imposibles, escribes con las necesidades de producción en mente… El guion ha sido una lección de disciplina, por encima de todo lo demás. Y trae sus propias alegrías y decepciones. El actor que es justo como imaginaste al personaje, que se te acerca entusiasmado a comentarte cuál fue su escena favorita, que te pide que añadas algo a su papel, y al que ves repitiendo tus diálogos con tanta entrega.

La escena que no se filmó según tus instrucciones, y que luego escuchas criticar en la calle (siempre el responsable es el guionista), con ganas de gritar de frustración, de imprimir lo que escribiste y dejar caer las copias desde un helicóptero para que todos vean que no fuiste tú, ¡que no es tu culpa, caramba! Pero el saldo final de retos superados y fallidos ha sido bueno. Hacer guion me enseñó humildad, paciencia, trabajo en equipo… Ha sido una gran experiencia.

De todos tus libros, ¿podrías escoger alguno, el perdurable, acaso el más querido?

Supongo que sería el primero, Los noseniqué tienen la panza rayada. Era el primero en todos los sentidos: el primer premio literario, la primera publicación… Nada volvió a ser igual después de ese librito, ya estaba ese sentido de la responsabilidad hacia lo que escribía, la posibilidad de que algún día otra persona leyera esa página, que ya no era solo mía… Y ese primer libro está lleno de sueños, sueños del futuro que quería tener, de la vida que quería llevar, del tipo de escritora en que quería convertirme… Es un libro ingenuo, escrito por una niña que no sabía nada y se lo imaginaba todo. Y todavía amo las cosas que imaginé en ese tiempo. Son sueños que disfruto compartir con las personas que lo leen.


Báguanos Indígena: cuando el pasado habla a través de los libros

Todo comenzó cuando el joven graduado de la UCI colaboraba con una enciclopedia virtual donde encontró errores que aludían al pasado aborigen de su municipio natal. El muchacho que parece tener un fiel compromiso con la verdad y la Historia asumió como misión personal deshacer este entuerto que, de no corregirse, generaría desinformación y confusión.

Además, sus móviles se justifican en el hecho de que la literatura especializada tiene tal vez una deuda con algunos sitios de elevado valor histórico cultural, deuda que viene tal vez a honrar Báguanos indígena. Arqueología y patrimonio, de Ivan Rodríguez, la más reciente inclusión en la categoría de investigación al catálogo de Ediciones La Luz, sello de la Asociación Hermanos Saíz en Holguín.

La motivación del joven investigador, que se movió de la Ingeniería Informática a la Historia, y que se especializa en Egiptología, es una apasionada defensa de su patrimonio arqueológico, movido por la necesidad de poner luz, de aclarar errores sedimentados también en el saber popular.

“Cómo iba yo a imaginar que aquel mismo suelo pedregoso sobre el que discutíamos al sol del mediodía –cuán diferente de este otro sol abrasador de mis mañanas como investigador fuera, medio milenio antes, abra bendecida por la corriente del río Tacajó que hacía recodo al fondo del paisaje; tierra cultivada por los indígenas y por donde fue paseada, en batey fabuloso de areítos y juegos de pelota, la rana mítica en ritual propiciatorio para la cosecha.”

Rememora el autor en el prefacio del título que resulta una vehemente mirada, pero de alta significación científica, a los valores históricos de una demarcación, a sus primeros habitantes. La búsqueda de la verdad, la meticulosa exploración del pasado, de sus indicios latentes, así como la precisión, redacción cuidadosa, detallado esbozo del capital indígena del municipio, adornan las páginas del volumen.

Una especie de vindicación de los pueblos originarios del municipio Báguanos, del pasado aborigen del pueblo, es en este libro sustrato esencial para enriquecer seis capítulos de una investigación acuciosa y seria.

Con habilidad admirable el autor se mueve entre distintas ciencias, así realiza un análisis preciosista para aclarar el origen del topónimo Báguanos y su ortografía y génesis. Indaga sobre los antecedentes de la actividad arqueológica y patrimonial en el territorio estudiado; revela detalles de los primeros exploradores de los valores indígenas locales, a veces estudiosos empíricos, otras más preparados. Aborda las peculiaridades de paisajes y sitios de alto valor en cuanto a su tesoro aborigen, colecciones personales y privadas, inestimables hallazgos y objetos de gran significado simbólico ayer y hoy.

Confiesa en el pórtico a sus páginas el vehemente escritor. Y regala en el novedoso libro, profusión de imágenes de piezas y vasijas tan vetustas, mapas, fotografías, evidencias de la labor de arqueólogos, de la dedicación del joven investigador, de la contrastación de fuentes.

Ya Ediciones La Luz había abierto sus puertas al autor en 2011, con el título Anáhuac: el Martí Místico. Y su producción literaria para compilaciones y revistas en Cuba y el exterior, no se detiene. Otros temas le rondan y lo urgen a indagar, porque Ivan Rodríguez asegura: “Mis hijos son los libros y mi compañera la investigación.”


Los placeres de la melancolía insular: lo cubano en la poesía de José María Heredia

  1. …su poesía resplandece, desmaya o angustia.
  2. José Martí

José María Heredia y Heredia (Santiago de Cuba, 1803-Toluca, México, 1839) fue un poeta de azares y dolores, de la trémula y feliz melancolía que antecede al despido y la partida: la añoranza que permanece como fe de vida. Pero también fue un poeta de libertades, del anhelo romántico e independentista de una Isla que definió como propia en la hondura de sus versos. Vivió anhelando la Patria pues su destino fue el destierro: el vagar y la mirada errante, pero siempre oblicua hacia la Isla. Con su poesía comienzan a cristalizarse en Cuba los elementos de la Nación y la identidad nacional, en las evocaciones al paisaje y la naturaleza insular, y en el despertar de la conciencia independentista del pueblo cubano. Fue, sobre todo, poeta de acertada cubanía que “le cantó, con majestad desconocida, a la mujer, al peligro y a las palmas”, escribió Martí[1].

Las primeras lumbres de cubanía en nuestras letras se evidencian en la representación de la naturaleza: desde los tiempos germinales de la poesía insular es la naturaleza y su representación la realidad inmediata que inspira al poeta. Pero su inmediatez física, en una isla casi paradisíaca como Cuba, no es igual a su inmediatez poética. El poeta no puede expresarla todavía sino a través de una concepción prestada y clásica, y a la vez artificial y abstracta, con cierto aire virgiliano y horaciano evidente del neoclasicismo, y muchas veces con reminiscencias barrocas de Góngora, Quevedo y Calderón de la Barca.

A esa representación de la naturaleza –sobre todo mediante la descripción del paisaje como evidencia de las primeras muestras de “lo cubano” en nuestra lírica– se encamina la poesía insular desde Espejo de Paciencia (Silvestre de Balboa Troya y Quesada, 1608) como primer monumento del corpus literario cubano, hasta entrado el siglo XIX. Inicialmente fue la piña –fruta primero barroca y luego neoclásica– el símbolo paradisíaco y vistoso de nuestra primera poesía y a la vez de Cuba, muestra de la voluptuosidad ante los ojos europeos de las bondades tropicales de la isla. La conocida oda “A la piña”, de Manuel de Zequeira y Arango (1764–1846) o “Silva cubana” (“Las frutas de Cuba”) de Manuel Justo de Rubalcaba (1769–1805) son claros ejemplos de una serie de poemas bucólicos con cierto toque rococó de “poesía de jardín” en cuya sucesión descubrimos el acercamiento cada vez más real e íntimo a nuestra flora y fauna, lo que llamaría Cintio Vitier “la silva descriptiva”[2] de nuestra génesis poética, literatura que “considerada seriamente comienza con Heredia”[3].

