Capítulo #13: La carne de Reynaldo

(notas sobre el libro Carne Roja de Reynaldo Zaldívar)

 

I

El poeta conoce el peregrinaje de su labor. Así aprende la historia de cada una sus sombras y establece el encuentro sensorial con los elementos externos que completan su biografía.

El poeta ante lo sórdido (del mundo humano) es un ente transformador. Tiene el poder de convertir en paisaje simbólico la experiencia colectiva. No es un simple expectante del entorno, su necesidad radica en la búsqueda del conocimiento y la verdad cósmica. La verdad humana es solo un indicio equívoco de la verdad que busca el poeta.

¿Dónde termina el trayecto del poeta?

¿Cómo es la carne de un individuo que se expone a ese trayecto?

Ediciones La Luz en 2019, publicó el cuaderno de poesía Carne roja de Reynaldo Zaldívar. El libro es una de las apuestas que todos los años esta editorial hace en función de promover a los escritores jóvenes, cuya obra merece un llamado de atención en el panorama literario cubano. Vale resaltar el diseño de Roberto Ráez y Armando Ochoa, así como la edición a cargo de Luis Yuseff.

Seleccionar este libro para su publicación fue un acierto de Ediciones La Luz y todo su equipo de trabajo. Se trata de un poemario donde su autor se desplaza entre dos puntos esenciales: el cómo y el ser. Hay una singular complejidad en cada traslado realizado por el individuo, que a la ves es un poeta/un hombre/una vaca/ o un árbol. En estas páginas acudimos a un concierto nostálgico donde la convicción y la percepción de sujeto-objeto, nos convierte en espectadores de una verdad creadora.

Zaldívar ha construido aquí (francamente) un material simbólico invaluable. Cada palabra es el reflejo del subconsciente, imágenes extraídas de la memoria que rechazan lo superfluo. Cada palabra seleccionada para este libro, atraviesa todos los registros culturales que definen a su autor. La autoconciencia poética moldea las formas divergentes de su yo, y subvierte el hábitat natural de los objetos circundantes. ¿A qué se debe semejante autoridad?  

fotos cortesía de Reynaldo Zaldívar

La poesía como resultado final de la conexión individuo/mundo posee contenidos intangibles en cada suceso o experiencia concreta. Esos contenidos a la vez, arrastran consecuencias profundas para el cómo y el ser. Ambas unidades de conflictos pueden llegar a ser deshumanizantes, pero también ahí, se encuentran aquellas nociones de mayor validez estética del poeta.

II

Reynaldo Zaldívar nos propone en Carne roja, una estructura externa donde hay cuatro unidades de conflicto: Vaca /Yo, el animal /Acéfalas / y Tiempos de bestias. En estos cuadros el poeta presenta distintos síntomas de su investigación. En Vaca, cuadro inicial integrado por cinco poemas, nos adelanta sus estrategias del discurso para todo el libro. Su lenguaje se sostiene a partir de la experiencia habitual. Algunos elementos poseen una representación de testimonio, dotando al texto de un tejido viviente.      

fotos cortesía de Reynaldo Zaldívar

Llevo dentro una ciudad perversa.

Yo quería llevar dentro una ciudad perversa.

(P. 11)

En Planes, poema que abre el libro, el poeta acude a la identificación de una realidad que se renueva y que existe como discurso. Una realidad que proyecta sentidos como la ciudad.

Llevo dentro una ciudad perversa

Y el tatuaje de una vaca.

(P. 11)

En este poema inicia el tejido urbano que luego muta a elementos rurales, o que forman parte de un pueblo que no es ni urbano ni rural en una comprensión más demográfica o sociológica. Entonces aparece la ciudad, sus habitantes, sus deseos, y el abordaje de lo posible como negación social.

Estos aspectos vinculan al siguiente poema: Generación. Un texto que reitera a la “vaca” como símbolo y nos dice que en lo adelante será parte de la semiótica del libro. Algo que justifica desde el título del cuaderno: Carne roja. 

¿Qué sería de esta generación

sin las vacas que pueblan sus campos?

(P. 12)

El poema pregunta para hablar de la tentación. El poema pregunta para generar dudas. ¿Por qué introducir la duda? ¿Por qué las vacas? ¿De qué color será la carne de Reynaldo? Las anteriores preguntas nos conlleva a establecer la relación del poeta con los textos siguientes: Intercambio, El mejor poema y Vaca.

Las posesiones son materia de significados diferentes para el poeta según su peregrinaje. El poeta busca el amor y reconocer el contexto a través de la poesía. Mira a sus semejantes como hombres condenados que no saben definir sus circunstancias. La resignación para el poeta es una vaca gigante que pasta a orillas de una ciudad perversa.  

fotos cortesía de Reynaldo Zaldívar

A veces quiero ser una vaca,

tener el olor de una vaca,

las tetas de una vaca.

(P. 15)

La metáfora poética de la vaca posee el milagro del equilibrio de las tenciones producidas por la realidad de Reynaldo Zaldívar. Por momentos la idealización de la Vaca como símbolo de liberación y de veneración, y al mismo tiempo un animal social-sagrado (un político-un poeta).

Ser una vaca sagrada

como un político sagrado

u otro animal semejante:

dígase, por ejemplo, un poeta.

(P. 15)

Zaldívar siente no encontrarse con el cuerpo de un poeta. Su inscripción en la naturaleza sagrada del poeta-Dios lo pone en el territorio del poder ser y el deber ser. 

La búsqueda de la interpretación del otro sobre su estatus es una de las corrientes investigativas de la segunda parte del libro: Yo, el animal. Este segmento es conflictivo. Varias líneas de acción nacen aquí: el poeta y el padre, el poeta y la tierra, el poeta y la memoria, el poeta y el cuerpo, el poeta y el camino.

fotos cortesía de Reynaldo Zaldívar

Pachamama es un texto don Zaldívar declara que su tierra es el papel subvertido por el poema que no alcanza para comprar arroz. Declara la necedad del padre sobre su labor o condena. Su padre lo identifica como fracaso familiar. Es entonces cuando aparece el poema Árboles y declara lo que lo asfixia: la maldición del lenguaje.

Me levanto temprano. Talo árboles.

Un bosque me nace dentro del pecho.

Aquí se puede respirar la corteza y el sudor y el hacha.

(P. 20)

Sentenciado a su sueño, Reynaldo asume que su suerte es la autodestrucción poética de su vida. Su rutina no depende de las cosas que prefiere hacer sino de las que necesita hacer.

Pero si un bosque te nace dentro del pecho

no queda más que talarlo

o dejar que poco a poco los árboles te asfixien.

(P. 20)

fotos cortesía de Reynaldo Zaldívar

En lo adelante, los elementos de la naturaleza como significantes de la construcción semiótica del cuaderno. Estos se entrelazan en el tejido urbano para crear un territorio crítico y conflictivo. Estos poemas son: Recuerdas, Olec, En una pared de Alcatraz, Dolor a comida, A, Nacimiento, Billy, A contrasombra, Gólgota, y Prohibido escupir sobre el puente Howah.    

Los arboles como un elemento sobrenatural a fin con las emociones y vivencias del poeta, es reflejo de su mundo interior. En Olec, el cuerpo es tragado por la oscuridad. Hay un paralelismo inusual entre Olec y un poeta (Reynaldo), ambos no dejan de golpearse la cabeza.

El individuo es mostrado como espacio de auto-represión. Los animales y los arboles como elementos a fin que superan la percepción humana del hombre-ciudad. Una condición reservada para el poeta como ser de luz capaz de contagiar a los otros.

Al herrero le ha nacido un hijo.

Hay el sonido de música de cuerdas

y danzan las jóvenes

alrededor del asado.

(…)

«Démosle el pésame al herrero

Porque le ha nacido un poeta».

(P. 26)

Hay un marcado énfasis en su necesidad por mostrar al poeta como frustración familiar. Como un cuerpo que nunca podrá sanar por el don maldito de la palabra.

Está condenado a caer

por el borde caótico

de la palabra.

(P. 27)

Es evidente su postura contra las viejas costumbres destinadas al fracaso. La ausencia de poesía lo deprime. El padre defraudado/negado ante las posibilidades del hijo, es su mayor crisis. Tal vez por eso imagina la muerte del hijo.

El respeto a la vida en resistencia lo hace escupir antes de llegar y después de del puente. Nunca en el puente. El respeto a los ideales del otro (su amigo) le genera compasión y admiración.

Mi amigo nació en 1989 y está cayendo.

Lleva veintinueve años cayéndose sobre una isla.

Tal vez deje de escupir por respeto a mi amigo.

Alguien que lleva cayéndose tantos años y continúa vivo

merece que yo deje de escupir.

(P.32)

III

fotos cortesía de Reynaldo Zaldívar

Acéfalas es la tercera parte del libro. Aquí la figura femenina es explorada desde su aspecto físico hasta los distintos significados que puede tener tanto cultural como en relación con su contexto (específicamente al mundo de los objetos).

Una mujer desnuda

y una fuete de lotos,

qué gran vanidad.

(P. 35)

Algunos aspectos son comunes a los poemas que siguen en esta tercera parte: Palabras de apertura, Matrioska, Independentistas, Aprieto los puños y recuerdo tu nombre, Era negra y escribía novelas, Descabezados y Para leer en las noches de trova. La figura femenina es madre, pasado, fracaso, dignidad  y  tiempo mejor. La mujer que conversa con otra figura femenina como si fuera un dios, es una mujer que ha parido un poeta. Un hombre que en algún momento será padre a pesar de su oficio.

El poeta no quiere cometer los mismos errores de sus padres y busca en el bosque y en la tala del bosque su propósito.

IV

El último segmento del  libro se titulado Tiempos de bestias es un resumen filosófico de las tres partes anteriores, donde aún es posible seguir imágenes de la realidad humana del poeta.

Ser algo más que la cuerda

tensa entre los dedos del cazador.

(P. 47)

fotos cortesía de Reynaldo Zaldívar

Reynaldo ahora asume al ser sin importar el cómo. Sabe que puede representar algo más. Sabe que ser poeta representa algo más.

La cabeza se reafirma como símbolo en esta parte del libro. Aunque es un dispositivo cuya fuerza proviene de la parte número tres: Acéfalas.

Levantar la cabeza

y verbal cazador apuntándote.

(P. 48)

Todas sus angustias recaen en la figura del cazador. Al que prefiere mirar de frente con la cabeza erguida para convertirlo en presa. En esa dualidad también yace su condición de poeta y su carga. Está en ambos las dos: es cazador y presa y presa/el poeta en ambos polos, es bosque y ciudad, así comprende la tragedia de la vida.

La moda es lo que sigue

cuando en la cabeza no queda nada más.

(P. 51)

Por último, Zaldívar nos dice que las libertades son reducidas tras la formación intelectual del individuo. Ha sido un animal y sabe lo que es imaginar el mundo desde el pasto verde de la colina. La vaca no tiene sueños prohibidos, eso es humano, igual que las carencias de la ciudad.

Por eso he decidido dejar de ser un animal:

por respeto a mi cabeza.

(P. 51)

fotos cortesía de Reynaldo Zaldívar

El cine, el voyeur, las celosías y una conversación con Alberto Garrandés

Un cuadro de Balthus fechado en 1973, muestra una atractiva escena erótica. Como en casi todos los cuadros del pintor polaco-francés, el cuerpo y el sexo vienen a ser metáforas visuales lo suficientemente sugestivas como para inducir al ojo impregnado y voyerista la más íntima de las miradas: un hombre de pie (solo observamos parte de su cuerpo grisáceo) penetra violentamente a una mujer inclinada de espaldas sobre la cama.

