A cuatro manos: Ernest Hemingway y Enrique Serpa

Ernest Hemingway (1898-1961), en la entrevista que le concediera a George Plimpton, dijo que “El viejo y el mar [1] pudo haber tenido más de mil páginas e incluir a cada uno de los personajes de la aldea y todos los procesos de cómo se ganaban la vida, como nacían, se educaban, tenían hijos, etc”. Si a Enrique Serpa (1900-1968), se le hubiera hecho una pregunta similar con respecto a su cuento La aguja, tal vez habría contestado lo mismo.Según contara Hemingway por allá por 1936, la historia del viejo y la aguja la había conocido gracias a Carlos Gutiérrez, patrón del Pilar, sin embargo, ya en 1925,Serpa había publicado el libro de cuentos Felisa y yo, en el que aparece La aguja, relato donde se narra la historia de un viejo que lucha contra una aguja descomunal que se resiste a ser pescada, y no es hasta el otoño 1952 que Hemingway saca El viejo y el mar, Premio Pulitzer 1953, hecho este que hizo a los lectores regresar a sus libros y que en 1954 fuera galardonado con el Nobel de Literatura por toda su obra.

Con estas aparentes ingenuas coincidencias en la obra de ambos escritores, se coloca sobre la mesa un tema no atendido por los estudios críticos. Las semejanzas entre las novelas y cuentos de Serpa y Hemingway superan este caso particular, y se encuentran extendidas en toda la producción literaria de los dos intelectuales.

Serpa a lo más que llegó fue al Premio Nacional de novela con Contrabando, 1938 [2], obra considerada por Manuel Cofiño una de las más interesantes y vigorosas novelas escritas en Cuba, indiscutiblemente nuestra mejor novela de mar [3]. Pero como en la vida literaria de Serpa siempre estuvo la sombra de Hemingway y viceversa, el norteamericano publicaría en 1937 Tener y no tener [4]. En una ocasión José Manuel Valdés Rodríguez afirmó haber leído el original de Contrabando a finales de 1933.

La trama de esta novela de Serpa se desarrolla alrededor de 1927 y trata sobre un contrabando de ron de Cuba hacia los Estados Unidos de América. El libro de Hemingway es sobre mismo tema, solo que el escritor norteamericano le da a los lectores su obra por partes. En 1934 aparece en la revista Cosmopolitan una primera parte, luego en 1936, en la revista Squire, donde trabaja como corresponsal, saca una segunda entrega, y en 1937, al sumarle una tercera, decide publicarlo todo bajo el título Tener y no tener [5]. En esta novela Hemingway se adentra en el ambiente político (revolucionario-gansteril) que envuelve a la Isla en esa época, algo que también aparece, pero de una forma más amplia, en La trampa, novela de Enrique Serpa publicada en Argentina en 1956.

Nueva evidencia sugiere que Ernest Hemingway disfrutó de una amistad duradera con el autor de Aletas de Tiburón. El norteamericano admiraba el talento conspicuo de Serpa, y tanto Tener y no tener como El viejo y el mar muestran signos de la influencia del escritor cubano. Estas pruebas incluyen un apéndice que describe los libros firmados por Serpa en la biblioteca de Finca Vigía y el texto de una carta a Max Perkins de Martha Gellhorn, buscando avanzar en la carrera de Serpa [6].

Aunque es posible que Hemingway los haya tenido todos, los libros de Enrique Serpa que aun hoy se encuentran en Finca Vigía son: Contrabando, novela, 1938, Días de Trinidad, crónicas, 1938-39, Norteamérica en guerra, reportajes, 1944, Presencia de España, crónicas, 1947, Noche de fiesta, cuentos, 1951, y La trampa, novela, 1956 [7].

Enrique Cirules, en una conferencia dada el 6 de febrero del 2010 en La toma del cuento [8], afirmó que Hemingway pasó un buen tiempo interesado en conocer a Serpa, y que el día que le estrechó la mano le dijo:¿Oiga, amigo, por qué pierde su tiempo como reportero?, y Serpa, sin vacilar, le contestó: Porque aquí no pagan 20 mil dólares por un cuento corto para el cine, ¿sabe usted?, y mi familia y yo también comemos, a lo que Hemingway dijo: Usted es el mejor novelista de América Latina, por lo que debiera abandonar todo lo que no sea escribir novelas.