Con José María Heredia la palma desplaza a la piña como símbolo de cubanía: si antes Balboa pone en manos de divinidades griegas y latinas los frutos indígenas, y Zequeira describe una especie de apoteosis mitológica de la piña (erigiendo a la fruta barroca como símbolo tropical), en Heredia la palma es escala de luz, orgullo nacional, trono libre y redentor, enseña virginal, símbolo de martirio y dolor de la Patria… Habíamos pasado del cesto barroco y mitológico –como las cornucopias griegas– al penacho romántico de la palma, el árbol que recibe el primero y el último rayo de luz, a la representación ideal y erguida de la Isla como compendio de dolor y libertad, de la conciencia independentista que se iba tornando en la intelectualidad burguesa insular.

Heredia supera lo que Vitier llama “el marco bucólico y la visión arcádica” del neoclasicismo insular[4]. Su poesía proporciona, desde las primeras obras apreciables en su temprana juventud, la interiorización de la naturaleza, su expresión cada vez más desnuda y real en la comprensión de lo cubano como elemento identitario. En los versos de “En el Teocalli de Cholula”, uno de sus poemas más conocidos y modelo elocuente de su procedimiento descriptivo, escrito, además, en plena adolescencia, Heredia muestra una naturaleza espiritualizada que sutilmente se identifica con un paisaje del alma humana. Escribe Max Henríquez Ureña en su Panorama histórico de la literatura cubana: “El poeta descriptivo suplantó bien pronto al poeta de amor. Encarcelaba en pocas palabras la complejidad de un vasto paisaje. Jamás descendía al detalle secundario ni a la enumeración fatigosa: su visión era siempre sintética y, por lo mismo intensa”[5].

Según Ángel Augier: “El impulso afectivo fue asociándose a los elementos físicos del país, y éstos a su vez lo acercaron lenta y sutilmente a los espirituales”[6]. Este es un rasgo característico de su poesía: el paisaje como unidad estética y sentimental creada por el alma, el paso de la naturaleza al paisaje propiamente dicho, no en el sentido pictórico o representativo, sino como estado de ánimo. Para Cintio Vitier, esa espiritualización de la naturaleza que sería característica en su obra, muestra en Heredia dos planos, que en ocasiones se funden en uno solo: el amoroso y el patriótico[7]. Es característico del romanticismo la interpenetración de sentimiento y naturaleza, a tal punto que los espectáculos naturales resultan misterios asumidos por el mundo de las pasiones; entonces el romántico ve en la naturaleza un espejo de su alma (nótese en la obra de Heredia el conocido poema “Niágara”, y en la poesía del inglés Lord Byron, “Las peregrinaciones de Childe Harold”).

Vemos en esa “espiritualización de la naturaleza” de la que hablaba Vitier, una visión cubanísima de la mujer, que se evidencia tanto en la lírica amatoria de Heredia, como en sus poemas patrióticos. Los dúos palma-mujer y palma-patria aparecen, aunque separados, como elementos característicos de cubanía en la obra de Heredia. Parejas poéticas que en José Martí luego se fundirán en un solo concepto: “…las palmas son novias que esperan; y hemos de poner la justicia tan alto como las palmas”[8]. En la obra de Heredia vemos la relación palma-mujer plasmada en los siguientes versos de 1821: El alma mía/ se abrazó a tu mirar: entre la pompa/ te contemplé del estruendoso baile/ altiva y majestuosa descollando/ entre hermosura/ cual palma gallardísima y erguida/ de la enlazada selva en la espesura…[9]

Otro ejemplo de naturaleza cubana íntimamente espiritualizada –“el sentimiento del paisaje”, según Max H. Ureña[10]–, a la vez húmeda y trémula como la voz misma del poeta, muestra la adjetivación (“el pomposo naranjo, el mango erguido”) que después del propio Heredia será común y hasta cierto punto reiterativa, con sus luces y sombras en mayor o menor grado, en la poesía decimonónica cubana: Morada fría/ de grato horror y oscuridad sombría, / a ti me acojo, y en tu amigo seno/ mi tierno corazón sentiré lleno/ de agradable y feliz melancolía[11].

El “grato horror” de la noche herediana bajo el asilo de la espesura, ofrece un lugar de ocultamiento al nostálgico desamparo del desterrado, la agradable melancolía que marca toda la existencia del poeta, como posteriormente se evidencia en la obra de Zenea y Casal. De los arrebatos de pasión se liberaba Heredia solo para entregarse a la melancolía o al desencanto. La ardiente y sensual nostalgia viene a ser otra contraparte poética de su obra lírica: la deliciosa, necesaria, ardorosa y “feliz melancolía” herediana –entre la conmoción de los elementos naturales y la paz de las soledades– que se evidencia en su poesía: Desde la infancia venturosa mía/ era mi amor. / Aislado, pensativo/ gustábame vagar en la ribera/ del ancho mar[12].

El destierro, la emigración con el frío del norte –que padecerían otros poetas, incluido el propio Martí–, la imagen de Cuba como paraíso perdido, se verán retratados en estos versos de “Placeres de la melancolía”. Aquí la nostalgia de una tierra dulce y paradisiaca, propia del romanticismo, parece condensarse en un solo verso, islas de paz y gloria semejaban, y todo el frío implacable del destierro, en una sola imagen sensitiva, y bajo el agudo filo/ del hielo afinador centella el cielo[13].

Otro “enfrentamiento” de la poesía de Heredia con los desbordes de la naturaleza insular lo encontramos en el poema “En una tempestad”. El poeta no se queda impávido frente al paso del huracán: admira su potencia, lo saluda en versos de profunda y profusa mirada descriptiva, que se torna además de ribetes de inspiración sagrada; es cuando su voz, hermanada al estruendo del huracán, se llena de armonía: Huracán, huracán, venir te siento, / y en tu soplo abrasador/ respiro entusiasmado/ del Señor de los aires el aliento[14].

La palma, que ya la hemos visto convertida en mujer, aparece en su obra como símbolo de la patria, como ejemplifica un pasaje de la oda “Niágara”. Ante la vertiente estadounidense de las famosas cataratas del Niágara, el joven bardo desterrado escribe su poema más conocido, inspirado en la famosa narración del poeta romántico francés François–René de Chateaubriand, y plasma así “una de sus dos o tres obras maestras, y seguramente uno de los poemas más bellos en lengua castellana”[15]: Mas ¿qué en ti busca mi anhelante vista/ con inútil afán? ¿Por qué no miro/ alrededor de tu caverna inmensa/ las palmas, ¡ay! las palmas deliciosas/ que en las llanuras de mi ardiente patria/ nacen del sol a la sonrisa, y crecen/ y al soplo de la brisa del Océano/ bajo un cielo purísimo se mecen?[16]

A propósito, escribe Cintio Vitier sobre la impronta del poema en generaciones de revolucionarios exilados: “Señala este verso (“las palmas, ¡ay! las palmas deliciosas”) momento en nuestra historia y en nuestra sensibilidad, que estará vigente hasta los días de Martí. Para generaciones de emigrados y desterrados –la flor del país–, Cuba será eso: “las palmas, ¡ay! las palmas deliciosas”. Pero esta delicia, que en la visión de Heredia eran los “placeres de la melancolía”, se irá saturando cada vez más de dolor y cambiando la nostalgia por una frenética esperanza”[17].

Frente al Niágara, le basta a Heredia con reflejar su propia agitación interior para traducir la terrible tempestad de la catarata. Dentro, el poeta desfallecía. “Pero, aseguraría luego Jorge Mañach, es una inspiración de mayor sustancia la que allí le aguarda; una emoción de grandeza desatada, la percepción del poder divino y la sugerencia de la marcha ciega y fatal del destino humano hacia el abismo de dolor”[18].

Si bien se evidencian en Heredia las parejas palma-mujer y palma-patria como compendio y símbolo de cubanía, a la par de la descripción del paisaje cubano como espejo del alma del poeta, es la dimisión patriótica de su obra otro rasgo característico y por el que ha sido recordada su figura lírica. Partamos de un punto necesario para comprender esta faceta de la amplia obra herediana: Heredia inicia lo que llamaremos “iluminación poética de Cuba” desde el destierro, luego de ser acusado de participar en la conspiración Soles y Rayos de Bolívar, en 1823; así inaugura una larga tradición de creadores e “inspiraciones” del exilio y la diáspora. Sin la mirada melancólica del exilio político no habría exaltación poética ni añoranza hacia la tierra natal, y por tanto tampoco deseos independentistas. Esto marca, como estigma, la obra del poeta santiaguero, a quien Martí llamó el primer poeta de América.