Ella, sin dudas, parece extasiada y muestra una leve sonrisa en el rostro esquinado. Su mano agarra el marco de la ventana. Deja caer la otra levemente hacia atrás. Todo esto lo miramos a través de esa ventana. Pero no somos los únicos. Debajo, tres jóvenes observan la escena: trepan los balaustres torneados de lo que parece ser un corredor. Uno levanta a otro sobre su espalda. Quien observa (el voyeur) espera tener una vista privilegiada, ser parte del suceso, experimentar el goce al observar el acto sexual. Pero la escena se tridimensiona metafóricamente: no son solo ellos (los voyeristas) los que ven, sino el propio Balthus y también quienes observamos el cuadro: todos anhelamos subir un poco más. Quizá sentir el goce de la mirada perturbadora…

Alberto Garrandés sabe que Balthus es un provocador desvergonzado, como lo es Manet con su atractiva Olympia sobre un mantón de flores orientales. Como fetiches: un brazalete, un solo zapato, una orquídea en el cabello, las flores que le muestra la criada, un gato negro… La mano le cubre el sexo, la mirada inquieta. Garrandés sabe también que el cine es otra provocación, suma provocación, y se acerca a él como un voyerista de los sentidos, a veces consensuado y otras, oculto entre celosías, a desentrañar el misterio de los cuerpos que anhela. Sabe que la imago condensa el placer, lo sugestiona. Y desde esta frontera, induce la escritura. Esa escritura termina siendo escritura corporal: una posesión sobre lo que observa y hace suyo; aquello que, de una u otra forma, también lo observa y lo posee desde la peligrosa densidad de la pantalla.

A manera de provocación: si pudieras tener algún cuerpo, de cualquier época o lugar, sin límites de ningún tipo, ¿qué cuerpo o qué cuerpos digamos que poseería Alberto Garrandés?

En cuanto a poseer… Poseer puede un museo, un fantasma ávido de reencarnar, un individuo en medio del sexo –la posesión sexual–, y la verdad es que la posesión me gusta cuando se deconstruye (como en el caso de la fascinación, que es una forma de posesión).

cortesía del entrevistado

La belleza puede fascinar y de hecho posee, como el vampiro. Pero cuando el vampiro se deja sorprender, en medio de una posesión –Nosferatu poseyendo a Mina, en la versión de Werner Herzog–, por el advenimiento del amanecer, en verdad está siendo poseído. Y muere así. Permite que la luz lo mate. Es Mina quien posee a Nosferatu por medio de la belleza, y ese intercambio es extraordinario: posesión contra posesión. Fíjate que Nosferatu, antes de morder a Mina, acaricia sus muslos en la vecindad del sexo. Allí el monstruo es un hombre. No voy a dejarme provocar… Pero si pudiera, tendría el cuerpo de Endymion y el de Olympia, o el de Dorian Gray y el de Lady Lyndon (Marisa Berenson en Barry Lyndon, de Kubrick), en especial cuando veo su hermoso sexo a través del agua de la tina del baño… Olympia es Victorine Meurent, una mujer cuya piel debió de ser milagrosa (seguro olía a vainilla), mientras que a Dorian Gray solo puedo intuirlo a través de Wilde, quien es, por cierto, un mirón nato. Sin embargo, mi Endymion es el cuerpo casi inverosímil de Antínoo en el Museo Arqueológico de Delfos. Le tomé varias fotos al Antínoo. Mientras más miraba su rostro de mármol, más milagroso me parecía porque era como si estuviese no frente a una estatua legendaria, sino frente a un joven de ahora mismo, bajo el sol de agosto, en una playa habanera.

¿Y si restringiéramos la acción a un “cuerpo cinematográfico”? ¿Y a un “cuerpo literario”?

He escrito un ensayo muy breve sobre Una flor congelada, de Ha Yu… A veces pienso en esa trama terrible, donde la curiosidad y el deseo inspirados en la pasión del sexo se confunden con la curiosidad y el deseo inspirados en la pasión del amor, que es más demoledora y crucial. Un espectador despierto y sensible hallaría en ambos personajes motivos de posesión suficientes. Antes se hablaba de un sentimiento muy ambiguo: enamorarse del amor. O sea, no distinguir entre la reina y su amante. Confundirlos. Confundir, en ese contexto, es una palabra que debe asumirse en su valor etimológico: reunir y mezclar.

En Una flor congelada, la reina y su amante –este ha sido, hasta entonces, amante del rey y jefe de la guardia real al mismo tiempo– devienen dos cuerpos inevitables. Por otra parte, en términos literarios he imaginado a la Clawdia de La montaña mágica, una mujer exasperada por el deseo, escuálida y nutritiva, y también a Kitty, un personaje de Paul Auster en El palacio de la luna. He puesto tan solo algunos ejemplos al azar. Por mi mente pasan muchos cuerpos hechos de cine y otros que salen de la literatura.

Jugando con la más tradicional de las preguntas que se le suele hacer a un escritor, ¿qué película llevarías contigo a una isla perdida (isla del mar Egeo o de los Mares del Sur)?

El mar Egeo y los Mares del Sur son enclaves de la ficción. Siempre lo han sido. Tuve la suerte de andar por algunas islas griegas. Y, a pesar del turismo, que es muy repetitivo, cierto aire remoto persiste allí, en las playas, en el volcán de Santorini, en el embarcadero de Paros. Me llevaría Muerte en Venecia, de Luchino Visconti, y la edición de Penguin Books de la narrativa completa de Su Majestad Edgar Allan Poe. O la poesía completa de Baudelaire. O alguna buena antología de poetas románticos europeos. O Al revés, una novela de Joris-Karl Huysmans que no acaba de ser publicada en Cuba y que es el libro tras cuya lectura Dorian Gray se transformó en un demonio.

Ahora bien, fíjate en este detalle: en la biblioteca del protagonista de esa novela de Huysmans, el libro central es Las flores del mal, de Baudelaire, que resulta el más insubordinado de la poesía francesa del siglo xix. Sin embargo, como ahora puedes disfrutar de la compañía de un kindle, las opciones serían muchas… me llevo toda una biblioteca y ya está. Y cuando la batería se agote, como estoy en una isla de esas donde no hay nada… Espera: ¿la isla es una isla románticamente desierta, o será una de esas islas donde hay cabañas rústicas que tienen ordenadores conectados a internet?

Esa sería una isla ideal, conectada a la “aldea global” de Marshall MacLuhan; pero no, esta es una isla “románticamente desierta”. De ser así, qué película salvarías…

Definitivamente (aunque en este momento me encuentre bordeando un lugar común) me llevaría Muerte en Venecia, de Visconti. Y la noveleta de Thomas Mann. Leería la historia y vería la película una y otra vez. Intentaría penetrar una con otra, en ambos sentidos. Y acabaría por añadir módulos de acción para complementar o extender ciertos sucesos de ambas (de la película y de la noveleta), hasta obtener un gobelino complejo. Como ves, ya me salí del lugar común. Si llegara a tejer ese gobelino, entendería qué ocurre en los agujeros negros.

¿Alberto Garrandés es un voyerista del cine?

Sí, soy un voyeur, pero sin esconderme, aunque esconderse tiene cierto encanto. En algún relato experimental que publiqué hace unos años, dije que el voyeur sí participa. Una vez, durante un diálogo con Rufo Caballero, evaluamos rápidamente los asuntos y rutas posibles dentro de Muerte en Venecia, como si la película fuera un fresco donde lo simultáneo y lo consecutivo quedaran abolidos, o como si fuera un árbol con una copa muy frondosa y ramificaciones espesas… y llegamos a la conclusión de que alguno de los dos, en cierto momento de nuestras vidas respectivas, tomaría la decisión de escribir un libro completo sobre la película. Un libro arborescente, plural, intergenérico. Un ensayo anómalo. Pero Rufo murió y no debo pensar en ese asunto, que, si otra hubiera sido la vida, nos habría puesto ante la disyuntiva de emprender o no una escritura a cuatro manos en un libro, exuberante y enormemente divertido.

Puedo suponer entonces que Muerte en Venecia es el filme que no te cansarías nunca de ver… ¿Llevarías algún libro tuyo a esa isla?

Exacto. Es un filme caudaloso, hondo y extenso. Como los problemas en que se sumerge y las preguntas que hace. No me llevaría ningún libro mío, a no ser que quiera reescribirlo. Pero en una isla así, ¿qué sentido tendría la reescritura? Al ser una isla, habría mar, ¿no? No está nada mal ver el hundimiento del sol en el mar mientras lees algo transcendental. Los sonetos de Shakespeare, por ejemplo. O algunas obras de Eurípides. De manera que un libro mío quedaría sobrando en ese escenario.

En tu cuento “La pinacoteca” hay una frase que recuerda los últimos fotogramas del filme de Visconti: “Miro tu imagen y la fetichizo. Soy el voyeur. Guardo tu imagen y hago el largo viaje hacia la muerte”. ¿El cine podría funcionar como imágenes sometidas al deseo que convierte el espectador luego en fetiche? ¿Qué fetiches cinematográficos tiene Garrandés?

Ah… pues creo que eso de que el voyeur sí participa es también una frase de “La pinacoteca”… en fin, todo eso resulta muy extraño y excitante, ¿verdad? En especial si uno sabe que, desde siempre, el voyeur es una criatura inadvertida, o del consenso. Puedes ser un voyeur sin que nadie se percate, y también puedes serlo luego de un arreglo, y entonces serías un voyeur consensuado, experimental. Te es permitido mirar. Tengo varios fetiches que son de origen puramente estético, y otros que se relacionan con el erotismo o con el cuerpo y el sexo. La cola de la capa de Vlad Drakulea, en la versión de Coppola, me parece pasmosa, en especial cuando el vampiro avanza por el castillo, desaparece y todavía la capa se mueve. El cuerpo de Tadzio en la playa… bueno, ¡es muy ambiguo! Porque posee el acabado de los cuerpos de Donatello y porque es un cuerpo de veras seductor. Cuando Tadzio descubre que él es el objeto único de una mirada única, se transforma en lo inalcanzable-alcanzado. Es muy peligroso que el espíritu le diga al alma que ya encontró Lo Bello, porque entonces la Muerte se asoma. Y si el cuerpo se sublima al transformarse en recinto de lo sagrado, las cosas se ponen peor. A mis otros fetiches tendría que buscarlos en ciertas escenas de Pasolini, Buñuel, David Lynch, Nagisa Oshima y Walerian Borowczyk.

Muchos te conocen más como antologador que propiamente como escritor. Pienso en Oscar Hurtado, quien es recordado por la antología Cuentos de ciencia ficción (1969) y no por su obra, luego recogida póstumamente por Daína Chaviano, en Los papeles de Valencia el Mudo (1983). ¿Temes que se le recuerde por su obra como antologador (que por cierto es amplia) o como ensayista, o no crees en el recuerdo y la trascendencia?

Mis antologías son meras opiniones. Opiniones complejas, por supuesto. He tenido suerte con ellas, se agotan rápidamente, se leen mucho y hasta se reeditan. Pero, hablando con franqueza total, me da lo mismo si me recuerdan como antologador, ensayista o narrador. Nadie sabe cómo será recordado. Yo podría aventurarme y decir que seré recordado por alguna novela, algún ensayo, algunos cuentos, o por una o dos antologías. ¿Pero qué importancia tiene eso? Uno vive en la trascendencia porque vive en otras personas. Pero uno muere y punto: es el final. No hay sobrevida excepto la que ocurriría durante cierto grado de pervivencia en los demás. Mi hijo lee algunos libros míos, y aprende. Algunos jóvenes me leen y aprenden… Esa es una buena manera de trascender.

Entonces, permítete ser un poco arrogante: ¿consideras con valor tu obra de ficción, o eres capaz de sacrificar esta (si este pudiera ser el término, que incluso no creo apropiado) en pos de dar vida a antologías o de investigar autores y obras?

¿Arrogante? En cualquier caso sería orgulloso… y sin vanidad. Mi obra de ficción va mucho más allá de mis investigaciones y antologías. En la ficción soy yo mismo y mis demonios, mientras que en las antologías y eso que llamas investigaciones soy apenas una persona útil, un desentrañador de misterios, un clarificador… un hombre que enseña a leer o que muestra qué leer y por qué motivos. Mi obra de ficción es rara, extemporánea y restrictiva. Es una apuesta por la literatura en tanto aristocracia sensual de las palabras. Soy, al cabo, un constructor de artefactos voluptuosos con los que sueño.