Es claro que con esta sentencia, Hemingway olvidaba algunos colegas, y esto pudo deberse a que dicha conversación se llevó a cabo en el Floridita, o a que Contrabando haya sido uno de sus libros preferidos.

En el prólogo para el libro Hemingway en Cuba, de Norberto Fuentes, Gabriel García Márquez escribió: “No hay indicios de que hubiera intentado alguna vez hacer contacto con el ambiente intelectual y artístico de La Habana “[9]. De esto y del encuentro en el Floridita se puede deducir claramente que para Ernest Hemingway, Enrique Serpa (y su obra), no era igual que el resto de la intelectualidad cubana.

De cualquier manera es innegable el hecho de que en Contrabando se da otro de los casos donde la obra de ambos autores coincide.

Ese primer encuentro fue concertado, a pedido de Hemingway, por la crítica y escritora cubana Loló de la Torriente. La propia Loló de la Torriente diría que antes de Alejo Carpentier y José Lezama Lima, las tres mejores novelas de principio del siglo XX son Pedro Blanco, el negrero, de Lino Novás Calvo, Hombres sin mujer, de Carlos Montegro, y Contrabando de Enrique Serpa.

Y como dato curioso, Hemingway le dedicó a Serpa un ejemplar de la primera edición de Por quién doblan las campanas [10], como manera de agradecer que el cubano le enviara su novela Contrabando. En la página de cortesía, con firma del 4 de diciembre de 1941, el escritor norteamericano escribió: “Dear Enrique Serpa thanks for your book Contrabando, your friend, Ernest Hemingway “[11].

Es un hecho, según Enrique Cirules, que Hemingway conocía bien la obra de Serpa, y en el primer libro de cuentos de este aparece La aguja [12], un texto de apenas cinco cuartillas.

Era un viejo que pescaba solo en un bote en la corriente del Golfo y hacía ochenta y cuatro días que no cogía un pez; así comienza El viejo y el mar, posiblemente la mejor de todas las arrancadas. Y como un maestro de los grandes del oficio de escribir, Hemingway da de un golpe los cuatro pilares sobre los que edificará su relato, el último: “hacía ochenta y cuatro días que no cogía un pez”.

Resulta que en La aguja este acontecimiento tiene la misma importancia y hasta más dramatismo, por el hecho de que el protagonista —padre de familia— tiene la misión de alimentar siete bocas, y en una de las veces, por ejemplo, en que Serpa se apoya en esto lo hace de la siguiente manera: “Durante una semana había estado saliendo diariamente al mar —desde las cuatro de la mañana hasta las tres de la tarde— sin que una sola aguja hubiese tocado sus avíos”.

Por otro lado, el protagonista de La aguja también es un viejo, Pedro, al que todos llaman “abuelo”, y sucede que en El viejo y el mar a Santiago se le conoce como “el viejo”.

En el relato de Serpa, el protagonista es acompañado por un joven, su hijo, y en El viejo y el mar la única diferencia radica en que el joven no es hijo de Santiago.

En la segunda oración de La aguja se lee: Su cuje, muy delgado y flexible, osciló levemente hacia abajo y hacia arriba; luego se curvó tanto, que su extremo tentó como un dedo tímido la superficie del mar. Y en el relato de Hemingway la escena es así: Justamente entonces, mientras vigilaba los sedales, vio que una de las varillas se sumergía vivamente.

Serpa en su relato escribe que el anzuelo con el que pescaran la aguja se encuentra a ciento veinte brasas de profundidad. En El viejo y el mar se lee: “Un cebo llegaba a una profundidad de cuarenta brazas. El segundo, a sesenta y cinco, y el tercero y el cuarto descendían hasta el agua azul a cien y ciento veinticinco brazas”.

En la historia de Hemingway la aguja es muy grande, y resulta que en la historia de Serpa sucede igual, de lo cual podríamos deducir que si no es la misma aguja, que uno la tomó prestada del otro, por lo menos puede ser su hermana gemela.

Además, Serpa escribe: “¡Está comiendo! ¡Es un pez enorme!”, pero Hemingway apuesta por invertir la ecuación: “A esta distancia de la costa, en este mes, debe de ser enorme —pensó el viejo—. Cómelas, pez. Cómelas. Por favor, cómelas”.