En las cataratas del Niágara una placa de bronce, con el rostro del poeta y varias estrofas de su conocida oda, recuerdan la visita que el 15 de julio de 1824 hiciera a ese sitio el primer gran poeta de Cuba y América Latina.

Pero en el joven Heredia, la vocación patriótica no surge de manera espontánea; es, más bien, una especie de evolución que termina siendo cristalización patriótica y revolucionaria en su poesía. “Recién llegado a México –escribe Ángel Augier en su ensayo La poesía de José María Heredia– el concepto de “patria” para José María era el mismo sustentado por su padre: atribuido a España en el sentido maternal emanado de un mal entendido derecho histórico. Así como el magistrado [un español liberal de América que había escrito Memoria de las revoluciones de Venezuela] desde su posición jurídica, propugnaba la avenencia de los patriotas latinoamericanos a un régimen español de garantías constitucionales, que en la misma España era fugaz e ilusorio, su hijo poeta entonaba loas a jefes militares colonialistas –como Barradas y Apodaca– por su aparente política persuasiva frente a los soldados de la independencia, o a Fernando VII por el transitorio restablecimiento de la Constitución de 1812”[19]. Ejemplifican esto los poemas “España libre” y el “Himno patriótico al restablecimiento de la Constitución”, pero no era su voz la de un separatista, sino la de un defensor de la libertad. Incluso ya había escrito, a raíz del tratado sobre la abolición del comercio de esclavos que impuso Inglaterra a España, su “Canción hecha con motivo de la abolición del comercio de negros” (o “En la abolición del comercio de negros”), donde su espíritu clama justicia, no sin cierto agradecimiento bisoño al gobierno español por acordar la abolición.

Durante su primera estancia en México, donde acompaña a su padre (la familia de Heredia fue tan trashumante como el propio bardo, moviéndose entre Santo Domingo, Cuba, Venezuela, México…) con solo dieciséis años y sin aparente motivación política, escribe al compatriota que regresa a Cuba: ¡Feliz Alpino, el que jamás conoce/ otro cielo ni sol que el de su patria! (…) ¡Oh! ¡Cómo palpitante saludara/ las dulces costas de la patria mía/ al ver pintada su distante sombra/ en el tranquilo mar del mediodía! (…) Hermoso cielo de mi hermosa patria, ¿no tornaré yo a verte?[20]

En esta primera etapa mexicana surge en Heredia el sentimiento de libertad como suprema aspiración del hombre; su poesía comienza a ser muestra de ello. Así comienza a fraguar la conformación de su identidad nacional, aquello que lo aleja un poco de su padre y lo acerca a la isla doliente y querida: Cuba como tierra de su nacimiento y estímulo para moldear su emoción patriótica. En la ausencia, el recuerdo se enlazaba dulcemente (“la dulce melancolía”) a la naturaleza insular, el sol tropical y las noches criollas, testigos de sus días de felicidad, esa que creyó encontrar en Cuba, la nostalgia al suelo nativo que bojea en su alma la idea y el sentir de la patria.

Heredia se integró así a un magno fenómeno de cristalización de la espiritualidad, en el preciso instante en que los sucesos ocurridos en la metrópolis, sus colonias americanas y en la propia Cuba, estremecían los andamios del sistema español. Era el momento en que en la Isla, a la sombra del movimiento constitucional, que hizo proliferar, en la Cuba, la imprenta y las publicaciones seriadas, se debatían las cada vez más hondas contradicciones ideológicas y de intereses entre criollos y peninsulares. Mientras los integristas polemizaban con los reformistas, y los constitucionalistas con los absolutistas, en la sociedad criolla las ideas de independencia proliferaban al estímulo de la gesta bolivariana. Para entonces en Heredia, la patria ya no era España, sino Cuba.

Escribiría entonces, luego de enrolarse en Matanzas en la logia Caballeros Racionales, una de las ramas del movimiento Soles y Rayos de Bolívar, el poema “A la insurrección de Grecia en 1820”, donde vislumbra un futuro de libertad para su patria en el ejemplo de lucha del pueblo griego: Por el alma libertad: miro a mi patria/ a la risueña Cuba, que en la frente/ eleva al mar de palmas coronada/ por los mares de América tendiendo/ su gloria y su poder…[21]

En octubre de 1823, al saber que la conspiración había sido descubierta, escribió en Matanzas el poema “La estrella de Cuba”, que inauguró la poesía cubana revolucionaria. Escribe así Heredia uno de sus versos más conocidos: Nos combate feroz tiranía/ con aleve traición conjugada/ y la estrella de Cuba eclipsada/ para un siglo de horror queda ya. / Que si un pueblo de dura cadena/ no se atreve a romper con sus manos/ bien le es fácil mudar de tiranos/ pero nunca ser libre podrá[22].

Indignado el poeta, fulmina con sus limpios versos al tirano opresor, pero la estrella que despunta en este poema quedó fija desde entonces como uno de los símbolos de anhelo de libertad del pueblo cubano, al punto de aparecer en el triángulo rojo de la bandera nacional, como se refleja también en el escudo otro de los símbolos heredianos: la palma. Además ya Heredia formula una decisión que sería escrita con sangre en nuestras contiendas independentistas y se refleja en el Himno Nacional, “morir por la patria es vivir”.

Tiempo después, desterrado y en viaje de Estados Unidos a México –al cual le cantó en muchas ocasiones y hasta intentó crear para la nación azteca un Himno Nacional– vuelve a divisar en el mar la isla lejana que se repite como un quejo, como un largo acorde doloroso. Heredia divisa las alturas del Pan de Matanzas, al que también le cantaría Plácido, y en donde esperan la madre, los amigos, la novia; escribe entonces el famoso “Himno del desterrado” (1825). Pero esta isla no es la misma de otros poemas: es una isla doblemente lejana, isla imposible, a la que solo podrá volver por poco tiempo, enfermo y desilusionado; acogiéndose a una amnistía vigente y bajando la cabeza ante el Capitán General Miguel Tacón.

Quizá sea Martí quien mejor defina los días del regreso de Heredia a Cuba: “Y al ver Heredia criminal a la libertad, y ambiciosa como la tiranía, se cubrió el rostro con la capa de tempestad, y comenzó a morir. (…) Si para vivir era preciso aceptar con la sonrisa mansa la complicidad con los lisonjeros, con los hipócritas, con los malignos, con los vanos, él no quería sonreír ni vivir. (…) transparente ya la mano noble y pequeña, con la última luz en los ojos, el poeta que había tenido valor para todo, menos morir sin volver a ver a su madre y a sus palmas”[23].

En el “Himno del desterrado” escribe Heredia uno de sus poemas de más trágica hondura: ¡Tierra! claman: ansiosos miramos/ al confín del sereno horizonte…/ Es el Pan… En su falda respiran/ el amigo más fino y constante/ mis amigas preciosas, mi amante…/ ¡Qué tesoros de amor tengo allí! Y más lejos, mis dulces hermanas/ y mi madre, mi madre adorada/ de silencio y dolores cercada/ se consume gimiendo por mí. Cuba, Cuba, que vida me diste, dulce tierra de luz y hermosura, ¡cuánto sueño de luz ventura/ tengo unido a tu suelo feliz![24]

El poeta trasluce la ansiedad, los límites de la insularidad (esa poderosa palabra que nos turba y vendría a ser tema socorrido en la siguiente poesía cubana), el mundo que ha dejado atrás y que anhela reencontrar… La nostalgia del suelo nativo, originada por la novia y la familia, bosqueja en su espíritu la idea y la intuición de la patria, a la que ansía retornar. El poema es, a la vez, claro ejemplo del patriotismo herediano, de su anticolonialismo: la cocción de la palabra patria y las ideas independentistas del bardo, de un sedimento de país y Nación: ¡Cuba! Al fin te verás libre y pura/ como el aire de luz que respiras/ cual las ondas hirvientes que miras/ de tus playas la arena besar/ Aunque viles traidores te sirvan/ del tirano es inútil la saña/ que no en vano entre Cuba y España/ tiende inmenso sus olas el mar[25].