Muchas personas evitan leer antologías; alegan encontrarse delante de una visión “fragmentaria” y “reduccionista” de la literatura, expuesta a subjetividades del antologador. ¿Qué beneficios y defectos encuentra en las antologías? ¿Se logra siempre ser inclusivo o abarcador? ¿Hasta qué punto influye esa subjetividad del antologador?

Las antologías constituyen veredictos indirectos, laterales. Y siempre son reduccionistas y fragmentarias. Jamás he pretendido otra cosa que no sea expresar lo que pienso por medio de la presentación de un conjunto de textos. He podido ser inclusivo, incluso corriendo ciertos riesgos. Y claro: cuando te sumerges bastante en una materia –en mi caso, la narrativa cubana contemporánea, o la narrativa a secas–, puedes sugerir… y entonces aparecen las antologías, que para el lector interesado resultarían útiles. A veces funcionan como repertorios, resúmenes… La subjetividad tiene el encanto de acariciar la verdad fugazmente, sin concrecionarla.

En una entrevista tuya en Conversación con el búfalo blanco (selección de cuentos y entrevistas hecha por Rogelio Riverón y publicada por la Editorial Letras Cubanas en 2005), dices: “Yo escribo para dejar una huella, aunque sea minúscula. El miedo a la muerte es eso, me parece, en lo que concierne a un escritor. Y se escribe por muchas razones, hasta para divertir el ánimo, pero al final lo deseable es que la escritura no deje al muerto tranquilo”. Vuelvo entonces sobre la trascendencia, cuando muchos (el propio Riverón) te han considerado “uno de los más originales pensadores de nuestra literatura”. ¿Persistes en el interés de dejar esa huella? ¿Temes a la “muerte” del escritor en el sentido anterior?

cortesía del entrevistado

Tal vez exageré un poco allí. Contesté esas preguntas de Riverón hará diez u once años. La huella que me interesa dejar estaría en algunas personas que me rodean y que necesitan de la esperanza, de ciertos saberes, o de algún tipo de luz. Si puedo ofrecer eso, lo hago con gusto. ¿Me correspondería, como persona, como ser humano, ofrecer eso? Creo que sí. Y si eso es la trascendencia, pues mejor aún. Trascender así, de esa manera. Un escritor debería trascender no por sus libros, su notoriedad, o su fama. Un escritor, si trasciende, debería hacerlo gracias a las consecuencias de sus páginas durante la lectura. Consecuencias para la vida, para decirlo con mayor precisión. Suena como una altivez que raya en la soberbia, pero en realidad tendría que decir que escribo para quienes necesiten leerme, lo sepan o no, sean conscientes de ello o no. Y preciso de la escritura para comunicar experiencias imaginarias o reales donde el lenguaje expresa su insolvencia frente a ciertos fenómenos y hechos de la vida.

Cuando el lenguaje es insolvente lo literario emerge. Por eso el sexo me interesa tanto, lo mismo en la vida que en la literatura. El sexo y el cuerpo, tan habituales y frecuentes, constituyen, sin embargo, dos misterios casi inexpresables en su más íntima unidad, en especial cuando el cuerpo se sublima, “desaparece”, y se revela en lo sagrado. Y viceversa: estás dialogando con un cuerpo, hay palabras, sexo, contactos físicos cruciales, y de pronto intuyes, al tomar distancia (si tomas distancia, te acercas más) que todo eso pertenece a un ámbito donde lo sagrado empieza a existir. Si quieres expresar eso en una dimensión profunda, llena de un conocimiento tan revelador que parezca angustioso, lo único que puedes hacer es entregarte (o intentar entregarte) a la literatura. Estoy interesado en escribir una historia de sexo cuyo presente real viva en el pretérito de los desempeños sexuales de los personajes, en su evocación… ¡a ver si no “muero” como escritor! Aunque algo así hice ya en algunas zonas de Body art (2014).

En esa entrevista relacionas la escritura no secuencial con tu interés desde niño por la pintura; cuestión que también es visible en sus trabajos sobre cine, sobre todo en ciertas asociaciones y descripciones “visuales” del relato fílmico. ¿Qué preferencias pictóricas te obsesionan? ¿Podría pensar que son obras donde el cuerpo está presente no como complemento sino como protagonista? ¿Podría decir, además, que la imagen (tanto cinematográfica como pictórica) complementa o asedia su escritura?

Me interesa muchísimo lo no secuencial porque la vida es no secuencial. El carácter no secuencial de la vida es tan enrevesado que la narración menos compleja (me refiero a la vida o a una zona de ella como grupo de relatos interconectados) necesitaría siempre del auxilio de lo convencional. La convención es lo que permite que yo cuente algo sin perderme en los laberintos (los microlaberintos de las experiencias del sujeto). Pero el relato realista, veraz y fidedigno de la vida es laberíntico. Siempre lo ha sido. La causa quizá esté en el hecho de que el pensamiento es la conformación incesante de realidades en procesos verbales que ocupan el centro mismo de ese relato. Lo que pasa es que, desde los siglos xviii y xix, se nos ha enseñado a leer y a contar usando convenciones de la ficción narrativa que intentan evadir lo no secuencial, para que el laberinto no nos devore y no nos transforme en criaturas ininteligibles. Si la realidad fuera ininteligible o inefable en una medida alarmante, ¿qué haríamos? Y sí, podrías decirlo así: la imagen asedia y complementa mi escritura en obras donde el cuerpo salta al primer plano. La imagen (del cine, de la fotografía y la pintura) está en lo que escribo.

De hecho, no escribo nada que no sea visible, al menos para mí. Conozco con precisión, por ejemplo, cómo es la casona donde viven los personajes de Las potestades incorpóreas. Puedo verla y puedo describirla. Pero no es eso a lo que te refieres… sé muy bien cómo describir un personaje porque lo he visto como imagen y como cuerpo. De hecho, hay personajes con los que trasiego que pertenecen, en gran medida, a la pintura, al cine, a la fotografía… ¡Pero cada pregunta tuya en realidad son tres o cuatro!, de modo que para contestarte hay que ser extenso e intenso…

cortesía del entrevistado

Voy a concentrarme ahora en esas preferencias pictóricas que, según tú, me obsesionan. Mencionaré algunas: los cuerpos de Francis Bacon, los cuerpos de Nobuyoshi Araki, los shungas en general, las versiones de Cristo según Bellini, los cuerpos de Egon Schiele, los retratos de Chuck Close, la pintura de Vermeer y las monocromías de Mark Rothko… no agregaré más porque la lista es muy grande. Balthus me interesa mucho, es una mezcla de inocencia y perversión. Un libro como Body art tiene que ver mucho con todo eso, además de que fue una experiencia muy interesante más allá de lo literario, porque no podía hallar la imagen de cubierta adecuada y tuve que fabricarla. Hubo una sesión de fotos que se extendió durante seis horas, y antes de eso, una sesión de body painting. Fui pintor alguna vez, y el modelo y yo nos entendimos bien en ese sentido. Necesitaba un desnudo escriturable y total en cuya piel hubiera rojo, negro y amarillo. Usé acrílico, pinceles y rotuladores. El modelo sabía perfectamente qué necesitaba mi libro –lo había leído ya– y fue generoso, me dejó trabajar mucho en su piel. Puse en el interior del libro cinco o seis imágenes en escala de grises.

Jorge Fornet comenta en Los nuevos paradigmas. Prólogo narrativo al siglo xxi (Ed. Letras cubanas, 2007) sobre la ausencia entre nosotros de una literatura de corte histórico, lo que conlleva una “fascinación por el aquí y el ahora” entre narradores que aluden los referentes más inmediatos, entre los cuales lo califica como “el más persistente”. ¿Te consideras un narrador del aquí y el ahora? Quizá paradójicamente tu ensayística sobre literatura se enfoca hacia el pasado. ¿Eres un ensayista sobre/del pasado?

Creí que me hallaba cada vez más lejos del aquí/ahora. Tal vez Jorge Fornet estaría pensando, cuando escribió eso, en libros como Capricho habanero (que, bien leído, no se refiere al aquí/ahora), o en un relato, “Fábula de un amor feliz”, con el que gané el premio de cuento de La Gaceta de Cuba en 1996. En Artificios (1994) de ningún modo soy un narrador del aquí/ahora. Mucho menos en Salmos paganos (1996), o en Cibersade (2002). Fake (2003), ni se diga. De modo que dicho juicio es muy discutible y hasta extraño. Pero puedo comprender por qué un cuento como “Fábula de un amor feliz” podría convertirme en ese tipo de narrador. Se trata, en definitiva, de un premio demasiado notorio entre nosotros, y de un relato mucilaginoso, caracterizador en exceso de una época y de una ciudad. Cuando escribes algo así, acabas pagando por ello.

¿Cuál fue el cuento, entre los que he publicado hasta hoy, que suscitó el interés de Lester Hamlet para hacer una película? Ese mismo. Y ahí está: Fábula. Un fresco de un mundo. Si tuviera una time machine como la de H. G. Wells, viajaría al pasado para quedarme inmóvil y no escribir ese cuento. Salvaría tan solo la relación entre Arturo, Cecilia y Paolo, quienes, a mi modo de ver, forman un trío gozoso, cabal y desprejuiciado. Si alguna vez me interesó el aquí/ahora, debo aclarar que ya no me interesa, a no ser por la forma en que atrajo mi atención en una novela como Días invisibles (2009), que está llena de juegos donde cierto grado de irrealidad va, poco a poco, suplantando lo real. En cuanto a mis ensayos, te doy la razón: el pasado me atrae muchísimo más que el presente. Y no solo el pasado literario de Cuba, sino el del mundo.

Pienso en dos libros tuyos en los que relaciona el cine con el cuerpo humano: Sexo de cine (2012) y El ojo absorto (2014); siempre quedan cintas por reseñar, puntos de vista a los que se vuelve con otra mirada y más detenimiento (extraño Pink Flamingos, el clásico de John Waters, de 1972, por ejemplo). ¿Qué satisfacciones e insatisfacciones te han dejado?, ¿qué demonios te propones exorcizar mediante esa escritura?

Pude conseguir una copia remasterizada de Pink Flamingos, una película de la que he escrito en Una vuelta de tuerca, el libro que presenté en 2015, en el Festival de Cine de La Habana. Es una película tremenda, sincera, notable por muchas razones. Y la he incluido en el libro porque en esta oportunidad me acerqué a algunas poéticas bien definidas del cine de autor, y también a películas de culto que se relacionan (o no) con determinadas marcas estilísticas del cine de autor. Waters es un realizador que solo podría producir obras de culto, que crea y habita en un islote de su propiedad. Me siento satisfecho con esos libros, excepto con el más reciente, que en rigor viene a representar solo la mitad de lo que me propuse hacer originalmente. Por falta de tiempo dejé fuera un conjunto amplio de cineastas y de películas que me interesan mucho. No sé si escriba una segunda parte. Sin embargo, para descansar de un tema me mudo a otro, y hace poco publiqué El espejo roto, donde hablo de la graficación cinematográfica del cuerpo queer. Me he adentrado en ese universo buscando sus espacios reales y utópicos (en lo que toca a sus diversos relatos) y viendo cómo se pueblan…

Pero mencionaste mis demonios… mis demonios son varios y creo que trabajan para mí en un proceso de desdoblamiento continuo. Mi identidad, como escritor y como persona, tiene que ver con ellos y, como suele ocurrir, toda identidad es lenguaje. Aunque hay exorcismos de escritura y exorcismos muy concretos e inmediatos. Y no deben ser confundidos porque, aun cuando vida y escritura dialogan (en cuanto a mí) fuertemente, al cabo la vida se manifiesta de un modo, y la escritura de otro. A pesar de que incorporas vida en la escritura y escritura en la vida. Incorporar escritura en la vida es un acto fantasmático, riesgoso y bello. He llegado a hacerlo, pero me resultó costosísimo.

Pienso en un filme como Cincuenta sombras de Grey, que retoma varias parafilias como eje central del relato cinematográfico. ¿No ha pensado, además del cuerpo y el sexo, escribir sobre las parafilias en el cine, o las has visto como parte del sexo que trabajas?