En La aguja, cuando el pez está a punto de tragarse el anzuelo, el muchacho sube los remos para que no le estorben al viejo a la hora de trabajar. Para esa misma acción Hemingway prefiere: “y montó los remos sin golpear el bote”.

Más adelante Serpa escribe: “Las agujas suelen andar en parejas, y, cuando encuentran un avío, el macho reconoce la carnada, la tantea con el pico, la prueba, y finalmente, después de haber comprobado que no ofrece peligro, cede su lugar a la hembra, para que la devore”. Y Hemingway en El viejo y el mar lo cuenta de la siguiente manera: “Recordó aquella vez en que había enganchado una de las dos agujas que iban en pareja. El macho dejaba siempre que la hembra comiera primero”.

Por otra parte, desde las líneas iniciales de La aguja las manos del viejo están presentes como recurso para crear tensión y atmósfera; luego el sedal le quema las manos y entonces se lee: “Mañana —pensó— tendré las manos desolladas”. En El viejo y el mar el tratamiento de las manos de Santiago tiene el mismo objetivo y en el momento en que deben sufrir, el maestro escribe: “La velocidad del sedal desollaba sus manos, pero nunca había ignorado que esto sucedería”.

Al parecer el ojo de una aguja es algo que causa impresión, por el hecho de que ambos escritores se detuvieron en él; Serpa lo compara con el ojo de un caballo, pero Hemingway prefiere utilizar este símil en Islas en el golfo [13]; para El viejo y el mar prefirió: “Sus ojos son enormes, y un caballo, con mucho menos ojo, puede ver en la oscuridad”.

Serpa compara a su pez con un árbol y Hemingway escribe: “Y recuerdo que todo el bote se estremecía, y el estrépito que usted armaba dándole garrotazos como si talara un árbol”.

En La aguja Serpa escribe sobre el cuidado que debe tener un pescador si se da el caso que en vez de una aguja, lo que trae en el anzuelo es un tiburón tal vez un dientus y cuando en El viejo y el mar aparece el primer tiburón se lee: “Pero he matado al tiburón que atacó a mi pez —pensó—. Y era el dientuso más grande que había visto jamás. Y bien sabe Dios que yo he visto dientusos grandes”.

Como es evidente existen coincidencias indiscutibles entre las obras de ambos escritores, ampliamente reconocidos por su trabajo en el ámbito literario. Para nada sería exagerado afirmar que sobre los puntos de contacto entre los textos de Serpa y los de Hemingway, podría escribirse un buen libro y aun así, no perderían ni un solo admirador estos dos grandes maestros.

 

[1] Título original: The Old Man and the Sea. Para este trabajo utilizaremos: El viejo y el mar, Instituto Cubano del Libro, Editorial de Ediciones Especiales, La Habana, Diciembre 2002.

[2] Contrabando, publicada en 1938 en La Habana por la casa Álvarez-Pita en los Talleres Alfa.

[3] Aletas de tiburón, Editorial de Arte y Literatura, La Habana 1975.

[4] Título original: To have and to have not.

[5] La amistad con Enrique Serpa: una primera impresión. Armando Cristóbal.

[6] Ernest Hemingway y Enrique Serpa: una amistad propicia. Andrew Feldman: The Hemingway Review. Volumen 32, Número 2, Primavera 2013, pp. 58-76 | 10.1353 / hem.2013.0003.

[7] La amistad con Enrique Serpa: una primera impresión. Armando Cristóbal.

[8] La toma del cuento. Espacio dirigido por el escritor cubano Alberto Guerra Naranjo en la librería de Galiano y San Rafael.

[9] García Márquez, Gabriel: Prólogo al libro Hemingway en Cuba, de Norberto Fuentes, Editorial Letras Cubanas, Ciudad de La Habana, Cuba, 1984.

Cirules, Enrique. Hemingway en Cuba, Ediciones Libertarias, Madrid, 1999.

[10] Título original: For Whom the Bell Tolls, 1940.

[11] Serpa: Sostenido en la Trampa y el Contrabando. Armando de Armas.

[12] Aletas de tiburón, Editorial de Arte y Literatura, La Habana 1975.

[13] Título original: Islands in the Stream.

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