En su poesía Heredia refleja, en medio de la belleza edénica de la isla, único ámbito en que circunscribía nuestra poesía antes de Heredia, los problemas de la conciencia, los ideales, la indignación… Al deslumbramiento de la naturaleza se antepone la vigilia, la preocupación por el destino del país, el sentimiento cada vez más agudo, camino al odio y la ira del espíritu contra el opresor, la responsabilidad por la patria y su destino… Heredia, además de los elementos cubanos que define e interioriza, es el primero de nuestros poetas que le infunde aliento espiritual al paisaje cubano, y el primero también que valora la isla en función de la distancia, de la lejanía del exilio en que vivió el poeta: atmósfera propia del mito de la isla que jugará siempre un papel decisivo en nuestra sensibilidad. Sin dudas, la primera iluminación lírica de Cuba, se verifica y viene a dar sus luces desde el exilio. Pero es con Heredia que la isla añorada se convierte en patria: no solamente en tierra natal, sino en patria que ilumina, brilla y refleja distante, lejana en el mapa, quizá hasta inalcanzable, pero Patria… Para Cintio Vitier: “Con Heredia la isla se vuelve, no solo distante, sino también lejana, porque ha entrado en su intimidad, en su deseo, en el anhelo de su alma. Cuba empieza a ser esperanza a la vez que nostalgia; cielo futuro, que no se gozará nunca, a la vez que paraíso perdido”[26].

Heredia fue un poeta desigual. Quizá por eso Max Henríquez Ureña lamente que en la poesía civil de Heredia predomine la tónica prosaica y declamatoria. Sin embargo, para Martí, “el lenguaje de Heredia es otra de sus grandezas, a pesar de esos defectos que no han de excusársele, a no ser porque estaban consentidos en su tiempo, y aún se tenían por gala: porque la poesía, que es arte, no vale disculparla con que es patriótica o filosófica, sino que ha de resistir como el bronce y vibrar como la porcelana”[27].

La cambiante situación política de México lo desilusionó. El poeta civil había enmudecido. La fe que aprendió de niño, y un triste anhelo a Cuba, le inspiraron sus Últimos versos. Murió en la ciudad de México, el 12 de mayo de 1839. Sus restos terminaron luego en una tumba común. Tenía 35 años.

En las cataratas del Niágara una placa de bronce, con el rostro del poeta y varias estrofas de su conocida oda, recuerdan la visita que el 15 de julio de 1824 hiciera a ese sitio el primer gran poeta de Cuba y América Latina.

Mientras, Heredia sigue escuchando, en los placeres de la melancolía insular, el precipitar de ese inmenso “trueno de agua” que es el Niágara. Tratando de ver, entre los torrentes, una palma cubana erguirse a las alturas.

Notas:

[1] “Heredia” (1889): Discurso pronunciado en Hardman Hall, Nueva York, el 30 de noviembre de 1889, en José Martí, Obras Completas, Volumen V, 1976. La Habana: Editorial de Ciencias Sociales, Instituto Cubano del Libro (ICL).

[2] Cintio Vitier (1970): Lo cubano en la poesía. La Habana: Ed. Letras Cubanas, Instituto del Libro, p. 43.

[3] Roberto Méndez Martínez (2008): En la paz de estos desiertos. Pinar del Río Ediciones Almargen, Ed. Cauce, p. 18.

[4] Cintio Vitier, ídem, p. 44.

[5] Max Henríquez Ureña (2006): Panorama histórico de la literatura cubana, Tomo 1, La Habana: Editorial Félix Varela, 2006, p. 131.

[6] Ángel Augier (2003): “La poesía de José María Heredia”, en Obra poética, José María Heredia, La Habana: Ed. Letras Cubanas, p. 10.

[7] Cintio Vitier, ídem, p. 75.

[8] Discurso en el Liceo cubano de Tampa, 26 de noviembre de 1891. Estudiado por Vitier, ídem, p. 76.

[9] “A…, En el baile”. José María Heredia (2003). Obra poética. Compilación y prólogo de Ángel Augier. La Habana: Ed. Letras Cubanas, p. 23. (Todas las citas de la obra de Heredia pertenecen a esta edición).

[10] Max Henríquez Ureña, ídem.

[11] “El desamor”, Heredia, p. 35.

[12] “Placeres de la melancolía”, Heredia, p. 190. Heredia inaugura, además, la poesía al/del mar. Véase su canto “Al océano”, que, dado la misma vida trashumante y hasta cierto punto errante del poeta, es elemento habitual de su lira.

[13] Ídem.

[14] Heredia, ídem, p. 223.

[15] Jorge Mañach, citado en Leonardo Padura (2012): “El Niágara y Heredia”, en Un hombre en una isla, Crónicas, ensayos y obsesiones: Santa Clara Ediciones, Sed de belleza, p. 275.

[16] Heredia, ídem, p. 236.

[17] Cintio Vitier, ídem, p. 84.

[18] Citado en Padura, ídem, p. 274.

[19] Ángel Augier, ídem, p. 11.

[20] “A Alpino”, Heredia, ídem, p. 10.

[21] ídem, p. 83.

[22] Ídem, p. 100.

[23] José Martí (1976): Obras Completas. La Habana: Editorial de Ciencias Sociales, Instituto Cubano del Libro (ICL), p. 174-175.

[24] Heredia, ídem, p. 114.

[25] Ídem, p. 117.

[26] Cintio Vitier, ídem, p. 88.

[27] José Martí: Obras completas, ídem, p. 137.


La mirada atenta y milimétrica de Verónica Aranda

Verónica Aranda no es haijin “accidental”, sino que ha logrado calar en el corazón de ese género casi desconocido que es el haiku. Para ahondar un poco sobre esta arista de su obra creadora, el Portal del Arte Joven Cubano se acerca a ella, agradeciéndole de antemano la amabilidad de acceder a responder las siguientes preguntas:

—En pocas palabras, ¿qué es el haiku para ti?

Es una forma de contemplar y reverenciar la naturaleza a través de los cinco sentidos, y al plasmar algunos asombros derivados de esa contemplación, sentir hondas sensaciones estéticas.

—¿Cómo llegas a él?

En la feria del libro de Madrid de 2001, visitando casetas, me encontré en la de la editorial Miraguano con un libro de Basho que me atrapó, Haiku de las cuatro estaciones. A partir de ahí, llegué a otros clásicos como Issa Kobayashi, Yosa Buson y Shiki, cuya lectura me impulsó a escribir mis primeros haikus y a profundizar en la teoría.

—Algunos estudiosos y haijines, como Javier Sancho, han dicho que el haiku no es poesía. ¿Es o no es?

Su clasificación dentro de los géneros literarios es un tema complejo. Podría encasillarse dentro del subgénero de la poesía breve e incluso de la poesía mística. Pero, es verdad que técnicamente escribir un haiku supone emprender el camino contrario al de escribir poesía: es desaprender la técnica, la construcción de metáforas, olvidarse de las figuras retóricas para llegar a la sencillez y espontaneidad fruto del aware. Así se lo explico a los alumnos en los talleres de iniciación al haiku.

—Haiku y poesía occidental, dos expresiones completamente distintas. ¿Qué recibes de cada una?

Del haiku recibo la mirada atenta y milimétrica sobre las cosas. De la poesía occidental, la indagación en experiencias vitales y en el lenguaje que propician el autoconocimiento.

—En la práctica, hay común acuerdo respecto a que lo divino es precisamente lo que el hombre no sea”, dice Vicente Haya en su tesis doctoral El corazón del haiku: la expresión de lo Sagrado. Pero Río Mekong nos muestra un mundo inclusivo donde el hombre persiste en armonía con la Naturaleza, donde el Aware[1] es eminentemente místico. ¿Haces divisiones o consideras al haiku, al igual que R.H. Blyth, “religious poetry” en su totalidad?