Veo todo eso dentro del sexo, aunque las parafilias son tan atrayentes que merecen un espacio aparte. La somnofilia, por ejemplo, que embrolla todo el discurso, porque el intercambio es extravagante y extrañísimo, una especie de necrofilia simbólica. Recuerda La casa de las bellas durmientes, la novela de Kawabata, y Sleeping Beauty, la película de Julia Leigh. O aquellas prácticas que involucran al voyeur –consensuado o no– y a los fetiches.

En mi novela “Demonios” hay un vínculo muy dinámico entre un escritor y una amputada, que quizá provenga (la amputada) del personaje de un cortometraje de David Lynch. El sexo en lugares públicos (oficinas, parques, librerías, restaurantes, calles, escaleras transitoriamente vacías) da para muchas situaciones narrativas. Pensándolo bien, es difícil hablar de esas cosas. ¿Qué decir sobre ellas salvo referenciarlas o subrayar de qué modo son reinventadas?

¿Crees que la posmodernidad ha modificado en el cine el concepto de “belleza del cuerpo”, como un cambio primero de esa concepción en la sociedad?

Sin dudas. Lo bello es un concepto que, con respecto a las “formas bellas”, se desplaza constantemente. Y tras las revisiones que la posmodernidad pone en práctica, el cuerpo modula los parámetros en relación con lo bello. Las sociedades posmodernas avanzan hacia esas modulaciones y crean, en un mundo cada vez más audiovisual, sus propios espejismos. Sin embargo, ¿hay algo más real que un espejismo? Por otro lado, existe una especie de balcanización de los grupos humanos y sociales. Cada vez se crean más y más sectores de interés en relación con diferentes estéticas y eróticas de la belleza corporal.

La posmodernidad tiende a ser cada vez más queer. Esto se percibe en una serie reciente, de los Wachowski, Sense Eight, y en una película como Shortbus, de John Cameron Mitchell, donde lo queer es un enclave como otro cualquiera y donde cabe la conducta heterosexual. Fíjate cómo lo digo: donde cabe la conducta heterosexual. ¡Las cosas al revés! Y debería ser así: un enclave como otro cualquiera. Porque si vamos a hablar de belleza y de amor, tendríamos que romper los esquemas y las clasificaciones. Cuando hablas de belleza y amor no puedes ser ni heteronormativo ni homonormativo. La reflexión sobre el amor y la belleza debe trascender eso e ir a un Mare Incognitum. ¿Cuántos años vive uno? Muy pocos. Tienes que concentrarte en el amor, sea cual sea, venga de donde venga. Stravinski decía, creo que en La poética musical, que elegir un solo camino es una forma de retroceder. Aun así, como dije en Sexo de cine, los componentes sentimentales de la utopía pasan por el descreimiento y el sarcasmo. Pero sobreviven. Y la pregunta esencial continúa siendo esa: si vivimos con o sin amor. Según la respuesta de cada individuo, así será su nexo con la realidad y el mundo inmediatos.

cortesía del entrevistado

¿Y la capacidad “historiadora” del cuerpo, de la representación humana del cuerpo a través de la historia, ha sido alterada por la contemporaneidad?

El cuerpo se añade a sí mismo (su imagen) y a otros cuerpos en una especie de presunción tan histórica como transhistórica. El cuerpo es muy sólido, muy material y mensurable, es descriptible, pero también es algo del pasado, el presente y el porvenir.

El cuerpo, cuando intentamos referirnos a él, o está en el pretérito, o es un presente huidizo, o va a ser. Mientras más cultural es nuestra percepción, más trabajo nos cuesta lidiar con el cuerpo. La contemporaneidad, ahora mismo, globaliza la historia y la atrae al presente, estetizándola. Vivimos en un presente continuo donde prácticamente todo se reactualiza, se relee, se revisita, o se homenajea. El cuerpo es uno de los centros, en lo que toca a su representación y su semiosis. Y seguirá siéndolo mientras haya, como mínimo, erotismo y sexo. El cuerpo es un todo donde se ponen a prueba la identidad, lo sagrado, lo execrable y lo que está más allá del lenguaje. El cuerpo es un reservorio de formas que siempre se resisten a la automatización de la mirada. Y eso significa, entre otras cosas, que el cuerpo es un misterio pertinaz cuya única solución es la no solución.

En Diario (1940-1941), Anaïs Nin escribe que “El lenguaje del sexo aún está por inventarse. El lenguaje de los sentidos tiene que explorarse”. ¿Acaso el lenguaje cinematográfico puede ser este lenguaje añorado por Anaïs Nin?

Hay muchas maneras de llegar a ese lenguaje que Anaïs Nin ve como una tierra prometida. Quizá no sea una tierra prometida, sino el destino mítico del sexo, que al cabo está hecho de palabras. Cuando tienes sexo (esto lo he explicado en alguna parte), casi todo es presunción y pretérito. El sexo vive en su posterioridad y nos niega su inmediatez. El sexo es una circunstancia fonocéntrica donde lo real se halla en una constante crisis. Crisis viene de una palabra griega que significa enjuiciamiento. La realidad del sexo es su lenguaje en tanto proceso y escritura, no en tanto texto. Anaïs Nin sabía eso. De hecho, cuando lees algunos cuentos suyos te das cuenta de que el sexo real no está en las descripciones, ni siquiera en la narración. Ella confiaba mucho más en las dudas, en las preguntas, en el aura dubitativa de una voz marcada por el asombro. El cine llega al sexo por muchos caminos. La imagen, muy diversificada, dice y no dice. Y ese es el peligro. Posiblemente te parezca muy extraño que me exprese así a estas alturas, pero el verdadero lenguaje del sexo está, supongo, más allá de la imagen, como si regresara a un sitio donde la literatura elude el fracaso de darle forma al sexo.

¿Te sigues resistiendo a una separación esquemática entre la crítica y el ensayo, culpa quizá del propio canon, o consideras a ambas una unidad con completo sentido lógico y escritural? ¿Hasta qué punto podríamos delimitar la acción del crítico y del ensayista?

La crítica es demostración mientras que el ensayo es persuasión, para decirlo rápido y sin los necesarios matices. Yo, que creo muy poco en la validez de las teorías y sus formas, he usado, sin embargo, algo de lo que aprendí de ellas para desarrollar un estilo crítico contaminado por la imaginación. Durante algunos años leí bastante teoría, quise saber qué decían los teóricos. Donde me detuve con provecho fue en el New Criticism, y allí empecé a descubrir cosas. Por ejemplo, que determinadas argumentaciones propias de la crítica pueden consolidarse por medio de la objetivación de sensaciones y efectos producidos por y durante la lectura. Lo he dicho un montón de veces: uno no escribe sobre un libro, sobre un texto. Uno escribe sobre la imagen de ese libro, de ese texto. Sobre un modelo hecho de reminiscencias, gestos, metáforas, paisajes y sobresaltos que ese texto promueve. Un modelo siempre inestable. Ahí germina el ensayo. Y el ensayo crítico (lo que yo hago) brota precisamente de esa escritura. Hay algo que debo subrayar: una parte de ella, más tarde devenida texto (texto crítico-ensayístico) nace en la descripción de ese extraño proceso por medio del cual se llega al modelo aludido.

¿Cómo ves el panorama de la crítica literaria y cinematográfica cubanas?

Yo fui un crítico, ya no lo soy. Hice crítica literaria, me convertí en un ensayista (porque soy un escritor) y ahora escribo ensayos críticos que admiten un componente de ficción en lo tocante al modelado que la lectura deja como huella. Hay pocos críticos. Y demasiados textos que ofrecen gato por liebre (textos que ofrecen críticas y reportes académicos por ensayos). Críticos “puros”, o auténticos, me parece que ya no hay. Existen escritores que escriben sobre libros, pero eso es otra cosa. En cuanto a la crítica cinematográfica, no podría decir mucho. Pero algo me asalta como una mala impresión: en Cuba he visto muchas reseñas de extensión variable que van evaluando determinados aspectos (fotografía, edición, dirección de arte, actuaciones) de una película. Y eso me parece tan rudimentario… aunque resulte más o menos útil. Hay dos o tres ensayistas. Rufo Caballero era uno de ellos, pero murió, y esa muerte empobreció mucho el panorama. Vuelvo a decirlo: no soy un crítico de cine. En mi libro Presunciones (2005), y ahora en El sueño de Endymion (2016), incluí un texto donde explico en detalle qué relación he venido sosteniendo con el ensayo y la crítica y cómo los veo a ambos.

También hay algunos horrores: haces un doctorado, presentas un texto académico, manejas un conjunto grande de referencias bibliográficas… ¡y ya eres un ensayista, o un crítico! ¿De dónde viene tanta confusión? De la banalidad que se apodera de la cultura. Un ensayista es un escritor que habla de una obra equis movilizando creativamente ideas y conceptos bajo una marca de estilo. Eso es todo. ¿Pero qué remedio tiene, si vivimos en un país cuya cultura anhela, con legitimidad, salvarse, pero que está llena de desórdenes y ofuscaciones de ese tipo? Escritores que no lo son, ensayistas que no lo son. Mistificaciones por doquier, muchas de ellas dominadas por la manipulación política.

Con Capricho habanero muchos te han incluido en el grupo de los novísimos que comienzan a publicar a inicios de los 90. Quizá por el tratamiento del cuerpo, la otredad, el sexo explícito… ¿Hasta qué punto te consideras parte de los novísimos narradores cubanos?

La verdad es que ya no sé casi nada de los novísimos. Esa y otras categorías no son sino escombros. Soy una especie de animal subterráneo, retraído, casi no salgo a la calle. Prefiero recibir visitas. Hubo novísimos: estábamos explorando el sexo, el lenguaje, la experiencia posvanguardista. ¿Cuánto queda de los novísimos? Me he atrevido a publicar otra vez, bajo el sello de Ediciones Ácana, Capricho habanero. Le he puesto un subtítulo provocador: Capricho habanero: corte del director. Es el mismo libro que publiqué hace 18 años, lo he revisado y le he agregado algunas cosas. A pesar de todo he jugado limpio. No he alterado el estilo salvo para enmendarlo, y no he adulterado la trama. Un libro distópico a la manera, tal vez, de Las nubes en el agua, mi novela de 2011.

Por lo general tiendo a ser distópico. ¿Por qué? Porque descreo de la utopía. Creo en algunas personas, en la buena voluntad, en la humildad del bien, en el amor, en la pasión (y la compasión) del arte, en los versos de Keats, en los shungas de Utamaro, en la bondad de mi esposa, en la luz de mi hijo, en la posibilidad de enseñar algo de lo poco que sé a los más jóvenes, a la gente con esperanzas. Pero no creo en las utopías, lo siento. La vida es hermosa y lamento no poder vivir mil años, pero el mundo es un sitio nauseabundo, desilusionador y peligroso.


Moldear la joya debajo de las palabras

A pocos días de culminar el aciago año 2020, la Asociación Hermanos Saíz entregó sus becas y premios correspondientes a un difícil ciclo vital, tanto para los hacedores del arte como para sus consumidores. Fue allí donde por primera vez escuché nombrar a Lioneski Buquet Rodríguez y a su proyecto, ganador de la Beca La Noche, La brújula en el viento. Desde entonces me propuse entrevistarlo y conocer un poco más de las hojas de ruta de este joven escritor. Gracias a las redes sociales, el contacto fue posible en medio de otra cuarentena que, por suerte, hemos aprendido a vivir creativamente.

¿Existe el llamado de la vocación? ¿Qué experiencias vitales conformaron al escritor que eres?

Bueno, si así se le puede llamar a sentir la necesidad de meter mis palabras en el mundo de la literatura, entonces digamos que existe un llamado de la vocación, o al menos de la creación.

Yo las llamaría granos de arena cayendo esporádicamente en ese reloj que es la vida. Mis experiencias han ido llegando así, de forma esporádica, con años de diferencia entre una y otra.

Cuando apenas rondaba los 12 ó 13 años tuve la suerte de tener un maestro, Luis Ávila de Armas, que con su forma de educar me despertó el vicio de la lectura; así fue como entré por primera vez en una biblioteca. Luego, a los 17, de la mano de una amiga en el preuniversitario, empiezo a verle la cara a la décima, pero solo como lectura. Ya a partir de los veintitantos desempolvo de la memoria la estructura básica de la décima, en aquel entonces con todos los errores inconscientes de quien empieza.