Concuerdo con Blyth, pues considero el haiku poesía mística, y lo percibí con mayor claridad cuando profundicé en el estudio del hinduismo y del budismo. En el haiku no hay jerarquías, todas las criaturas son sagradas por igual, desde el hombre hasta las plantas y los insectos más diminutos. Forman parte de un Todo, del Atman. Esto se percibe especialmente en la obra de haijines como Issa y Hôsai.

—Hoy se habla del “síndrome Benedetti”. ¿Aumenta o disminuye?

Aunque en España se está escribiendo haiku de mucha calidad y en consonancia con los cánones japoneses y la filosofía zen, me temo que, por otro lado, el “síndrome Benedetti” aumenta. Estamos en la era de la inmediatez, de la hiperconexión y del narcisismo, que no invitan a profundizar en nada. Esto y un exceso de ego son la antítesis del haiku, cuyo camino de aprendizaje puede llevar años, incluso una vida entera.

Se publican demasiados haikus y libros de haikus (algunos incluso ganan concursos) que son más bien poemas amorosos o aforísticos. Mucha gente piensa que si lleva la métrica 5-7-5 ya es un haiku, y nada más lejos. Además, no es un requisito indispensable del haiku esa distribución de versos ni que tenga 17 sílabas.

—¿Qué te parece el uso de metáforas en el haiku?

Me parece que las metáforas se deben usar de forma muy dosificada. Aunque, en algunos haikus específicos, pueden aportar mucho y ayudar a la transmisión de una escena o impresión poética. Es más perjudicial, a mi modo de ver, el exceso de purismo, sobre todo, teniendo en cuenta que muchos clásicos, en ocasiones, incluyeron metáforas en sus haikus.

—La poeta y filósofa española Chantal Maillard creó el término anti-haiku. ¿Cómo te parecería mejor llamar a esos poemas que no son haiku?

Según el texto, los denominaría poemas breves, micropoemas, aforismos, máximas o incluso seguidillas, pues ciertos “haikus” se acercan más a la poética del flamenco. 

—Alguno que hayas escrito.

Leo a Li Po.

En mi copa de sake

los equinoccios.

—En el libro La poesía zen de Santoka, Maillard cita palabras de Anandavardhana, extraídas del Dhvanyaloka o Teoría de la resonancia, para mostrar la capacidad de sugerencia de la palabra poética. ¿Es el haiku la mano, o lo que ella apunta?

Pienso que ambas cosas. Me viene a la mente la definición de Basho: “Un haiku es un dedo que apunta a la luna, pero si el dedo está ensortijado, el lector se fijará en el dedo, y no en la luna”.

—Referentes que has tenido y que recomiendes para el estudio y comprensión del haiku.

R.H Blyth y su enciclopédico estudio sobre el haiku, cualquier libro de Vicente Haya (recomiendo especialmente: Haiku: la vía de los sentidos y El espacio interior del haiku), El haiku japonés, de Fernando Rodríguez-Izquierdo, y Kigo, de Seiko Ota y Elena Gallego. A un nivel más panorámico, Budismo Zen, de D.T. Suzuki y Claves y textos de la literatura japonesa, de Carlos Rubio.

—Haijines y haikus donde encuentres zenmi (sabor a zen). Uno japonés, otro español y otro cubano.

Taneda Santôka:

Yuki e yuki furu

shizukesa ni oru

 

Sobre la nieve

cae la nieve.

Estoy en paz.

 

Isabel Pose:

Sin nadie a quien hablar.

En la montaña

esperando el invierno.

 

Sinecio Verdecia:

tarde nublada

mi vecino ciego

fríe pescado

 

Síntesis biográfica de Verónica Aranda:

Nacida en Madrid, filóloga, gestora cultural, traductora, antóloga, fadista y viajera, Verónica Aranda, es una de las poetas españolas actuales más admiradas en Cuba. Algunos títulos de sus poemarios son Poeta en India (Ed. Melibea, 2005), Tatuaje (Ed. Hiperión, 2005), Alfama (Ed. Centro de poesía José Hierro, 2009), Postal de olvido (Ed. El Gaviero, 2010), Cortes de luz (Ed. Rialp, 2010) Café Hafa (Ed. El sastre de Apollinaire, 2015), La mirada de Ulises (Ed. Corazón de mango, Colombia, 2015), Otoño en Tánger (Ed. Trabalis-Aguadulce, 2016), Épica de raíles (Ed. Devenir, 2016), Dibujar una isla (Ed. Reino de Cordelia, 2017), Senda de sauces. 99 haikus (Ed. Amargord, 2011), Lluvias Continuas. Ciento un haikus (Ed. Polibea, 2014), Río Mekong (Ed. Cartonera Island, 2018), Mapas. Antología poética (Ed. Matanzas, 2000- 2015).  En los cuatro últimos, podemos ver su labor como haijin[2], también la prestigiosa y selectiva Colección española de haikus de la Editorial UNO: Haibooks, en 2018 recibió gustosamente algunas de sus composiciones en la antología Trece Lunas.

Notas:

[1] Conmoción o asombro del haijin ante cualquier suceso de la naturaleza.

[2] Nombre que se le da al escritor de haiku.


Mi lista de razones para que leas las listas de Isabel Cristina (+Video)

Ediciones La Luz no ha dejado que las constelaciones apaguen su brillo. Las novedades editoriales del sello holguinero siguen emergiendo pese a contingencias epidemiológicas y circunstancias adversas de toda índole. Así se presenta a los lectores el más reciente título del catálogo y quizás el más sui géneris hasta la fecha por no admitir su inclusión en categoría alguna.

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Un Almacén transmedia

El Almacén de la Imagen puso a prueba grandes empeños y demostró mucho más. Lo primero: que si desde el principio está claro el objetivo, no hay obstáculo invencible para un equipo entusiasmado. Lo segundo, recibir con gratitud el legado de los fundadores sin permitirse omisiones ni olvidos, aunque siempre haya inconformes que piensen lo contrario.

Cuando se definió el tema de las narrativas transmedia y el uso de las plataformas digitales en la realización audiovisual, sonaba a tremenda ilusión con un final demasiado parecido al desengaño. La mayor pesadilla saltaba con los impedimentos de conexión. Sin un buen ancho de banda era imposible la videollamada por Zoom a España donde vive el argentino Daniel Resnich. Etecsa brindó el servicio gracias a la persistencia de la Asociación Hermanos Saíz ayudada por la representante de Cubarte en Camagüey.

Coffea arábiga-Foto Ricardo de la Paz
Coffea arábiga-Foto Ricardo de la Paz

Bastaría la conferencia magistral del profesor de la Escuela Internacional de Cine (EICTV) de San Antonio de los Baños, para calificar de exitoso este Almacén, por sumar a un experto de su altura, y así tender un puente sólido a la comprensión de la actual convergencia creativa de soportes y lenguajes. Las claves de Resnich para “hackear” la mente transmedia son esenciales para quienes pretenden generar contenidos con historias emocionantes.

Hasta el año pasado, perder una de las sesiones teóricas del evento prácticamente no tenía vuelta atrás, sin embargo, el ecosistema digital permite conservar los archivos y acceder a sus compendios de aprendizaje. Por ejemplo, el video de aquel experto puede visualizarse a través de la plataforma de Vimeo, aunque sin permiso de propagación.

Por el contrario, en la página de El Almacén de la Imagen en Facebook está disponible el diálogo con el chileno Vittorio Farfán, quien desde la cordillera andina habló de su experiencia como autor de videojuegos y de web series, así como de sus prácticas de enseñanza a adolescentes. También quedó pública la charla del cubano Luis Abel Oliveros, coordinador de la Cátedra de Televisión y Nuevos Medios de la EICTV. Desde La Habana enunció cada momento del proceso de formación de productores creativos.

Las medidas sanitarias de prevención contra la COVID-19 impidieron el arribo de participantes de otras provincias, pero había que ver cuán al tanto estaban a través del grupo de WhatsApp, donde recibían información de cada opción del programa. Minuto a minuto siguieron la premiación. De hecho, el jurado central saludó a la pantalla de un celular donde estaba el rostro feliz del holguinero Juan Carlos Domínguez Diez, Gran Premio Luces de la Ciudad. Por su obra Piel de burdégano además se alzó en documental, guion, fotografía, edición, sonido y dirección.

Una zona de tensiones era el pitching, ese ejercicio de defensa de proyectos de ficción y de animación para jóvenes que optan por el financiamiento del Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográficos (Icaic). La imposibilidad de la defensa cara a cara provocó más de un dolor de cabeza; sin embargo, el envío en tiempo de las carpetas, y la facilidad de la videollamada para despejar dudas y sostener argumentos, facilitó todo el trabajo. Este año ganó la tunera Yanet Pavón, por su propuesta de ficción Ella y el Hotel Miramar.  

Mantener la vitalidad en seis redes sociales: YouTube, WhatsApp, Facebook, Instagram, Twitter y Telegram implicó un trabajo de mesa, entrañó la generación de informaciones previas, y contó con la profesionalidad de jóvenes comunicadores, periodistas y fotógrafos. Por intuición pusieron en práctica lo que se confirmaría los días de máximo apogeo del evento: urge pensar los contenidos de una manera diferente, para diversificar los públicos en la medida que la historia transita por varias plataformas.

Almacén - Conferencia Daniel Resnich- Foto Alejandro Rodríguez
Almacén – Conferencia Daniel Resnich- Foto Alejandro Rodríguez

Hubo la programación habitual de proyecciones en salas, exposiciones de carteles y conversatorios con jóvenes artistas. Todo se transmitió por Facebook Live desde el Complejo Audiovisual Nuevo Mundo. Igual sigue a la mano el coloquio acerca de fondos, becas y premios para la realización, explicados por Ramón Samada, presidente del Icaic; Claudia González, directora de creación artística de ese instituto; y Rafael González, presidente nacional de la AHS.

El evento se contó a sí mismo con el lenguaje transmedia, y hay varias pruebas de su capacidad para vincular los diferentes medios. Pensó un programa de televisión de cuatro capítulos, estrenado en las emisiones del 27 al 30 de octubre por el Noticiero Cultural de la Televisión Cubana. Compartió los reportes de los medios tradicionales. Hizo circular el boletín Luces tanto impreso como digital. Por si fuera poco, aprovechó la estancia del director de arte José Denis (Pepe) Reyes, quien ambientó como motivos de cine el lobby de la Casa del Joven Creador.

Este Almacén ha generado en los ausentes unas ganas enormes de volver a la ciudad. Esperemos que ayude a los camagüeyanos de aquí a abrir los ojos para afrontar cada reto de las tecnologías digitales, y sobre todo, a ser más colaborativos dentro del ámbito de la cultura.


Capítulo #12: El ejercicio del Chamán (notas sobre el libro Telar de Daniel Duarte de la Vega)

I

La poesía es un ejercicio para un Chamán. El acto de hacer la poesía solo es similar al acto de hacer el mundo, de interpretar el mundo, de ser mundo. Un poeta debe saber que la creación del mundo es una acción poética por antonomasia. Un poeta puede modificar la realidad o la percepción colectiva de lo real. En él la lógica de lo causal y el mundo espiritual yacen como respuesta a un mismo poder.

Un Chamán es un poeta. Su expresión posee la facultad de curar, de comunicarse con los espíritus y presenta habilidades visionarias/adivinatorias. Puede hilvanar los sucesos y reinterpretarlos para la enseñanza. Su imagen simboliza un puente hacia lo desconocido para la tribu. ¿Intermediario? Su voz es la urdimbre en tensión para sostener la esperanza colectiva.

El gesto del Chamán es visible en muchos poetas cubanos. La Editorial Letras Cubanas (por ejemplo), publicó el libro Telar. Un cuaderno del poeta Daniel Duarte de la Vega (Pinar del Río, 1983) al que un jurado compuesto por Carlos Augusto Alfonso, Alberto Marrero y Charo Guerra, le concedió el premio Pinos Nuevos 2018 en la modalidad de Poesía.

Fotos Cortesía del entrevistado
Fotos Cortesía del entrevistado

Con diseño de cubierta de Alfredo Montoto Sánchez y edición de Leymen Pérez, el libro se instala como una sinfonía de Vivaldi en la escritura contemporánea cubana. Daniel Duarte teje su interpretación sobre los fenómenos de la naturaleza mientras se repiensa como animal social/político. Su escritura es un ejercicio contemplativo de la hipervulnerabilidad de las emociones y el contacto con el mundo de los objetos.

El libro está estructurado en dos partes. El primer segmento lleva por título La urdimbre y, el segundo, Bastidores. Aunque hay que resaltar la presencia de imágenes fotográfica (de un marcado valor artístico) y puntos suspensivos en páginas totalmente en blanco que permiten dinamitar la dramaturgia del libro. El lector puede dialogar con una prosa poética bien lograda y un ritmo armónico que hace del cuaderno un ejercicio de ascensión.

Pudiera parecer que el libro está compuesto por dos poemas de múltiples pasajes. Donde los sucesos están fragmentados a un nivel sensorial solo para exponer la belleza de sus encuentros.

Fotos Cortesía del entrevistado
Fotos Cortesía del entrevistado

La urdimbrees una fracción del cuaderno donde el mundo interior del poeta se muestra como un cuerpo meditabundo, hurgando en el próximo suceso posible. La mezcla de imágenes reales con metáforas da sentido a su existencia. El poeta permanece presente ante el ojo común, ante lo desagradable que también es bello, ante lo inmóvil. Su proxémica con el mundo colectivo se rige bajo el debate de la experiencia y la memoria emotiva.

Al igual que la urdimbre la memoria se mantiene bajo tensión durante el proceso de tejer las vivencias. En la poesía de Daniel Duarte el hilo de lo sensorial es fuerte y resistente, capaz de acoplar los hilos sueltos de cabos retorcidos.

La segunda parte del libro empieza con un ejercicio rítmico. Donde la rima y el lenguaje circulan bajo la estructura de la prosa poética. Bastidores es una exploración del mundo de los objetos y la naturaleza. El poeta en un movimiento de resilenciacontinua,indaga en imágenes referentes a su mundo exterior.

Fotos Cortesía del entrevistado
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II

Elementos múltiples dan forma y significado al gesto chamánico de la autosanación y la contemplación del otro. Como en una práctica yóguica, Daniel Duarte de la Vega se desplaza entre las leyes de la existencia. Su prosa es una meditación sobre la memoria, una búsqueda de la verdad y su estado natural en los objetos. En ese ejercicio senso-perceptivo el poeta obedece a su condición para interpretar las acciones del colectivo.

…retenida en sí misma, más allá del azar omnipresente y fálico,nuestra tranquilidad depende de lo que cada uno le otorga; de sus propias metáforas. (p. 13)

Lo desagradable del mundo común es material para interpretar las verdaderas leyes según el poeta. Allí encuentra imágenes exploratorias y su filosofía de vida.

…solo Truffaut comprende que la imagen perfecta nunca será alcanzada por un rayo de luz, solo la luz conserva su destello agobiante. (p. 14)

En medio del ejercicio de percepción, el contexto parece un elemento hostil. Una coreografía inalterable donde los actores deben ser exactos. El poeta filtra la realidad y nos avizora: todas las cosas tienen un fin. La postura del poeta es sangrar con la imagen y asumir que el lenguaje es la explicación más noble ante el desastre humano.