En cuanto a experiencias vitales, sin lugar a dudas haberme acercado a mis 27 años al taller de literatura de la AHS hizo la diferencia en las temáticas y géneros, además de pulir esos errores que antes mencionaba. Creo que esa fue una de las vitales, acercarme más a un mundo completamente desconocido para mí: conocer a jóvenes como yo, a otros ya consagrados, compartir espacios de lecturas, reflexión (con café, té o trago de por medio).

cortesía del entrevistado

Otra de esas llamadas experiencias: la suerte de ser seleccionado para el curso de técnicas narrativas del Centro Onelio. Yo, la verdad, no me consideraba un narrador. Sobre la experiencia del Onelio hay tanto que decir, pero tanto… Y después para acabar de convencerme de que tengo algo de narrador, soy uno de los ganadores de la beca Caballo de Coral que convocan para los egresados del curso.

Hay una frase que se ha convertido en una guía personal. Nos la dijo Eduardo Heras León en una de sus conferencias en el curso: “Muchachos, hay que leer”. En una ocasión me preguntaron qué soy, si poeta o narrador. Mi respuesta va de la mano de Eduardo: yo soy mejor lector. Te agregaría que cada lectura que descubro pasa a formar parte de esas experiencias.

Dentro del filtro de experiencias humanas, ¿cuáles son las que particularizas en tu creación y transformas en materia artística?

El hacer diario, las menos importantes porque constituyen, la mayoría de las veces, un reto a la hora de llevarlas a un producto literario. Eso en la narrativa. Ya en la poesía, el discursar va encausado a un soliloquio sobre mi forma de ver el mundo (incluidas las sombras y luces del hombre, por supuesto), busco provocar al lector, moverlo hacia una dirección y preguntarle qué piensa.

¿Por qué eliges la poesía? ¿Qué tipos de lenguajes espirituales piensas que la poesía es capaz de comunicar a los otros?

La elección de la poesía como género para escribir no creo que haya sido un hecho voluntario de mi parte. En la biblioteca a la que comencé a ir, puedo decirlo con alguna certeza, lo único que leía era narrativa, sobre todo aventuras, pero nada de poesía. Quizás fuera luego esa etapa de primera juventud la que me exigió rellenar el espacio vacío de la poesía.

Recuerdo que a las primeras sesiones que asistí del taller de literatura de la AHS, el escritor Eduardo Pino, quien dirigía el taller, llegó a decirme que en algún momento iba a incursionar en otros géneros. Yo, de iluso, le dije que eso nunca pasaría. Y pasó. Exploré el soneto, la prosa poética, y pronto llegó el cuento. En la poesía me sentía en mi área de confort.

En mi opinión personal, la poesía es capaz de comunicar lo que el escritor sea capaz de escribir. La poesía es un catalizador de la diversa y siempre compleja sensibilidad humana. Un mismo poema puede hacer que una persona recuerde momentos felices de su vida, al punto de sobreponerse a circunstancias actuales y, por otra parte, ese mismo poema en otra persona puede desencadenar todo lo contrario, o simplemente nada.

cortesía del entrevistado

Dentro de la creación poética apuestas también por la poesía escrita para niños, ¿por qué?, ¿los niños cubanos leen poesía, están ávidos de consumirla?

Puedo decirte que el primer impulso en la poesía para niños fue como de pie forzado. Cuando asistí por vez primera al taller de literatura infantil Compay Grillo que dirige Félix Sánchez, fui solo un espectador. Pero Félix (que es como otro niño, pero con unos años de más, capaz de contagiarte esa fiebre por la creación) provocó que me salieran allí mismo y de un tirón las primeras décimas. Suerte que ese primer roce infantil trajera consigo el llegar al Encuentro Provincial de Talleres Literarios de 2007. En las sesiones del taller fui abriendo el diapasón a escribir de cuanto tema se me ocurriese pero, como te dije, solo empezaba.

En una ocasión reuní lo que a mi parecer era poesía infantil y se lo entregué a Félix para saber su opinión. Creo que sus sugerencias esa vez me bajaron de una nube tormentosa que toda persona que empieza debe evitar: la presunción. Tomé conciencia de que escribir conlleva esa gran parte de martillo y cincel de la que Félix nos insistía. Un martillo y cincel para moldear la joya debajo de las palabras. De más está decir que el manuscrito tenía notas por los cuatro costados. Él apenas se limitaba a sugerir con un tacto tremendo.

El segundo impulso hacia la poesía infantil llegó de la mano (más bien de los versos) de uno de los conocidos libros Chamaquili, de Alexis Díaz Pimienta, otra vez en el taller Compay Grillo. Para serte sincero, me había leído otros libros de narrativa y poesía infantil, pero Chamaquili fue ese aluvión del ser niño.

En pocas palabras: en la poesía infantil encontré el sendero para liberar/compartir esas ocurrencias que por x o por y guardé para mí. Además, Félix nos retaba constantemente a ser originales.

Hoy por hoy me desempeño como librero, y en ese corto tiempo he aprendido que los niños cubanos leen poesía; por su fácil lectura me atrevería a decir que más que otros géneros. Pero hay obstáculos. Por un lado la escasa disponibilidad de textos en provincia de las editoriales nacionales (e incluso de otras editoriales, ligeramente saciada esa escasez en las ferias del libro), y por otro lado los adultos que andan con los niños de la mano.

Los padres siempre están mediando para bien (y para mal, por qué no) en la adquisición de libros para los niños. En las experiencias que he tenido, el niño se acerca e interesa por un libro y en ocasiones la respuesta del padre es “a ti no te gusta leer”, quizás dándole más protagonismo a la realidad social, al materialismo que tanto frena que el niño conozca cosas diferentes, enriquecedoras para su imaginación (con eso no niego que siempre hay un pequeño que mete la cuchareta y dice que sí le gusta tal o más cuál libro, pero son los menos). Todo depende entonces de que ese padre haya tenido en su infancia esas cosas diferentes, enriquecedoras, que ahora precisa el menor. Si lo lleva de la mano, ¿por qué no llevarlo también de la mente?

En diciembre de 2020 obtuviste la Beca La Noche por un proyecto de poesía para niños. Cuéntame un poco de este proyecto…

cortesía del entrevistado

El proyecto de libro tiene por título La brújula en el viento y, por decirlo de alguna manera, ha tenido las opiniones de buenos amigos. No podía ser de otra cuando, sin darme cuenta, estaba entrando en ese espacio tantas veces visitado por la poesía infantil que es el mar y todo lo que crece alrededor.

Lo primero que me tracé fue emplear un lenguaje sencillo, directo, franco. Me enfrasqué en presentar el libro como un viaje infantil por el mar de la imaginación desde el mismo instante de zarpar, siempre desde las fantasías y ocurrencias del niño, tocadas por situaciones de familia como pudieran ser la enfermedad, la muerte, la pobreza, entre otros que varían el tono del texto.

Cuando me propuse trabajar en el proyecto ya tenía la mayoría de los textos, muchos compartidos con Félix Sánchez y el taller. Algunos poemas los leía en actividades infantiles de la Casa de Cultura. El escritor Arlén Regueiro también fue de apoyo. Pero luego tuve la suerte de hablar la idea con Niurki Pérez García. ¿Qué podría decirte? La explosión de creatividad fue total. Me sugirió que, como todo viaje, tuviese sus escalas. Me propuso incluir adivinanzas (de hecho, tuve que leerme un estudio sobre las adivinanzas en Cuba, cuando jamás pasó por mi cabeza esa idea), y para el final una historia de piratas. Lo tomé como un reto más que como una obligación y creo haberlo hecho decorosamente.

En la fundamentación del proyecto señalé que el propósito es lograr la complicidad entre el lector y el libro. No concebí la idea de verlo solo como el objeto libro, también tengo la ambición de que el niño lo tome como un mapa de juegos.

Asumí uno de los consejos de Niurki: “piensa desde la percepción del niño, él se cansa de un poema detrás del otro; hay que darle momentos de descanso en la lectura, dinamizar su relación con el libro”.

¿Cómo transcurre tu proceso creativo? ¿Cuáles son los temas que te acompañan?

El proceso creativo arranca por resortes diversos. Lo mismo puede ser por un hecho que me llame la atención, un poema o libro, o algo del pasado que me ande rondando en la cabeza. Antes no daba tiempo a que la idea adquiriera forma propia en la mente. Creo que aún me sucede, pero a menor escala. Ahora juego un poco con la idea, le tomo la temperatura a ver hasta dónde puede seducirme. Luego a escribir, escribir sin detenerme en elementos de estructura (aunque inconscientemente se tiene activada la función de corrector). Solo va quedando entonces el martillo y el cincel que te mencioné.

Es difícil que ese proceso creativo no esté bajo el fuego constante de la realidad individual y circundante. Quien pueda leer en un futuro las cosas que uno escribe nunca se creerá que ese día tenía diez mil preocupaciones en la cabeza. El producto de ese instante es lo que cuenta.

Los temas son los que salen de todas partes, de esa cualidad que no se aparta ni un segundo del escritor: la observación. Mis temas surgen de esa gran fábrica indetenible que es la vida: el trabajador, las necesidades, las relaciones de pareja, inconformidades con el comportamiento humano.  

En tu creación, transitas de la poesía al relato, ¿es este tránsito un proceso consciente en el que debes hallar nuevas herramientas al servicio de un género determinado, o crees en la literatura como un corpus total, en el que pueden reciclarse formas de creación sin pensar desde un principio en el género escogido?

Moverme de un género a otro es algo que no establezco conscientemente. Si tengo ganas de escribir un soneto, una décima, un cuento, o si este es para adulto o infantil, voy sin dudarlo a por las palabras.

Me inclino a pensar en la literatura como el corpus al que haces alusión. En ocasiones estoy escribiendo a la vez un poema, un cuento y algo infantil, y nada se interrelaciona entre sí (puede sonar a desorden, pero la mayoría de las veces soy indisciplinado en terminar una cosa y empezar otra). Pero con el paso del tiempo he aprendido a enfocarme en los proyectos, eso me permite explotar al máximo las ideas.

¿Existe el fatalismo geográfico creativo? ¿Cómo se puede luchar, desde esfuerzos individuales puntuales, para desterrarlo no solo de la conciencia de los creadores sino también desde la mirada nacional a este fenómeno?

Lamentablemente existe. Soy de un municipio a veinte kilómetros de la cabecera de provincia. Me resultaba imposible asistir a muchos eventos literarios por el horario, el transporte, por todas esas fronteras que nos hacen decirnos a nosotros mismos “basta”. El problema lo veo hasta ahí. A partir de este punto da lo mismo estar en Guantánamo que en La Habana o en la luna. Si se va a crear, se crea y ya está. Quien me escuche quizás piense, “bueno, pero si se crea donde sea, entonces ¿qué hay con los veinte kilómetros?” Es que para ciertos espacios no basta con crear, hay que estar para conocer y hacerte visible.

Para desterrar el fatalismo geográfico no basta con crear, hay que promover espacios dirigidos a demostrar quiénes somos y qué valemos, iniciativas que pueden estar concebidas de antemano o no. Pero lograr esos espacios o eventos conlleva una alta cuota de empuje, tesón y entrega. Y es que a veces todo empieza (o empieza a golpe de cumplir con el mero hecho de hacer para darla por cumplida) y pronto va perdiendo el brillo o no llega a deslumbrar.

Cuando escribes, ¿cuáles son tus herramientas fundamentales para concretar un proyecto?

El empeño. Entre todas el empeño, porque lleva incorporadas la creatividad, la entrega, la sensibilidad… el paquete completo de lo que no debe faltar en un escritor. La originalidad también. A todos nos mueve la idea de que eso que vamos a crear, antes de tener cualquiera otra condición, sea original en la forma de tratar un tema.

En tu experiencia, ¿cuán difícil es publicar dentro y fuera de Cuba?

Mi experiencia no es tan amplia como para dar un juicio certero. Para este año tengo en proceso de publicación tres libros, dos de ellos resultado de concursos y uno aprobado por plan editorial. Y quiero detenerme en los primeros que mencioné. He escuchado a muchos escritores que ven la opción de concurso como la más viable porque en la mayoría de los casos incluye la publicación de la obra ganadora. Sin embargo, también llegan las opiniones de las editoriales de la misma AHS, por ejemplo, que demandan manuscritos para evaluar en sus planes de publicación. Con todo y las dificultades que existen en cuanto a insumos, existe una intención de promover la obra, siempre que tenga calidad literaria.

Fuera de Cuba he escuchado de buenos ejemplos, y de otros que dejan mucho que desear. Pero inclinarme a un lado o a otro sería como adentrarse en terreno desconocido.

Las redes sociales: ¿herramientas del escritor, nuevas maneras de comunicar el arte? ¿De qué manera han fungido para ti?

Creo que en 2020 se evidenció con más fuerza que nunca antes la utilidad de las redes sociales en la comunicación del arte por parte de los creadores. Indiscutiblemente son una herramienta que, bien empleada, te visibiliza.

Esa es una parte del asunto; ya la otra es la posibilidad de acceso a las redes sociales (entiéndase que no siempre se cuenta con la tecnología ni el presupuesto mínimo para hacerlo) y, por citar un ejemplo, en ocasiones hay que pedirle favores a otros para enviar vía email a un concurso. Resulta novedoso cuando hoy se crea un grupo de WhatsApp para intercambiar contenidos entre miembros de un taller literario, o puedes conocer de convocatorias, las últimas novedades literarias y descargas de libros.

¿Existe la retroalimentación lector-escritor, escritor-lector?, ¿o acaso nos conformamos, los propios creadores, con la elemental retroalimentación escritor-escritor, colega-colega?

Te voy a responder en base a las experiencias de amigos con libros publicados: sí existe la retroalimentación en uno y otro sentido. En varias ocasiones he visto personas que te reconocen del libro tal o “mascual”, que le gustó, que cuándo sale otro.

Te hablaba del taller Compay Grillo, pues en varias ocasiones los talleristas hemos realizado lecturas a grupos de niños, y resulta curioso que muchos escritores sientan expectación de qué pensará el público de su obra.

No es menos cierto que la retroalimentación entre los mismos escritores permite, hasta cierto punto, pulir una obra. Muchos se quedan en esa relación. Lo que debemos entender es que el libro es para el lector, y esa opinión no debe faltar.



En tiempos de Covid-19, leer nos acerca, leer sana

Ediciones La Luz, reconocido sello holguinero de la Asociación Hermanos Saíz, comparte su catálogo reciente en las diferentes redes sociales como parte de su campaña de promoción de la lectura y como una invitación a quedarnos en casa acompañados de la joven literatura cubano y los clásicos universales ante la situación epidemiológica que vuelve a atravesar el país y Holguín con la propagación de la Covid-19.

Fotos cortesía de Ediciones La Luz

Con las etiquetas #LeerNosAcerca y #LeerSana, entre otras, La Luz divulga en sus perfiles en Facebook, Instagram, Twitter y YouTube materiales relacionados con las letras, entre ellos carteles promocionales, con diseño de Robert Ráez, a propósito de aniversarios de nacimiento o fallecimiento de importantes autores como James Joyce, Eduard Encina, J. D. Salinger, Virginia Woolf, Eduardo Galeano, George Orwell, Rubén Martínez Villena, John Dos Passos, José Martí, Gabriela Mistral, Juan Rulfo y Albert Camus.

Fotos cortesía de Ediciones La Luz

Además recuerda la obra de Augusto Monterroso, a cuyo centenario se decida la edición XXII del Premio Celestino de Cuento; así como la del poeta, autor teatral y guionista Jacques Prévert en el aniversario 101 de su nacimiento, cuyo poemario Está de nuevo el bosque prepara este sello, con traducción de Elizabeth Soto e Iricha Chaveco.

Fotos cortesía de Ediciones La Luz

En las redes, La Luz también promociona sus novedades editoriales, de próxima adquisición en librerías, entre ellas la Celestino, de la propia editorial, como: Bordes, poemario del joven guantanamero Reineris Betancourt; Planeta rojo, del holguinero Eliécer Almaguer; El libro de la extraña felicidad, de la tunera Liliana Rodríguez; Primavera en vano. Trilogía del amor difícil, obra de teatro de Abel González Melo; Sexo chatarra. Los crímenes perfectos del corazón, cuentos de María Liliana Celorrio, de Las Tunas; Fatamorgana de amor con banda sonora, novela del escritor chileno Hernán Rivera Letelier, y Las piedras clamarán. Poesía cubana contemporánea de tema LGBT+, selección de los poetas e investigadores de Jesús J. Barquet y Virgilio López Lemus.

La Luz es uno de los principales sellos editoriales del país, ha recibido múltiples reconocimientos y publicado parte de lo más importante de la joven literatura cubana y clásicos del país y del mundo, como Delfín Prats, Eduardo Galeano, Emily Dickinson, Saint-John Perse, Allen Ginsberg, Lina de Feria, Gastón Baquero y John Robinson Jeffers.

Fotos cortesía de Ediciones La Luz

El hombre como pasión inútil

El hombre es una pasión inútil

Jean Paul Sarte

 

El poemario “Restos”, del escritor espirituano Ariel Fonseca Rivero, fue publicado por Ediciones Luminaria en el 2018. Se trata del primer poemario de este autor, quien anteriormente tenía un recorrido en ascenso como narrador de prosa infanto-juvenil y para adultos.

Como parte de la colección Verja, este cuaderno consta de 41 páginas y varios textos cortos en los que la mutilación, la pérdida y el vacío constituyen sus direcciones conceptuales fundamentales. Estructurado en tres partes: Uno, Dos y Tres, el autor consigue una búsqueda estética de lo sucio, de lo que históricamente se ha entendido como feo, lo desvalido, las asimetrías y el despoblamiento del ser a favor de la nada.

El primer capítulo, Uno, a la luz de un exergo de Marcelo Morales Cintero que devela el sentido del libro, reúne 10 poemas, iniciados por un texto enteramente contemplativo: “Sentado en el parque descubro restos de una mariposa”. A partir de este momento comienza una cadena de ideas, imaginarios, acciones y sucesos existencialistas en todos los versos, entendiendo cómo el ser se relaciona consigo mismo mediante una relación constitutiva de su propio ser. Esa idea del existencialismo sartreano de que “no hay una esencia fija e inmutable sino solo un proyecto, una pura posibilidad, pues cada individuo se hace mediante sus propias decisiones y su única finalidad es la muerte”.

El segundo capítulo, Dos, atañe a la relación memoria/vacío con 10 poemas, cuya apertura se concreta con un formidable texto “No sé escribir”. En esta parte, la cotidianidad no es la vida, ni el entorno ni la realidad, sino el marco donde el ser humano se coloca ante su propio ser y se hace responsable de sus decisiones, aun de la defenestración de sí, el abandono final que tiene lugar en las emociones y experiencias reunidas en el capítulo Tres.

tomada del perfil de facebook de ariel fonseca rivero

La ética existencialista basada en esta responsabilidad de asumir las decisiones, incluso las más crueles y desgarradoras constituye el centro conceptual del libro. Son 29 poemas cortos, sin grandes complejidades estróficas o rítmicas, rebuscamientos lingüísticos y con alta narratividad, imaginarios existencialistas y desvaríos sicóticos entre el yo, el tú y la existencia.

Se trata, en fin, de “restos” de humanidad, ni confesionales, ni memoriosos, ni denunciantes. Son más bien trazas, huellas laceradas por abandonos, ausencias, pérdidas y circunstancias capaces de mutilar incluso la sucesión de los días y el posible sosiego de la nada.

***

Datos de la autora

Yanetsy Pino Reina (Sancti Spíritus, 1977). Escritora, profesora universitaria, editora e investigadora. Licenciada en Letras y Doctora en Ciencias Literarias. Entre sus libros más conocidos tanto dentro como fuera de Cuba, está Hilando y deshilando la resistencia (pactos no catastróficos entre identidad femenina y poesía), editorial Casa de las Américas, La Habana, 2018, Premio Casa de las Américas 2018 en Estudios sobre la Mujer. Es miembro de la Uneac y de Honor de la AHS.


Poemas que llenan de amor cualquier lamento

Reseña a un poemario para adultos de Mildre Hernández Barrios

tomado del periódico vanguardia

 

Me envolví entre tus horas

para llenar de amor cierto lamento.

Pero ya nada imploras

Seré, si te demoras,

como un viejo molino ya sin viento.

                                            

La autora de estos versos (Lira), es Mildre Hernández Barrios, una de las voces más importantes de la Literatura Infantil y Juvenil que se publica actualmente en Cuba. Sus libros acompañan la infancia de hoy, en tanto suelen aportar mensajes de tolerancia, de amor propio, sensibilidad hacia el cuidado de los animales y las plantas y una suerte de visión optimista (para nada ingenua) del mundo diverso y raro del que somos parte, los infantes y adultos de estos tiempos. A su pluma inagotable agradecemos narraciones ágiles, imaginativas y filiales como El niño congeladito, premio Casa de las Américas 2015, o Es raro ser niña, la obra más solicitada de 2017 en el sistema nacional de bibliotecas públicas.

La crítica literaria dentro y fuera de nuestro país continúa recibiendo con elogios renovados cada entrega editorial de Mildre para las niñas y niños. Así declaró para una entrevista publicada en el portal web Cubaliteraria: “En mi opinión, debe vislumbrarse «una luz al final del túnel», debe palparse la esperanza, debe existir lo que antaño se nombraba moraleja y, aunque se le han puesto muchos nombres modernos, aún existe para educar al niño y/o adolescente para ser mejor persona, para aceptar las diferencias, para respetar, para cuidar el entorno, para amar… pero jamás desde una historia impuesta, sin gracia y sin sabiduría.”[1]

Pero la gracia y ternura que emana de Mildre Hernández a la hora de abordar temas que pudieran ser muy polémicos, o muy hondos, trasciende para refundirse en el poemario de 2018 “Como un viejo molino sin viento”.

Esta entrega literaria permite asomarnos, además, a la intimidad de la autora, ya no a la niña interior que palpita en sus narraciones; sino más bien a la jovencita sumida en sus lecturas. Con un libro de poesía entre los cuadernos escolares o bebiéndose el diario de Ana Frank en la escalinata de una biblioteca de provincia, así pueden descubrirla sus lectores. O quizás imaginándose ella misma, siglos atrás, atrapada entre deidades hermosas que la presienten desalineada y extraña para su época.

Y es que “Como un viejo molino…” dialoga con todos estos referentes en un tono íntimo y a la vez desenfadado, dulce y triste, pero más dulce que triste. Y eso tienen en común muchos de los textos de Mildre, aunque varíe el público meta, ella se implica en lo que escribe, sin miedo, sin tapujos, pero con un minucioso cuidado de no pactar con la crudeza, ni con la falta de lirismo o de creatividad.

La obra que traemos a colación consta de tres partes: Cartas para Ana, Como quien no se aleja y Las más ocultas derrotas; cada una con su respectivo glosario al final del libro. La primera, es un conjunto de sonetos a modo de epistolario, referidos a niños, adolescentes y jóvenes que, como Ana Frank, estuvieron recluidos en el campo de reconcentración de Auschwitz.

tomado del perfil de facebook de mildre hernández

Aquí podemos encontrar a Czeslawa Kwoka, cuyas fotografías, tomadas por Wilhelm Brasse recuerdan el holocausto en la exposición de Auschwitz-Birkenau State Museum: el zoom de aquel paisaje que se aferra/ al rostro de una paz que no he tenido. También le escribe cartas a Ana, Petr Ginz; cuyo dibujo de la Tierra vista desde la Luna aún conmueve al mundo. Peter Van Pels, el inmigrante alemán que regaló a Ana Frank dos años de romance adolescente en un refugio, durante la Segunda Guerra Mundial, le dedica a su amiga imágenes como: Una piedad sin vuelo que desnuda⁄ el aletear de un pájaro cansado… Ana, por su parte responde todas las misas al reverso, incluidas la de un muchacho desconocido de Lódz. Pero es Kitty, su amiga de la infancia convertida en Diario de confesiones, quien le responde a ella: Le temo a que te pierdas en la niña, ⁄ guardada en algún libro sin asombro.