…todo estaba previsto para que sucediera así, la retina y los pájaros deben envejecer y lo hacen; todo estaba previsto, el I Ching lo confirma. (p. 16)     

La poesía de Duarte es un viaje hacia la verdad en el estado natural del mundo. Una meditación que hace de la memoria un sujeto-otro dentro de un mismo cuerpo. Allí lo desconocido hace mella y nos lanza más allá del deseo. El poeta nos recuerda lo que estamos destinados a ser: fruta/arboles/madera/isla bajo el agua.

…¿ves qué absoluta tu mano y el cítrico en su acidez? prevalece aquel doblez sobre la planta marchita, por eso allí resucitan la nervadura y la res. (p. 42)

Fotos Cortesía del entrevistado
Fotos Cortesía del entrevistado

III

El carácter contemplativo de Telar permite al lector un diálogo desde una sensibilidad estética. Una relación compleja dada a partir de la posibilidad de intimar y la confrontación con lo inesperado. Una especie de retiro espiritual donde el Chamán marca la hoja de ruta como tabla de salvación. Dislocar los distintos cuerpos afectivos que inspiran a este cuaderno, es el destino del lector. Un Babel espiritual sumerge las angustias y las transforma en clavos oxidados ante el ojo que lee.

Daniel Duarte de la Vega es un poeta que actúa desde una perspectiva esperanzadora. Su obra se mueve cómodamente entre la filosofía de la compasión, los distintos materiales provenientes de las artes plásticos y la estimulación literaria.

El humus cultural que yace entre sus páginas lo muestran como un ser de luz. Sus preferencias escriturales construyen un auto-retrato que simboliza su existencia. La pluralidad de imágenes que impactan en la figura del sujeto lírico, desplazan la historia personal y la convierten en una imagen-mundo. La bivalencia de su poética es la base su motivación.

Como un chamán, convierte a los espíritus de la naturaleza y de los hombres en sus familiares. Una acción que se traduce en lenguaje/viaje/conocimiento. Puede ahondar en los múltiples estados de la conciencia y modificarlos. Así se ha ganado su estilo. Su poesía es un método de sanación.


«Todo está en la mente de los lectores»

Es una persona entrañable. Y, además, uno de los escritores más prolíferos y maravillosos de nuestra pequeña isla literaria. Eldys Baratute sabe que su camino está señalado por la palabra escrita, por su zozobra y su felicidad infinitas, y es fiel a este viaje. La niña que soy, la niña que fui, lo acompaña. Esa misma niña curiosa que hoy le hace estas preguntas…

En tus obras existe, a modo de guiños hacia tus lectores, el trabajo con referentes que provienen del mundo de la Historia, la música, el cine, el arte en general. ¿Hasta qué punto te interesa la investigación de estos referentes y cuál es el papel que le concedes a la investigación a la hora de escribir literatura infantil y juvenil (LIJ)?

Respeto mucho la tradición de literatura para niños, adolescentes y jóvenes que existe en el mundo, e incluso en Cuba; por eso creo que cada tema a tratar, cada libro que se escriba, no importa del género que sea, lleva, primero, una necesidad real del autor de mostrar su verdad y, segundo, una profunda investigación para brindar todas las aristas posibles y que el lector puede tener su propia lectura. Para eso es imprescindible conocer los referentes, el contexto, los antecedentes y tener clara la caracterización psicológica de los personajes.

Yo, además, soy un autor muy referencial, trato de mostrar a los lectores elementos de arte, la literatura, la Historia. Que se queden con lo emotivo de la historia y que además incorporen a su vida ese otro conocimiento que fue importante para mi formación estética. Es una especie de regalo que les hago a los lectores. Aunque siempre trato de que ese referente no sea impuesto, sino que el lector se sorprenda al descubrirlo.

Eres, sin dudas, uno de los más queridos y grandes autores en cuanto a materia de LIJ en Cuba se refiere. Y todo eso siendo, además, un autor con mucha juventud biológica por delante. ¿De qué manera vives tu papel como escritor, antologador y crítico, teniendo el conocimiento que tu literatura es ya un referente para otros creadores?

Tú definitivamente me quieres. En otra reencarnación seríamos novios. ¿Querido? Solo por la familia, los amigos y algunos lectores. ¿Grande? Nooooo. Cada vez que leo a Nersys, a Onelio, a Eliseo, me doy cuenta de que nada de lo que haga podrá superarlos. A ver, Ela, yo fui un autor precoz, quizás un poco como tú, publiqué mi primer libro con 22 años más o menos y esa precocidad me ha hecho tener una carrera acelerada, con libros valiosos y otros menos valiosos.

Fotos: Cortesía del entrevistado
Fotos: Cortesía del entrevistado

 

Quince años después de aquel primer libro te aseguro que no todo lo que he publicado tiene el valor que quisiera. Aunque también reconozco que hay algunos que me han dejado muy complacidos. Mi trabajo como antologador nace de la necesidad de promover la obra de los otros (tan imprescindible como hacer la mía); eso lo que me ha llevado también a hacer mi trabajo como crítico. Es complicado cuando además tienes que dedicarle parte de tu día a un trabajo de oficina o a promover la obra de creadores de otras manifestaciones que es básicamente lo que hecho en mi vida laboral, a hacer de jurado, lector especializado de algunas editoriales, ayudar en la labores domésticas y tratar de tener una vida.

Todo eso te obliga a planificarte mejor el tiempo. A prescindir de cosas para poder dedicarte a la literatura. Yo renuncié a mi profesión de médico, a tener una vida de viajes de un país a otro, de batas blancas y palabras rebuscadas, por la promoción del libro y la lectura porque creo que con lo que hago puedo ayudar a formar mejores hombres y mujeres. Así que tengo que mantenerme fiel a eso. ¿Me leen los más jóvenes que yo, los que comienzan? Eso me alegra, sobre todo si en esa lectura encuentran la fuerza para decir su verdad, para creerse que lo que hacen puede emocionar y cambiar el mundo. Si encuentran las ganas de hacerlo mejor que yo, entonces eso me alegra.

A la hora de construir la dramaturgia de tus propios libros, ¿cómo lo haces?

Soy muy metódico, organizado, creo que no podría ser poeta por eso. Me paso mucho tiempo pensando la historia, meses, a veces años. Y cuando siento que estoy preparado investigo mucho, muchísimo, paso horas leyendo, buscando información, construyo los personajes y después, al final, la historia. Desecho una y otra cuando no siento que serán suficiente para ese personaje que las espera. No dejo de pensar en la historia que mis personajes necesitan (a veces cuando me baño, cuando miro la tv, cuando desayuno) hasta que se me ocurre esa que le pertenece a esos personajes.

Fotos: Cortesía del entrevistado
Fotos: Cortesía del entrevistado

Tu trabajo con los personajes, tanto los que provienen de tus mundos ficcionales como aquellos que rescatas de nuestra tradición histórica, es enorme. ¿Cómo armas sus vivencias y experiencias?, ¿qué te preocupa a la hora de pensar en ellos?

Me gusta construir personajes, darles vida, carne, que parezcan reales, que sean verosímiles, que los lectores sientan que son sus amigos, que comparten sus vidas. Mientras más humanos hacemos a los personajes, más posibilidad tenemos de que la historia sea creíble. Y yo necesito que se crean lo que estoy contando.

No eres el único escritor de tu familia. ¿Cómo se combina tu trabajo creativo con el de tu pareja?

Bueno… tratamos de mantener los espacios de creación separados dentro de la casa, como islas que se acercan y se alejan dentro del mar. Hay muchas otras cosas, más domésticas que compartimos. Mis libros siempre se los doy a revisar a Raúl, es mi primer editor y yo a veces reviso sus textos, pero mientras estamos creando tratamos de no inmiscuirnos uno con el otro. Ah, eso sí, si volviera a nacer no viviría con ningún escritor. Es complicado distribuir las tareas domésticas. Y cuando a los dos nos da por escribir no hay quien cocine en la casa.