La segunda parte, Como quien no se aleja, consta de una nota al pie en la que se explica que leeremos varios haikús dedicados poetas reconocidos. Síntesis atrevida porque la brevedad del estilo japonés es acompañada de una cita directa de los bardos. Ellos, tan disímiles e icónicos que van desde Safo de Lesbos, 580 a. C. hasta la Pizarnik, Pavese, Cavafis para cerrar con nuestro necesario y nunca bien ponderado, José Martí. También este aparte trae a colación formas poéticas clásicas, redimensionadas en un lenguaje mucho más contemporáneos, y una espiritualidad que bien permite al joven lector identificarse con el mensaje subyacente en nostálgicas metáforas.

Por último, no menos atractivo, el conjunto Las más ocultas derrotas. Diversos pasajes de la mitología griega son evocados por Mildre Hernández en versos rimados que unas veces les hablan directamente a los protagonistas: Tú, Circe, fiel hechicera, ⁄ no desistas…No perdones; pero en otros poemas utiliza una primera persona para describir la forma en que el sujeto lírico percibe la psicología de estos personajes o lugares mitológicos:

…También soy la tejedora

un animal que no sabe

entrelazar su tibieza

con los hilos de la tarde.

Pudiera decirse que la unidad temática de estas tres partes es el tributo a personalidades y personajes trascendentes de la historia, la lírica o la mitología. También que Como un viejo molino sin viento se aviene a todo tipo de público, pero especialmente, en el público joven provoca la curiosidad por estos referentes universales. Establece un vínculo cercano y contemporáneo por el tono íntimo y la frescura del estilo.

Una vez más la creadora de Cuasi[i] muestra sus dotes para comunicarse con públicos exigentes, estableciendo códigos comunes y, lo más importante, sembrando la necesidad de leer mucho y de investigar sobre temas universales si se quiere ensanchar la mente y el alma de la nueva generación.

Notas:

[1] Yo nunca escribiría para seducir a un lector adulto. Entrevista a Mildre Hernández.

Por Lázaro Andrés Fecha: diciembre 23, 2019. En: Cubaliteraria.

[i] Cuasi es la protagonista de títulos como Es raro ser niña, Mi mamá está en la cocina y Mi abuela es un primor.


Eric Flores Taylor: «Apuesto por entretener y hacer pensar a los lectores»

Eric Flores Taylor habla de sus verdades como escritor y podría decirse, como bien se afirma desde lo popular, que no tiene “pelos en la lengua”. Cáustico a veces, amigo siempre, Eric y yo nos conocemos desde el año 2016: él era por entonces un joven aspirante a escritor y yo poco menos que eso, una muchachita que daba sus primeros pasos en el mundo de la creación. Parte del camino del arte lo hemos recorrido juntos. Pero siempre que converso con Eric encuentro nuevos motivos para nuevas preguntas.

—Tu libro El bestiario Pavlov contiene nueve cuentos que has escrito recientemente. ¿Cuándo crees que un escritor alcanza su madurez creativa? ¿Qué temáticas o figuras aparecen representadas en este texto específico?

—Interesante pregunta la primera. A mi entender, la madurez creativa va de la mano tanto con el desenvolvimiento que se adquiere con el lenguaje y la narrativa como con la aceptación del público. En mi opinión, ningún autor debe conformarse con menos: hallar plena satisfacción y profesionalismo en su rama creativa y disfrutar del reconocimiento de los lectores. Esa madurez es difícil de conseguir, más en nuestros lares; sin embargo, creo que aún habiendo atrapado esa elusiva presa que es la fama y la capacidad de mantenerte económicamente haciendo lo que te gusta, aún después de esto, debes seguir buscando más allá, pues si declaras la montaña escalada, en cierta medida, dejarás de escalar en el futuro.

Sobre las temáticas de El bestiario…, pues puedo decir que es la colección más variada que he preparado. Contrario a otros libros de cuentos de mi autoría, este no tiene una temática central, como fue el caso de Jaurías…, o un género específico, como sucedía con En La Habana es más difícil. El bestiario Pavlov tiene variedad de personajes, desde un gato, un ratón y una casa en un trío caótico, hasta una masa de ancianos que emigran a expensas de abandonar a su suerte a las siguientes generaciones. Los temas también son un poco anárquicos, aunque siempre apuesto por entretener y hacer pensar a los lectores. En este aspecto toco nuevamente alguna que otra leyenda urbana o crónica roja, que tan bien funcionó con Jaurías…, pongo mucha imaginación, ironía y guiños a situaciones y estereotipos que cualquiera puede reconocer e identificar (o identificarse). Hasta cierto punto, esta colección es la mayor catarsis literaria que he hecho en mi carrera como autor, pues recoge mucho de mi parecer como persona volcado en las circunstancias y breves epopeyas que viven mis personajes.

—Cada uno de tus libros, ¿marca un antes y un después en tu obra, o prefieres verlos como un proceso continuo?

—En verdad nunca los he visto como un proceso continuo. Si acaso como una muestra de mi evolución como escritor, primero, y luego como autor. Tampoco pienso que haya un antes o un después, porque tarde o temprano vuelvo a retomar algún elemento y retorno a los orígenes del relato fantástico, de ciencia ficción y terror. Por lo tanto, me quedo con lo que te dije anteriormente: es un proceso de evolución donde intento mejorar con cada libro; crecer como escritor y buscar presentarle una mayor apuesta a los lectores, para que así ellos crezcan junto a mí, hasta conformar una relación estable, sólida.

—¿En qué se diferencia El bestiario Pavlov de tus propuestas narrativas anteriores?

—Creo que ya algo de eso adelanté en la segunda pregunta que me hacías. El bestiario… es un libro de cuentos al estilo antiguo y, si me permites, voy a explicarme. Varios de los mejores libros de cuentos que conocemos hoy no tienen una temática común, un hilo central ni nada semejante. Cierto que en estos tiempos las llamadas “cuenti-novelas” y las colecciones que se retroalimentan de sí mismas no son solo moda, sino también una evolución en la manera de acercarse al lector. Pero como todo en nuestro mundo es cíclico, ¿por qué no apostar por una colección de cuentos que no tengan nada que ver entre sí? Tal y como lo hicieron en su momento Cortázar, Maupassant, Poe. No obstante, no dejo de admitir que hice un poco de trampa e incluí en El bestiario, tres cuentos que están interrelacionados y que pueden leerse de manera independiente, pero que cobran mayor fuerza cuando el lector consigue enlazar la trama. Aun así, esos “tres mosqueteros” no tienen nada que ver con el resto de los relatos. En fin, esto es lo que más diferencia este libro de otros escritos por mí; por lo demás, nuevas historias fantásticas y realistas, en tonos grises que buscan hacer invisible la línea entre la cotidianeidad y el delirio.

—¿Cómo sería tu lector ideal? ¿Qué le pides a ese lector a la hora de enfrentarse a uno de tus textos? ¿Cómo te gustaría ser leído?

—Mi lector ideal es aquel que no deja de leer, que termina mi libro y busca otro más, mío o de otros autores. Un lector desprejuiciado en cuanto a géneros narrativos y que le guste enfrentarse a nuevos retos. Si a todo esto le puedes incluir un toque de fidelidad, pues perfecto.

Lo único que le puedes pedir a un lector, desde mi punto de vista, es que te haga el honor de hojear tu texto y lea las primeras líneas de la obra; el resto siempre estuvo en tus manos y en tu capacidad como autor. Yo apuesto por atrapar en esas primeras líneas, en el primer párrafo y en la presentación de la obra. Luego solo pido que les den una oportunidad a esos textos que están pensados exclusivamente para los lectores.   

Supongo que me gustaría, en algún momento antes de pasar a otro plano, ser leído de manera más analítica. Aunque reconozco que en mis comienzos solo me preocupé por el nivel anecdótico de mis historias, he ido descubriendo que en todas hay mensajes, secretos de mi entorno y de mi realidad que se han colado en las obras; mi manera particular de ver el mundo y la vida está dentro de estos textos. He tenido la oportunidad de que algunos lectores me hayan comentado de haberlo visto en libros como Entre clones anda el juego y Jaurías; mientras que otros como Crónicas de Akaland o En La Habana es más difícil pasan desapercibidos y pocas veces provocan una segunda lectura o una mirada más profunda para descubrir todo lo que escondí en esas cuartillas. Supongo que es parte de la rutina de un autor; no sé si cuando Oscar Wilde publicó El retrato de Dorian Gray, todos sus lectores entendieron la representación directa que hacía el autor de su sociedad, más allá de otros guiños que oculta ese libro, o si acaso fue el tiempo quien tuvo la última palabra. La crítica académica y los estudiosos de la literatura pueden ayudar en este objetivo, pero nunca he contado con esa gracia que otros autores alcanzan en ese nivel. Bueno, lo dejo en manos del público y del tiempo.

—¿Te consideras aún una “joven promesa” o sientes que es una etiqueta que no hace justicia a la calidad de tu trabajo? ¿Es hora de revisitar conceptos añejos como, por ejemplo, este?

—No me consideraba joven ni cuando tenía 22 años. Pocas veces me etiquetaron como «joven promesa», quizás porque muy pocos llegaron a verme como «promesa» en sí; cuanto más un bicho raro que nadie se explica jamás como llegó a hacer nada (risas). Bueno, con esto quiero decir que lo de joven promesa no me afecta ni a mí ni a mi trabajo, aunque sé que es una etiqueta difícil de quitarse de arriba, más en un ámbito cultural como el nuestro, donde los jóvenes son los más discriminados en muchos sentidos. Creo que mi trabajo está sostenido sobre bases lo suficientemente sólidas como para no sentirme, en estos momentos, socavado por un epíteto tan deslucido.

Sobre la hora… la hora es ahora y siempre. Hay una gran gerontocracia cíclica en el mundo literario en que nos movemos. Sin embargo, las mayores editoriales no creen en eso y, rigiéndose por el mercado, dan oportunidades a «jóvenes promesas» que pasan a ser «aclamados autores» de la noche a la mañana porque ya contaban con la calidad necesaria. En nuestro panorama no tenemos la oportunidad de comparar de manera eficiente y correcta la calidad de un autor en correlación con la aceptación del público. No nos enfocamos en el mercado, luego es fácil perder de vista que es la juventud la que más puede relacionarse con su propia generación y generar, renovar lectores. Por el contrario, una «élite» literaria puede aplastar con un comentario una carrera, o al menos hacer el intento por simplemente no agradarle el carácter de la «joven promesa». De forma particular no me molesta el cartelito, sino el trato que te dan, aun cuando no te lo cuelguen. Eso sí debe cambiarse e instaurar una relación de respeto mutuo y no de subordinación automática o de menosprecio inherente a tu grupo etario.

—En este año de aislamiento social, has representado a Cuba en diversos paneles online: por ejemplo, la Feria Virtual del Libro de México y Uróboros 2020. En este nuevo mundo que nos ha tocado vivir, ¿qué importancia les confieres a los lazos y sinergias que se gestan a través de las redes sociales?, ¿crees que están cambiando las formas de comunicación del arte?

—No, no creo que esté cambiando nada; por el contrario, creo que ya existe una base bien formada de formas de comunicación para el arte por las redes y el Internet. Lo único diferente es que somos nosotros los que estamos abriéndonos a ese mundo, descubriendo que hay vida más allá del libro físico y de las ferias nacionales. En cuanto a la importancia que le veo, pienso que uno de sus puntos más fuertes es el de conectar a autores, académicos y estudiosos de las letras. Me parece que actividades de este tipo son como una señal que enviamos fuera de nuestras costas en espera de que el receptor adecuado la reciba. Claro que esto lleva tiempo, suerte y paciencia pero, si no das el primer paso, ¿cómo lo lograrás entonces? En resumen, ya la estructura existe, ahora tenemos que adaptarnos a ella y en la medida de nuestras limitaciones, tratar de introducirnos en ese universo para visibilizarnos, más aún cuando es esta acción uno de los grandes problemas para los autores del patio.

tomado del perfil de facebook de eric flores

—Tu saga Guerra de dragones es un proyecto terminado: la tercera parte de la trilogía se encuentra ya en proceso de edición en Gente Nueva. ¿Puedes comentarles a los lectores algunos detalles de la tercera y esperada parte de estos libros? Ahora, una vez culminado el esfuerzo de escribir, por más de un quinquenio, esta trilogía, ¿qué cambios has sentido que su escritura ha gestado en ti? ¿Planificas enrolarte en otros procesos de larga data en el futuro?