Desde hace ya buen tiempo te interesa el trabajo y el rescate de nuestros referentes históricos nacionales, fundamentalmente la figura del héroe cubano, del mambí y de aquellos otros personajes, a veces sin nombre u olvidados, que acompañaron a los héroes. ¿Por qué? ¿Crees que los niños lectores de nuestro país se han acostumbrado a un modelo de héroes que nada tiene que ver con nuestras tradiciones? ¿Hasta qué punto hemos permitido los escritores que ciertos temas históricos, tal vez aquellos más enraizados a nuestros orígenes como nación, hayan sido relegados?

El héroe cubano lamentablemente se ha convertido en una frase hecha, en una figura demasiado distante del niño, sobre todo por la forma en que se lo mostramos en las aulas. Y estamos en un momento en el que nuestros niños necesitan de nuestros héroes. Por eso mi insistencia en darles un poco de humanidad, de emoción, de mostrarlos empáticos, sensibles, con una infancia como otra cualquiera. Si logramos que nuestros niños vean a los personajes de nuestra épica como seres de carne y hueso, entonces estaríamos evitando que buscaran sus referentes en súper héroes enlatados, foráneos, que poco podrán aportarle a su formación como seres humanos. Ahora, para eso debemos romper esquemas, tradiciones empantanadas y mostrar a esos hombres capaces de amar, de equivocarse, de ser valientes y al mismo tiempo tener miedos como, definitivamente, son los hombres.

Fotos: Cortesía del entrevistado
Fotos: Cortesía del entrevistado

Y sería incapaz de pensar que somos los autores los culpables de ese alejamiento entre el niño y el héroe de nuestras gestas independentistas. A los escritores nos cuesta hacerlo porque este trabajo llega investigación, lecturas, viajes interminables detrás de la historia, cotejar fuentes, entrevistar personas, pero de todas formas el problema es mucho más grande. Deben unirse muchos para revertir lo que está pasando.

Tu literatura es polémica y polisémica, y creo que esas condiciones hablan bien de la calidad de tus textos. Como escritor, ¿te molesta que en la sociedad cubana y/o en el espíritu de muchos lectores existan aún trazas que condenan como tabúes a temas que deberían ya ser entendidos como normales o comunes?

Todo está en la mente de los lectores. En su capacidad de desgranar lo que digo, lo que pretendo decir, en sus maneras de asumir este o aquella historia con prejuicios o con respeto. Si los lectores reaccionan, de la forma que sea, ya me siento complacido. No puedo pretender que todo el mundo piense igual, que la sociedad cambie de un día para otro, de que una tradición de siglos de prejuicios y exclusión desaparezca como por arte de magia. Yo escribo sobre el respeto y la inclusión, y para eso debo partir del respeto al que no le interesa la inclusión. Si con cada uno de mis libros logro transformar a un lector, un solo lector, entonces estaré haciendo algo válido.

Para ti, ¿existe aún algún tema tabú en cuanto a materia literaria se trata?

Si te dijera que hay temas tabúes estaría traicionándome a mí mismo. El tabú está en la mente de los seres humanos, en su formación, en su historia de vida, en su incapacidad de ver más allá de lo que le han obligado a ver.

¿Crees en la autocensura?

Claro, el miedo existe y la autocensura nace a causa del miedo. Yo trato de no tener ni uno ni lo otro, pero a veces también temo, como Virgilio.

¿Cuál es el papel del escritor en el mundo tan caótico que nos rodea?

Emocionar, si le arrancas una pizca de emoción al lector, entonces lo estás obligando a aferrarse a su humanidad.

La crisis de valores en los que vive no solo la sociedad cubana, sino el mundo entero, ¿influye en la literatura, en los modos en los que la producimos, la entendemos y consumimos?

El mundo con crisis o sin ella influye en la percepción que podamos tener los autores, pensar de que somos seres aislados del mundo es una tontería. No existen personas más conectadas con su contexto que nosotros, aunque querramos estar encerrados en un cuarto oscuro. Y si ese contexto influye en nosotros, entonces también influye en nuestra obra. Si yo no fuera quien soy, viviera como vivo y donde vivo, no escribiría como lo hago, probablemente sería el médico de bata blanca y palabras extrañas que algunos anhelan.

Fotos: Cortesía del entrevistado
Fotos: Cortesía del entrevistado

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Los símbolos del derrumbe

Transcurre el mes de julio cálido y luminoso; con un buen augurio llega repentina la llovizna, los días argentados, el clima propicio para permanecer debajo de una manta y elegir un libro.

En la cubierta predominan los tonos oscuros, una luz que se acerca, un hombre que aguarda en lo que pudiera ser una terminal ferroviaria o un escenario. Líneas de tiempo anuncian las letras del color de la luz.

Un tren es el símbolo que recorre estas líneas invisibles. Delimitadas por las fechas como estaciones inevitables. El hombre no es el conductor sino la maquinaria; transita el tiempo que le ha sido otorgado, ruge humo, se descompone, vuelve a las vías, pero jamás tiene el control. Los vagones le siguen como un cámara fija, dejan constancia del paisaje, los transeúntes, del deterioro, mas no juzgan la trayectoria.

Según las palabras de la joven escritora Elizabeth Reinosa Aliaga, autora de este volumen —con el que obtuvo el Premio Calendario de Narrativa 2019—, no ha podido precisar en qué género situarlo. Pero si continuamos el viaje necesitaremos definir, al menos para poder ordenar y analizar.

Por eso trataré de dar mi propia clasificación. Líneas de tiempo no es un libro de cuentos y creo que eso queda claro, pero ¿es una novela?, pudiera ser, sobre todo atendiendo a las libertades que la modernidad le ha concedido a esta. Posee un alto vuelo poético, lo cual conjugado a su estructura se acerca sobremanera a la prosa poética. Sin embargo, me decantaré por llamarlo relato, como otros antes denominaron así a El curioso caso de Benjamin Button, de F. Scott Fitzgerald. Este al igual que Líneas…narra la vida de un personaje desde el nacimiento hasta su muerte —aunque en un orden peculiar—, seccionándola por etapas.

Una vez dicho esto quisiera pasar a hablar de Seda, novela del italiano Alessandro Baricco, y referente cercano de Líneas de tiempo. La obra de Baricco también se estructura de manera viñética, flashazos de la vida de HervéJoncour; en esta el autor emplea capítulos muy cortos, casi todos de media página, que por orden numérico nos narra la vida de Hervé y otros personajes. Claro Alessandro sí entra en cuestiones propias de la novela, permite visualizar personajes y lugares en su forma física desde la Siberia hasta el Japón.

En este relato se nos muestra a los personajes siempre indefinidos, como detrás de la bruma, en las sombras, como los ingrávidos de Valeria Luiselli. Su protagonista no posee nombre, ni siquiera rostro, aunque sí una angustia, un dolor que deviene violencia. Esta violencia será padecida por el resto de los personajes, sin excepciones, ni siquiera de los más pequeños, ni siquiera del mismo que la genera.

Al escribir sobre otros escritores se apunta, por ejemplo: su estilo narrativo se inspira en las novelas de… o es evidente la influencia de autores como… Este punto es acertado y lógico, todos tienen referentes, puntos de partida, de contacto, de inspiración.

Me atrevo a decir que tiene precisos puntos de contacto con Celestino antes del alba, de Reinaldo Arenas. La casa como infierno, prisión. El predominio de la violencia. El único que comprende al protagonista es su hermano Kiko; al igual que al protagonista de Arenas solo lo entiende Celestino, su primo, quien más tarde se transformará en su hermano y viceversa. La madre, dualidad de brutalidad y ternura, igualmente “muere”, pero como en Celestino continúa viva. 

Y un trasfondo como el de Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez. Piramidal: todo se va construyendo hasta llegar a la cúspide y, entonces, inicia el descenso, el estropicio. Su línea central es la locura y, por supuesto, la soledad.

De un aliento corto. Sintético. Lírico. No existe en estas páginas una inquietud por el mundo exterior. No es el cómo la sociedad modifica al sujeto, sino cómo el individuo altera su mundo interior y cercano. Nos hemos trasladado de esa visión de lo macro a lo micro. A la familia como preocupación y como orden. El ser como causante e impotente testigo de su propio derrumbe.