—Sí, tengo al menos una saga personal con tonos de trilogía, más otra en deuda con Jesús Minsal. A la mía incluso empecé a arañarle las primeras capas a principio de la pandemia, pero las circunstancias no me han favorecido con la calma y el tiempo como para avanzar lo suficiente. En otros aspectos tengo una novela grande, también con Jesús, en desarrollo y, aunque no será una saga, sí creo que tiene lo necesario como para compararse con Guerra de dragones.

Guerra es como el resto de mis obras: una evolución viva de mi manera de narrar, de escribir, de contar. Si entre la primera y la segunda parte es posible ver un salto grande en la calidad escritural, esta tercera eleva más aún las apuestas y creo que supondrá una delicia para los lectores. Pienso que la descripción y los diálogos han mantenido un nivel adecuado, mientras que otros elementos como la trama y la manera de enfocar la historia han subido de nivel. Por otra parte, las escenas de combate siguen teniendo un peso esencial en la obra: cuenta con tres capítulos enteros dedicados a batallas campales, sin mencionar otros enfrentamientos más pequeños que ayudan a matizar el resto de los episodios donde sobresalen la intriga, la política, los complots y el necesario recuento de las acciones ocurridas entre el final de la segunda entrega y el comienzo de este último tomo. Siento que con Guerra III he tocado un techo en cuanto a lo que puedo conseguir con las limitantes editoriales que tenemos actualmente; ya sabes, límite de páginas en los libros. Puede que en otro ámbito hubiera nacido una obra diferente, quizás hasta uno de esos tomos gigantes de Sanderson y Rothfuss, pero como no es el caso, hice lo que estuvo en mis manos para no traicionar ni a los lectores ni a mí en cuanto a calidad, aventura, entretenimiento y hasta complací alguna petición… que dejo de sorpresa para cuando salga el libro.

—Eres un escritor que juega con un realismo teñido de pespuntes sobrenaturales, y a veces un escritor de fantasía que habla de eventos muy reales, ¿es necesaria una definición de géneros?, ¿te gusta que te consideren un escritor de un tipo u otro de literatura?

—Ante todo soy narrador, narrador de ficción. Lo de los géneros, o subgéneros, está de más. Muchas veces utilizo la palabra profesionalidad para describir la labor de un autor y con ello me refiero a dos cosas: sostenerte con lo que haces y dentro de lo que haces, saber hacer de todo un poco. Sobre esto último es que versa mi respuesta. Me he descubierto haciendo historias con tonos románticos (que jamás pensé hacer antes), historias realistas (de las cuales me aparté mucho tiempo), de temas variados como la discriminación o el despotismo oficializado, cuentos en los que prima la experimentación estilística, el tecnicismo y el lenguaje poético (tú, que me conoces bien, sabes que esas cosas eran para mí como el ajo al vampiro). Y aquí estoy, sigo tratando de innovar cada vez que me siento a escribir, de superarme y no encasillarme en un mismo estilo, en un mismo tema o género. Ya te dije, me veo como narrador de ficción y punto. Ah, que el reconocimiento del público y algunas de mis mejores obras sean del fantástico, no tiene porque ser demérito, si acaso todo lo contrario. Y sí, el haber empezado en estos mal llamados «subgéneros» fue lo que me permitió contar con una visión lo bastante diferente como para no ser englobado dentro de ningún grupo de escritores o generaciones literarias. Pienso que ahora estoy más separado de todo y de todos, lo cual me permite una perspectiva distinta. Pero siempre puedes tener claro que nunca traicionaré mi intención de que la ficción recupere ese intrínseco carácter fantástico que tenía antes del movimiento del realismo del siglo XIX. Y tampoco traicionaré mis intenciones de algún día conseguir una obra de terror con la suficiente calidad como para que sea reconocida tanto en Cuba como en el resto del mundo.

cortesía del entrevistado

—No pocos escritores jóvenes y lectores buscan referente en ti, ¿por qué crees que sucede eso más allá de la calidad indiscutible de tu literatura?

—Hablando en buen cubano: porque no le escondo la bola a nadie. No soy de esos que dicen «métete en un grupo y has carrera hablando de cómo van a cambiar la literatura», «todo lo que haces es válido, qué bien escribes», «lee muchas cosas experimentales y raras», etc. Quienes se han acercado a mí saben que cuentan con alguien que les dice las verdades a la cara; desde «mejor no escribas» y «estudia primero una carrera y después trata de ser escritor» hasta «tienes talento de verdad, ponte pa´ esto» o «no está mal, pero tienes que arreglar…». Así fue mi iniciación en la literatura, con personas como Michel Encinosa que de una cuartilla me sacó más errores que las rectificaciones públicas después de los fracasos de un quinquenio económico. Pero no me detengo en decir lo que está mal, yo no escondo el que creo que es el camino del éxito, el que me dio resultado a mí y que puede ser o no el que le resulte a otra persona: ese es el que conozco. Otros abusan de su «poder» o de sus «reconocimientos» para usar a quienes los admiran como acólitos ciegos, sordos y mudos o, peor aún, como secuaces que transmiten una doctrina de un mismo color. Por lo demás, siempre apostamos, Jesús Minsal y yo, a ser diferentes del resto, a hacer las cosas a nuestra manera y luego ver qué pasa. Hasta cierto nivel hemos tenido resultados sin vendernos a ningún sector o grupo, creando y reconociendo enemigos en quienes fueron amigos, quedándonos solos, pero seguros de que lo que hacemos, correcto o no, es consecuente con nuestras palabras, acciones y manera de ser y pensar. Por eso, hay personas, lectores u otros escritores, que vienen y conversan conmigo o con Jesús; si cuando chocan con nuestra cruda manera de ser y de decir las cosas se asustan y prefieren otros derroteros, pues valido igual. También existen aquellos que han escuchado y consideran que la nuestra es en parte su propia verdad; algunos de estos incluso han llegado a tener sus logros, pero no gracias a nosotros, sino a su perseverancia por seguir el camino del trabajo duro, la disciplina y el amor a la profesionalidad.

—En la actualidad, ¿en qué género te sientes más cómodo?

—Si hablamos de género como tal, en el sentido más tradicional de la palabra, pues creo que en el cuento, ya que me permite una libertad de tiempo que la novela me corta. No obstante, la novela me ayuda a soltarme en cuanto a la extensión y límites narrativos, siempre que cumpla con las especificidades poligráficas. El cuento me fluye bien, aunque no domino aún los límites pequeños que tanto gustan en los concursos actuales. Me gusta la extensión de entre 15 y 20 cuartillas a espacio y medio, me siento muy bien cuando hago relatos de esas dimensiones. Otra cosa: si con el cuento pruebo o experimentos con técnicas, estilos y temáticas, es en la novela donde de verdad tengo que afinar para poder introducir esa evolución escritural sin que se afecte el ritmo de la trama ni resulte antinatural para el lector. Creo que la novela es el género que más precisa de un narrador completamente invisible y fluido, pero no por eso voy a dejar de innovar en mi escritura ni voy a limitarme a hacerlo como ya sé que funciona; por el contrario, ahora una novela es un reto cada vez mayor, tanto para mí al escribirla como para el lector que la lea y sea capaz de ver cuánto he tratado de introducir de forma invisible en el texto.

Ahora, sobre el género como temática, pues me siento muy cómodo en el fantástico y en la ciencia ficción. Me resulta bastante fluido el investigar un aspecto científico y llevarlo a un conflicto humano en un ambiente futurista o ucrónico. Mi reto en cuanto a género temático sigue siendo el terror: ni le pierdo el respeto ni me llego a sentir ducho en su realización, a pesar de haber dado algunos golpecitos a su puerta.

cortesía del entrevistado

—¿Eres un escritor que busca tener un estilo perfectamente reconocible o apuestas por la pluralidad? A tu entender, ¿un escritor debe renovarse continuamente?

—Cuando hago novelas apuesto por que mi estilo sea invisible, ya lo decía arriba, así que no creo que sea reconocible dentro de otras obras afines. Cuando hago cuentos, busco cambiar constantemente y prefiero esa pluralidad que mencionas. Sobre si un escritor debe renovarse, creo que es una decisión de cada cual. Yo pienso que sí, pero mi verdad no es la de los demás y hay quienes se sienten cómodos quedándose eternamente en su zona de confort, lo cual no veo mal; simplemente yo busco más, aunque no lo consiga del todo o pocos lleguen a reconocerlo, como también te comenté.

—De los personajes de todos tus cuentos y novelas, ¿cuál es tu favorito y por qué?

—Difícil, muy difícil. Casi todos tienen un poco de mí dentro, como es natural. Voy a apostar por darte la respuesta del primero que me salta en la mente: Hyler. El nombre es un anagrama de la isla donde habita Cthulhu, según la mitología de Lovecraft. Hyler aparece en el último cuento de Crónicas de Akaland y tiene un comportamiento muy Flores Taylor, por decirlo de algún modo. A este personaje le debo una saga completa y me encantó escribir esta escena que me gustaría compartir:

El tormento duró mucho, mucho tiempo. Tanto que cuando la mandíbula y los dientes de la mujer se convirtieron en polvo, junto al resto de su esqueleto, sus chillidos aún siguieron levantando ecos entre las galerías de la caverna. Y perder cada uno de sus huesos no fue lo peor. Ahí, tirada en el suelo, convertida en un desecho de cuero y tendones, con los órganos marcándose a través de la piel, Juth aún continuaba viva.

—Me has asombrado —dijo Lasypr dirigiéndose a Hyler—. Nunca pensé que serías tan cruel con tus propios hijos. Esa, ¿qué te hizo para merecer tanto?

—Nunca daba los buenos días —respondió el dios recuperando su espada—. Era muy maleducada.

—¿Quién es Eric Flores Taylor, el escritor, y quién es Eric Flores Taylor una vez que cierra la página en blanco?

—Supongo que la misma persona, nunca había pensado en eso. Pero mientras escribo también soy parte de los personajes, soy narrador, soy un director de cine, soy el productor de una historia que no apunta a menos que al reconocimiento del público. Cuando no escribo, soy una persona que intenta ser consecuente consigo mismo y con el mundo, soy padre y esposo, amigo de quienes se lo merecen, soy nostálgico, idealista, un poco ermitaño, trato de mantener en constante tratamiento conductual mis instintos más apasionados, pero sobre todo, soy honesto y sincero hasta el punto de buscarme más problemas, enemigos y malas opiniones de las que puedo contar o recordar. Pues como dice Sabina en una de mis canciones favoritas: «por decir lo que pienso, sin pensar lo que digo; más de un beso me dieron y más de un bofetón».


Elaine Vilar gana Premio de la Ciudad de Camagüey (+Video)

La escritora Elaine Vilar Madruga (La Habana, 1989) ganó el Premio de la Ciudad Silvestre de Balboa por la pieza teatral Soledad, resultado hecho público como parte de la Semana de la Cultura Camagüeyana.

Se alzó entre las 18 obras de autores de siete provincias, con el seudónimo de Silas y el texto dedicado a la relación de madre e hija ante el conflicto por las pérdidas y las búsquedas en la construcción de identidades.

[+]


 El no tan mágico mundo de la Señorita (des)tiempo

Le debo a la amiga Santa Massiel Rueda el préstamo del libro El mágico mundo de la Señorita tiempo.

Se trata de una noveleta infantil sobre las aventuras que viven unos niños en su tiempo de vacaciones, después de descubrir la casa de un personaje singular, la Señorita Tiempo.

[+]